Ella creía tener la vida perfecta, hasta que descubrió que no era así.
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Segundas oportunidades
El estacionamiento subterráneo estaba en penumbras y casi vacío.
Victoria caminó hasta su automóvil con paso ligero, abrió la puerta y dejó el bolso en el asiento del acompañante. Antes de subir, miró la hora en su reloj de pulsera: tenía tiempo de sobra para llegar a casa. Quizá incluso podría detenerse en alguna boutique Gourmet y comprar algo especial para la cena.
Una celebración íntima. Solo ellos dos. Y la pequeña vida que comenzaba a gestarse en su interior.
Victoria sonrió, subió al vehículo, encendió el motor y salió a la calle.
La tarde comenzaba a caer sobre la ciudad, tiñendo el cielo de tonos anaranjados. Mientras conducía, repasó mentalmente la reacción de Julián: la sorpresa en su rostro, la forma en que la había abrazado, aquella expresión de radiante felicidad. Apoyó una mano sobre su vientre aún plano. Todavía no había ningún cambio visible, pero ella podía sentirlo.
—Hola, pequeño —susurró con una sonrisa enamorada—. Mamá está deseando conocerte.
No sabía que aquellas serían las últimas palabras dirigidas a su hijo.
Un par de calles más adelante, Victoria notó por el espejo retrovisor las luces de un sedán negro que se incorporaba detrás de ella, manteniendo una distancia constante desde que había dejado el edificio de la firma. Pensó que era una simple coincidencia.
Al aproximarse a la bajada del viaducto, Victoria redujo la velocidad. La curva cerrada sobre el acantilado se acercaba. Pisó el pedal del freno.
Nada ocurrió.
Frunció el ceño. Volvió a presionar. El pedal bajó hasta el fondo, blando, inútil.
—¿Qué...? —murmuró. El corazón comenzó a golpearle el pecho con violencia.
Bombeó el freno desesperadamente. Una. Dos. Tres veces. Nada. El velocímetro continuaba subiendo en la pendiente descendente. El vehículo se precipitaba sin control hacia la contención.
—¡No! ¡Dios mío!
Giró el volante con todas sus fuerzas. Las ruedas chirriaron, perdiendo la adherencia sobre el asfalto. El automóvil embistió el guardarraíl con un estruendo metálico ensordecedor, atravesó la barrera de seguridad y salió despedido hacia el vacío.
El mundo se convirtió en una sucesión caótica de impactos, cristales rotos y chapa retorcida. Una vuelta. Otra. El cinturón de seguridad se clavó contra su tórax, fracturándole las costillas.
Finalmente, el automóvil quedó encajado contra las rocas, volcado sobre un costado.
Silencio. Un silencio aterrador, roto solo por el siseo del radiador, el goteo constante de combustible y su propia respiración agónica.
Victoria intentó moverse, pero un dolor agudo e insoportable atravesó su abdomen. Miró hacia abajo: había demasiado flujo de sangre.
—Mi bebé... —musitó con una mano temblorosa apoyada sobre su vientre—. Por favor, mi bebé no...
Un crujido de grava la sobresaltó. Pasos calmos y meditados descendían por la ladera. Una esperanza desesperada la invadió.
—¡Ayuda! —su voz apenas fue un rasguño—. ¡Ayuda!
Una figura emergió de la sombra. Victoria parpadeó a través del visor agrietado por la sangre. Reconoció la silueta, el porte elegante, la forma impecable de caminar.
Era Julián.
—Julián... —murmuró débilmente.
Esperaba verlo correr, gritar, desesperarse. Pero él se detuvo a un par de metros del coche destruido. No llamó a emergencias. No intentó socorrerla. Se limitó a contemplarla con una fría e impenetrable serenidad.
Victoria sintió que el alma se le caía al abismo.
Julián sacó su teléfono móvil del bolsillo del abrigo. El dispositivo emitió un breve tono antes de que alguien descolgara al otro lado.
—Soy yo —dijo él. Su voz sonaba desprovista de cualquier rasgo de emoción—. Ya ocurrió.
—¿Julián...? —alcanzó a articular ella, aterrorizada.
—Todo salió exactamente como lo planeamos —continuó él, ignorándola por completo. Por el altavoz del teléfono se escuchó la respuesta de una voz distorsionada por la señal, imposible de identificar si pertenecía a un hombre o a una mujer—. Ten listos los documentos legales para esta tarde. Finalmente, el patrimonio Morales será nuestro. Victoria está casi muerta.
Un sollozo de pura agonía escapó de la garganta de Victoria. Julián bajó la mirada y, por primera vez, sus ojos se encontraron. No había arrepentimiento, ni dolor, ni pánico. Solo una absoluta e hiriente indiferencia.
Victoria quiso gritar, exclamar por qué, exigir saber quién estaba al otro lado de esa línea telefónica conspirando contra ella. Pero solo consiguió expulsar un hilo de sangre por la boca. Su mano cayó inerte sobre su vientre.
—Lo siento, mi amor... —fue lo último que alcanzó a pensar.
Y la oscuridad total la envolvió.
Un zumbido suave. El murmullo constante del aire acondicionado.
Victoria abrió los ojos de golpe.
Inhaló una bocanada de aire profunda y desesperada, incorporándose de golpe. Sus manos volaron de inmediato hacia su vientre. Intacto. Sin sangre. Sin dolor.
Temblando descontroladamente, miró a su alrededor. No había metal retorcido, ni olor a gasolina quemada. Estaba en la suite principal de su residencia. En su cama.
Giró la cabeza hacia la pared. El reloj-calendario digital de la mesilla marcaba en letras luminosas: 12 de octubre.
Aquel dato le congeló la sangre. Faltaban semanas para la cita en el laboratorio. Semanas para el descubrimiento del embarazo. Cuatro días después de su boda.
A su lado, las sábanas de hilo se movieron. Julián se desperezó despacio. El mismo rostro agraciado, el mismo esposo abnegado... el mismo asesino despiadado.
Julián abrió los ojos, le ofreció su sonrisa más cálida y extendió la mano para acariciarle la mejilla.
—Buenos días, mi amor. ¿Tuviste una pesadilla? Estás pálida.
El roce de sus dedos sobre la piel le provocó un violento escalofrío. Victoria sintió el impulso salvaje de golpearlo, de encararlo, de exigirle el nombre de la persona que estaba al otro lado de aquel teléfono.
Pero en una fracción de segundo, la frialdad tomó el control de su mente.
Comprendió la naturaleza de este milagro: había regresado en el tiempo. Tenía una segunda oportunidad y, lo más importante, una ventaja aplastante: él no sabía que ella conocía la verdad.
Sostuvo la mirada del hombre que la había dejado morir. Lentamente, obligó a sus músculos faciales a relajarse y curvó los labios en una sonrisa dulce, ingenua y perfecta.
—Nada, mi vida —respondió con voz serena y afectuosa—. Solo un mal sueño.
Julián sonrió satisfecho y volvió a acomodarse entre las almohadas.
Victoria mantuvo la sonrisa mientras lo observaba en silencio. La mujer confiada que creía en cuentos de hadas había muerto en aquel viaducto. La que estaba sentada en esa cama ya no era una víctima, sino una cazadora.
Descubriría quién era el cómplice de Julián, desarmaría la trampa antes de que la tendieran y se aseguraría de que cada uno de ellos pagara el precio.