sin espoiler
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EL HOMBRE ENTRE LAS SOMBRAS
Muy lejos de la mansión de Christopher, la noche también había cubierto la ciudad.
Pero en aquel lugar no había tranquilidad.
Una enorme oficina permanecía iluminada únicamente por algunas lámparas.
Las ventanas estaban cubiertas por cortinas oscuras.
En el centro había un escritorio de madera.
Detrás de él estaba sentado un hombre.
Alejandro Varela.
Tenía cuarenta y seis años.
Era uno de los líderes más importantes de una organización rival.
Y, a diferencia de otros hombres que habían intentado enfrentarse a Christopher, Alejandro no actuaba impulsivamente.
Observaba.
Esperaba.
Y calculaba.
Frente a él había varias fotografías.
Una de Christopher.
Otra de algunos de sus hombres.
Y una más de la mansión.
Alejandro tomó la fotografía de Christopher.
—Así que descubriste la trampa...
Uno de sus hombres permanecía de pie cerca de la puerta.
—Sí, señor.
—¿Y los traidores?
—Christopher los encontró.
Alejandro sonrió ligeramente.
—Era de esperarse.
El hombre dudó antes de continuar.
—La operación fracasó.
Alejandro dejó la fotografía sobre el escritorio.
—No.
Su subordinado lo miró confundido.
—¿No?
—La primera parte fracasó.
Alejandro se levantó.
Caminó hasta una ventana.
Desde allí podía observar las luces de la ciudad.
—Christopher es demasiado cuidadoso para caer en una trampa tan sencilla.
—Entonces ¿por qué intentarlo?
Alejandro sonrió.
—Para observarlo.
El hombre guardó silencio.
—Quería saber cuánto tardaría en descubrirlo.
—¿Y qué descubrió?
Alejandro giró lentamente.
—Que sigue siendo exactamente como esperaba.
Tomó otra fotografía.
Era de Mirelith.
El hombre la observó.
—¿Ella?
—Mirelith.
—¿Qué importancia tiene?
Alejandro dejó la fotografía sobre la mesa.
—Todavía no lo sé.
Hizo una pausa.
—Pero parece tenerla para Christopher.
---
Mientras tanto, en la mansión, Christopher regresaba de la bodega.
Caminó por los pasillos hasta llegar al salón.
Mirelith estaba sentada en el sofá.
Cuando lo vio, sonrió.
—Por fin.
Christopher se acercó.
—Te dije que volvería.
—Lo sé.
Ella lo observó detenidamente.
—¿Todo bien?
Christopher asintió.
—Por ahora.
Mirelith se levantó.
—¿Encontraste al responsable?
—Todavía no.
Christopher miró hacia las ventanas.
Durante un instante tuvo la extraña sensación de que alguien estaba observándolo.
Se acercó a una de ellas.
Miró hacia los jardines.
Nada.
Solo oscuridad.
Mirelith se acercó.
—¿Qué sucede?
Christopher negó con la cabeza.
—Nada.
Pero no estaba convencido.
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A varios kilómetros de allí, Alejandro observaba una pantalla.
En ella aparecían imágenes tomadas desde lejos de la mansión.
Christopher caminando por el jardín.
Sus hombres patrullando.
Los vehículos entrando y saliendo.
Alejandro estudió cada detalle.
—Tiene demasiada seguridad.
Uno de sus hombres respondió:
—Siempre ha sido así.
—No.
Alejandro negó con la cabeza.
—Ahora es diferente.
—¿Por qué?
Alejandro señaló una de las imágenes.
Christopher aparecía junto a Mirelith.
—Porque ahora tiene algo que proteger.
El hombre comprendió.
—¿Ella?
Alejandro asintió.
—Ella.
—¿Quiere que la vigilemos?
Alejandro permaneció en silencio.
Finalmente respondió:
—Sí.
—¿De cerca?
—Desde lejos.
El hombre asintió.
—Entendido.
Alejandro volvió a mirar la pantalla.
—No quiero que le pase nada.
Su subordinado levantó una ceja.
—¿Por qué?
Alejandro sonrió.
—Porque todavía no sabemos qué papel jugará en todo esto.
---
En la mansión, Christopher acompañó a Mirelith hacia el comedor.
Ella hablaba tranquilamente.
—¿Sabes qué pensé después de revisar esos documentos?
—¿Qué?
—Que quizá debería empezar a cobrarte por ayudarte con tu trabajo.
Christopher sonrió.
—¿Otra vez?
—Claro.
—¿Y cuánto quieres esta vez?
Mirelith fingió pensarlo.
—Un chocolate.
Christopher soltó una pequeña risa.
—Trato hecho.
Por unos segundos, todo pareció normal.
Pero Christopher seguía sintiendo aquella extraña sensación.
Como si alguien estuviera esperando.
Como si alguien estuviera observando cada movimiento.
Y no estaba equivocado.
En otra parte de la ciudad, Alejandro apagó la pantalla.
—Déjenlo dormir esta noche.
—¿Y mañana?
Alejandro tomó su abrigo.
—Mañana empezamos a mover las piezas.
Su hombre asintió.
—¿Cuál es el objetivo?
Alejandro se detuvo frente a la puerta.
—Christopher.
Luego miró nuevamente la fotografía de Mirelith.
—Pero primero quiero saber quién es realmente ella.
La puerta se cerró.
Y la oficina quedó completamente a oscuras.
La guerra todavía no había comenzado.
Pero alguien ya había hecho el primer movimiento.
Y Christopher todavía no sabía que, desde las sombras, un enemigo llevaba días observándolo.