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El capitán que perdió el control por mí

El capitán que perdió el control por mí

Status: Terminada
Genre:Amor de la infancia / Aventura de una noche / Amor-odio / Completas
Popularitas:13.5k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

Valentina Mendoza está acostumbrada a mantener todo bajo control. Como controladora aérea, sabe que un solo error puede convertir el cielo en un desastre. Pero su vida se sale de rumbo cuando Sebastián del Fuego reaparece frente a ella.
Él fue su rival en el bachillerato. Ahora es un capitán arrogante, irresistible y heredero de una de las aerolíneas más poderosas del país. Sebastián siempre ha vivido siguiendo reglas estrictas, hasta que una noche con Valentina destruye todos sus límites.
Cuando un embarazo inesperado vuelve a unirlos, Valentina se niega a convertirse en una carga o en una pieza más dentro de los negocios de dos familias enfrentadas. Tiene problemas más urgentes: un padre que solo piensa en sus intereses, una media hermana dispuesta a destruirla y el secreto detrás del accidente que dejó a su madre sin despertar durante diez años.
Valentina quiere justicia. Sebastián solo quiere permanecer a su lado, aunque para hacerlo tenga que enfrentarse a su familia, renunciar a la vida que habían planeado para él y demostrarle que esta vez no piensa abandonarla.
Entre amenazas, secretos y traiciones, ambos descubrirán que incluso el piloto más disciplinado puede perder el control cuando se enamora de la única mujer que nunca pudo olvidar.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17

...Val....

Desperté con su boca en mi hombro.

No fue un beso. Más como si se hubiera quedado dormido ahí y al despertar sus labios simplemente estuvieran en ese lugar, calientes y suaves contra mi piel. Sentí su respiración y después sus dedos recorriéndome el brazo, lento, de arriba a abajo, como si estuviera dibujando algo.

—Buenos días —murmuró contra mi piel.

—Mmm.

—¿Dormiste?

—Un rato.

—¿Quieres desayunar?

—No quiero moverme.

—No te estoy pidiendo que te muevas. Te estoy preguntando si quieres que te traiga algo.

Giré la cara. Estaba tan cerca que podía contarle las pestañas. Tenía los ojos medio cerrados y el pelo revuelto y la marca de la almohada en la mejilla. Se veía ridículamente guapo para alguien que acababa de despertar.

—Café —dije.

—¿Americano con un chorrito de leche?

—Sí.

—Ya vuelvo.

Se levantó. Lo vi caminar desnudo hasta el clóset, ponerse un bóxer con la naturalidad de alguien que no tiene nada que esconder, y desaparecer por el pasillo. Escuché la cafetera encenderse, platos, agua. Sonidos domésticos que no deberían haberme afectado tanto como me afectaron.

Me senté en la cama. Su sábana olía a suavizante y a él. Me tapé hasta la barbilla y miré por la ventana. La ciudad amanecía gris y plana, y desde el piso catorce todo parecía más pequeño. Más manejable.

Volvió con dos tazas y un plato con pan tostado.

—Deberías comer algo —dijo, sentándose al borde de la cama.

—Deja de monitorear lo que como.

—Deja de no comer y lo dejo.

Comí. El pan estaba bueno. El café estaba perfecto. Y estar sentada en su cama, con su camiseta prestada que me quedaba enorme, comiendo pan tostado mientras él tomaba café a mi lado, se sentía como algo peligrosamente parecido a la felicidad.

—Puedo preguntarte algo —dijo.

—¿Desde cuándo pides permiso?

—Desde que sé que vas a enojarte con la pregunta.

—Pregunta.

Dejó la taza en la mesita de noche. Me miró.

—En el bachillerato eras la mejor tiradora del equipo de tiro. Ganaste tres torneos estatales. ¿Por qué lo dejaste?

Todo el calor se me salió del cuerpo de golpe.

—Eso fue hace mucho.

—Lo sé. Por eso pregunto.

—No quiero hablar de eso.

—Val—

Me giré hacia él y lo besé. Fuerte. Le metí la lengua en la boca y le puse la mano en el pecho y lo empujé contra la cama hasta que estuve encima de él. Sentí cómo se le aceleró el pulso debajo de mi palma, cómo su cuerpo respondió de inmediato, cómo sus manos me agarraron las caderas y me apretaron contra él.

—Val, espera—

—No quiero esperar.

—Estoy intentando hablar contigo—

—Y yo estoy intentando que dejes de hablar.

Me miró desde abajo. Ojos oscuros, mandíbula tensa. Sabía lo que estaba haciendo. Sabía que usaba el sexo para cerrar conversaciones. Y la frustración de eso le cruzó la cara como una sombra.

Pero su cuerpo le ganó al cerebro. O tal vez eligió dejarme ganar esta vez. Porque me jaló hacia abajo y me besó con una urgencia que no tenía nada de dulce, y después me giró y me puso debajo y me dijo al oído:

—Si no quieres hablar, está bien. Pero un día vas a contarme. Y voy a estar esperando.

—Cállate y—

—Di mi nombre.

—¿Qué?

—Mi nombre. No Del Fuego. No Sebastián. Mi nombre. El que dices cuando no estás pensando.

Se movió dentro de mí. Lento. Profundo. Sosteniéndome la mirada.

—Seb —dije, y me salió como un quejido.

—Otra vez.

—Seb.

—Otra vez.

—Seb, por favor, más rápido—

Sonrió. El maldito sonrió. Y me dio lo que le pedí.

Después, cuando los dos estábamos en la cama mirando el techo, con las sábanas hechas un desastre y la respiración todavía entrecortada, sentí que algo se había desplazado entre nosotros. Algo que ya no podía pretender que no existía.

—Tengo que irme —dije.

—Quédate.

—Tengo turno en cuatro horas.

—Quédate las cuatro horas.

—Seb.

—Val.

Me vestí con mi ropa del día anterior. Él me observó desde la cama, con el brazo detrás de la cabeza y la sábana apenas cubriéndole la cintura. Me miró ponerme la sudadera, los tenis, recogerme el pelo. Y cuando llegué a la puerta del cuarto, dijo:

—Seis.

—¿Seis?

—Seis veces que me dijiste Seb anoche. Sin contar los de hace un rato. —Pausa—. Pero quién cuenta.

—Eres insoportable.

—Lo sé. Pero te gusta.

Salí de su departamento con la ropa arrugada y el pelo hecho un desastre, y algo latiendo dentro de mí que no podía nombrar.

—————

...Luca....

Valentina no durmió en su casa anoche.

Lo supe porque pagué al portero de su edificio para que me avisara cuando entrara y saliera. Doscientos pesos al mes. La mejor inversión de mi vida.

Me mandó un mensaje a las once de la noche: "La señorita no ha regresado." Y luego otro a las siete de la mañana: "Acaba de llegar en taxi. Trae ropa diferente."

Ropa diferente. Taxi a las siete de la mañana. No durmió en su casa.

Estaba con alguien.

Apreté el teléfono hasta que me crujieron los dedos. Estaba en mi departamento, en calzones, con la resaca del karaoke todavía pegada a la garganta. La rubia con la que salí la semana anterior dormía en mi cama. No me importaba. No me importaba ninguna de ellas. Eran pasatiempos. Valentina era el negocio.

Y el negocio se me estaba escapando.

Mi teléfono sonó. Camila.

—Hola, Luca. —Su voz era miel con veneno, como siempre—. ¿Cómo amaneciste?

—¿Qué quieres, Camila?

—Nada, sólo llamaba porque me enteré de algo que te podría interesar. —Pausa dramática. Camila vivía para las pausas dramáticas—. Tu ex estuvo anoche en casa de un tal... Sebastián del Fuego. ¿Te suena?

—¿Quién te dijo eso?

—Tengo mis fuentes. —Se rió—. ¿Sabes quién es? Es piloto. De Vuelo Cielo. Guapísimo, por cierto. Bastante más guapo que tú, si me permites la observación.

—Camila.

—Es la verdad, Luca. Tu ex se está acostando con un piloto que parece sacado de una revista. Y tú estás ahí sentado perdiendo el tiempo. —Otro cambio de tono. Más serio—. Mira, yo quiero ayudarte. Eres buena gente. Y mi hermana es... complicada. Pero si pierdes a Valentina, pierdes el contrato con papá. Y tú no quieres eso, ¿verdad?

—¿Qué propones?

—Por ahora, nada. Sólo quería que supieras. El conocimiento es poder, Luca. Y yo acabo de darte un poco.

Colgó.

Me quedé sentado en la cama mirando la pantalla. La rubia se movió, murmuró algo en sueños. La ignoré.

Sebastián del Fuego. Piloto. Vuelo Cielo.

Abrí Instagram. Busqué el nombre. Nada. Sin redes sociales. Un fantasma.

Pero yo no necesitaba redes sociales. Necesitaba algo mejor.

Abrí la conversación con Adrián Herrera.

«Necesito un favor. Averíguame todo lo que puedas sobre un tal Sebastián del Fuego. Piloto de Vuelo Cielo.»

Adrián respondió en un minuto:

«¿Del Fuego? ¿Como los del Fuego de Grupo Cielo?»

Me quedé helado. Grupo Cielo. La aerolínea. Una de las empresas más grandes del país.

«¿Es familia de ellos?»

«Déjame averiguar. Pero si es un Del Fuego, compa... te metiste con gente pesada.»

Dejé el teléfono en la mesa.

Camila tenía razón. Valentina se estaba escapando. Y ahora resultaba que se escapaba con alguien que podía ser más poderoso que yo, que mi padre y que Don Fernando juntos.

Esto ya no era personal.

Esto era guerra.

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Isabel Cristina Sinza
Me gusta como inicio, te deja intrigada! vamos a continuar y lo mejor ya está terminada, muchas gracias a la escritora!🥰
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