La noche en que Amelia Cruz descubre a su prometido en brazos de su propia hermana, decide que no volverá a permitir que nadie la humille.
En el aeropuerto se acerca a un desconocido alto, serio y vestido con uniforme militar.
—Disculpa, ¿necesitas novia?
Adrián Guerrero la observa durante unos segundos antes de responder:
—Novia no. Pero necesito una esposa.
Así comienza un matrimonio entre dos desconocidos. Amelia cree que Adrián es un exmilitar recién retirado, sin fortuna ni un lugar al cual regresar. Él le ofrece respeto, protección y una vida tranquila; ella le promete un hogar mientras ambos deciden qué hacer con su futuro.
Sin embargo, el hombre frío y disciplinado que duerme a su lado empieza a tratarla como si fuera lo más importante de su vida. Cocina para ella, la espera cada noche y aparece siempre que alguien intenta hacerle daño. Ante todos los demás conserva la dureza de un antiguo oficial de las fuerzas especiales; solo con Amelia baja la guardia.
Lo que ella no sabe es que Adrián nunca ha sido un hombre sin dinero. Es el heredero del Grupo Guerrero, una de las familias más poderosas del país, y regresó del ejército para ocupar el lugar que le corresponde.
Amelia pensó que aquel matrimonio sería su forma de escapar de una traición. Nunca imaginó que terminaría enamorándose de su esposo… ni que descubrir su verdadera identidad pondría a prueba el único amor en el que había vuelto a creer.
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Capítulo 9
Capítulo 9 — El encuentro
Colgada la llamada, Adrián marcó el número de su asistente, Emilio.
—Emilio, cómprame algo de ropa sencilla y tráemela al departamento de anoche.
Emilio no lo entendió del todo.
—Señor, ¿sencilla en qué sentido?
Que él supiera, los Guerrero vestían casi todo hecho a medida por diseñadores. ¿Qué prenda podía considerar «sencilla» un hombre como Adrián?
Adrián lo pensó un momento.
—Parecida a la que usas tú a diario. Y otra cosa: por un tiempo voy a vivir en el departamento de la Colina.
Emilio quedó aún más desconcertado. La noche anterior había sido él quien manejó para llevar a Adrián y a Amelia; sabía que se refería a aquel departamentito. También estaba al tanto de que se habían casado por lo civil. Pero teniendo una villa entera en la ladera, ¿mudarse a un departamento diminuto? ¿Era una manía de recién casados? Aunque, pensándolo bien, comparado con la bomba de que Adrián se hubiera casado de golpe con Amelia, nada de lo demás sonaba tan raro. Además, los asuntos personales del jefe no eran cosa suya.
—Entendido, señor —respondió—. Por cierto, ¿hoy va a la empresa?
—¿Hay algo importante en la agenda?
—A las tres de la tarde tiene la junta anual del proyecto gubernamental en el Centro Internacional de Convenciones. Y también está la fiesta de bienvenida de Bruno Lara. ¿Confirma su asistencia? —reportó Emilio, conciso.
—¿Bruno Lara?
Adrián entrecerró los ojos. ¿El hombre del aeropuerto? ¿El ex de Amelia?
Emilio, creyendo que a su jefe le interesaba, se apresuró a explicar:
—El nuevo director de investigación que contratamos con un sueldo alto. Ganó varios premios de desarrollo en el extranjero y nos costó traerlo. Para mostrar el aprecio del grupo, se le organizará una fiesta de bienvenida, y de paso se promocionará el rumbo futuro de la empresa.
—Ajá.
Adrián esbozó una sonrisa burlona. Un tipo que se especializó con el dinero de una mujer y encima resultó un desagradecido merecía, sin duda, «una calurosa bienvenida».
Terminada la llamada, volvió adentro. Amelia ya había desayunado y se preparaba para ir a trabajar. Antes de salir, recordó algo.
—Te registro la huella en la cerradura de la puerta.
—Bien. —Adrián sonrió. Ahora, en cierto modo, entraba en su vida.
Amelia bajó al estacionamiento subterráneo, encontró su auto y, cuando iba a subir, un Bentley entró y se estacionó cerca. Aunque no entendía mucho de autos, ese debía de valer una fortuna, y no pudo evitar mirarlo. A través del vidrio distinguió, borroso, al hombre del volante. Le pareció haberlo visto en alguna parte. Pero no le dio más vueltas, arrancó y se fue.
En cuanto el Bentley se detuvo, Adrián avanzó hacia él. Emilio bajó y le abrió la puerta.
—Señor, recién vi a la señora. ¿Por qué no bajaron juntos?
—No sabe quién soy —dijo Adrián con calma—. De ahora en adelante, cuando vengas a buscarme, ten cuidado. Que no te vea.
Esto… ¿había que engañar a la señora? Como asistente, a Emilio le tocaba resolverle los problemas al jefe, pero no aguantó la pregunta.
—¿Y si algún día la señora se entera? ¿No se enojará?
A las mujeres, nada les gustaba menos que un hombre las engañara.
Adrián apretó los labios y no dijo nada. Subió al auto. En efecto, tenía que buscar el momento de confesarle la verdad antes de que ella lo descubriera. Cuanto más se prolongara el engaño, más difícil sería explicarlo. Pero cada vez que imaginaba la escena, recordaba la sombra que le había cruzado el rostro a Amelia al hablar de las grandes familias, y las palabras se le quedaban atascadas en la garganta.
...
Agencia de traducción.
Era la más grande de la capital, con horario flexible: bastaba con cumplir las ocho horas para figurar con asistencia completa. Amelia, mando medio, tenía aún más libertad de horarios.
Apenas se sentó en su oficina, Fernanda entró golpeando la puerta, animadísima, con una bolsa en la mano.
—Buenos días, señorita Amelia.
—Buenos días —respondió ella con una sonrisa.
Fernanda dejó la bolsa frente a ella.
—Es para usted.
Desde que esa mañana descubrió que Amelia era la esposa de su hermano, había estado pensando qué regalarle como muestra de aprecio. Sin tiempo para más, le llevó un perfume de edición limitada que había comprado el día anterior. No se atrevió con algo demasiado caro, no fuera a delatar su identidad.
Amelia sacó el frasco, lo miró y lo devolvió a la bolsa.
—Fernanda, en la empresa no se permiten regalos.
En rigor, Amelia no tenía por qué tutorear pasantes, pero la directora en persona le había pedido que se hiciera cargo de Fernanda. Que la directora lo pidiera personalmente le indicó que la muchacha no era cualquiera. Aun así, Amelia era estricta en el trabajo con todos por igual, sin importar el origen de nadie.
Fernanda, avispada, entendió que había malinterpretado su intención.
—No es un soborno, se lo juro. Simplemente me cae usted muy bien, la veo como una hermana mayor, y quería compartir con usted algo lindo.
La culpa era de su hermano, que la obligaba a ocultar quién era; si no, ya estaría celebrando a los cuatro vientos que Amelia era parte de la familia.
Amelia sonrió.
—Con que trabajes bien me basta. No hace falta que me regales nada.
Fernanda era cinco años menor. Al reír, sus ojos se curvaban en dos medialunas; dulce y transparente, se veía que era una chica criada entre mimos. A Amelia le agradaba; le daba la sensación de tener una hermana menor. Y ese día notó, de pronto, que las facciones de Fernanda le resultaban familiares.
—Pero es que este perfume le queda perfecto.
—Casi no uso perfume.
Amelia le devolvió la bolsa y le entregó un fajo de documentos.
—Corrige esto hoy. Por la tarde tengo una interpretación en vivo; vienes conmigo.
Y encendió la computadora para trabajar.
Fernanda salió cabizbaja con la bolsa y los papeles. Ese día había fracasado en su intento de congraciarse con Amelia. Con lo que había ensayado la escena en su cabeza, imaginándose ya tratándola como a una hermana con toda confianza, y todo por culpa de su hermano y su ridícula manía del secreto.
...
Cuatro de la tarde.
Amelia llegó con Fernanda al Centro Internacional de Convenciones. Un cliente español de largo trato con la agencia realizaba allí una feria de inversiones, y Amelia iba a hacer la interpretación simultánea. Para Fernanda era la primera vez en un lugar así; miraba todo con curiosidad.
De pronto vio una silueta familiar que se acercaba. ¿No era su hermano?
Emocionada, alzó la mano para saludarlo y estuvo a punto de gritar «¡hermano!», pero recordó que Amelia estaba a su lado y la bajó de golpe. Demasiado tarde: Amelia ya había notado su reacción y, curiosa, siguió su mirada.
Al ver a Adrián de traje impecable, Amelia se quedó un instante desconcertada.
Adrián también las vio a las dos. Ya no había tiempo de esconderse. Retrocedió un paso, hasta quedar junto a Emilio, y le dijo en voz baja:
—Emilio, a partir de ahora, tú eres mi jefe.
¿Eh?
Emilio lo miró aterrado, seguro de haber oído mal. Que el presidente del Grupo Guerrero le ordenara hacerse pasar por su superior era como pedirle que caminara sobre el filo de un cuchillo.
—Señor, yo…
¿Cómo iba a atreverse?