Natalia Harrison vivía feliz en su mundo perfecto, siendo la hija menor y consentida de una poderosa familia de Manchester. Rodeada de lujos y protegida por reglas estrictas, nunca había tenido que enfrentarse a las consecuencias reales de sus decisiones.
Pero todo cambia cuando, tras una pelea con su novio, comete un error impulsivo con Alejandro Foster, el joven y enigmático socio de su padre. Lo que parecía un simple desliz se convierte en un secreto imposible de ocultar.
Cuando descubre que está embarazada, su mundo se derrumba: su familia le da la espalda, y Alejandro, atado por su propia realidad, no puede estar a su lado. Natalia tendrá que enfrentarse sola a una verdad que lo cambia todo, dejando atrás la vida perfecta que alguna vez creyó tener.
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Capítulo 16: La despedida
Esa misma noche, después de la violenta cena, alguien tocó suavemente la puerta de Natalia. Era Lia.
—Nat… soy yo. ¿Puedo pasar?
Natalia abrió la puerta con los ojos hinchados de tanto llorar. Lia entró y la abrazó con fuerza.
—Mi pobre hermanita… —susurró Lia, acariciándole el cabello—. Lo siento tanto. Papá se pasó de la raya. Ven conmigo. Te puedes quedar en casa unos meses mientras decides qué hacer. William y yo te ayudaremos. No tienes que estar sola.
Natalia negó con la cabeza, sollozando contra el hombro de su hermana mayor.
—No puedo, Lia… No quiero que papá se enfade contigo también. Ya amenazó con que cualquiera que me ayude tendrá problemas con él. No voy a arrastrarte a esto. Tú tienes a tu bebé, a tu esposo… no quiero destruir tu vida también.
—Pero Nat, ¿qué vas a hacer entonces? —preguntó Lia preocupada, apartándola para mirarla a los ojos—. Estás embarazada, no tienes dinero, ni dónde quedarte…
Natalia bajó la mirada y respiró hondo.
—Me iré del país.
Lia se quedó en shock.
—¿Del país? ¿A dónde? ¿Con quién?
—No puedo decírtelo ahora —respondió Natalia con voz temblorosa—. Pero es la única opción que tengo. Por favor, no me preguntes más. Solo… confía en mí.
Lia la abrazó de nuevo, llorando en silencio.
—Prométeme que me llamarás, que no vas a desaparecer. Eres mi hermana pequeña. Te quiero mucho.
—Te quiero también, Lia. Gracias por todo.
A la mañana siguiente, Natalia se levantó temprano. Fue a la universidad y se dio de baja del semestre. La secretaria la miró con lástima, pero no hizo preguntas. Después se encontró con Eloise en el café del campus.
Cuando le contó todo, Eloise rompió en llanto.
—No puedo creer que tu papá te haya echado de casa… —sollozó su amiga—. ¿Qué vas a hacer ahora, Nat?
—Me voy de Inglaterra —dijo Natalia, abrazándola—. No sé por cuánto tiempo. Pero tengo que hacerlo. Por mí y por el bebé.
Eloise la apretó con fuerza.
—Te voy a extrañar tanto… Prométeme que me escribirás todos los días. Y si necesitas algo, lo que sea, avísame. Aunque tu papá me odie, yo siempre estaré para ti.
—Te lo prometo —susurró Natalia, también llorando—. Eres la mejor amiga que alguien podría tener.
De regreso en la mansión, Natalia pasó la tarde haciendo las maletas. Solo llevó lo esencial: ropa, algunos libros, su laptop y recuerdos importantes. Cuando terminó, bajó las escaleras con dos grandes maletas.
Clara Harrison la esperaba en la entrada, con los ojos rojos y el rostro lleno de dolor. A pesar de la orden estricta de Ernesto, no pudo evitar bajar a despedirse de su hija menor.
—Natalia… —dijo Clara con la voz quebrada, acercándose a ella.
—Mamá… —Natalia dejó las maletas y se lanzó a sus brazos.
Ambas lloraron abrazadas durante varios minutos.
—No quiero que te vayas, mi niña —sollozó Clara—. Pero tu padre… está muy furioso. Dice que es por el honor de la familia. Yo… no pude convencerlo.
—Lo sé, mamá. No te culpo —respondió Natalia entre lágrimas—. Cuídate mucho. Y cuida a papá, aunque ahora me odie.
Clara le acarició la mejilla hinchada por la bofetada de la noche anterior.
—Nunca te odiará de verdad. Eres su princesa… siempre lo fuiste. Cuando se calme, tal vez…
Natalia negó suavemente.
—No sé si algún día me perdone. Pero yo tengo que seguir adelante. Por este bebé.
Desde la ventana del segundo piso, Ernesto Harrison observaba la escena con el rostro endurecido. Sus ojos estaban húmedos, pero su orgullo no le permitía bajar. Vio cómo su hija menor, su niña consentida, cargaba las maletas hacia el auto que la esperaba. Una lágrima solitaria escapó por su mejilla, pero la limpió rápidamente.
—Adiós, princesa… —murmuró para sí mismo, con la voz rota.
El auto se alejó por el largo camino de la mansión. Natalia no miró hacia atrás.
En el aeropuerto de Manchester, Natalia esperaba sentada con sus maletas. Minutos después, Alejandro apareció caminando hacia ella con paso seguro. Llevaba un traje oscuro y expresión seria.
—Natalia —dijo al llegar—. ¿Estás segura de esto?
Ella levantó la mirada, con los ojos aún hinchados.
—No tengo otra opción, Alejandro. Mi padre me echó de casa. No tengo dinero, ni lugar donde quedarme. Tu oferta… es lo único que tengo ahora.
Alejandro se sentó a su lado.
—Antonio te estará esperando en el aeropuerto de Milán. Él te llevará a un apartamento seguro que preparé para ti. Es cómodo, está en una buena zona y cerca de una buena universidad si quieres continuar tus estudios. Yo me quedaré unos días más aquí en Inglaterra para cerrar los últimos detalles con tu padre y luego regresaré a Italia.
Natalia asintió lentamente.
—Gracias… por ayudarme. Aunque todo esto sea un desastre.
Alejandro la miró con intensidad.
—No es solo ayuda. Es mi responsabilidad también. Ese bebé es mío. No voy a abandonarte.
Natalia no respondió. Se quedó mirando sus manos, procesando todo lo que estaba sucediendo. Hace solo unas semanas era la hija perfecta de los Harrison, estudiando arquitectura y soñando con un futuro tranquilo. Ahora estaba embarazada, repudiada por su familia y a punto de volar a otro país con un hombre que apenas conocía.
El anuncio de su vuelo sonó por los altavoces.
—Es hora —dijo Alejandro, ayudándola con las maletas.
Antes de que ella pasara por el control de seguridad, Alejandro la tomó suavemente del brazo.
—Natalia… sé que tienes miedo. Yo también. Pero no estás sola en esto. Vamos a encontrar la forma de que esto funcione.
Natalia lo miró a los ojos por primera vez en mucho tiempo y asintió débilmente.
—Nos vemos en Italia entonces.
Se dio la vuelta y caminó hacia el control migratorio, arrastrando su nueva vida detrás de ella. Una vida llena de incertidumbre, pero también de una pequeña esperanza.
Mientras tanto, en la mansión Harrison, Ernesto seguía de pie frente a la ventana, viendo cómo el auto desaparecía en la distancia. Por primera vez en muchos años, el poderoso empresario sintió que había perdido algo irremplazable.