Milena Cruz siempre fue la mujer que los Ríos escondían: la prima pobre, la de la cara marcada, la esposa fea que nadie elegiría. Pero cuando Valeria Ríos se niega a casarse con Dante Navarro, el heredero maldito de la Manada Luna de Hierro, Milena es enviada en su lugar para salvar a su abuela.
Todos creen que Dante está condenado. Sus novias anteriores murieron antes del amanecer, su lobo fue sellado con plata y acónito lunar, y el Consejo solo necesita otra víctima para cerrar el ataúd del Alfa.
Pero Milena no muere.
Su aroma despierta al lobo dormido de Dante. Su sangre de sanadora calma el veneno que nadie pudo tocar. Y el Alfa que debía destruirla empieza a protegerla frente a toda la manada, aunque hacerlo lo acerque a la muerte.
Milena llegó como una sustituta despreciada. Una esposa fea comprada con amenazas. Pero bajo sus cicatrices se esconde una heredera Cruz-Varela, una loba sanadora capaz de romper juramentos de sangre y desnudar las mentiras que enterraron a otras novias antes que ella.
Entre falsas Lunas, pactos de sangre, desafíos de Alfa y un vínculo de mate que arde cada vez que intentan separarlos, Milena tendrá que decidir si huye del Alfa maldito o si acepta el lugar que siempre le perteneció.
Porque la mujer que todos llamaron fea no nació para ser sacrificada.
Nació para convertirse en Luna.
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Capítulo 22
Capítulo 22: Papeles de rechazo
La carpeta estaba sobre el escritorio de Dante cuando Milena volvió.
No la carpeta de Vanessa.
Otra.
Blanca. Limpia. Con sellos humanos en la primera hoja y tinta lunar en la segunda. El tipo de papel que no olía a amenaza hasta que una aprendía a reconocer las manos que lo habían tocado.
El estudio de Dante estaba vacío de Dante.
Eso fue lo primero que olió Milena.
Ausencia.
Cedro frío.
Sangre vieja bajo las vendas.
Lorena estaba sentada frente al escritorio con aire de dueña. Vestía gris claro, impecable, como si hubiera venido a firmar una donación y no a poner un cuchillo sobre un vínculo que todavía sangraba.
—Llegas tarde —dijo.
Milena cerró la puerta.
—Sal de aquí.
—No es tu estudio.
—Tampoco es tu cama, pero te sientas con mucha confianza.
Lorena sonrió.
—Qué vulgar cuando se te acaba el miedo.
Milena no le dio el gusto de bajar la mirada. Caminó hasta el escritorio y vio su nombre en la primera página.
Milena Cruz.
Dante Navarro.
Disolución de matrimonio civil.
El pecho se le apretó.
El matrimonio había empezado como una trampa. Una sustitución. Una deuda puesta sobre su cuello por una familia que nunca la quiso. Aun así, ver su nombre junto al de Dante en una hoja limpia le dolió de una forma ridícula.
Porque el papel no sabía nada.
No sabía del invernadero. No sabía de la lluvia. No sabía de una mano abierta en su espalda esperando permiso.
—Qué es esto.
—Una salida.
Lorena empujó la carpeta con dos dedos.
—El matrimonio humano se cancela. El juramento de sangre se revisa. Y esta hoja declara ante la manada que usted no acepta vínculo de mate con Dante Navarro.
Milena miró la segunda hoja.
No decía rechazo completo.
Pero olía a trampa.
Tinta lunar. Plata fina. Palabras preparadas para una boca herida. Si las leía en voz alta, no romperían el bond por sí solas, pero dejarían una cicatriz legal que el Consejo podría usar después.
—Dante sabe.
Lorena se inclinó.
—Dante sabe que tenerte cerca lo mata.
Eso sí entró.
No porque Milena creyera en Lorena.
Porque había visto la plata subir por los brazos de Dante cuando la protegía. Había visto su sangre negra en pasillos limpios. Había oído a Rodrigo decir medias verdades con sonrisa de verdugo.
—No contestó mi pregunta.
Lorena abrió un pequeño estuche de madera. Dentro había un sello lunar del Consejo.
—El Consejo aceptará dejar a Clara Cruz bajo protección si firmas. También suspenderá toda revisión sobre tu sangre hasta la próxima luna.
Milena se quedó fría.
—No meta a mi abuela.
—Todo aquí está metido en todo. Tu abuela, tu sangre, el lobo roto de Dante, la sucesión de Luna de Hierro. Puedes irte con dignidad o quedarte hasta verlo morir frente a toda la manada.
El vínculo tiró.
Lejos, en alguna parte de Casa Lirio, Dante sintió algo.
Milena lo supo por el dolor que le cruzó el pecho.
La puerta se abrió.
Jacobo entró.
Vio la carpeta.
Su rostro cambió.
—Lorena.
—Beta.
—El Alpha no autorizó esto.
Milena respiró.
Pero la herida ya estaba abierta.
—Dónde está.
Jacobo dudó.
—Con Eliseo.
Lorena habló suave:
—Porque volvió a sangrar después de verte con Gael.
Milena tomó la pluma.
Jacobo dio un paso.
—Señorita Cruz.
—No voy a decir ninguna frase de rechazo.
Lorena entrecerró los ojos.
—Debe completar ambas partes.
—Dijo que la parte humana me libera. Bien.
Milena firmó la disolución civil.
La pluma raspó el papel.
Cada letra le dolió más de lo que quiso admitir. No por perder un matrimonio que nunca eligió al principio, sino porque el papel pretendía reducir todo lo que había pasado a una salida elegante. Como si Dante fuera una cláusula. Como si el dolor en su pecho fuera un error administrativo.
La tinta se oscureció.
El vínculo respondió.
No con ruptura.
Con aviso.
Milena apretó la pluma hasta que la madera crujió.
Luego empujó la hoja de tinta lunar lejos.
—No rechazo a Dante.
Lorena se levantó.
—Entonces no entiendes.
—Entiendo mejor que usted. Un papel humano no corta un vínculo de mate. Y si algún día digo esas palabras, se las diré a él. No a su mensajera.
Lorena guardó la hoja de rechazo.
—Te arrepentirás.
—Haga fila.
La sonrisa de Lorena perdió elegancia por primera vez.
—Rodrigo no va a esperar a que decidas con calma. Gael tampoco. Y Dante, aunque te mire como si fueras su salvación, no puede salvarse a sí mismo.
Milena abrió la puerta.
—Entonces salga antes de que yo decida practicar con la aguja lunar.
Lorena salió sin despedirse.
Jacobo cerró la puerta.
Milena miró la firma.
La tinta ya se estaba secando.
—No le diga que lloré.
Jacobo bajó la mirada.
—No está llorando.
Milena tocó su propia mejilla.
Tenía razón.
La ausencia de lágrimas le dolió más.
En el pasillo, muy lejos, un lobo soltó un gruñido ahogado.
Milena cerró los ojos.
Dante había sentido la firma.
No era rechazo.
Pero dolía lo bastante para parecerlo.