Durante tres años, Ximena Salazar esperó a un esposo que huyó al extranjero con su amante la misma semana de la boda. Cuando Fernando regresa a Monteverde con esa mujer embarazada del brazo, Ximena deja de esperar.
Le devuelve el apellido, recupera todo lo que entregó a la familia Ayala y decide seguir adelante con el único hombre que nunca le ha pedido explicaciones: Adrián, el desconocido irresistible al que ha mantenido en secreto durante tres años.
Solo hay un problema.
Adrián no es pobre, ni indefenso, ni el amante discreto que ella creía tener bajo control. Es el heredero de los Bramonte, el magnate más temido de la Capital y un hombre capaz de poner de rodillas a una familia entera con una sola llamada.
Mientras su exmarido intenta recuperarla, una falsa heredera roba su nombre y la alta sociedad se empeña en destruirla, Ximena tendrá que revelar los secretos que lleva años ocultando. Porque ella tampoco es una mujer cualquiera.
Él podría darle un imperio.
Pero Ximena ya sabe construir el suyo.
Y Adrián solo quiere una cosa a cambio: que la mujer que lo “mantuvo” deje de tratarlo como un capricho y lo elija para siempre.
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Capítulo 4
Cap 4: La verdadera y la falsa heredera
—El blanco no te queda —dijo Fernando, mirándola de reojo en el probador—. Te ves… no sé. Ponte otra cosa.
Ximena se acomodó el vestido color hueso frente al espejo, sin prisa.
—Me queda perfecto. —Se puso los aretes—. Y lo sabes, porque llevas rato sin poder verme a la cara.
Fernando apretó los labios y se dio la vuelta. En el reflejo, ella lo vio tragar saliva. Sonrió para sus adentros y tomó la caja del regalo.
La hacienda de la Sierra no era una casa: era un pequeño reino. El camino de acceso se hacía eterno entre jardines iluminados, fuentes y valets de guante blanco. Adentro, el salón principal se abría en terrazas de cantera, con mesas vestidas de lino y arreglos de flores que valían más que un coche. Cuando el encargado revisó las invitaciones de los Ayala, los mandó a la última mesa, al fondo, casi junto a la cocina. Fernando se puso rojo. Ximena ni parpadeó.
—Cuánta gente importante —murmuró ella, paseando la mirada—. Y nosotros de arrimados.
Llegó el momento de los regalos. Los invitados más cercanos pasaban a saludar a doña Consuelo, la festejada —una anciana de espalda recta y ojos vivos—, y dejaban sus obsequios en una mesa lateral: una pintura virreinal, una escribanía de plata del siglo XIX, un collar art déco firmado. Nadie decía cuánto costaban. No hacía falta.
Entonces avanzó Susana.
Venía deslumbrante, cargada de brillos, del brazo de doña Leticia. Traía una caja de terciopelo con el logotipo dorado de QUEEN.
—Doña Consuelo, de parte de la familia Salazar. —Susana abrió la caja y la ladeó para que todos vieran el collar—. Es una pieza de alta joyería de QUEEN, edición limitada. Nos costó un ojo de la cara, la verdad; casi tres millones. Para una persona tan especial, lo mejor.
Repitió el precio. Lo repitió una segunda vez, "tres millones", por si alguien no había oído.
Doña Consuelo miró el collar apenas un segundo.
—Muy generosos. —Su voz era cortés y helada—. Que lo guarden.
Una camarera se lo llevó, sin más. Alrededor, las señoras del círculo intercambiaron miradas y sonrisitas. En un salón donde los regalos se medían en siglos y no en pesos, gritar un precio era la marca del que acababa de tener dinero. Susana, sin entenderlo, se quedó parada, sonriendo, hasta que doña Leticia la jaló del brazo de vuelta.
—Nuevos ricos —murmuró una señora detrás de su abanico, sin cuidarse mucho de bajar la voz—. Se les huele a leguas.
Ximena avanzó después. No traía caja de terciopelo. Traía un frasco de cristal soplado, del tamaño de la palma, con un líquido ámbar adentro.
—Doña Consuelo. —La saludó con una discreta inclinación de cabeza—. No es una joya. Es un perfume que destilé yo misma. Se llama Flor de Luna. Es una fórmula que mejoré para el insomnio; el aroma relaja, ayuda a conciliar el sueño. Me contaron que a usted le cuesta descansar por las noches.
—¿Un perfumito? —Susana soltó una risa desde su lugar, lo bastante alto para que se oyera—. Ay, Ximena. A una señora de este nivel le traes… ¿un frasquito hecho en casa? Eso es una falta de respeto.
Ximena ni volteó a verla.
—Se pone una gota en la almohada —le explicó a la anciana, con calma—. O detrás de las orejas. En diez minutos hace efecto. Nada de pastillas.
Doña Consuelo destapó el frasco y lo acercó a su nariz. Cerró los ojos. Respiró hondo.
Cuando los abrió, tenía en la cara una suavidad que no había mostrado con ningún regalo de la noche.
—Ivonne, ven, huele esto. —Le pasó el frasco a la joven que tenía al lado, una muchacha de acento marcado, recién llegada de Inglaterra: Ivonne Bramonte, su nieta—. Dime si no es lo más rico que has olido.
Ivonne aspiró y abrió mucho los ojos.
—Abuela, esto es… divino. ¿Dónde lo compraste? —le preguntó a Ximena, en confianza—. Lo quiero.
—No se compra. Lo hago yo. —Ximena sonrió—. Con mucho gusto le preparo uno.
Doña Consuelo tapó el frasco con cuidado, como quien guarda algo frágil, y llamó a su ama de llaves.
—Este no va a la bodega de regalos. —Se lo puso en la mano—. Este me lo subes a mi recámara. A mi buró. Es para mí.
El salón entero lo oyó. De todos los obsequios de la noche —la plata antigua, los cuadros, el collar de tres millones—, el único que la festejada apartó para sí fue el frasquito hecho en casa.
—¿Cómo te llamas, muchacha? —preguntó doña Consuelo, reteniéndole la mano un segundo más de lo debido.
—Ximena, doña Consuelo. Ximena Salazar.
—Ximena. —La anciana la miró como quien busca un parecido en una cara ajena; luego le soltó la mano, casi a su pesar—. Te vienes a verme un día de estos. Sin regalo. Nada más a platicar. Una vieja como yo se cansa de que todos le traigan cosas y ninguno le traiga conversación.
Ximena inclinó la cabeza. Y no supo por qué, con esa señora de ojos vivos y espalda recta, le nació hablar como si la conociera de toda la vida.
Susana se puso blanca, luego roja. Regresó a su mesa a zancadas y se sentó de golpe.
—Cálmate —le susurró doña Leticia, aunque a ella también le ardía la cara—. No des el espectáculo.
Ximena volvió a la última mesa con el mismo paso tranquilo de siempre.
Nadie en ese salón lo sabía todavía, pero aquella era la vieja herida abierta entre las dos mujeres. Ximena había sido criada como la hija de los Salazar, la heredera, querida y educada como tal. Hasta que hacía tres años apareció Susana: una muchacha crecida en la pobreza, con una prueba de sangre en la mano que decía que ella, y no Ximena, era la hija verdadera. Un error del hospital, dijeron. Un cambio de bebés. Y doña Leticia, que nunca había querido demasiado a Ximena, abrazó a la recuperada sin disimulo, como quien por fin recibe permiso de dejar de fingir.
Desde su asiento, Susana miraba a Ximena con los nudillos blancos sobre la servilleta.
"Todo lo que tú tienes es mío", pensó. "El apellido, la casa, la cara con que te miran. Todo. Y te lo voy a quitar hasta el último pedazo, aunque sea lo último que haga."
Ximena, ajena o no tanto, se sirvió agua y bebió un sorbo, la mirada perdida en el balcón de la planta alta, donde una figura, entre las sombras, parecía observar el salón sin bajar nunca.