Una antigua promesa. Dos reinos unidos por el destino. Una mujer que jamás debió formar parte de la historia… y un emperador que estaba destinado a amar a otra.
Pero el destino rara vez respeta los planes de los hombres.
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La novia que no se parecía a la promesa
Me dejaron sola.
En una estancia impregnada de incienso costoso y flores que no había elegido.
El velo, pesado, descendía sobre mi cabeza como una nube espesa.
El corsé ceñía mis costillas, recordándome, con cada aliento, que incluso respirar tenía ahora un precio.
Me senté erguida.
Como me enseñaron.
Como si no estuviera a punto de entregar mi vida… por un tiempo contado.
Dos años.
Dos años… y sería libre.
Libre del rey.
Libre del apellido concedido.
Libre de un vínculo que no había elegido.
Quizá —me dije—, al término de todo aquello podría reclamar algo que jamás me había sido dado:
un nombre que nadie pudiera arrebatarme…
un hogar propio…
una vida que, al fin, me perteneciera.
Del emperador sabía poco.
Apenas rumores.
Que era impredecible.
Que su temperamento era temido incluso por su propia corte.
Que no concedía misericordia a sus enemigos.
Que había cruzado medio reino… por una mujer que lo había rechazado.
Curioso destino, pensé, permitiéndome una leve sombra de ironía.
—Lady Emilia —anunció una sirvienta desde el umbral—, todo está dispuesto.
Me incorporé.
El pasillo que conducía al templo se extendía como un camino sin retorno.
El murmullo de la multitud se filtraba incluso antes de que las puertas se abrieran.
Y cuando lo hicieron…
el aire cambió.
Vi al rey.
De pie, junto al altar.
No avanzó hacia mí.
No me ofreció su brazo.
No fingió entrega alguna.
No era su hija.
No era su orgullo.
Yo caminaría sola.
La música se alzó.
Y avancé.
Cada paso resonaba fuerte…
o tal vez era el eco de mi propio pulso.
Entonces llegaron los murmullos.
No eran palabras claras…
eran juicios.
Porque no me asemejaba a la promesa que aguardaban.
Mi prima había sido alta, rubia, casi etérea.
Yo era de estatura menor, de cabellos oscuros y formas que no buscaban desaparecer.
Mi cintura era estrecha.
Mis caderas, firmes.
Mi presencia… imposible de ignorar.
Las miradas me recorrieron.
Algunas teñidas de sorpresa.
Otras, de abierta desaprobación.
Alcé el mentón.
Que miren.
Que aprendan mi nombre… antes de atreverse a juzgarlo.
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Todo… absolutamente todo había sido dispuesto para ella.
Para la princesa que había huido.
El vestido se extendía tras de mí como un recordatorio constante de que aquel lugar no me pertenecía.
Ceñía mis costillas, mi pecho, como si pretendiera moldearme a una forma que no era la mía.
Habían sido necesarias manos ajenas, alfileres y suspiros contenidos para ajustarlo a mi cuerpo.
El velo pesaba.
Las telas sobraban.
Y la decoración…
rosas blancas y amarillas, dispuestas en cada rincón, como una burla silenciosa.
Las detestaba.
Siempre había preferido las rojas.
Mientras avanzaba hacia el altar, un pensamiento se impuso con claridad:
Hasta el novio había sido elegido para ella.
Para el imperio de Draken, la verdad permanecía oculta.
Nadie sabía de la huida de la princesa.
Para los presentes, yo no era más que una incógnita velada… una novia que no encajaba en la historia que esperaban presenciar.
Los murmullos no eran de sorpresa.
Eran de desconcierto.
Cuando alcancé el altar, sentí la mano del rey tomar la mía.
—Entrego a mi sobrina al emperador —declaró—, para que la cuide y la proteja.
Qué ironía, pensé.
Ni él había sabido hacerlo.
—Y con ello sellamos el acuerdo de nuestros ancestros.
El emperador no respondió.
Tan solo me miró un instante…
y luego volvió su atención al sacerdote.
Retiré mi mano del rey y me situé frente al altar.
El rito avanzó.
A través del velo, su figura no era más que una sombra: alta, oscura, inmóvil…
como si no fuese un hombre, sino una sentencia.
Llegó el momento de los anillos.
Sentí su mano tomar la mía.
Firme.
Fría.
El anillo se ajustó con dificultad a mi dedo, como si incluso el oro dudara en aceptarme.
Luego tomé su mano.
Y cumplí.
—Podéis besar a la novia —anunció el sacerdote.
Nos volvimos.
Y por primera vez…
lo vi.
El emperador Kael Draken.
Alto.
Sombrío.
Imponente.
Hermoso… de una forma que no prometía salvación, sino peligro.
Mas no besó mis labios.
Tomó mi mano.
Y depositó en ella un gesto de cortesía… distante, calculado.
Entonces, fuimos declarados esposos.
Él extendió su brazo.
Yo lo acepté.
Salimos.
El carruaje aguardaba.
En su interior, el silencio pesaba más que cualquier palabra no dicha.
Me retiré el velo sin delicadeza y lo dejé caer a un lado.
Kael observaba el paisaje.
Yo hice lo mismo.
Dos desconocidos… compartiendo una misma jaula dorada.
El carruaje se detuvo.
Él descendió primero y me ofreció su mano.
Respiré.
La tomé.
Y bajé.
—Sed bienvenidos —dijo el rey.
Se inclinó hacia mí.
—Sonríe. Pareces asistir a un funeral.
Lo miré.
Y sonreí… con una leve ironía que no intenté disimular.
Tomé el brazo del emperador.
Entramos.
Los murmullos regresaron.
No me deseaban allí.
Y él… tampoco parecía hacerlo.
Nos sentamos en la mesa principal.
Todo en aquel salón evocaba a la ausente.
Todo hablaba de ella.
Las horas se deslizaron con lentitud.
Hasta que, entre la multitud, reconocí a Frédéric.
Me puse en pie.
—El espectáculo ha sido suficiente por hoy —dije con calma—. Me retiraré a descansar.
El rey sujetó mi brazo.
—Mañana partirás. Prepárate al alba.
—Como ordene, Majestad —respondí, sin ocultar el filo en mi voz.
Me liberé.
Y me marché.
Con la espalda recta.
Y el corazón… ardiendo en silencio.