Camila lo tenía todo y usó su crueldad para doblegar a Máximiliano, un becado que se negaba a rendirse ante su vanidad.
Años después, la vida los reencuentra en la empresa de su padre, donde él trabaja y ha ganado posición, mientras ella carga con la culpa y un secreto explosivo que él desconoce.
Atrapados entre el rencor del pasado, el dolor y una atracción ineludible, ambos descubrirán que el deseo puede ser tan peligroso como la venganza.
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Capítulo 2: Las reglas del juego
^^^ Narra Máximiliano ^^^
Aquel primer día de clases en el Saint Mary’s Academy no solo marcó mi ingreso formal a una institución donde la chequera de tus padres decidía tu valía como ser humano, sino que selló mi sentencia en el tribunal invisible de la aristocracia adolescente. Yo había entrado por esas puertas con una sola misión muy clara en la cabeza: estudiar con los codos, aprovechar cada libro que mis manos pudieran sostener y conseguir un título universitario que sacara a mi madre de las goteras y las deudas asfixiantes. No tenía tiempo para orgullo ni para peleas de pasillo. Mi armadura era el silencio y mi única meta, la invisibilidad.
Pero Camila se encargó de dinamitar esa estrategia en menos de veinticuatro horas.
Desde el momento en que cruzó miradas conmigo con esa mezcla de curiosidad malsana y repudio clasista, supe que mi vida pacífica como becado fantasma había terminado. Para alguien que estaba acostumbrada a que el mundo entero se inclinara ante su apellido y su ropa de marca, mi absoluta indiferencia era una ofensa imperdonable. Y ella no sabía vivir con ofensas. Tenía que destruirlas o doblegarlas para sentirse viva.
La primera semana transcurrió entre susurros a mis espaldas, risitas disimuladas cada vez que pasaba cerca de su casillero y miradas cargadas de un veneno tan refinado que dolía más que un golpe físico. Sin embargo, el verdadero punto de inflexión ocurrió un martes por la mañana, justo antes de la clase de química.
Fui a mi casillero a buscar el cuaderno de ejercicios. Al girar la combinación y tirar de la puerta metálica, una avalancha de basura cayó directamente sobre mis zapatos gastados: envolturas de chocolates importados, latas de refresco aplastadas y un trozo de papel arrugado con una nota escrita a mano. La caligrafía era impecable, elegante, pero el contenido era una bofetada directa: "Aprende tu lugar, becado. La basura se bota sola, y tú estás estorbando en el camino".
Levanté la vista lentamente, con la mandíbula tensa y los nudillos blancos de tanto apretar la correa de mi mochila. A pocos metros de distancia, recargada sensualmente contra los casilleros y flanqueada por su séquito de amigas y por su novio Mateo —el intocable capitán del equipo de fútbol—, estaba Camila. Me observaba con una media sonrisa fría y calculadora, esperando mi reacción, deseando ver grietas en mi fachada. Esperaba que bajara la cabeza con vergüenza, que llorara o que me encogiera de miedo para alimentar su ego insaciable.
Pero no lo hice. Me agaché con total parsimonia, recogí la basura del suelo, la tiré en el bote de reciclaje que estaba al lado y me giré para mirarla fijamente a los ojos. No bajé la mirada. Le sostuve el pulso visual durante unos segundos eternos, transmitiéndole sin palabras que su crueldad barata no iba a doblegarme. Vi cómo su sonrisa vacilaba un instante, cómo una chispa de desconcierto cruzaba sus ojos antes de que volviera a endurecer el gesto, molesta porque su jueguito no había obtenido el resultado esperado.
Ese día entendí que Camila vivía en una realidad paralela donde las personas eran accesorios desechables. Era hermosa, de eso no cabía duda; su cabello castaño oscuro caía en ondas perfectas sobre sus hombros, su piel parecía porcelana y cada movimiento suyo exudaba una sensualidad involuntaria que desarmaba a cualquiera. Pero esa fachada de perfección dorada ocultaba un vacío monstruoso, una necesidad enfermiza de validación a costa del sufrimiento ajeno. Y yo, por desgracia, me había convertido en su blanco favorito.
Las semanas siguientes se convirtieron en un infierno calculado con precisión milimétrica. Cada broma pesada llevaba su sello invisible. Me cambiaron los libros de la mochila, escondieron mi suéter de invierno en los vestidores y pegaron carteles absurdos en los tablones de anuncios cuando gané el primer lugar en el concurso de matemáticas, insinuando que había hecho trampa porque alguien de mi clase social no podía superar a la élite del Saint Mary’s. Lo peor de todo era la complicidad silenciosa de los profesores, que preferían mirar hacia otro lado antes de contrariar a los hijos de los benefactores de la escuela.
Aun así, resistí. Cada vez que sentía ganas de tirar la toalla y renunciar a la beca, pensaba en las manos callosas de mi madre, en las noches en que ella se acostaba sin cenar para asegurarse de que yo tuviera cuadernos nuevos, y esa imagen me devolvía la fuerza necesaria para levantarme al día siguiente y volver a cruzar las puertas de esa jaula de cristal.
Lo que Camila nunca entendió —y lo que tardaría años en comprender— es que al intentar destruirme con sus juegos de niña rica, lo único que consiguió fue esculpir en mí una resiliencia de hierro. Me obligó a endurecer el alma, a no mendigar afecto y a construir una coraza impenetrable que resistiría cualquier golpe futuro.
Se gradúan de la secundaria como a los 17.
En el tercero año de la universidad van a la fiesta osea de 20 años y sale panzona la Camila, más los 9 meses de panza son 21 años. Retoma la universidad y sale de 23 años. Llega a la oficina. Osea el niño anda de 2 años para 3 y ellos sobre los 24 años.
Algo así 👀👀👀👀👀
Como le va a decir bastarfo al nieto