Ella puede morir en cualquier momento, pero la presencia del Alfa se convierte en su única ancla para sobrevivir. Kael ha encontrado a su Luna, y destruirá a quien sea necesario con tal de mantener latiendo el corazón de la mujer que ama.
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Capítulo 4
Mientras Kael reposaba bajo la estricta vigilancia de la señora Eva, Bruno se retiró al despacho principal para cumplir la orden del Alfa. Le tomó menos de tres horas mover los hilos de la red de inteligencia de la manada para obtener un expediente médico y personal completo de la cirujana.
Al caer la tarde, Bruno regresó a la habitación de Kael sosteniendo una carpeta de cuero oscuro. Kael ya estaba sentado en el borde de la cama, despojándose de los monitores a pesar de las protestas de los médicos de la manada. Su lado de hombre lobo ya estaba regenerando el tejido interno a un ritmo asombroso, motivado por la intensa conexión que había sentido la noche anterior.
—Tengo la información sobre la doctora Valenzuela, señor —anunció Bruno, entregándole los folios.
Kael abrió la carpeta. La primera página mostrábamos una fotografía clínica de Camila: su rostro sereno, sus ojos castaños llenos de una determinación inquebrantable y el cabello recogido en su habitual coleta.
—Háblame de ella, Bruno —ordenó Kael con voz ronca, pasando el pulgar sobre la imagen de la joven.
—Se llama Camila Valenzuela, tiene veintisiete años y es la cirujana cardiovascular más brillante de su promoción —empezó a reportar Bruno con tono profesional—. Es hija del renombrado doctor Guillermo Valenzuela, director del consorcio médico Valenzuela. Sin embargo, su posición en esa familia es trágica.
La señora Eva, que escuchaba atentamente desde el sillón, se inclinó hacia adelante.
—¿Por qué trágica, Bruno?
—La madre de Camila falleció cuando ella era una niña. Su padre se volvió a casar con Victoria, una mujer fría y manipuladora que introdujo a su propia hija, Giselle, en el núcleo familiar —explicó Bruno—. Camila padece una miocardiopatía restrictiva grave. Su única salvación es un trasplante de corazón urgente.
Kael apretó la carpeta con tal fuerza que el papel se arrugó bajo sus dedos. Sus ojos de verde felino destellaron con un brillo peligroso.
—¿Por qué no ha recibido la cirugía si pertenece a una familia de médicos influyentes? —demandó el Alfa, con un gruñido amenazante retumbando en su garganta.
—Porque su madrastra, Victoria, ha manipulado las juntas médicas y a su propio esposo para congelar la solicitud de Camila en el comité —reveló Bruno—. Hacen pasar su condición como un "caso de bajo pronóstico" para no gastar los recursos ni la influencia de la familia. Básicamente, la están dejando morir lentamente para quedarse con la herencia completa de la madre de Camila.
Un silencio pesado y helado cayó sobre la habitación. La atmósfera se volvió tan sofocante que hasta Bruno sintió la presión del poder de Kael fluctuar violentamente.
—¿Dejarla morir? —susurró Kael, y la ira en sus palabras era casi palpable—. Se atreven a condenar a mi Luna mientras ella salva las vidas de otros en la madrugada...
La señora Eva se puso de pie y caminó hacia su nieto, poniendo una mano firme sobre su hombro para calmar su aura antes de que reabriera sus heridas.
—Ahora entiendes el propósito de la diosa Luna, Kael —dijo la anciana con serenidad sabia—. El destino no te llevó a ese hospital solo para que ella te salvara la vida. Te llevó ahí para que te conviertas en el protector que ella necesita. Esa mujer tiene el coraje de una Luna, pero su cuerpo humano está al límite.
Kael cerró el expediente de golpe y miró a su mano derecha con una orden implacable en los ojos.
—Bruno, pon a nuestros mejores hombres a vigilar la mansión Valenzuela y el hospital. No quiero que le pase nada. Prepara todo para acelerar la búsqueda de un donante compatible en nuestra red médica privada.
—¿Y respecto a su familia, señor? —preguntó Bruno.
—Si vuelven a ponerle un solo dedo encima o intentan frenar su salud... destruiré todo lo que ese hombre y su esposa han construido —sentenció Kael con voz mortal—. Camila es mía. Y nadie le arrebata la vida a la Luna del Alfa.
La tensión mortal que llenaba el despacho se disipó de golpe cuando la pesada puerta de roble se entreabrió unos centímetros. Por la rendija se asomó una cabecita repleta de rizos castaños y dos grandes ojos cafés que parpadearon con timidez.
—¿Papá? —llamó una vocecita dulce e inocente.
Kael contuvo la respiración. En un segundo, la ferocidad del Alfa implacable y temido por el crimen organizado se desvaneció por completo. Sus rasgos duros se suavizaron y la presión sofocante de su aura desapareció.
—Kira... —murmuró Kael, haciendo un esfuerzo por mantener la voz firme a pesar del dolor de su cicatriz—. Ven aquí, mi amor.
La pequeña Kira, de apenas cuatro años, no esperó dos veces. Corrió con sus piececitos descalzos por la alfombra, vistiendo un pijama de dibujitos y apretando contra su pecho un oso de peluche visiblemente desgastado. Bruno se hizo a un lado con respeto mientras la niña esquivaba la mesa para lanzarse directamente hacia la cama.
—¡Papá! La abuela me dijo que estabas durmiendo porque estabas muy cansado —dijo Kira, apoyando las manitas en el colchón para intentar subirse, ignorando los vendajes que sobresalían por debajo de la camiseta de Kael.
Kael se inclinó con cuidado, reprimiendo una mueca de dolor en el abdomen, y la tomó en brazos para subirla a sus piernas. La acomodó en su regazo con una delicadeza extrema, abrazándola contra su pecho con una devoción casi protectora. Kira enterró la carita en el cuello de su padre, aspirando el olor a su alrededor.
—Arriba hay mucho ruido, papá... y no me dejaban bajarte a ver —susurró la pequeña con un pucherito, mirando de reojo a Bruno—. ¿Ya te sientes mejor?
—Mucho mejor ahora que estás aquí, princesa —respondió Kael, besándole la frente con ternura mientras le acomodaba los rizos sueltos—. Papá solo tuvo un pequeño accidente en el trabajo, pero ya estoy sanando.
La señora Eva contemplaba la escena desde un rincón con una sonrisa serena. Se acercó despacio a la cama y acarició la cabeza de su biznieta.
—Kira estuvo muy inquieta toda la mañana, Kael. Sabes que ella siente cuando estás lastimado, aunque sea tan pequeña —dijo la abuela en voz baja.
Kira levantó la vista hacia Kael y frunció sus cejas tupidas, imitando el gesto adusto de su padre cuando se ponía serio.
—¿Y la doctora bonita, papá? —preguntó la niña de pronto, inclinando la cabeza con curiosidad.
Kael se congeló por un instante, intercambiando una rápida mirada con Bruno y con la señora Eva.
—¿Qué doctora, mi vida? —preguntó Kael con suavidad.
—La abuela dijo que una doctora muy buena te curó el dolor para que pudieras regresar a casa conmigo —dijo Kira con la inocencia pura de sus cuatro años, apretando a su osito—. ¿Va a venir a jugar conmigo? Quiero darle un abrazo por cuidarte.
El corazón de Kael dio un vuelco en su pecho. Miró la fotografía de Camila que aún descansaba sobre el escritorio a unos metros de distancia. La idea de ver a su pequeña Kira en los brazos de Camila, formando la familia que la vida y las traiciones del pasado le habían arrebatado, encendió una llama ardiente en el alma del Alfa.
—Pronto la vas a conocer, Kira —le prometió Kael en un murmullo firme y lleno de determinación, besando de nuevo la mejilla de su hija—. Papá se va a encargar de traer a esa doctora para que se quede con nosotros para siempre.