Renata Sinclair lleva años casada con un hombre que la mira como si fuera un mueble más de su casa. Sin caricias, sin besos, sin palabras dulces… ni siquiera de noche comparten la cama. El rechazo constante ha despertado en ella un fuego que no logra apagar: su cuerpo pide lo que su alma anhela, y la ausencia de afecto se transformó en un deseo incontrolable que la avergüenza y la consume. Desesperada por salvar su matrimonio y sanar esa parte rota de sí misma, acude a una consulta médica privada. Allí conoce al doctor Gabriel Sterling: hombre alto, imponente, mirada de acero y voz que la eriza con cada sílaba. Es autoritario, directo, exigente… y despierta en ella algo que ni su propio cuerpo logra entender. Cuando Renata se atreve a acercarse a su esposo una última vez, buscando recuperar lo que perdieron, recibe la humillación más cruel de su vida. Destrozada, volverá a los brazos —y a la cama— del doctor, sin imaginar que él oculta un secreto: detrás de esa bata blanca.
NovelToon tiene autorización de patricia sinisterra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 2: Recetas y Miradas
Los tres días siguientes se le hicieron a Renata eternos, como si el tiempo se hubiera detenido a propósito para torturarla. Cada hora, cada minuto, su mente volaba inevitablemente hacia aquel consultorio: al sonido grave de la voz de Gabriel, al peso de su mirada que parecía desnudarla el alma, al aroma masculino que se le había quedado pegado a la memoria y que ahora respiraba en cada rincón de su casa.
Se decía a sí misma que era absurdo, que él era su médico, que estaba allí para ayudarla a salvar su matrimonio… pero su cuerpo no le hacía caso a la razón. Al contrario: cuanto más intentaba reprimir esos pensamientos, más intensos se volvían. Se descubría tocándose en la cama por las noches, cerrando los ojos e imaginando que era él quien la acariciaba, que era su voz la que susurraba su nombre contra su piel. Y cada vez que el recuerdo de sus ojos oscuros cruzaba su mente, un escalofrío recorría su espalda, encendiendo un fuego que ya no sabía si quería apagar.
Llegó al edificio diez minutos antes de la hora acordada, con el corazón latiéndole contra las costillas como si quisiera salirse. Subió en el ascensor, ajustándose la ropa una y otra vez, insegura, nerviosa, ansiosa por verlo de nuevo. Cuando la puerta se abrió y cruzó el umbral del despacho, Gabriel ya la esperaba de pie junto al escritorio, con una carpeta abierta en la mano. Al levantar la vista y encontrarse con sus ojos, Renata sintió que las piernas le flaqueaban.
—Llega puntual —dijo él, y esa voz profunda la recorrió entera como una caricia—. Eso me gusta. El orden y la constancia son la base de cualquier transformación.
—No quería hacerle esperar —respondió ella, sentándose al borde de la silla con las manos entrelazadas con fuerza sobre el regazo, intentando ocultar el temblor de sus dedos.
Gabriel cerró lentamente la carpeta y se apoyó contra el borde del escritorio, justo frente a ella, invadiendo su espacio con deliberada calma. Su cercanía era abrumadora: podía sentir el calor que emanaba su cuerpo, respirar su aroma a madera y vainilla que la embriagaba desde la primera vez.
—He analizado a fondo su caso, Renata. Lo que presenta no es una enfermedad, ni un vicio, ni una falla moral. Es un mecanismo de defensa. Lleva años recibiendo un mensaje claro y constante: no importas, no te deseo, tu presencia es irrelevante. Su psique ha buscado la única forma de volver a sentirse viva: a través del cuerpo. El deseo se ha convertido en su refugio. Y en su prisión.
Renata tragó saliva, con la garganta seca.
—¿Entonces… no estoy rota por dentro?
—Está herida. Y las heridas duelen y sangran hasta que se curan. Pero no está rota. —Se inclinó un poco más hacia adelante, reduciendo la distancia entre ambos hasta que pudo ver el brillo oscuro de sus pupilas—. El problema no es que sienta demasiado. El problema es que nadie le ha enseñado a ser deseada como se merece.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, cargadas de una tensión espesa que casi se podía tocar. Renata contuvo el aliento, con la mirada fija en sus labios, preguntándose si sabrían igual de bien que se los imaginaba.
—¿Y cómo… cómo empezamos la cura? —susurró, casi sin voz.
Gabriel se irguió lentamente, enderezando la espalda como si necesitara recuperar el control que se le escapaba entre los dedos. Empezó a hablar entonces, dándole indicaciones claras y precisas: formas de acercarse a Andrés sin exigencia ni prisa, gestos suaves, palabras que abrían puertas en lugar de derribarlas, momentos elegidos con paciencia. Le explicó cada paso con calma, con voz firme y segura… pero Renata apenas escuchaba sus palabras. Miraba cómo se movían sus labios al hablar, la línea marcada de su mandíbula, la vena que se le marcaba levemente en el cuello cuando hacía una pausa. Se imaginó besándola allí, justo debajo de la oreja, y un rubor ardiente subió por su cuello hasta incendiarle las mejillas.
Gabriel calló de golpe.
—¿Le ocurre algo?
—No, nada… —tartamudeó ella, apartando la vista de inmediato, avergonzada—. Es solo que… todo esto me supera un poco. Es mucho que procesar.
—Es normal. El cambio da vértigo. Pero le exijo algo más importante que cualquier indicación médica: no se esconda de mí. Si se pierde, dígamelo. Si se avergüenza, dígamelo. Si su mente viaja a lugares que no debería… también dígamelo. Yo estoy aquí para verla completa, Renata. No solo la parte educada y correcta.
Ella alzó la vista, encontrándose de nuevo con esos ojos que parecían leerle el alma.
—¿Y si lo que ve no le gusta? ¿Y si soy demasiado… intensa?
Gabriel la recorrió con la mirada, despacio, desde la punta de los pies hasta la coronilla, deteniéndose en sus labios unos segundos que le parecieron eternos.
—No creo que eso sea posible —respondió con voz más grave, casi un ronquido en la garganta.
El aire se transformó. Se volvió denso, pesado, lleno de algo que ya no tenía nada que ver con medicina. Él pareció darse cuenta al instante, apartándose con brusquedad y caminando hacia la mesa para tomar una hoja impresa.
—Aquí tiene todo por escrito —dijo, entregándosela con la mano firme, aunque la mirada seguía oscura y encendida—. Son pasos progresivos. Siga cada uno al pie de la letra. No se adelante. No se salte nada. La paciencia dará sus frutos. ¿De acuerdo?
Renata tomó el papel con dedos temblorosos; la punta de sus dedos rozó los suyos un instante y sintió una descarga eléctrica que le recorrió todo el brazo hasta el corazón.
—De acuerdo.
—Nos vemos la próxima semana. —Gabriel la acompañó con la mirada mientras se dirigía a la puerta—. Y Renata…
Ella se detuvo, con la mano en el pomo, girando solo la cabeza.
—¿Sí?
—No se guarde nada. Ni lo bueno, ni lo malo, ni lo que le dé pánico pronunciar. Todo importa.
—Lo haré —prometió ella, con un nudo en el estómago y una sonrisa queriendo nacer en sus labios.
Salió al pasillo con el papel apretado contra el pecho, caminando como flotando. El ascensor bajó y ella apenas lo notó. Tenía una misión oficial: acercarse a su esposo, salvar su matrimonio. Pero en el fondo de su pecho crecía una verdad que se negaba a admitir: cada día que pasaba, lo único que de verdad ansiaba era volver a verlo a él.