Micaela es una joven humilde y llena de sueños que gana una beca para estudiar Literatura en una de las universidades más importantes del país.
Allí conoce a Nicolás, el director: un hombre atractivo, poderoso y verdadero dueño de la universidad.
Todos conocen su fama: relaciones ocultas con alumnas y un corazón que nunca se queda con nadie.
Pero cuando Micaela llega, algo empieza a cambiar.
Ella no quiere dinero ni poder, solo estudiar y salir adelante.
Aun así, el amor aparece cuando menos se espera, incluso donde no debería existir.
#Contiene: #RomanceProhibido #DirectorYAlumna #DiferenciaDeEdad
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capitulo 18: embarazada
Micaela cayó al piso, inconsciente. El salón se llenó de murmullos y los chicos se levantaron para ayudarla, pero el profesor Fabián los detuvo.
—No se le acerquen, llamen a la enfermera-- ordenó y luego pensó "Si está chica tiene algo con el director no quiero ni imaginar si un hombre se le acerca aún estando desmayada. Si no fuera celoso hm.
Diego, preocupado por Micaela, salió corriendo del salón en busca de la enfermera. A los pocos segundos, ella llegó con rapidez y pidió que la llevaran a su consultorio. Diego, con ayuda de otro chico, la llevaron con cuidado.
Minutos después
Micaela, acostada en la camilla, abrió los ojos y se encontró con la mirada atenta de la enfermera.
—Qué me pasó, qué hago aquí —preguntó Micaela, incorporándose con dificultad y mirando a su alrededor.
—Tranquila, te desmayaste en el salón. Solo te haré unas preguntas. ¿Comiste antes de salir? —preguntó la enfermera, tratando de determinar la causa.
Micaela asintió confundida.
—¿La menstruación te está viniendo normal? —continuó preguntando la enfermera, y Micaela se puso pálida al recordar sus problemas recientes.
—Eh sí, un poco estoy retrasada —contestó micaela, y después comenzó a recordar que se había acostado con el director y ninguno de los dos se había cuidado.
—Por lo síntomas que presentas, y como profesional puedo decir que se trata de un embarazo —concluyó la enfermera, observándola con una mirada evaluadora.
Micaela abrió los ojos desmesuradamente y el mareo se le pasó de golpe, se bajó de la camilla y miró a la enfermera con ojos asustados.
—Por favor, no estoy segura que sea esto pero por favor no le diga nada a nadie —suplicó.
—Tranquila, no voy a decir nada. Solo te recomiendo que te hagas una prueba de embarazo— le dijo, sacando una prueba de embarazo de la estantería y luego se la entregó.—Hazte esta prueba, te sacará de dudas.
Micaela la miró y, con manos temblorosas, tomó la prueba y la guardó. Agradeció nerviosa y salió. Diego la esperaba afuera, con una mirada inquisitiva.
—Mica, ¿qué fue eso? ¿Te sentís bien? —preguntó Diego, mirándola con preocupación apenas la vio salir.
—Fue solo el ayuno, Diego, no te preocupes —contestó Micaela, tratando de sonar casual, pero con la preocupación de un posible embarazo rondando en su mente.
Malú llegó en ese momento, interrumpiendo la conversación. Diego ya le había contado sobre el desmayo de Micaela, y ella, como buena amiga, había ido a comprarle algo.
—Mica, qué pasó, ¿te encuentras bien? —le preguntó Malú, preocupada, con una bandeja de frutas frescas en las manos.
—Nada grave, Malú. Me sentí un poco mareada, pero ya pasó—contestó Micaela, y Malú la miró como si no le creyera.
—Deberías alimentarte bien. Mira, aquí te traje estas frutas —le aconsejó Malú, entregándole la bandeja.
—Gracias —agradeció Micaela, y luego se despidió de Malú y Diego y se dirigió a casa. Malú se ofreció a llevarla, pero ella se negó amablemente.
Minutos después, Micaela llegó a casa. Su mamá ya estaba preparando la cena, así que la saludó y luego se fue a su habitación. Con discreción, guardó la prueba de embarazo en un lugar seguro, donde nadie la pudiera encontrar. Se quedó pensativa un momento; aún no tenía el valor de hacer lo que tenía que hacer. Decidió esperar hasta más tarde, cuando sus padres estuvieran dormidos.
Durante la cena, los tres estaban sentados a la mesa. Micaela intentaba comer, pero la comida parecía no pasar. No sabía si era por las náuseas o por la preocupación que la embargaba. Aun así, se esforzó por no levantar sospechas y se comió todo.
Después de cenar, ayudó a su mamá a recoger la cocina y, al terminar, se encerró en su habitación. Fue directo al baño y vomitó un poco, algo que, en medio de su preocupación, agradeció que hubiera pasado después y no durante la comida.
Con la cara tensa, Micaela tomó la prueba y la hizo. La angustia la estaba matando. Un minuto después, miró el resultado con manos temblorosas y se tapó la boca: positivo. Estaba embarazada.
Cerró los ojos y se acordó de esa noche que pasó con el director. Le daba miedo lo que venía, pero sentía algo de alegría por el hijo del hombre que amaba y a la vez le preocupaba su familia.
Escondió la prueba y se acostó en la cama en forma fetal, tocando su vientre con angustia.
—No puedo creer que esté esperando un bebé del director de La Vega —susurró, dejando que lágrimas cayeran por su rostro.
En otra parte , el Director seguía en su oficina. Estaba extrañado de que Micaela no hubiera ido a verlo antes de irse a casa, así que se puso a pensar en lo poco que vivió con ella y en cómo lo confundía. A decir verdad, no sabía qué sentía por ella. Se estiró en su silla y, con los ojos cerrados, murmuró: —Señorita Chávez.
_𝘼𝙡 𝙙𝙞́𝙖 𝙨𝙞𝙜𝙪𝙞𝙚𝙣𝙩𝙚_ Micaela se observaba frente al espejo con una combinación de emociones. Sabía que todo era diferente ahora, pero estaba decidida a hacer lo mejor para su bebé. Se arregló con ropa cómoda, por el bienestar del bebé, salió de la casa y subió al carro de su padre, que la esperaba para llevarla a la universidad. Él la dejó en la entrada y ella, mientras caminaba hacia su clase, pensaba: "Yo, Micaela Chávez Rojas, embarazada".