NovelToon NovelToon
La Obsesión del Mafioso Ruso

La Obsesión del Mafioso Ruso

Status: En proceso
Genre:Mafia / Amor a primera vista / Síndrome de Estocolmo / Esclava / Sirvienta / Romance oscuro
Popularitas:6.1k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

Valentina Solís solo quería sobrevivir.
Después de escapar de una red de tráfico humano en Estambul, volvió a México creyendo que el peor monstruo de su vida había quedado atrás. Intentó reconstruirse, cuidar de su abuela y volver a pintar sin mirar siempre por encima del hombro.
Meses después, una beca en la prestigiosa Academia Répin de San Petersburgo pareció ofrecerle lo imposible: una nueva vida, lejos del miedo.
Pero Rusia no era un nuevo comienzo.
Era territorio de Nikolái Vólkov.
Pakhan de la Bratva, dueño de una mansión rodeada de guardias, secretos y sangre, Nikolái nunca olvidó a la mexicana que se atrevió a desafiarlo. Cuando Valentina pisa San Petersburgo, él la arranca de su vida, usa a su mejor amigo como rehén y la encierra en un mundo donde la ley no entra.
Valentina no quiere pertenecerle.
Nikolái no sabe soltar.
Entre cautiverio, traiciones, deseo oscuro y una obsesión que amenaza con destruirlos a ambos, Valentina descubrirá que el hombre que la retiene también guarda una verdad enterrada: su pasado, su familia desaparecida y el secreto más peligroso de la Bratva están unidos por la misma sombra.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7

Valentina no preguntó a dónde iban.

El Rolls-Royce avanzaba por avenidas cada vez más anchas, con edificios iluminados que se deslizaban detrás del vidrio como una ciudad que no le pertenecía a nadie común. San Petersburgo, que unas horas antes le había parecido frío y hermoso, ahora era una trampa con cúpulas doradas.

Nikolái iba sentado a su lado, revisando mensajes en un teléfono distinto al que le había mostrado antes. No la miraba. Eso no la tranquilizaba.

La ausencia de sus ojos también era una forma de vigilancia.

Valentina tenía el celular en la mano, pero sabía que ya no era suyo. El rastreador instalado pesaba más que el aparato entero.

—Dime mi nombre —ordenó él.

Ella soltó una risa seca.

—¿Perdón?

—Mi nombre.

—No.

Nikolái levantó la vista.

—Lo recuerdas.

—Por desgracia.

—Entonces dilo.

Valentina miró por la ventana. En su cabeza, él no tenía nombre. Era el ruso. El loco. El hombre de la rosa. El animal con traje. Darle un nombre era volverlo más real, más cerca, más difícil de convertir en monstruo sin rostro.

—No me da la gana.

Nikolái guardó el teléfono.

—Valentina.

Ese tono otra vez. Su nombre como cadena.

Ella apretó los dedos contra el asiento.

—No soy su perro para obedecer comandos.

—No. Si fueras mi perro, ya habrías aprendido.

—Qué romántico.

La comisura de él se movió apenas. Ese mínimo gesto la irritó más que una carcajada.

Valentina se obligó a respirar. Estaba encerrada en su auto, en su país, rodeada de hombres suyos. No podía ganarle con fuerza. Tenía que pensar como en Estambul: primero respirar, luego buscar la grieta.

La grieta apareció en forma de dolor bajo el vientre.

Al principio fue una punzada leve. Luego otra, más fuerte. Valentina bajó la mirada. Entre el secuestro, el viaje, la caminata y el pánico, había olvidado contar los días.

No era mentira completa.

Perfecto.

—Necesito parar —dijo.

Nikolái la observó sin moverse.

—No.

—Me está bajando.

Él parpadeó.

Por primera vez en toda la noche, su control tuvo un pequeño tropiezo.

Valentina casi sonrió.

—Mi periodo —aclaró, con toda la incomodidad posible—. Sangre. Cólicos. Mujeres. Eso que parece que en su mundo no existe.

El conductor miró por el retrovisor y apartó la vista de inmediato. Nikolái no.

—¿Qué necesitas?

—Agua caliente. Algo dulce. Toallas. Un baño.

—En la casa habrá todo.

—En la casa me va a encerrar usted. Yo necesito ahora.

—Puedes esperar.

Valentina se inclinó un poco hacia adelante y se abrazó el vientre. El dolor era real, aunque no tan urgente como fingía. La ventaja de haber sufrido cólicos desde los trece era que sabía cómo se veía una mujer a punto de vomitar por el dolor.

—Si mancho este asiento carísimo, no pienso disculparme.

Sasha, al volante, tosió una vez. No era risa. Casi.

Nikolái miró el cuero claro del asiento.

—Para en la tienda.

Valentina bajó la cabeza para esconder el alivio.

El auto se detuvo frente a una tienda de conveniencia pequeña, abierta veinticuatro horas. Había luz blanca, una máquina de café, estantes con chocolates, pan empaquetado y una dependienta rusa con cara de querer terminar su turno sin dramas.

Dos guardaespaldas entraron con Valentina. Nikolái también.

Claro.

El hombre no sabía dar espacio ni cuando el tema eran toallas sanitarias.

Valentina caminó entre los pasillos con una mano en el abdomen. Agarró una botella de agua, un paquete de toallas que reconoció por el dibujo, y un vaso grande de chocolate caliente de la máquina.

La dependienta le habló en ruso.

Valentina respondió en español por puro impulso.

—No entiendo nada, señora, pero si usted fuera mi comadre me ayudaría a escapar por la puerta de atrás.

La mujer parpadeó.

Uno de los guardias frunció el ceño.

Valentina sonrió como si hubiera dicho algo inocente y señaló el chocolate.

—Azúcar. Dolor. Ya sabe.

La dependienta no sabía, pero cobró.

Nikolái pagó con una tarjeta negra sin mirar el monto.

—Podías pedir más —dijo.

—¿Quiere comprarme dignidad también?

—Si estuviera en venta.

—No le alcanza.

Él bajó la mirada a su boca. Valentina sintió el recuerdo del beso como una cachetada y apretó el vaso de chocolate.

Ahí estaba la puerta trasera.

La vio al fondo del pasillo, junto a cajas de refresco y un letrero de empleados. Nadie común la habría considerado una salida. Valentina no estaba buscando una salida común.

Necesitaba ruido.

Necesitaba que todos miraran a otro lado.

Necesitaba dolor.

Su mano tembló antes de moverse. Eso la enfureció. Se obligó a pensar en Dani frente a la catedral, en Abuelita Carmen esperando una llamada tranquila, en el expediente de Nikolái lleno de pedazos de su vida.

Vive.

Valentina giró el vaso y se derramó el chocolate caliente sobre el antebrazo.

El grito le salió real.

El líquido le quemó la piel con una violencia blanca. El vaso cayó al piso y se reventó. La dependienta chilló. Uno de los guardias dio un paso hacia ella. El otro miró a Nikolái.

Valentina se dobló sobre el brazo.

—¡Me quemé! ¡Agua, agua!

La dependienta señaló una puerta, nerviosa, y corrió hacia el mostrador por servilletas. Valentina empujó al primer guardia con el hombro, como si buscara el baño.

Nikolái dijo algo en ruso.

No fue un grito.

Pero todos se detuvieron.

Valentina no.

Metió el hombro contra la puerta de empleados, la abrió y entró a un pasillo estrecho con olor a cartón mojado. Al fondo había otra puerta. La empujó con el cuerpo entero.

Callejón.

Frío.

Basura.

Libertad, aunque durara diez segundos.

Corrió.

El dolor del brazo le subió hasta el hombro. Los cólicos, ahora sí despiertos por el golpe de adrenalina, le retorcieron el vientre. No llevaba abrigo suficiente. No tenía dinero. No sabía leer los letreros. No sabía hacia dónde estaba el hotel de Dani.

Pero corrió.

Detrás de ella, una puerta se abrió.

Nadie disparó.

Nadie la sujetó.

Eso le dio más miedo que escuchar pasos.

Aun así, no se detuvo.

En la tienda, Nikolái miró la puerta trasera abierta.

Uno de los guardias tragó saliva.

—Pakhan, ¿la seguimos?

Nikolái no respondió de inmediato. Miraba el piso, el chocolate derramado, las servilletas manchadas, la piel roja que Valentina había dejado ver antes de huir.

—Dije que si quería correr, la dejaran correr.

El guardia asintió, aliviado.

El alivio le duró poco.

Nikolái levantó los ojos.

—¿Por qué no me dijeron que se quemó?

La tienda se quedó muda.

Sasha entró desde el auto, evaluó la puerta abierta y luego el rostro de Nikolái.

—No fue accidental.

—Eso no cambia la pregunta.

El guardia bajó la cabeza.

—Pakhan...

—Encuéntrenla. Sin tocarla. Sin asustarla más de lo necesario. Y si alguien más la toca antes que nosotros...

No terminó la frase.

No hizo falta.

A dos calles de ahí, Valentina dobló una esquina y casi resbaló sobre la banqueta húmeda. La nieve empezó como polvo blanco bajo una farola.

Levantó la vista, respirando a golpes.

No tenía teléfono libre, no tenía dinero, no hablaba ruso y el brazo le ardía como si todavía tuviera el chocolate encima.

La nieve le cayó sobre el pelo.

Si se detenía, volvía a ser de alguien.

Valentina siguió corriendo.

1
Martha Rebolledo
Normal
Yeris
comienza buena
Vane Alvarez
creo que Dani, actúa, para poder sacarla... y que tiene algún aliado, x eso los disparos y demás. para distraer a volkov y poder escaparse
Morrita
Que perdón, no entendí jaja
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play