Clara Serrano juró que nunca volvería a caer por Adrián Fuentes.
Un año atrás, él le rompió el corazón, la dejó con una mentira clavada en el pecho y desapareció justo cuando ella más necesitaba una explicación.
Ahora Clara sólo quiere trabajar, cuidar a su madre y mantenerse lejos de los hombres peligrosamente guapos.
Pero el destino tiene pésimo sentido del humor.
En una consulta médica, vuelve a encontrarse con Adrián: el mismo rostro que no pudo olvidar, la misma voz que todavía le eriza la piel... y ahora también el poderoso CEO capaz de comprar medio mundo con tal de acercarse a ella.
Clara intenta huir.
Adrián no piensa soltarla.
Para protegerse y resolver sus propios problemas, Clara acepta firmar un contrato con él: un año juntos, beneficios claros y nada de enamorarse.
Pero Adrián no quiere una novia por contrato.
Quiere a Clara.
La que lo odia, lo provoca, lo reta y todavía tiembla cuando él la besa.
Entre celos, secretos, dinero, deseo y una verdad que ninguno de los dos ha terminado de confesar, Clara tendrá que decidir si Adrián Fuentes es el error más caro de su vida...
O el único hombre que siempre estuvo dispuesto a perderlo todo por ella.
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Capítulo 3
Capítulo 3
Aquello había sido una espina clavada en mi pecho durante todo un año.
Ya que Adrián me lo estaba preguntando de frente, no tenía sentido seguir tragándome las palabras.
Respiré hondo.
Me hizo falta valor.
Mucho.
—Hace un año, en el parque, te vi besando a una chica que no conocía.
Era la primera vez que lo decía mirándolo a los ojos.
Adrián escuchó la frase.
El ceño que tenía fruncido se relajó de golpe.
Luego sonrió.
—¿Sólo por eso?
Sólo.
Esa palabra me prendió la sangre.
—¿Te parece poco? ¿Tenía que verlos entrar a un hotel para que contara?
Mi voz se quebró de rabia.
¿En su mundo eso ni siquiera era un problema?
Tal vez no.
Había escuchado a compañeros de trabajo hablar de infidelidades como si fueran trámites. Como si acostarse con alguien más fuera una travesura. Como si engañar no dejara a otra persona hecha pedazos.
Adrián soltó una risa baja.
No burlona.
Aliviada.
—¿Por qué no me preguntaste?
Lo miré como si acabara de decir la cosa más absurda del mundo.
Sí.
Había querido preguntarle.
Claro que sí.
Pero luego descubrí que ni siquiera sabía quién era de verdad. Que el supuesto administrador del edificio que yo amaba no era sólo eso. Que tenía una familia poderosa, un apellido que abría puertas, una vida entera escondida detrás de una mentira.
¿Preguntarle a un mentiroso?
¿Y luego creerle?
Qué chiste.
Me moví de lado para pasar.
—Ya te dije la razón. Ahora déjame entrar.
Adrián respondió frío:
—No.
—¿No?
—No.
Ahora que sabía dónde estaba el problema, pensaba resolverlo en ese instante.
Yo no esperaba que todavía pudiera contestarme así.
—Eres un descarado. ¿Qué quieres?
Adrián tomó mi mano y me llevó hacia el coche con una decisión que no admitía discusiones.
—Ven conmigo.
Intenté soltarme.
No quería que me tocara.
No quería sentir su mano.
No quería imaginar cuántas veces esas mismas manos habían tocado a otra persona.
Me dio asco.
No de él.
De la idea.
De mí por seguir reaccionando a su contacto.
Adrián aflojó el agarre apenas, pero no me soltó.
—No te muevas. Si te lastimo la mano, me va a doler más a mí.
—Pues no me jales y ya.
Me miró por encima del hombro.
—Si te suelto, corres.
—No voy a correr.
—Promételo.
—Está bien. Suéltame. No quiero que tu novia venga a romperme la cara por ser la otra.
Lo dije con toda la mala intención que pude reunir.
Adrián apretó los dientes.
—Ya te dije que no hay otra mujer.
—Ajá.
Su mirada se volvió peligrosa.
Sólo por un segundo.
Luego pareció recordar que estaba a punto de aclararlo todo y decidió no gastar fuerzas ahí.
Me soltó.
Yo abrí la puerta trasera del coche.
Adrián se acercó de inmediato.
—¿Qué haces?
No contesté.
Iba a sentarme atrás.
Ni loca iba a ocupar el asiento de copiloto. ¿Y si ése era el lugar de su novia? ¿Y si yo volvía a meterme donde no debía?
Adrián puso una mano en la puerta.
—¿Me estás usando de chofer?
Seguí entrando.
Me tomó por la cintura y, sin hacerme daño pero con una fuerza imposible de discutir, me guió hacia el asiento delantero.
Terminé sentada en el copiloto, furiosa.
—¿Estás enfermo?
Adrián apoyó una mano en el marco de la puerta y sonrió.
—Sí.
Luego cerró la puerta de golpe.
—De extrañarte.
Me quedé mirando al frente, odiando que el corazón me hubiera dado un salto.
Adrián subió por el otro lado.
No arrancó de inmediato.
Sentí su mirada fija en mí.
Yo fingí que el paisaje por la ventana era lo más interesante de Ciudad de México.
Hasta que escuché su respiración demasiado cerca.
Me tensé.
Volteé.
Su cara estaba a un puño de distancia.
Podía ver hasta la sombra ligera de sus pestañas. Su aliento se mezcló con el mío y, por un instante, los dos recordamos lo mismo.
Noches.
Piel.
El calor de su boca en mi cuello.
Su respiración cayendo sobre mi clavícula como un beso.
Sus ojos bajaron a mis labios.
Luego a mi barbilla.
Luego a mi cuello.
Y más abajo, al escote del vestido.
Esa mirada no era de un extraño.
Era de un hombre que alguna vez había considerado mi cuerpo territorio suyo.
Me cubrí el pecho con una mano.
—¿Qué haces?
Adrián no se molestó en fingir inocencia.
—Mirar.
Tragó saliva.
Su voz se volvió más ronca.
—Creo que crecieron un poco.
El calor me subió hasta las orejas.
—¡Pervertido!
Me odié un poco.
Me había repetido mil veces que Adrián era un mentiroso, que no debía sentir nada, que no podía volver a caer.
Y aun así, cada vez que se acercaba, cada vez que respiraba junto a mi piel, algo dentro de mí se aflojaba.
Como si mi cuerpo fuera más tonto que mi cabeza.
—Si no fuera pervertido, ¿cómo íbamos a ser esposos? —preguntó él.
—No somos esposos.
—Todavía.
—Nunca.
Adrián sonrió y tomó el cinturón de seguridad.
—Te subiste sin abrocharte. ¿Querías que yo lo hiciera?
Sólo entonces me di cuenta.
—Si no me hubieras obligado a sentarme aquí, no se me habría olvidado.
—Ajá.
Se inclinó para pasarme el cinturón.
—Yo puedo.
Intenté quitárselo.
No soltó.
—Antes siempre dejabas que yo te ayudara —dijo, muy cerca—. Hasta para caminar me necesitabas después.
Mi cara explotó.
Porque sabía exactamente a qué se refería.
A esas mañanas en que mis piernas no me sostenían.
A esas duchas en que él me cargaba mientras yo lo insultaba bajito porque me había dejado temblando.
A la forma en que se reía y me decía que la culpa era mía por provocarlo.
—Cállate.
—Está bien. Me callo.
Su expresión decía lo contrario.
Hoy ya me había molestado bastante.
Mañana, probablemente, seguiría.
El camino transcurrió en silencio.
Cuando llegamos, Adrián bajó primero, con intención de abrirme la puerta.
No le di tiempo.
Bajé sola.
Frente a nosotros había un edificio de departamentos de lujo. Vidrio, vigilancia privada, plantas perfectamente cuidadas y un estacionamiento donde cada coche costaba más que mi vida entera.
Me puse alerta.
—¿Para qué me trajiste aquí?
No era una niña recién salida de la universidad.
Cuando un hombre te llevaba a un hotel o a un departamento privado, nunca convenía creer eso de sólo vamos a hablar un rato.
Adrián vio mi desconfianza y soltó una risa breve.
Sacó el celular, llamó a alguien y, cuando contestaron, dijo con una frialdad que yo casi nunca le había escuchado:
—Baja.
Colgó.
Sin una palabra más.
Lo miré de reojo.
Yo conocía al Adrián que se burlaba de mí, al que me provocaba con frases sucias y sonrisas malas.
Pero ese tono...
Ese tono era de un hombre al que la gente obedecía.
Adrián bajó la vista a mis tacones.
—¿Aguantas parada? ¿O quieres sentarte en mis piernas?
Lo miré con cansancio.
—¿No te da miedo que te las rompa?
Me arrepentí en cuanto lo dije.
¿Por qué le seguía el juego?
Con él nunca lograba conservar la cabeza fría.
Adrián pareció disfrutarlo.
—Ya te has sentado antes. Y sabes que mis piernas aguantan.
Hizo una pausa, con esa sonrisa imposible.
—Las tres.
—Adrián.
—¿Qué? Son largas. Y firmes.
Quise desaparecer.
Un año atrás, si decía algo así, yo me ponía roja y lo golpeaba en el pecho sin fuerza.
Ahora me seguía poniendo roja.
La diferencia era que ya no podía permitírselo.
Giré la cara para no verlo.
Él tampoco insistió.
La puerta del edificio se abrió poco después.
Adrián chasqueó los dedos frente a mí.
—Vuelve. ¿O te quedaste pensando en mí?
—Pensaría en un perro antes que en ti.
Una voz masculina intervino desde la entrada:
—Hermano, medio día sin verte y ya estás por debajo de un perro. Qué caída.
Adrián apretó los dientes.
—Cállate.
Yo me quedé inmóvil.
El hombre que acababa de bajar era...
Adrián.
No.
Adrián estaba a mi lado.
Pero el de enfrente tenía la misma cara. Casi la misma altura. Los mismos rasgos. Sólo que en él había algo más juvenil, más descarado, menos contenido.
La sangre se me fue de la cara.
—¿Qué...?
El recién llegado me sonrió como si nada.
—Cuñada, mucho gusto. Soy Julián Fuentes, el hermano de este amargado.
Luego se señaló la cara.
—Somos gemelos. ¿Sí nos parecemos, verdad?
Yo estaba tan impactada que ni siquiera registré bien la palabra cuñada.
Mi mirada iba de uno a otro.
—Sí —murmuré—. Muchísimo.
Si no estaban juntos, cualquiera podía confundirlos.
Cualquiera.
Incluyéndome.
Adrián notó que yo miraba demasiado a Julián y el ambiente se enfrió otra vez.
—La foto —ordenó.
Julián puso cara de ofendido.
—¿También te pones celoso de mí? Soy tu hermano.
Adrián no respondió.
Sólo lo miró.
Julián sacó el celular de inmediato.
—Ya, ya.
Buscó en una galería y me mostró una foto.
—Cuñada, ¿la chica que viste era ella? Es mi ex.
Miré la pantalla.
El mundo se quedó suspendido.
Era ella.
La chica del parque.
La que había visto besando al hombre que creí que era Adrián.
Asentí despacio.
—Sí.
La verdad empezó a acomodarse, pieza por pieza, con una crueldad silenciosa.
Entonces, ¿a quien vi fue a Julián?
¿No a Adrián?
¿Todo este año...?
Me llevé una mano al bolso, como si necesitara sostener algo para no caerme.
Adrián exhaló.
—Ya puedes subir.
Julián parpadeó.
—¿Qué? Acabo de bajar. Ni siquiera pude hablar con mi cuñada.
Adrián lo pateó en el trasero.
No fuerte, pero sí con suficiente amenaza.
—No me hagas repetirlo.
Julián se sobó, indignado.
—Por nacer dos segundos después me toca sufrir toda la vida.
Entró al edificio refunfuñando.
Adrián volvió hacia mí con una seguridad que casi me irritó.
—Ahora que se aclaró el malentendido, podemos volver.
Lo miré.
Su confianza era tan absoluta que por un momento quise reír.
Sí.
El beso no había sido suyo.
Pero eso no borraba todo.
No borraba el secreto.
No borraba el hecho de que me hizo amar a un hombre que no existía completo.
—No —dije.
La seguridad de su rostro se quebró.
—¿Qué?
Respiré hondo.
—Dije que no. Lo nuestro terminó.
—¿Terminó? —su voz subió—. ¿Quién demonios quiere terminar contigo?
Se dio cuenta de que estaba perdiendo el control y cerró los ojos un segundo.
Cuando volvió a hablar, sonó más contenido.
—El malentendido ya se resolvió. ¿Ahora qué?
Me miraba como si temiera cada palabra que yo pudiera decir.
Aun así tenía que preguntarlo.
Yo también tenía que decirlo.
—¿Acaso no me mentiste? ¿De verdad eras sólo el administrador de un edificio?
Su expresión cambió.
Ahí estaba.
La culpa.
Me dolió más de lo que esperaba.
—Si no me hubieras mentido desde el principio —dije—, si me hubieras contado que tenías un hermano gemelo, que venías de la familia Fuentes, que tu vida era otra, yo no habría creído tan fácil lo que vi.
Me reí, pero la risa salió rota.
—¿Malentendido? Todo empezó porque tú me mentiste, Adrián.
Yo odiaba las mentiras.
Una persona que te engañaba una vez podía hacerlo dos.
Y yo no tenía fuerzas para apostar mi corazón otra vez.
Adrián dio un paso hacia mí.
—Eso fue mi culpa. Lo acepto. Pero no lo hice para lastimarte.
—No cambia nada.
—Clara, dame una oportunidad.
Negué con fuerza.
—No puedo.
Lo miré directo.
—Lo que más odio en esta vida es que me mientan. Así que entre nosotros ya no hay posibilidad.
Las palabras me rasparon por dentro.
Pero las dije.
—No nos volvamos a ver.
Adrián se quedó inmóvil.
Aquella frase le cayó encima como algo físico.
Pesado.
Doloroso.
Él había creído que bastaba con aparecer, con explicarlo todo, con mostrarle a Julián, para que Clara regresara a sus brazos.
Pero Clara no volvió.
Clara se alejó hacia la calle.
Adrián reaccionó y la tomó de la muñeca.
Su voz salió demasiado tranquila.
—Te llevo a casa.
Ya estaba oscureciendo.
No la dejaría ir sola.
Y además tenía un motivo egoísta: quería quedarse con ella unos minutos más.
La había extrañado.
Durante ese año en cama, en rehabilitación, entre dolor y frustración, la había extrañado cada día. Había visto sus fotos tantas veces que recordaba qué aretes llevaba en cada una, qué blusa, qué gesto, qué curva de sonrisa.
Yo no cedí.
—No hace falta. Puedo irme sola.
Mi cabeza era un desastre.
Necesitaba silencio.
Necesitaba ordenar lo que acababa de descubrir.
—Sube al coche —dijo Adrián.
Negué e intenté soltarme.
Su agarre se cerró un poco más.
Y entonces volvió ese Adrián descarado que me irritaba tanto.
—Sube o te beso.
Lo fulminé con la mirada.
—Eres un cínico.
Adrián sonrió apenas.
—Eso tú lo sabes mejor que nadie.
Claro que lo sabía.
Lo sabía en la vida diaria.
Y lo sabía en la cama.
Adrián siempre había tenido demasiadas formas de salirse con la suya. Cuando yo le pedía entre lágrimas que fuera más despacio, él primero me besaba, me tocaba, me hacía querer más, y sólo entonces bajaba el ritmo.
Luego, cuando yo terminaba pidiéndole lo contrario, se reía contra mi oído.
—Ves. Siempre dices una cosa y quieres otra.
El recuerdo me encendió la cara.
Como si pudiera leerlo, Adrián se inclinó cerca de mi oreja.
—Sube. O voy a tomarlo como una invitación.
Su voz me acarició la piel.
Demasiado suave.
Demasiado peligrosa.
Yo sabía que, si me quedaba ahí un segundo más, ese hombre era capaz de besarme de verdad.
Y lo peor era que no confiaba en mi propia reacción.
Le solté la mano de un tirón, abrí la puerta del coche y entré.
Adrián se quedó afuera.
Por un momento pareció sorprendido.
¿Así de fácil?
Ni siquiera le dejé una oportunidad.
Él tardó unos segundos en subir.
No supe qué hacía afuera, parado como estatua.
Cuando por fin entró al coche, ya había recuperado esa sonrisa irritante.
—Azotaste la puerta con ganas. Si la rompes, te cobro con intereses.
Miré por la ventana y no contesté.
Adrián estiró la mano para ponerme el cinturón.
Me adelanté y lo hice sola.
Su mano quedó suspendida en el aire.
La retiró despacio, como si no le importara.
Pero sí le importó.
Arrancó.
Durante varios minutos no hablamos.
A mitad de camino preguntó:
—¿Tienes hambre? ¿Qué quieres comer?
—Nada.
Él intentó suavizar el ambiente.
—¿No tienes hambre o no quieres comer conmigo?
Yo cerré los ojos.
No respondí.
Porque todavía no sabía qué dolía más:
haberlo malentendido durante un año,
o descubrir que, aun sin haberme engañado con otra mujer, Adrián Fuentes seguía siendo el hombre que me enseñó lo difícil que era volver a confiar.