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Cancelé la boda y mi ex acabó en la ruina

Cancelé la boda y mi ex acabó en la ruina

Status: En proceso
Popularitas:14
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

El día de su boda, Alegra Valdés descubre que Sebastián Girón, el hombre por quien renunció a su apellido y a su fortuna, lleva meses engañándola.
Pero Alegra no piensa llorar frente al altar.
Delante de todos los invitados, revela la traición, cancela la boda y recupera la identidad que había ocultado: no es una mujer sin recursos, sino la verdadera heredera de una de las familias más poderosas de Santa Aurelia y una brillante investigadora farmacéutica.
Mientras Sebastián pierde su prestigio, su empresa y todo aquello que creyó tener asegurado, Alegra vuelve a empezar. Entonces aparece Damián Montero, su frío e insoportable director, con una propuesta inesperada: un matrimonio por conveniencia.
Lo que ella no sabe es que Damián lleva diez años protegiéndola en silencio.
Entre secretos familiares, conspiraciones científicas, enemigos dispuestos a destruirlos y un contrato que empieza a parecerse demasiado al amor, Alegra tendrá que decidir si está preparada para confiar de nuevo… esta vez en el hombre que nunca dejó de elegirla.

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Capítulo 10

Cap 10: La amiga en problemas

Violeta me contó su historia al día siguiente, sentadas en la sala de mi departamento con dos tazas de té que se enfriaron sin que ninguna las tocara.

Llevaba seis meses saliendo con un hombre. No me dijo su nombre completo, solo «Marcos». Lo describió como encantador al principio, controlador después, violento al final. Las historias clásicas: revisarle el teléfono, prohibirle salir sola, empujarla contra una pared cuando discutían. Hacía una semana, dijo, la había golpeado.

Me enseñó un moretón en el brazo. Oscuro, del tamaño de una mano.

—No puedo ir a la policía —dijo, limpiándose las lágrimas—. Marcos tiene contactos. Si lo denuncio, me hace la vida imposible. Necesito irme de mi departamento, pero no tengo adónde ir. Mi hermano Miguel no sabe nada, no puedo decírselo, se pondría furioso y haría algo imprudente.

—Vi, quédate conmigo el tiempo que necesites.

—No, Ale, no quiero ponerte en riesgo. Solo necesito ayuda para encontrar un lugar seguro y un abogado que pueda tramitar una orden de restricción sin que Marcos se entere.

Me puse en acción. En dos horas tenía un departamento temporal a nombre de una de las subsidiarias de Grupo Valdés, lo suficientemente discreto para que nadie lo rastreara. Al mediodía, le había conseguido una cita con una abogada especialista en violencia doméstica. Por la tarde, ayudé a Vi a empacar sus cosas esenciales.

Mientras metíamos ropa en maletas, observé su departamento. Era bonito, muebles de diseño, cocina equipada, fotos enmarcadas en las paredes. Pero algo me incomodó. Las fotos eran todas de ella sola. Ni una con «Marcos». Ni un objeto masculino en el baño. Ni un par de zapatos de hombre junto a la puerta.

Para ser la casa de una mujer que llevaba seis meses con alguien violento, el lugar estaba demasiado intacto.

Y el moretón. Lo vi de nuevo cuando Vi se subió la manga para cerrar una maleta. Era real, oscuro, reciente. Pero su ubicación me pareció extraña. Estaba en la parte exterior del antebrazo, una zona difícil de golpear en un forcejeo. Era más consistente con un golpe autoinfligido contra un borde que con una mano agarrándola.

No dije nada. A veces la paranoia es solo paranoia. A veces, después de que tu novio te engañe durante tres años sin que lo notes, empiezas a ver mentiras en todas partes.

Pero la semilla estaba plantada.

Los días siguientes, Vi se instaló en el departamento seguro y empezó a mostrarse más tranquila. Me llamaba todas las noches para darme las gracias. Me mandaba fotos de la cena que cocinaba. Me enviaba mensajes con corazones y emojis de flores.

Era demasiado. Demasiada gratitud, demasiado rápido. Como alguien que necesita asegurarse de que la otra persona no tiene tiempo de hacerse preguntas.

En el instituto, mi vida seguía su ritmo habitual. Montero y yo estábamos en una fase crucial del proyecto, los primeros ensayos preclínicos del compuesto reformulado. Pasábamos los días entre microscopios y hojas de cálculo, y las noches revisando datos que los dos sabíamos de memoria pero que ninguno quería dejar de verificar.

Una mañana, Montero me llamó a su oficina. Cerró la puerta.

—Valdés, ¿por qué has salido tres veces del instituto en horario laboral esta semana?

—Asuntos personales.

—No te pregunté qué son. Te pregunté por qué.

—Porque una amiga necesita mi ayuda.

—¿La del congreso? ¿Cortés?

Me sorprendió que se acordara. Montero no prestaba atención a nada que no fuera ciencia, o al menos eso fingía.

—Sí. Violeta Cortés.

Montero se recargó en su silla. Su expresión no cambió, pero noté que tamborileo de sus dedos sobre el escritorio, algo que hacía cuando estaba procesando información que no le gustaba.

—La familia Cortés tiene vínculos comerciales con media industria farmacéutica de Santa Aurelia. Su hermano Miguel dirige una de las tres empresas más grandes del sector. —Pausa—. ¿Te has preguntado por qué una mujer con esos recursos necesita que tú, específicamente, le resuelvas la vida?

—No todos los problemas se resuelven con dinero, Montero.

—No. Pero los que se resuelven con dinero los resuelve Miguel Cortés en una llamada. Los que no se resuelven con dinero se resuelven con abogados, y la familia Cortés tiene un bufete completo. La pregunta es por qué acudió a ti y no a ellos.

No contesté. Porque la pregunta era buena.

Montero se levantó y caminó hacia la puerta.

—No voy a decirte lo que tienes que hacer. Pero voy a pedirle a Ignacio que revise el perfil de tu amiga. Si es tan inocente como dice, no le importará.

—¿Ignacio?

—Mi jefe de seguridad. —Abrió la puerta—. Es un favor, Valdés. No lo repito.

La llamada de Vi esa noche fue igual que las anteriores. Gracias por todo, eres mi mejor amiga, no sé qué haría sin ti. Hablamos quince minutos sobre nada importante, su trabajo, mi trabajo, lo guapo que estaba el mesero del café de abajo.

Cuando estaba a punto de colgar, su teléfono sonó. En la pantalla, yo alcancé a ver porque estábamos en videollamada, apareció un nombre: J.

Vi parpadeó. Cortó la videollamada de golpe.

Tres segundos después me mandó un mensaje: «Perdón, se me cortó la señal. ¡Hablamos mañana! Besos».

No se le cortó la señal. Le llegó una llamada que no quería que yo viera.

J.

¿Quién era J?

Me quedé mirando la pantalla del teléfono un rato largo. Después la apagué y me fui a la cama.

Pero no dormí.

Pensé en el moretón que no cuadraba. En el departamento sin rastro de un hombre. En la familia Cortés con todos los recursos del mundo y una hermana que prefiere pedirle ayuda a una amiga de la universidad. En una llamada de alguien que se identifica solo con una inicial.

Y en Montero, que sin conocer a Violeta, hizo la misma pregunta que yo no me atrevía a hacer:

¿Por qué yo?

El lunes, Vi me pidió que la acompañara a recoger unas cosas de su antiguo departamento. Fuimos juntas, en mi auto, a media tarde.

Mientras ella entraba a buscar unos documentos, yo me quedé en la sala. Su teléfono estaba sobre la mesa del comedor, boca abajo. Sonó. La pantalla se iluminó.

Llamada entrante: J.

Vi salió del cuarto con una caja de papeles. Vio el teléfono sonando. Lo agarró con una velocidad que no correspondía a un «teléfono de publicidad», que fue exactamente lo que me dijo:

—No es nada, publicidad. Ya sabes cómo son.

Sonrió. La misma sonrisa de siempre, abierta, cálida, perfecta.

Pero la mano que sostenía el teléfono temblaba.

No como tiembla una mujer asustada.

Como tiembla alguien que está mintiendo y sabe que casi la descubrieron.

En el camino de regreso, Vi habló sin parar sobre planes para el fin de semana, sobre un restaurante nuevo que quería probar, sobre lo bien que le sentaba el departamento que le conseguí. Hablaba rápido, llenando el silencio con palabras como si el silencio fuera peligroso.

Yo asentía en los momentos correctos. Sonreía cuando tocaba. Decía «qué bueno» y «me alegro» con la frecuencia justa.

Pero por dentro estaba haciendo algo que aprendí durante tres años con Sebastián Girón: observar sin que se note. Escuchar lo que no se dice. Archivar cada detalle para analizarlo después, cuando estuviera sola y pudiera pensar sin la presión de una amistad que quizás ya no era lo que parecía.

Cuando la dejé en su departamento, me abrazó en la puerta.

—Eres la mejor amiga que he tenido, Ale. No sé qué haría sin ti.

Le devolví el abrazo. Pero esta vez, mientras sus brazos me apretaban, conté: tres segundos de más. Un abrazo normal entre amigas dura dos, tres segundos. El de Vi duró seis. Era el abrazo de alguien que necesita asegurarse de que la otra persona sigue creyendo en ella.

O el de alguien que siente culpa por lo que está a punto de hacer.

Continuará...

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