Mela llevaba veinte años siendo la esposa perfecta. Cocinaba, limpiaba, cuidaba a su suegra enferma, criaba a su hija y mantenía en orden un hogar que nunca fue suyo. Todo para que Arman, su marido, pudiera concentrarse en los negocios y construir un imperio.
Hasta que descubrió que, durante la última década, él lo compartía todo con otra mujer.
El día que Mela firmó el divorcio, se llevó consigo una maleta medio vacía, una llave oxidada y una sola certeza: no iba a suplicar. Ni por dinero, ni por una casa, ni por la dignidad que le habían arrancado.
Volvió a Morana, el pueblo donde creció, a la casa de madera que sus padres le dejaron. Allí, con las manos en la tierra, empezó a reconstruirse desde cero: limpió maleza, plantó chiles y verduras, y poco a poco levantó un negocio que nadie esperaba.
Pero Morana también le trajo algo que no buscaba.
Dino. Un hombre sencillo que apareció en el pueblo con la sonrisa fácil y las manos siempre dispuestas a ayudar. Alguien que la miraba sin lástima y la trataba sin condiciones. Alguien que guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo.
Mientras Mela construye su nueva vida, la antigua no deja de perseguirla. Arman, arruinado y arrepentido, vuelve a buscarla. Su exsuegra, que la despreció durante años, ahora la necesita. Su propia hija, que eligió quedarse con la amante, empieza a cuestionar esa decisión.
Y en medio de todo, un enemigo invisible lanza un ataque que amenaza con destruir lo que Mela acaba de ganar.
NovelToon tiene autorización de Mutzaquarius para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 14 — Siempre hay un camino
Esa mañana, el mercado se sentía más concurrido que de costumbre. Pero no por los compradores, sino por los cuchicheos que de nuevo giraban en torno a Mela.
—Ahí va esa.
—¿La divorciada?
—Sí, la que ahora vende en la ciudad.
Las miradas volvieron a caer sobre una sola persona: Mela. Pero esta vez, ella no se escondió ni agachó la cabeza. Caminó como cualquier otro día, cargando su canasta con la cosecha.
Su paso era tranquilo, el rostro impasible.
—¡Mel!
Mela volteó al oír que una comerciante la llamaba. Era la misma mujer que la había provocado el día anterior, y ahora estaba de pie con las manos en la cintura.
—Me enteré de que ya no vendes tanto aquí, ¿o sí?
Mela esbozó una sonrisa leve. —Así es, una parte va directo a un cliente fijo —respondió.
—¿Cliente fijo? —repitió la mujer con tono burlón—. Entonces ahora ya escoges a quién le vendes, ¿no?
Silencio.
Varias personas empezaron a prestar atención. Pero Mela no respondió de inmediato. En cambio, sacó unas verduras de su canasta y las puso sobre la mesa.
—Esto es para usted.
La mujer frunció el ceño. —¿Qué quieres decir?
—Lo que usted dijo antes, que mis verduras están frescas... es verdad. —Mela la miró de frente—. Y por eso sigo trayendo aquí. Si quiere comprar, adelante —continuó.
—Y si no, tampoco pasa nada. —Su tono no subió, ni mucho menos sonó desafiante. Pero no dejó espacio para que la menospreciaran.
La mujer se quedó muda. No esperaba que Mela le respondiera así. Incluso los que estaban alrededor se miraron entre sí y luego la observaron a ella.
Mela tomó su canasta de vuelta y sonrió levemente. —Con permiso —dijo, y se alejó.
No hubo enojo ni discurso largo. Y sin embargo, se sintió un poco más ligera.
Pero nada de eso cerró el capítulo, porque un nuevo problema apareció.
—¡Mel! —Yolanda llegó algo agitada.
Mela se detuvo y volteó enseguida. —¿Qué pasa?
—El pedido de la ciudad... —Yolanda dejó la frase a medias, tratando de recobrar el aliento.
—¿Qué tiene? ¿Qué pasó? —insistió Mela.
Yolanda tragó saliva. —Lo cancelaron.
El corazón le dio un vuelco a Mela. —¿Cancelaron? —repitió en voz baja.
Yolanda asintió. —Dicen que encontraron otro proveedor con precios más bajos.
Dora, que acababa de llegar, añadió: —Y me dijeron que es gente del pueblo vecino.
Mela se quedó inmóvil. Los puños se le fueron cerrando poco a poco, pero mantuvo el rostro sereno.
—¿Quién? —preguntó.
—Todavía no sabemos —contestó Dora—. Pero alguien comentó que ya empezaron a enviar a la ciudad también.
Mela guardó silencio un instante y luego se dirigió a Dora y Yolanda.
—Esto lo hablamos después, en mi casa —dijo, echando un vistazo a su alrededor.
Dora asintió, comprendiendo. Ella y Yolanda ayudaron a Mela a vender las verduras en el mercado. Cuando se acabaron, las tres regresaron juntas.
Dora ya había avisado a Lucía y Susana para que fueran directo a casa de Mela.
En cuanto llegaron, Mela guardó sus cosas y les preparó algo de beber.
Se sentaron en el porche y empezaron a discutir la situación de las ventas en la ciudad.
—¿Y ahora qué hacemos, Mel? —preguntó Yolanda, abriendo la conversación.
Mela se quedó con la vista fija en su parcela. —Parece que están jugando con los precios para quitarnos al cliente.
Yolanda asintió. —Si nosotras bajamos los nuestros, vamos a perder.
Mela negó despacio. —No es solo eso. Si bajamos los precios, estaremos jugando su juego. —Giró la cabeza—. Mantengamos la calidad y busquemos otros compradores.
Todas intercambiaron miradas en silencio.
—Si una puerta se cierra, abrimos otra —continuó Mela—. Estoy segura de que podemos.
Esa noche, Mela se sentó con su cuaderno. Pero esta vez no se limitó a anotar y calcular: pensaba a fondo, buscando la manera de conseguir nuevos compradores.
Afuera, el viento soplaba más fuerte, como trayendo un cambio consigo. Mela cerró el cuaderno. Su mirada ya no tenía dudas; estaba segura de que podía lograrlo.
A la mañana siguiente, no fue a la parcela como de costumbre. Se paró frente a su casa, con un morral de tela que contenía muestras de su cosecha.
Había chiles, verduras de hoja y algunas frutas que empezaban a madurar.
—¿De verdad vas a ir a la ciudad? —preguntó Dora.
Mela asintió. —Tengo que intentarlo.
Dora afirmó con la cabeza. —Pero ten cuidado. Y por la parcela no te preocupes. Las demás y yo nos hacemos cargo.
Mela asintió sin más y echó a andar. El viaje a la ciudad no era demasiado largo. Pero bastaba para ponerla nerviosa. No dejaba de darle vueltas al negocio, al futuro, al siguiente paso.
Al llegar al mercado de la ciudad, el ambiente era completamente distinto. Más bullicioso, más rápido, más rudo.
—Disculpe, señor. ¿Aceptan proveedores nuevos?
—Lo siento, ya tenemos a quien nos surte.
—Intente en otro momento.
—Si no nos garantiza cantidades estables, es difícil.
Los rechazos se fueron acumulando. Ninguno fue grosero, pero cada uno le quedó grabado. Se detuvo a un costado del pasillo del mercado y exhaló despacio. Bajó la vista hacia las verduras que cargaba.
—A muchos les dijeron que no. A mí también me van a decir lo mismo —murmuró—. Mi suerte no está aquí.
Caminó sin rumbo fijo, pasando frente a varias tiendas, fondas y una bodega pequeña. Hasta que sus pasos se detuvieron ante un lugar modesto. No muy grande, pero visiblemente activo.
Varios hombres descargaban verduras de una camioneta.
Mela observó un momento y se acercó. —¡Disculpe!
Un hombre que cargaba un costal volteó. —¿Sí?
—¿Aquí aceptan proveedores nuevos?
El hombre no alcanzó a responder cuando una voz sonó desde atrás.
—Por lo general, no.
Mela giró la cabeza y vio a un hombre de pie a unos pasos de ella. Llevaba una camisa sencilla con las mangas arremangadas hasta los codos.
Sus miradas se cruzaron. Y por un instante, el tiempo pareció detenerse.
—A menos que la calidad sea fuera de lo común —añadió el hombre con naturalidad.
Mela arqueó una ceja. —¿Y si lo fuera?
El hombre esbozó una sonrisa breve. —Entonces lo vemos.
Mela abrió su morral, sacó varias muestras y las colocó sobre una mesa de madera.
El hombre se acercó, tomó una y la examinó. —¿Todo esto lo sembraste tú?
—Sí —respondió Mela.
—¿Cuánto tiempo llevas?
—Apenas unos meses.
El hombre asintió despacio. Tomó un chile y lo giró entre los dedos. —Nada mal —murmuró.
Mela contuvo la respiración sin darse cuenta.
—Si te compro, ¿puedes entregar de forma regular? —preguntó él.
Mela contestó con aplomo. —No puedo prometer grandes cantidades. Pero puedo prometer constancia.
Silencio.
Luego, el hombre sonrió. —Buena respuesta. —Dejó la verdura en su lugar y la miró—. Mañana trae más.
Mela se sorprendió. —¿Quiere decir que acepta?
El hombre se encogió de hombros. —Vamos a probarlo primero.
Mela asintió, sin hablar de más. Pero sus ojos no podían ocultar la alegría.
Recogió sus cosas y se inclinó levemente. —Gracias. Mañana traeré más.
Mela se dio la vuelta, lista para irse. Pero entonces el hombre la llamó. —¡Mela!
Ella se detuvo en seco. El cuerpo se le puso rígido. Se giró despacio. —¿Usted... sabe mi nombre?
El hombre sonrió apenas. —Entonces sí eres tú. Cuánto tiempo, Mela.
Mela entrecerró los ojos, confundida. Se acercó de nuevo y esta vez lo estudió con atención. —Tú...
—Sí, soy yo. Dino.