Belleza Angelical, Inteligencia Peligrosa.
Desde niña, Haniel descubrió que una sonrisa podía abrir puertas y que una mirada podía hacer que los demás olvidaran sus propias intenciones. A los dieciséis años solo soñaba con vivir una vida extraordinaria junto a sus mejores amigas.
Pero crecer cambiaría las reglas.
Entre secretos, hombres, dinero, traiciones y poder, Haniel aprenderá que su mayor arma no es su belleza… Sino la facilidad con la que consigue que todos crean en su inocencia.
Porque hasta los ángeles pueden tener un lugar en el Averno.
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Cap6
Los primeros días sin Zamira fueron extraños.
No porque Haniel y Olivia no pudieran divertirse sin ella.
Podían.
El problema era que todo parecía incompleto.
Había una silla vacía en las reuniones, una voz menos en las llamadas y una persona a la que ya no podían buscar simplemente caminando unas cuantas calles.
Zamira había dejado un espacio imposible de ignorar.
Al principio hablaron todos los días.
Mensajes desde que despertaban.
Fotografías de lo que estaban haciendo.
Videollamadas interminables.
Zamira les mostraba las calles de la nueva ciudad, la universidad, los lugares que descubría y hasta las cafeterías donde estudiaba.
—Esto es demasiado bonito —dijo Olivia durante una videollamada.
—Ven a visitarme.
—¡Voy!
Haniel apareció detrás de Olivia.
—No puedes. Tus padres te matan.
—Entonces que me maten.
Las tres rieron.
Durante unos minutos parecía que nada había cambiado.
Hasta que Haniel observó el rostro de Zamira.
Había algo diferente.
No era tristeza.
Era algo más difícil de explicar.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Nada.
—Zamira.
—De verdad, nada.
Haniel la conocía demasiado bien.
Pero antes de poder insistir, Zamira cambió de tema.
—¿Y ustedes qué han hecho?
Olivia comenzó a contarle todo.
Haniel escuchó en silencio.
Sin embargo, una parte de ella seguía pensando en aquel mensaje.
Cuida bien a tus amigas.
Nunca se lo había contado a ninguna de las dos.
Ni siquiera a Olivia.
No quería preocuparlas.
Además, probablemente no significaba nada.
Eso se repetía cada vez que pensaba en él.
Probablemente no significaba nada.
Pasaron dos semanas.
La rutina comenzó a acomodarse.
Olivia estaba ocupada con su familia.
Zamira con sus estudios.
Y Haniel con su propia vida, eventos, reuniones, fotografías, personas nuevas.
Hombres que aparecían constantemente.
Haniel disfrutaba aquella atención, pero algo había cambiado.
Ahora miraba a las personas con mayor cuidado.
Una noche, durante una recepción, un hombre se acercó a ella.
Era mayor que ella, elegante y extremadamente seguro de sí mismo.
—No te había visto antes.
Haniel sonrió.
—Eso es porque no me estabas buscando.
El hombre rio.
—¿Siempre eres así?
—¿Así cómo?
—Difícil.
Haniel tomó una copa de la mesa.
—No soy difícil. Solo sé lo que quiero.
—¿Y qué quieres?
Haniel lo miró.
—Esta noche, divertirme.
El hombre sonrió.
—Entonces tenemos algo en común.
Hablaron durante varios minutos.
Haniel no sabía mucho de él.
Solo que tenía dinero, contactos y una seguridad que rozaba la arrogancia.
Cuando se despidió, él le entregó una tarjeta.
—Llámame.
Haniel la miró.
—¿Y si no lo hago?
—Entonces esperaré.
Ella sonrió y guardó la tarjeta.
No sabía por qué, pero algo en aquel hombre le había resultado extraño.
No peligroso.
Solo extraño.
Como si estuviera acostumbrado a conseguir lo que quería.
Haniel conocía bien a ese tipo de personas.
Porque ella también era así.
Al día siguiente, recibió otra llamada.
Esta vez era Zamira.
—Necesito contarte algo.
Haniel dejó lo que estaba haciendo.
—¿Qué ocurrió?
—Ayer recibí una carta.
—¿De quién?
—No lo sé.
Haniel sintió un pequeño escalofrío.
—¿Qué decía?
Hubo silencio.
—Era solamente una frase.
—¿Cuál?
Zamira respiró profundamente.
—"Algunas personas creen que estar lejos significa estar a salvo."
Haniel se quedó completamente quieta.
El ruido de la calle parecía haberse apagado.
—¿Estás segura de que no sabes quién la envió?
—No.
—¿Se la mostraste a tus padres?
—No.
—Zamira...
—No quería preocuparlos.
Haniel cerró los ojos.
Ahora ya no podía convencerse de que aquel primer mensaje había sido una casualidad.
Dos mensajes.
Dos lugares diferentes.
Dos advertencias.
—Escúchame —dijo Haniel—. No respondas a nadie. Si vuelve a pasar algo, me llamas inmediatamente.
—¿Crees que es la misma persona?
Haniel miró hacia la ventana.
—No lo sé.
Pero mentía.
Empezaba a creerlo.
Esa noche, Haniel buscó nuevamente el número que había bloqueado.
No había mensajes nuevos.
Nada.
Durante varios minutos permaneció observando la pantalla.
Después hizo algo que no había hecho antes.
Preguntó discretamente a una persona que conocía sobre el hombre de la recepción.
Quería saber quién era.
La respuesta llegó horas después.
No es alguien con quien quieras meterte.
Haniel frunció el ceño.
¿Por qué?
La respuesta tardó.
Solo déjalo pasar.
Haniel volvió a escribir.
Necesito saber quién es.
Esta vez no obtuvo respuesta.
Eso fue lo que más la inquietó.
Porque Haniel estaba acostumbrada a que las personas hablaran.
A que presumieran.
A que contaran secretos.
Pero cuando alguien se negaba a decir algo por miedo, normalmente significaba que había algo detrás.
Algo serio.
Dos días después, Haniel volvió a recibir un mensaje.
Número desconocido.
Esta vez no había advertencia.
Solo una fotografía.
La abrió.
Era una imagen de ella.
Haniel sintió que el estómago se le cerraba.
No era una fotografía de un evento.
No era una fotografía publicada en redes.
Era una fotografía tomada desde lejos.
Ella estaba entrando a su casa.
La fecha era de hacía tres días.
Haniel levantó la mirada lentamente hacia la ventana.
La calle parecía completamente normal.
Personas caminando.
Automóviles pasando.
Nada fuera de lugar.
Volvió a mirar el teléfono.
Entonces llegó otro mensaje.
Te dije que cuidaras a tus amigas.
Haniel no respiró durante unos segundos.
Escribió:
¿Qué quieres?
La respuesta apareció casi inmediatamente.
Todavía nada.
Haniel sintió un escalofrío.
Y entonces llegó el último mensaje.
Pero pronto voy a necesitar algo de ti.
La pantalla quedó en silencio.
Haniel dejó el teléfono sobre la mesa.
Por primera vez desde que había aprendido a conseguir lo que quería, no supo qué hacer.
No podía seducir a alguien que no conocía.
No podía manipular a una persona cuya identidad ignoraba.
No podía controlar aquello que no entendía.
Y esa noche comprendió algo que jamás había querido admitir:
había una diferencia enorme entre jugar con las personas...
y descubrir que alguien estaba jugando contigo.
A varios kilómetros de allí, en una habitación oscura, alguien observaba una fotografía de Haniel.
La misma que acababa de recibir.
La persona sonrió.
Después guardó la fotografía en una carpeta.
En la portada había un nombre.
HANIEL.
Debajo, una sola palabra:
OBSERVADA.