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Me Enamoré del Hermano Equivocado

Me Enamoré del Hermano Equivocado

Status: Terminada
Genre:Romance / Pérdida de memoria / Amor platónico / Completas
Popularitas:10.9k
Nilai: 5
nombre de autor: maria

Valentina despierta sin recuerdos después de una caída. Lo único que tiene para entender su pasado es un diario lleno de pistas sobre el hombre que la cuidó desde niña.
Todos creen que ese hombre es Nico Montero, el chico que creció a su lado y que durante años pareció destinado a quedarse con ella. Pero Nico ya está cansado de cuidarla. Ahora ama a otra mujer y decide dejar a Valentina en manos de su hermano mayor, Sebastián.
Sebastián es serio, frío y demasiado protector. Valentina empieza a creer que las páginas de su diario hablan de él… y sin darse cuenta, se enamora del hombre equivocado.
O quizá del único correcto.

NovelToon tiene autorización de maria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4

Capítulo 4

Labios y migajas

Sebastián no se fue de inmediato.

La mano dormida de Valentina seguía aferrada al borde de su camisa, y él, que había cerrado contratos imposibles sin pestañear, no encontró la forma de retirar un pedazo de tela.

—No te vayas, hermano mayor... —había murmurado ella.

La frase quedó en la habitación aun después de que su respiración se volvió tranquila.

Sebastián esperó hasta que sus dedos se aflojaron. Entonces se liberó con un cuidado absurdo, como si el sueño de Valentina pudiera romperse con el menor roce. Se inclinó para verificar que la manta le cubriera los hombros y salió sin hacer ruido.

En el pasillo, Nana Carmen seguía despierta.

—Señor Sebastián.

Él se detuvo.

—No diga nada.

La nana lo miró con una tristeza antigua.

—Yo no dije nada cuando usted era niño y se quedaba parado afuera de su puerta para asegurarse de que ella no tuviera pesadillas.

Sebastián apretó la mandíbula.

—Eso fue hace años.

—Algunas cosas no envejecen, mijo.

Él no respondió.

A la mañana siguiente actuó como si nada hubiera pasado.

Valentina bajó tarde, con el cabello recogido de cualquier manera y el diario escondido en el cajón otra vez. Sebastián estaba en la mesa del comedor revisando documentos en una tableta. Llevaba camisa azul oscuro y el reloj de siempre. Impecable. Inalcanzable.

Como si anoche no hubiera estado junto a su cama, inmóvil, mientras ella lo retenía por la camisa.

—Buenos días —dijo él.

—Buenos días.

Nana Carmen sirvió huevos con salsa suave, pan tostado y fruta. Valentina intentó comportarse como una persona normal. Falló en el tercer minuto, cuando una gota de salsa le quedó en la comisura de los labios.

Sebastián levantó la vista.

—Espera.

Antes de que ella entendiera, él tomó una servilleta. Pero la servilleta no llegó a tocarla. Su pulgar fue primero, natural, exacto, y limpió la mancha de salsa con un roce pequeño.

Valentina dejó de masticar.

El dedo de Sebastián quedó a unos centímetros de su boca.

La escena duró menos de un segundo.

En la cabeza de Valentina, duró demasiado.

No sabía si fue impulso, misión del diario o simple locura. Tomó su muñeca con suavidad y acercó los labios al pulgar que acababa de limpiarla. Apenas lo rozó.

Sebastián retiró la mano de inmediato.

No bruscamente.

Eso fue lo peor.

La apartó con una delicadeza tan controlada que a Valentina se le encendió la cara.

—Perdón —dijo ella, aunque no estaba segura de arrepentirse.

Sebastián sostuvo la taza de café con la otra mano.

—Termina de desayunar.

Su voz sonó igual.

Su garganta no.

Valentina lo vio tragar. La nuez de su cuello subió y bajó, marcada bajo la piel, y ella descubrió un nuevo lugar peligroso para mirar.

Nana Carmen dejó un plato en el fregadero con un ruido innecesariamente fuerte.

—Voy al mercado —anunció—. Ustedes no incendien la casa.

Valentina bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.

Después del almuerzo, Sebastián se encerró en la biblioteca con llamadas de Torre Montero. Valentina regresó a su habitación y llamó por video a Lucía.

La cara de su amiga apareció en la pantalla, con una coleta alta y ojeras de estudiante.

—¡Vale! ¿Cómo estás? ¿Te duele algo? ¿Ya puedes caminar? ¿Sebastián te está cuidando o está siendo un ogro corporativo?

Valentina parpadeó.

—Respira, Luchi.

Lucía se tapó la boca.

—Perdón. Me asusté mucho.

Algo tibio le tocó el pecho a Valentina. No recordaba los últimos años con Lucía, pero esa preocupación sonaba verdadera.

—Estoy mejor. Y sí me cuida. Demasiado.

Lucía la estudió.

—¿Demasiado cómo?

Valentina miró hacia la puerta cerrada, luego bajó la voz.

—Encontré un diario.

El rostro de Lucía cambió.

—¿Qué diario?

—Uno verde. Mío. Escribía sobre hermano mayor.

La imagen de Lucía se quedó inmóvil un instante.

—Vale...

—¡No sabes lo intenso que es! Hay una lista de cosas que quería hacer con él antes de graduarme. Tomarnos de la mano, estudiar hasta tarde, que me cuide cuando me quede dormida...

Lucía se mordió el labio.

—¿Y tú crees que ese hermano mayor es Sebastián?

Valentina la miró como si la respuesta fuera obvia.

—¿Quién más? Nico me dijo que Sebastián siempre me cuidó. Además, todo coincide. Sus manos, la forma en que sabe lo que como, lo de la universidad...

Lucía cerró los ojos un segundo.

—Nico dijo eso.

—Sí. ¿Está mal?

La pregunta quedó suspendida entre las dos.

Lucía abrió los ojos. La verdad le tembló en la boca, pero Valentina sonrió de pronto, distraída por su propio recuerdo.

—Hoy me limpió salsa con el dedo.

—¿Perdón?

—Y yo... creo que lo besé.

—¿Besaste a Sebastián Montero en el dedo?

—Fue sin querer.

—Vale.

—Más o menos.

Lucía se llevó una mano a la frente.

—Dios mío.

—¿Crees que estoy loca?

Lucía la miró con una ternura triste.

—Creo que acabas de despertar sin tres años de vida y aun así encontraste la forma de meterte en problemas románticos.

Valentina abrazó una almohada.

—Pero tiene sentido, Luchi. Él es tan... —buscó la palabra y se quedó corta—. No sé. Cuando está cerca, no siento tanto miedo.

Lucía dejó de bromear.

—Entonces ve despacio.

—¿Eso es un sí?

—Eso es un "no te rompas mientras averiguamos qué está pasando".

Valentina no entendió del todo la frase, pero la guardó.

Por la tarde, Sebastián volvió a la biblioteca. Ella hizo el intento real de estudiar. Entre ejercicio y ejercicio empezó a notar cosas que antes le habrían pasado por encima: él se quitaba los lentes para frotarse el entrecejo cuando un correo lo irritaba; tomaba café americano sin azúcar; nunca dejaba el celular boca arriba si entraba una llamada personal.

En un descuido, la pantalla se encendió.

Valentina alcanzó a ver un paisaje desenfocado: un jardín, luz de tarde, una figura de espaldas con vestido claro.

—Bonita foto —dijo.

Sebastián bloqueó el celular.

—Una vista vieja.

—Parece alguien.

—Es una vista.

Demasiado rápido.

Valentina fingió volver al cuaderno. El corazón le iba ligero, curioso.

Esa noche preparó un vaso de leche caliente con ayuda de Nana Carmen, que no preguntó nada y solo le dio una bandeja pequeña.

—No se te vaya a caer, niña.

Valentina llegó hasta la puerta de Sebastián y tocó.

Él abrió casi enseguida.

Tenía el cabello húmedo, una camiseta blanca y pantalón negro de casa. Sin traje, su edad parecía distinta: no menos seria, pero sí más humana. Más cerca.

Valentina le ofreció el vaso.

—El diario dice que hermano mayor siempre tiene insomnio. Esto ayuda.

Sebastián miró la leche. Luego la miró a ella.

—Otra vez el diario.

Valentina apretó la bandeja.

—No voy a decir nada más.

Él tomó el vaso. Sus dedos tocaron los de ella.

Ninguno se movió.

La luz cálida del cuarto le marcaba la garganta. Valentina bajó la mirada sin querer. Ahí estaba otra vez ese movimiento pequeño cuando él tragó.

—Gracias —dijo Sebastián.

Su voz salió más baja de lo normal.

Valentina volvió a su habitación con las manos calientes.

Frente al espejo, sonrió como una tonta y sacó el diario. La siguiente línea de la lista decía:

"Pedirle que me ayude a estudiar hasta tarde y quedarme dormida en su escritorio."

Valentina tocó la frase con la punta del dedo.

En el cuarto de Sebastián, el vaso de leche quedó intacto sobre el escritorio.

Él desbloqueó el celular.

La foto del fondo no era un paisaje.

Era Valentina, de espaldas, caminando por el jardín de La Hacienda tres años atrás.

Junto a la imagen, en una nota fijada, había una fecha:

"Exámenes finales de Valentina: finales de junio."

Sebastián la había guardado durante tres años.

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Glen
Parecía bueno pero a mitad ya te parece q no va a ningún lugar y después con un final raro, no me gusto
Glen
Ocosadora la niña, con razón nico huyó 😂😂😂😂😂😂
Glen
Ocosadora la niña, con razón nico huyó 😂😂😂😂😂😂
Marisa Rodriguez de Cuello
es muy densa la trama y simple. también se pueden leer repeticiones del relato que confunden la lectura
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