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Bajo contrato con el magnate

Bajo contrato con el magnate

Status: Terminada
Genre:CEO / Arrogante / Maltrato Emocional / Venderse para pagar una deuda / Amante arrepentido / Romance oscuro / Completas
Popularitas:418
Nilai: 5
nombre de autor: lulu

Para pagar el tratamiento de su abuela, Valentina Cabrera acepta convertirse en la amante de Damián Mondragón, un magnate acostumbrado a decidir cuándo empieza una relación y cuándo termina.
El acuerdo es claro: acudir cuando él la llame, guardar el secreto y no confundir la cama con el amor.
Valentina tiene su propio plan. Anotar cada peso que recibe, seguir bailando y devolverle todo para poder marcharse. Lo difícil será cumplirlo cuando Damián empiece a romper sus reglas y ella a esperar algo más que dinero cada vez que él la busca.
Pero mientras sus besos la hacen creer que es especial, sus decisiones empiezan a cerrarle las puertas que necesita para construir una vida propia.
Cuando Valentina decide irse, él le recuerda el precio de romper el contrato: seis millones de pesos.
Ella acepta la deuda.
Damián estaba preparado para sus reclamos, sus lágrimas, incluso para que le pidiera más. No para verla elegir una vida sin él.
Ahora tendrá que descubrir cómo recuperarla cuando su dinero ya no basta para hacerla volver.

NovelToon tiene autorización de lulu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22

Capítulo 22 — Lo que dijo la doctora Meléndez

Para las siete de la mañana ya lo había visto media escuela.

La foto era la de Valentina llorando en el pecho de Damián, tomada desde arriba, borrosa por la distancia pero clarísima en lo que importaba: una muchacha deshecha, un hombre de traje caro, un abrazo. Debajo, el texto que Paola había escrito con dedos de cirujana:

"La becada de la ESD resultó ser amante de un ricachón. Dicen que hasta abortó por él. Pobre viejo, que se cuide la cartera. #LaDelClub"

Lo habían subido a las redes. Lo habían reenviado al grupo de WhatsApp del salón, al de la generación, al de las mamás. Para cuando Valentina llegó, el chisme ya se había comido a la persona.

Nadie la saludó. Las conversaciones se apagaban cuando ella pasaba y se volvían a prender detrás de su espalda, como un incendio que la seguía por los pasillos. Melisa quiso acercarse y una compañera la jaló del brazo.

Valentina caminó con la barbilla arriba hasta su casillero.

Alguien había escrito encima, en aerosol rojo, una sola palabra.

ZORRA.

Se quedó mirándola. La respiración se le volvió corta. No lloró; hacía años que había aprendido que llorar frente a los que te odian es regalarles boleto. Abrió el casillero, sacó sus cosas y se fue al vestidor a cambiarse para la clase de las nueve, porque la vida seguía, porque la renta seguía, porque la abuela seguía enferma y todo eso costaba y ella no podía darse el lujo de derrumbarse un martes.

En el vestidor la esperaban Paola y Brenda.

—Miren quién se dignó a venir —dijo Paola, sentada en la banca, columpiando un pie—. La estrella del video.

—No es video, es foto —corrigió Brenda—. Aunque con lo del club seguro también hay video.

Valentina abrió su locker sin contestar. Que hablaran. Cada palabra que gastaran en ella era una que no gastaban en otra cosa.

—Lo que no entiendo —siguió Paola, subiendo la voz para que la oyeran las tres o cuatro muchachas que fingían acomodarse el cabello— es de dónde salió tan arrastrada. Digo, así no se nace. Se aprende. ¿De quién se aprende, Valentina? Ah, cierto. —Chasqueó los dedos—. De la mamá, ¿no? La que se largó. Con razón. De tal palo…

Valentina cerró el locker.

—No metas a mi madre.

—¿Tu madre? —Paola se rio, y Brenda se rio detrás como un eco—. Si tu madre te dejara ver lo que eres, se volvía a ir. Igual la pobre ya se murió de la vergüenza en donde ande, o ¿ya se murió de a de veras? Porque una que abandona a una hija así de…

La cachetada sonó en todo el vestidor.

Valentina no supo que la había dado hasta que le ardió la mano. Paola se tambaleó, se agarró la mejilla, y por medio segundo hubo un silencio de vidrio. Después Paola se le fue encima con las uñas por delante, y Brenda por el otro lado, y las tres cayeron contra los lockers en un enredo de gritos, de cabello jalado, de banca volcada. Valentina peleó como quien no tiene nada que perder, porque no lo tenía. Una uña le abrió la ceja. Ella le devolvió a Paola un codazo que le sacó un chillido.

—¡Suéltenla! —La puerta se abrió de golpe—. ¡Suéltenla, con un demonio!

Gonzalo del Río entró como un toro, con Melisa jadeando detrás de él —la había arrastrado medio pasillo para que lo trajera—, y metió el cuerpo entre las tres, empujando a Brenda, sujetando a Paola por la muñeca en el aire.

—Ya —dijo, con una voz que Valentina no le conocía—. Se acabó. Paola, se acabó. Una más y te juro que le hablo a mi papá y a tu escuela le retiran hasta el nombre.

—¡Ella empezó! —chilló Paola.

—Me vale quién empezó. —Gonzalo se agachó frente a Valentina, que estaba en el suelo con la ceja sangrando, y por un instante toda la cara del muchacho engreído se le cayó y quedó otra debajo, una que a él mismo le daba rabia tener—. ¿Estás bien? A ver. Estás sangrando.

—Estoy bien —dijo Valentina, apartándole la mano—. No me toques que se ve peor.

Se rió sola, con la boca temblando. Melisa se agachó del otro lado, blanca, tartamudeando un "Va-Vale, Vale, ay Dios, Vale" que no servía para nada y lo servía todo.

La subdirectora llamó a dirección. Dirección llamó al tutor. Y el tutor, con el celular temblándole entre las manos y la foto viral abierta en la pantalla, hizo la llamada que ninguno quería hacer.

Le habló a Damián Mondragón.

* * *

Damián llegó en cuarenta minutos con un abogado atrás.

Valentina lo supo por el pasillo, por cómo se abrió el pasillo. Los maestros se enderezaron. La subdirectora se abrochó el saco. Damián entró a la dirección sin tocar, con esa calma que era la cosa más amenazante que Valentina había visto nunca, se quedó de pie —no se sentó, no le ofrecieron y no lo habría hecho— y paseó los ojos por la oficina hasta encontrarla a ella, en la silla, con el algodón en la ceja.

Algo en su mandíbula se movió.

—¿Quién le puso las manos encima? —preguntó. No a ella. Al aire. Al que quisiera contestar.

—Señor Mondragón —empezó la subdirectora—, fue un altercado entre alumnas, las dos partes…

—Las dos partes. —Damián dejó que las palabras se le enfriaran en la boca—. Una parte tiene la ceja abierta. Enséñeme la otra parte.

El abogado abrió un folder sobre el escritorio, sin prisa.

—La publicación constituye difamación —dijo, plano—. Hay una menor de edad involucrada en los reenvíos, hay daño moral, hay un espacio educativo que no garantizó la integridad de una alumna. Podemos verlo aquí, entre nosotros, o podemos verlo con la Secretaría y con los medios. A la institución le conviene lo primero.

Paola, parada en el rincón junto a su tía, se puso del color del papel.

Porque su tía había venido con ella. La habían mandado llamar como responsable de la menor, y ahí estaba: una mujer de bata, elegante, de esas que saben estar en cualquier oficina como si la oficina fuera suya. La doctora Adela Meléndez. Jefa de gastroenterología del Hospital Santa Elena.

La que le firmaba a la abuela las órdenes de quimioterapia.

Valentina la reconoció y algo se le heló por dentro sin saber todavía por qué.

La doctora Meléndez dio un paso hacia Damián y bajó la cabeza en un gesto suave, ensayado, de quien pide disculpas sin humillarse.

—Señor Mondragón. Le ofrezco una disculpa por mi sobrina. Es una chiquilla, no midió. Le aseguro que esto no vuelve a pasar y que la publicación se elimina hoy mismo. —Le sonrió con una boca de porcelana—. Usted y yo nos conocemos, por cierto. Bueno, conozco a su… conozco a la señorita. Atiendo a su abuela.

—Lo sé —dijo Damián.

—Cuidamos muy bien de la señora Amparo —dijo la doctora—. Muy bien. Con los mejores medicamentos. Faltaba más.

Y en la manera en que lo dijo, en el mínimo peso que puso sobre "los mejores", hubo algo que a Valentina le raspó, aunque todavía no supiera dónde.

Damián firmó lo que había que firmar. A Paola le cayó una suspensión y un compromiso escrito de la familia. La publicación empezó a borrarse en tiempo real de un teléfono a otro, aunque el chisme, ya se sabe, nunca se borra del todo. El magnate había llegado, había reclamado a la suya en público, y toda la escuela lo había visto reclamarla.

Debió sentirse protegida.

Se sintió comprada.

—Baja tú —le dijo Damián, poniéndole la mano en la nuca un segundo—. Ahorita te alcanzo, tengo que cerrar esto. Lino está abajo con el coche.

Valentina asintió y salió. La doctora Meléndez salió tras ella.

* * *

El elevador era viejo, de esos con espejo al fondo y una luz que zumbaba.

Se cerraron las puertas y quedaron las dos solas, la muchacha con el algodón en la ceja y la doctora con su bata impecable, mirándose de reojo en el espejo. La doctora apretó el botón de planta baja. El elevador arrancó con un tirón.

—Qué suerte tienes, mija —dijo la doctora Meléndez, suave, sin voltear—. Un hombre así. Que llega, que paga, que arregla. Yo de joven habría dado un brazo.

Valentina no contestó.

—Tu abuelita va muy bien, por cierto —siguió la doctora, y ahora sí volteó, con esa sonrisa de porcelana—. Responde precioso al tratamiento. Cosa rara, ¿eh? Un cáncer así de avanzado y de repente, cede. Casi como si alguien le hubiera abierto la llave de lo bueno de un día para otro.

—Está en un hospital privado —dijo Valentina, con la boca seca—. Le dan lo mejor. Eso es todo.

—Ay, mija. —La doctora suspiró como quien le tiene lástima a una niña—. Déjame decirte una cosa, de mujer a mujer, porque nadie te la va a decir. En la medicina hay medicina, y hay quién decide qué medicina te toca. El que tiene dinero puede escoger qué le ponen a un paciente y qué no. Puede adelantar una enfermedad. Puede frenarla. Puede tener a alguien grave el tiempo que le convenga y sanito cuando le convenga. —Bajó la voz—. Quién quita, y la entrada de tu abuela al quirófano, aquella noche, tan a tiempo, tan justo cuando tú lo necesitabas para decidir… quién quita y no fue también parte de sus cálculos.

El elevador zumbaba.

Valentina lo sintió todo a la vez. La noche del hospital. Los doscientos mil pesos. El "desvístete". La abuela entrando al quirófano justo, justo cuando ella no tenía salida. La casita. Los moretones curados uno por uno. La boda del año que viene. Se cierra el contrato y punto.

Todo lo que había creído un rescate se le dio vuelta en el aire como una tela cortada, y del otro lado no había red.

Si él podía decidir cuándo se enfermaba la abuela… entonces él había decidido cuándo la salvaba. Entonces nunca la había salvado. La había comprado. Con la vida de la única persona que Valentina amaba de verdad.

Se le fue la sangre de la cara de golpe. Sintió el sudor frío en la nuca, el estómago cayéndose, las manos hormigueando contra las paredes de metal.

—Usted no sabe eso —dijo, y no reconoció su propia voz—. Está inventando. No tiene pruebas.

—Yo no dije nada, mija. —La doctora se acomodó la bata—. Yo solo pregunté. Preguntar no es acusar. —Le sonrió por última vez—. Cuídate.

El elevador se detuvo.

Sonó la campana.

Y las puertas se abrieron sobre el vestíbulo lleno de gente, sobre Lino esperando junto al coche, sobre Damián que en ese momento bajaba la escalera buscándola con los ojos —y él la vio primero a ella, parada en la boca del elevador, sin una gota de sangre en la cara, mirándolo como si no lo hubiera visto nunca.

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