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El hombre que mantenía era un CEO

El hombre que mantenía era un CEO

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Intrigante / Mujer poderosa / Amor a primera vista / Equilibrio De Poder / Traiciones y engaños / Sustituto/a / Donde hubo fuego cenizas quedan / Amante arrepentido / Ella Mayor Que Él / Amor platónico / Completas
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Durante tres años, Ximena Salazar esperó a un esposo que huyó al extranjero con su amante la misma semana de la boda. Cuando Fernando regresa a Monteverde con esa mujer embarazada del brazo, Ximena deja de esperar.
Le devuelve el apellido, recupera todo lo que entregó a la familia Ayala y decide seguir adelante con el único hombre que nunca le ha pedido explicaciones: Adrián, el desconocido irresistible al que ha mantenido en secreto durante tres años.
Solo hay un problema.
Adrián no es pobre, ni indefenso, ni el amante discreto que ella creía tener bajo control. Es el heredero de los Bramonte, el magnate más temido de la Capital y un hombre capaz de poner de rodillas a una familia entera con una sola llamada.
Mientras su exmarido intenta recuperarla, una falsa heredera roba su nombre y la alta sociedad se empeña en destruirla, Ximena tendrá que revelar los secretos que lleva años ocultando. Porque ella tampoco es una mujer cualquiera.
Él podría darle un imperio.
Pero Ximena ya sabe construir el suyo.
Y Adrián solo quiere una cosa a cambio: que la mujer que lo “mantuvo” deje de tratarlo como un capricho y lo elija para siempre.

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Capítulo 2

Cap 2: El regreso del ingeniero Ayala

Lili se llevó las dos manos al vientre, como si Ximena la hubiera empujado.

—Xime… —Los ojos se le llenaron de agua en un instante, con esa facilidad suya de siempre—. Perdóname. Perdóname, por favor. No queríamos que te enteraras así. Yo… yo le dije a Fernando que era mejor decírtelo con calma, en privado, pero…

—Ya, Lili. —Fernando le pasó un brazo por los hombros y encaró a Ximena con la barbilla en alto—. No la presiones. Está delicada.

—¿Yo la presiono? —Ximena arqueó una ceja—. Hice una pregunta de sí o no. —Volvió a mirar el vientre y sonrió con dulzura de vidrio—. Pues muchas felicidades. De verdad. Se ve que el intercambio fue muy productivo.

Recogió el carrito de maletas de la mano floja de Fernando y echó a andar hacia la salida como si fuera la anfitriona del recibimiento.

En el estacionamiento los subió al auto sin una palabra de más. Manejó ella. Por el retrovisor veía a Lili acurrucada contra Fernando en el asiento de atrás, hipando bajito, y a él acariciándole el pelo con una devoción que a Ximena, francamente, ya no le movía nada.

Los dejó en la puerta del Gran Hotel Monteverde.

—Lili no puede llegar así a la casa de doña Perla —dijo Ximena, con las manos todavía en el volante—. Que descanse aquí. Tú y yo tenemos que ir a ver a tu papá.

Fernando dudó. Miró a Lili, miró a Ximena, y por una vez le hizo caso a la segunda.

Ya solos, camino a la casona de los Ayala, el silencio duró tres semáforos. Fue Ximena la que lo rompió.

—Quiero el divorcio, Fernando.

Él soltó una risa seca, incrédula.

—¿El divorcio? —Negó con la cabeza—. Qué bajo caes, Xime. En serio. Te enteras de que Lili está embarazada y lo primero que haces es venir a cobrarte. ¿Así de rencorosa te volviste?

Ximena no apartó los ojos del camino.

La última vez que él le había hablado en ese tono había sido tres años atrás, en el jardín de la prepa, el día que le confesó lo de Lili. Ella le había cruzado la cara a la muchacha de una bofetada —la única vez en su vida que perdió el control— y Fernando se había puesto delante de Lili, temblando de rabia, para escupirle a Ximena esa misma frase. "Qué bajo caes." Como si la que traicionaba fuera ella.

—No es rencor —dijo Ximena, tranquila—. Es orden y limpieza. Tú quieres a Lili, Lili te va a dar un hijo. Yo estoy de más en esa foto. Firmemos y cada quien por su lado.

—No hay nada que firmar. —Fernando se cruzó de brazos—. Somos marido y mujer. Nos casamos por la buena, delante de las dos familias.

—Ajá.

—Y si crees que te voy a soltar el título de señora Ayala nada más porque estás dolida, estás muy equivocada. Ese apellido te lo di yo.

Ximena sonrió por dentro, pero no dijo lo que pensaba. Todavía no era el momento.

Porque la verdad, la que Fernando prefería no recordar, era otra. Los Ayala y los Salazar eran amigos de tres generaciones; desde que ellos eran niños, ambas familias daban por hecho que un día se casarían. Y cuando el negocio de don Genaro tambaleó, hacía ya años, había sido para protegerlo del fisco y de los socios buitres que las propiedades de la familia Ayala —más de cien escrituras, la casona, los terrenos, los locales— se habían pasado, una por una, a nombre de Ximena. Fernando no tenía nada suyo. Solo un paquete de acciones de la constructora, que su padre le administraba como quien le da domingo a un niño.

El que estaba de más, en realidad, era él. Pero Ximena todavía no jugaba esa carta.

—Piénsalo —fue lo único que dijo—. Nos conviene a los dos.

Fernando miró por la ventanilla, la mandíbula apretada. Y por un segundo, uno solo, algo raro le apretó el pecho: la miró de reojo, tan entera, tan por encima de todo, y sintió una punzada que no supo nombrar. Rabia, quizá. O algo peor.

Ninguno lo dijo en voz alta, pero los dos recordaron el mismo verano.

El verano en que se torció todo. Ximena se había torcido un tobillo tres días antes del campamento de la universidad y le había cedido su lugar a Lili —a Lili, la becada pobre a la que ella misma había protegido desde la prepa, a la que había defendido de las burlas, a la que le compraba los útiles—. Fernando cuidó a Lili esas dos semanas en la sierra. Volvieron tomados de la mano. Y en esos mismos días, como si el destino se hubiera puesto de acuerdo para hundirla, apareció Susana: la "hija verdadera" de los Salazar, la recuperada, con su prueba de sangre y su cara de mártir. Ximena tocó fondo aquel invierno. Estuvo en un lugar muy oscuro, tan oscuro que doña Perla todavía se persignaba al recordarlo. Y fue entonces, con ella deshecha, cuando don Genaro apretó a Fernando con las acciones y lo arrastró al altar.

Se casaron. Él se fue esa misma semana. Con Lili.

Tres años.

El auto entró por el portón de la casona de los Ayala. Ximena apagó el motor.

—Ya llegamos —dijo—. Compón esa cara, que tu papá no está para dramas.

Fernando abrió la portezuela de golpe, harto.

Pero no dio dos pasos.

En lo alto de la escalinata de la entrada, con un rebozo sobre los hombros y una expresión que no auguraba nada bueno, estaba doña Perla. Tenía el teléfono todavía en la mano —alguien ya le había mandado las fotos del aeropuerto, se veía en toda la ciudad para entonces— y venía bajando los escalones con un dedo levantado que apuntaba directo al pecho de su hijo.

—Fernando Ayala. —La voz de la señora cortó el aire de la tarde—. ¿Es cierto que trajiste a esa mujer de vuelta? ¿Y que viene esperando un hijo tuyo?

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