Rebelde, inteligente y apasionada. Emma de la Rivera nunca ha permitido que nadie controle su destino. Pero cuando Damián Thorne se cruza en su camino, el choque de dos voluntades inquebrantables se vuelve inevitable. Él está acostumbrado a dominarlo todo; ella, a no doblegarse ante nadie. ¿Podrá Damián domar el espíritu de Emma, o terminará cayendo en su propia trampa?
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Capítulo V La propuesta
El comedor de la mansión De la Rivera era el cuadro perfecto de la riqueza y la sofisticación. La mesa de caoba lucía vajilla de porcelana fina, copas de cristal e impecables cubiertos de plata.
Guillermo ocupaba la cabecera con una sonrisa inflada de orgullo, mientras a su derecha se sentaba Damián Thorne, la encarnación del poder ejecutivo y la elegancia letal.
Sin embargo, detrás de la cortina de risas refinadas y halagos hipócritas, la tensión cortaba el aire como una afilada hojilla.
Durante todo el almuerzo, la mirada de Damián no se apartaba de Emma. La observaba de manera intimidante, casi metódica. Tenía ante sí a la misma mujer que, apenas unas horas atrás, le gritaba fuera de sí en su penthouse, aferrada a una camisa masculina y lanzándole dagas con los ojos grises. Pero la joven que estaba sentada frente a él en este momento no tenía nada que ver con esa fierecilla indomable.
Emma se mantenía callada, derecha y con la vista clavada en su plato. Apenas probaba bocado. Su comportamiento era dócil, manso, reservado; la hija perfecta, sumisa y educada de la alta sociedad. Tenía el cabello peinado de tal forma que un mechón tupido cubría celosamente el lado izquierdo de su rostro, una maniobra que a Damián no le pasó desapercibida, aunque la atribuyó a una coquetería o a la búsqueda de victimización.
En el pecho de Damián comenzó a crecer una ola de náuseas y profundo desprecio. “Qué actuación tan impecable”, pensó, apretando el tallo de su copa de vino. Le daba asco presenciar semejante manipulación. Frente a su padre y ante la sociedad, Emma interpretaba el papel de un ángel caído del cielo, una criatura pura y frágil a la que había que proteger del mundo exterior.
Pero él conocía la verdad. Él la había visto ebria en un callejón, furiosa, altanera, lista para pelear con garras y dientes. Para Damián, esa dualidad no era más que la prueba irrefutable de que Emma llevaba la misma sangre podrida de Guillermo: era una hipócrita profesional, una actriz consumada entrenada para engañar a los hombres.
Por otro lado, la dinámica alrededor de la mesa era una comedia de ambiciones transparentes. Samantha, luciendo un escote pronunciado y una sonrisa ensayada ante el espejo, no perdía la oportunidad de inclinarse hacia Damián cada vez que hablaba.
—Es realmente admirable lo que ha logrado con su firma de abogados y sus empresas en el extranjero, señor Thorne —intervino Samantha, pasándose una mano por el cabello con coquetería abierta—. En esta ciudad hay muy pocos hombres con su visión... y su temple. A mí siempre me ha fascinado el mundo de los negocios internacionales. Me encantaría que un día me contara más al respecto, tal vez en un ambiente más privado.
Claudia asentía con complacencia maternal, respaldando la cacería de su hija mayor. Guillermo, por su parte, sonreía de medio lado, complacido ante la idea de que el poderoso Damián Thorne pudiera poner sus ojos en Samantha. Sería la alianza matrimonial perfecta para consolidar su imperio.
Pero Damián ni siquiera se molestaba en disimular su absoluta indiferencia hacia Samantha. Respondía a sus insinuaciones con monosílabos helados, frases cortantes de estricta cortesía y un distanciamiento que habría humillado a cualquier otra mujer. Sin embargo, Samantha era demasiado ambiciosa para darse por vencida.
Toda la atención de Damián, toda su energía pesada y dominante, estaba concentrada de manera obsesiva en Emma.
La joven sentía la presión de esa mirada oscura quemándole la piel. El pulso le retumbaba en los oídos. El hombre que la había salvado la noche anterior, el mismo que la había dejado marcharse de su cama con ropa limpia, estaba sentado en la mesa de su padre, hablando de negocios mientras la escrutaba como si fuera un bicho raro o un objetivo a destruir. Emma no entendía qué hacía allí, pero la presencia de Damián la aterrorizaba casi tanto como la ira de Guillermo.
—Y bien, señor Thorne —tomó la palabra Guillermo, limpiándose los labios con la servilleta de lino—. Respecto a la reestructuración legal de la fusión entre nuestras firmas, mis abogados ya tienen listos los borradores. Mañana mismo puedo enviarle al equipo sénior a sus oficinas.
Damián dejó su copa sobre la mesa. El cristal hizo un chasquido seco que hizo guardar silencio a todos los presentes. Inclinó la espalda hacia atrás en la silla, entrelazando las manos sobre la mesa con una elegancia impecable.
—Aprecio su eficiencia, señor De la Rivera —habló Damián, con una voz profunda que llenó por completo el comedor—. Pero cuando me involucro en un proyecto de esta magnitud, me gusta supervisar personalmente a cada miembro del equipo legal. No trabajo con intermediarios que solo buscan cobrar honorarios.
—Por supuesto, entiendo perfectamente —asintió Guillermo, deseoso de complacerlo—. Contrataré al bufete que usted sugiera para la auditoría.
—No será necesario buscar afuera —interrumpió Damián. Su mirada se deslizó lentamente de Guillermo a Emma, fijándose en los ojos grises de la chica, que se abrieron de par en par ante el repentino enfoque—. Tengo entendido que su hija menor, Emma, está a un solo semestre de graduarse con honores de la facultad de Derecho.
Un silencio denso cayó sobre la mesa. Guillermo parpadeó, descolocado. Claudia se congeló con el tenedor a medio camino y Samantha frunció el ceño, apretando la servilleta debajo de la mesa.
—Bueno... sí —respondió Guillermo, aclarándose la garganta con cierta incomodidad—. Emma es una estudiante brillante, pero aún no ha hecho sus prácticas profesionales. Le falta experiencia en el campo real, por eso no pensaba involucrarla en asuntos tan complejos...
—La experiencia se adquiere en el campo de batalla, no en las aulas —sentenció Damián, sin quitarle la vista de encima a Emma—. Mi bufete corporativo es el más prestigioso de la región. Estoy dispuesto a abrir una plaza exclusiva para que su hija haga sus pasantías bajo mi supervisión directa. Ella será la encargada de enlazar la información legal de la familia De la Rivera con mi equipo.
La propuesta cayó como una bomba en medio del comedor.
Claudia casi ahoga un jadeo de indignación. Samantha se puso pálida de la rabia; la atención del hombre más codiciado e imponente de la ciudad no solo no estaba sobre ella, sino que estaba elevando a la "apestada" de la casa a una posición de privilegio absoluto.
Emma sintió que el suelo se desaparecía bajo sus pies. Miró a Damián con absoluto pánico. ¿Hacer sus pasantías bajo su supervisión directa? ¿Estar a su merced todos los días en su oficina? Era una locura. Ese hombre conocía su secreto de la noche anterior, sabía que se había emborrachado y la había visto en su punto más vulnerable. Entrar a su terreno era meterse de lleno en la boca del lobo.
—Señor Thorne... yo... yo no creo estar a la altura de semejante responsabilidad —alcanzó a articular Emma con la voz temblorosa, intentando desesperadamente declinar la oferta.
—Tonterías, Emma —la cortó Guillermo de golpe, cambiando su tono a una dulzura exagerada y falsa, pasándole una mano por el hombro como si fuera el padre más orgulloso del mundo—. Si el señor Thorne confía en tu talento, tú no vas a rechazar semejante oportunidad. Es un honor gigantesco.
Guillermo miró a Damián con los ojos brillándole de codicia. Tener a su "hija consentida" metida en el corazón del bufete de Damián Thorne significaba tener acceso directo a los secretos del hombre más poderoso del sector. Para Guillermo, era una jugada maestra sin saber que estaba entregando a su hija en bandeja de plata.
—Está decidido entonces —dijo Damián, curvando los labios en una sonrisa fría que le heló la sangre a Emma—. Mañana a las ocho de la mañana la espero en mi despacho, señorita De la Rivera. No me gusta la impuntualidad.
Emma tragó saliva, sintiendo que la trampa acababa de cerrarse a su alrededor. Desde el otro lado de la mesa, Damián la contemplaba con satisfacción. La fierecilla ya no tenía a dónde huir; ahora la tenía exactamente donde la quería para dar el primer paso en su venganza.