Lucía Suárez amó a Adrián Beltrán durante doce años. Él le respondió con humillaciones, una condena injusta y la pérdida de su bebé.
Para Adrián, su esposa era una mentirosa, una mujer sucia capaz de cualquier cosa. La inocente siempre era otra: Valeria, la amante a la que protegía mientras Lucía lo perdía todo.
Ahora Lucía ha salido de prisión. Ya no quiere suplicarle amor. Quiere recuperar su vida y hacerles pagar cada mentira, cada golpe y todo lo que le arrebataron.
Pero Adrián no está dispuesto a dejarla ir.
Cuando la verdad lo obliga a arrodillarse y pedir otra oportunidad, ella solo tiene una respuesta:
—¿Quieres que te perdone? Entonces muérete.
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Capítulo 18
Capítulo 18. No es nuestra hija biológica
Cuando Adrián hizo aquella pregunta, Lucía sintió que ya conocía la respuesta.
La enfermera no tardó en negarlo. —¿Qué? ¿Cáncer de pulmón? Fuera de su problema de salud mental, el paciente está perfectamente. ¿Cómo va a tener cáncer? Debe de haber una confusión.
Un frío repentino recorrió a Lucía de pies a cabeza.
Antes de que colgaran, la enfermera añadió: —¿Dijo que había desaparecido? Sí estuvo un rato sin aparecer. Pero contó que su nieta le había pedido que se escondiera. Estaban jugando a las escondidas.
Entonces lo entendió todo.
Su abuelo no estaba enfermo. Tampoco había sido secuestrado. ¡Valeria lo había preparado todo!
—Ahora entiendo, Lucía. Tú le pediste que se escondiera para acusarme de secuestrarlo. —Valeria se adelantó, con los ojos llenos de lágrimas—. ¿Por qué hiciste algo así? Siempre te he querido como a una hermana de sangre. ¿Cómo pudiste tenderme esta trampa? Aunque me odies, no puedes jugar así con la vida de tu abuelo.
—¡¿Todavía preguntas por qué?! ¡Esta perra quiere que Adrián te odie! —Teresa siguió la actuación sin fallar—. ¡Eres despreciable! ¡Te criamos y te pagamos la universidad! ¡No te bastó con quitarnos al novio de Valeria, también tenías que hacer algo tan ruin! ¡No tienes nada de humana!
Madre e hija fueron amontonando sobre ella culpas que nunca habían existido.
Lucía se sintió de pronto sin fuerzas. Ya no tenía sentido explicarse. Era una trampa hecha exactamente a su medida.
Podía quedarse sin voz de tanto explicarlo. El hombre que tenía delante no iba a creerle ni una palabra.
Aun así, se aferró a una última esperanza. —Me creas o no, Adrián, yo no hice nada tan bajo.
La bofetada resonó.
Apenas terminó de hablar, el golpe le cruzó la cara. Un hilo de sangre le apareció en la comisura de los labios.
La mejilla le ardía, pero no dolía tanto como la mirada de Adrián, que le arrancaba el corazón.
—No solo eres sucia y repugnante. ¡No tienes conciencia! ¡Con tal de llamar mi atención, le inventas una enfermedad a tu propio abuelo y tiendes una trampa contra Valeria! ¡De verdad quieres morirte!
Con la cara todavía vuelta por el golpe, Lucía soltó una risa baja y fría.
Idiota.
El hombre al que amaba era un idiota.
Y, además, estaba ciego.
—Adrián… Me duele el vientre. De pronto me duele mucho… —Valeria empezó a quejarse con una actuación evidente—. ¿Y si le pasa algo a nuestro bebé? Tengo miedo…
—¡Seguro fue esta perra al pegarte! ¡Llévala al hospital ahora mismo! ¡Si llegan tarde, a lo mejor no vas a poder ser padre! —Teresa exageró a propósito, como si todo fuera gravísimo.
El rostro de Adrián cambió al instante. Levantó a Valeria, angustiado, y fue hacia el garaje. —No tengas miedo. A nuestro hijo no le va a pasar nada.
Un hijo varón. Así que hasta había averiguado el sexo del bebé de Valeria.
A Lucía se le hizo pedazos el corazón. —¡Está fingiendo, Adrián! ¡¿De verdad estás tan ciego?!
El golpe fue seco.
Mientras gritaba, Ernesto le lanzó una patada al pecho con toda su fuerza. Lucía no pudo evitarla. Cayó violentamente junto a las plantas del jardín. Las raíces le abrieron cortes irregulares en las manos. La sangre de las nuevas heridas se mezcló con la de las anteriores.
Intentó ponerse de pie con dificultad. Un sabor metálico le subió a la garganta y vomitó una bocanada de sangre.
Ernesto y Teresa se sorprendieron un poco al verla. Después sintieron satisfacción.
Cerraron la puerta y la dejaron allí. No les importaba si vivía o moría. Mejor que muriera.
Lucía quedó acurrucada junto a las plantas, sobre el suelo encharcado, cubierta de barro. Se apretaba el vientre, que le dolía con una presión intensa. Vio a Adrián subir a Valeria al auto.
Él podía verla perfectamente por el retrovisor. No le concedió ni una mirada de reojo.
Valeria sí la miró. Al verla tan pálida como una muerta y con la boca manchada de sangre, dejó asomar una discreta sonrisa de victoria.
El auto se alejó. Lucía dejó caer la mano con la que había pedido ayuda, sin esperanza.
La lluvia y las lágrimas le borraron la vista.
Adrián estaba tan preocupado por el bebé de Valeria. No le importaba que ella también llevara un hijo suyo. Incluso quería que muriera.
Lucía sonrió con tristeza, burlándose de su propia miseria.
¿Cuándo se había convertido su vida en aquello? Quizá cuando se enamoró de un hombre al que nunca debió amar.
…
Las lesiones internas y las heridas la obligaron a pasar varios días en el hospital. Por suerte, el bebé estaba bien.
Nadie fue a verla. Solo Gabriel la llamó un par de veces para saber cómo estaba. Ella fingió que todo iba bien. No quería que Adrián volviera a ensañarse con él por su culpa.
El día del alta, el médico le informó, apenado, que ya no podían interrumpir el embarazo para operarle el tumor.
Lucía no se derrumbó al oírlo. Al contrario, sonrió con calma.
Al salir del hospital, el sol de invierno le cayó sobre el cuerpo cada vez más delgado. No sintió calor. Pensó en cómo la trataba Adrián y fue como si llevara un agujero enorme en el pecho, abierto al viento helado.
Iba a buscar transporte cuando vio una figura conocida junto a la entrada lateral. Miró mejor. Eran Inés y su esposo, Álvaro Montes.
Inés la despreciaba por lo que le había contado su adorada Beatriz. Aun así, Lucía no entendía por qué seguía sintiendo tanta cercanía con ella.
La vio con el ceño fruncido, triste y angustiada. Alcanzó a oír palabras sueltas: hospital, marca de nacimiento, hija.
Supuso que hablaban de Beatriz. Prefirió no interrumpir y se alejó.
En ese momento, Valeria salió del hospital soltando insultos. Sabía que Lucía estaba ingresada allí y había aprovechado que Adrián no podía acompañarla para ir a humillarla. Le habían informado que acababan de darle el alta.
Seguía maldiciendo, molesta, cuando vio a Inés y a Álvaro junto a la entrada lateral.
Puso enseguida una sonrisa dulce y obediente. Iba a saludarlos cuando vio a Inés apoyarse, afligida, contra el pecho de su esposo y la oyó decir: —¿Dónde estará nuestra hija? ¿Estará bien? Álvaro, Beatriz no puede enterarse de que no es nuestra hija biológica.
—Tranquila. Una chica que acaba de cumplir veinticuatro años y tiene una marca de nacimiento con forma de mariposa en la cintura solo puede ser nuestra hija. ¡Aunque tenga que poner Puerto Real de cabeza, voy a encontrarla!
Valeria se quedó inmóvil. No podía creer lo que acababa de oír.
Le dio gusto saber que Beatriz no era hija biológica de los Montes. Pero no podía aceptar lo que Álvaro acababa de decir.
Recordaba perfectamente que Lucía tenía una marca de nacimiento en forma de mariposa en el lado izquierdo de la espalda baja. Además, cumplía años el mismo día que Beatriz. ¡Y acababa de cumplir veinticuatro!