Emma Spencer descubrió que el hombre al que amaba y con el que mantuvo una relación secreta durante meses la iba a traicionar casándose con otra mujer. Embarazada, herida y sedienta de venganza, decide dar el golpe definitivo: casarse en secreto con el enigmático y poderoso tío de su ex. Lo que comenzó como una alianza impulsiva y fría para destruirlos a todos se convierte en un peligroso juego de secretos, poder y una pasión incontrolable que pondrá en riesgo mucho más que sus propias vidas.
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capitulo 21
El rostro de Beatriz se contrajo sutilmente, aunque la compostura de la alta sociedad no se le quebró. Clavó sus ojos de serpiente directamente en mí.
—Julián cometió errores de juicio, no lo niego —dijo Beatriz, apoyando los codos sobre la mesa y cruzando sus dedos cargados de anillos de esmeraldas—. Errores provocados por la manipulación de personas sin escrúpulos que ascendieron demasiado rápido en la jerarquía de la empresa.
—Si te refieres a mí, Beatriz —intervine, tomando la copa de agua y manteniendo una sonrisa impecable—, te sugiero que revises los informes de auditoría que Dante Rossi envió a la fiscalía esta tarde. Julián no cometió errores de juicio; cometió delitos de malversación por valor de cuarenta millones de dólares para salvar la quiebra del grupo de los Montgomery. Si no hubiera sido por mi intervención y la de Arthur, toda la firma estaría hoy bajo intervención federal.
Un silencio sepulcral cayó sobre la mesa. Los dos abogados del fideicomiso bajaron la mirada hacia sus platos, incapaces de sostener la firmeza de mis palabras.
Beatriz dejó escapar una risa helada, despectiva.
—Impresionante discurso, querida —dijo Beatriz, inclinándose levemente hacia adelante—. Una retórica corporativa muy bien ensayada. Es fascinante cómo una simple analista financiera de Brooklyn ha aprendido a manejarse entre los leones de Park Avenue en cuestión de meses. Pero no olvides con quién estás hablando, Emma. Yo vi nacer esta firma. Yo sé exactamente de qué barro está hecha cada persona que entra en esta casa.
—Emma no es una analista de Brooklyn, Beatriz —interrumpió la voz de Arthur, baja, cargada de un peligro inminente que hizo que los criados que servían la sopa se congelaran en el sitio—. Emma es la señora de *The Oak Manor* y la Vicepresidenta Ejecutiva con poder de veto sobre tus asignaciones fiduciarias. Te sugiero que midas tu vocabulario antes de que decida congelar la pensión trimestral que recibes del fondo central.
Los nudillos de Beatriz se pusieron blancos al apretar su servilleta de lino. Sin embargo, en lugar de amedrentarse, una sonrisa venenosamente triunfal se dibujó en sus labios rojos.
—Oh, Arthur... siempre tan protector con tus nuevos juguetes —murmuró Beatriz, bajando el tono de voz hasta convertirlo en una amenaza velada que flotó sobre la mesa como un gas tóxico—. Pero el poder corporativo no lo es todo en esta familia. Las alianzas de papel se firman en un día y se destruyen en una tarde.
Beatriz hizo una pausa, mirándome directamente a los ojos con una intensidad helada que me erizó los vellos de los brazos.
—Una mujer que cambia de bando tan rápido, que pasa del lecho del sobrino al del tío en cuestión de horas, siempre deja un rastro —continuó Beatriz, y su voz adquirió un matiz siniestro—. Y créeme, Emma... ya he puesto a mi equipo legal y a mis investigadores privados a rastrear cada segundo de tu pasado. Desde tus cuentas bancarias universitarias hasta tus visitas médicas recientes.
El corazón me dio un vuelco violento en el pecho. Un calor repentino me subió por el cuello, aunque logré mantener la máscara de piedra intacta.
"Sus visitas médicas recientes..."
Beatriz no sabía nada con certeza aún, pero sus palabras eran un dardo envenenado lanzado a ciegas para ver dónde sangraba. Sabía que si sus investigadores descubrían mi embarazo de tres semanas y cruzaban las fechas con la ruptura de Julián y mi boda de emergencia con Arthur, la bomba estallaría en el centro de la dinastía, poniendo en duda la paternidad del futuro heredero y activando la mortífera Cláusula 14-B.
Arthur no cambió de expresión, pero vi cómo su mano derecha, posada sobre la mesa, se cerraba lentamente hasta formar un puño de piedra.
—Si un solo investigador privado tuyo pone un pie cerca de mi esposa o de sus archivos personales, Beatriz —dijo Arthur con una voz tan helada que el aire del salón pareció congelarse—, no solo te quitaré la asignación del fideicomiso. Te expulsaré legalmente de esta propiedad y haré que la fiscalía incluya tu nombre como cómplice en la causa de Julián. ¿Entendido?
Beatriz sostuvo la mirada de su hermano durante cinco segundos agónicos. Finalmente, esbozó una leve inclinación de cabeza, aunque sus ojos no perdieron el brillo sediento de venganza.
—Solo aseguro los intereses del apellido Vance, querido Arthur —dijo Beatriz, tomando su copa de vino tinto—. Al fin y al cabo, en esta familia los secretos nunca permanecen enterrados demasiado tiempo. Tarde o temprano, la verdad siempre sale a la luz.
La cena continuó en un ambiente de tensión sofocante. Cada bocado se sentía como ceniza en mi boca, pero mantuve la cabeza alta, respondiendo con frialdad analítica a cada pregunta capciosa de los abogados y demostrando un dominio absoluto de las cifras del consorcio.
A las once de la noche, los invitados se habían retirado. La mansión volvió a quedar en ese silencio sepulcral que ahora me parecía más una trampa que un refugio.
Me encontraba en el balcón privado de la suite matrimonial, mirando la inmensidad del océano bajo la luz de la luna. El viento frío de Long Island me azotaba el rostro, pero no lograba disipar la inquietud que la amenaza de Beatriz había sembrado en mi mente.
Sentí los pasos firmes de Arthur acercándose por detrás. Su brazo rodeó mi cintura, pegando mi espalda contra su pecho cubierto por la camisa de seda desabrochada.
—Estás fría, Emma —murmuró, apoyando la barbilla en mi hombro.
—La amenaza de Beatriz no era un farol, Arthur —dije, mirando el horizonte oscuro—. Va a escarbar en mi vida hasta encontrar algo que pueda usar para destruirme.
Arthur se giró levemente para mirarme, sujetando mi mentón con dos dedos con una firmeza implacable.
—Beatriz es un perro que ladra porque ha perdido los dientes —dijo con total seguridad—. En esta casa, el único que decide quién cae y quién se mantiene en pie soy yo. Nadie te va a tocar, Emma. Ni Beatriz, ni los abogados, ni el fantasma de mi sobrino.
Lo miré a los ojos. Esos ojos grises que ocultaban el secreto de la Cláusula 14-B y la fotografía de 1996 que yo había encontrado en su compartimento secreto.
Arthur me besó con una pasión lenta y protectora, una caricia que intentaba calmar la tormenta en mi interior pero que solo lograba encender más las alarmas de mi instinto.
Me abrazó con fuerza contra su pecho, y mientras escuchaba el latido constante de su corazón en la penumbra de la noche, supe que la guerra apenas comenzaba. Beatriz estaba rastreando mis pasos, el secreto de mi embarazo pendía de un hilo, y el hombre que me prometía protección eterna era el mismo que guardaba las cadenas legales para arrebatarme a mi hijo.
La trampa estaba tendida desde todos los frentes... y yo estaba atrapada en el centro exacto de la red.