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Cien millones por un heredero

Cien millones por un heredero

Status: En proceso
Genre:CEO / Doctor / Embarazo no planeado / Amante arrepentido
Popularitas:533
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Elena Salazar aceptó someterse a una fecundación in vitro cuando su prometido quedó al borde de la muerte. Pero un error de la clínica la dejó embarazada de otro hombre: Alejandro Montenegro, el magnate más poderoso de Atelán.
Su oferta fue directa:
—Da a luz a mi hijo y los cien millones de dólares serán tuyos.
Elena se negó. Su amor no tenía precio… hasta que encontró a su prometido, recién salido de cuidados intensivos, besando a su hermanastra.
Entonces firmó el contrato y se casó con Alejandro.
Quienes la humillaban se rieron de su elección: un simple guardaespaldas, guapo y sin dinero. Creían que había cambiado un buen matrimonio por una vida miserable.
No sabían quién era su marido. Y tampoco sabían de lo que ella era capaz.
Cuando sus investigaciones revolucionen la medicina y la verdadera identidad de Alejandro salga a la luz, su ex ya no podrá burlarse de ella.
Estará de rodillas, suplicándole una oportunidad de hacer negocios.

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Capítulo 13

Capítulo 13. ¡Compartir habitación con Alejandro!

El rostro de Alejandro permaneció inexpresivo, pero su mirada se ensombreció ligeramente. No respondió. Volvió los ojos hacia la ventanilla.

Tres años antes, poco después de que su hermano y su cuñada murieran en el accidente aéreo, había contraído una extraña enfermedad.

Al final lograron curarlo, pero los medicamentos le habían causado un daño irreversible en su capacidad reproductiva.

Le habían diagnosticado astenozoospermia severa: la movilidad de sus espermatozoides era extremadamente baja.

El semen que tenía congelado era la única muestra sana que quedaba de antes del tratamiento.

Por eso, el bebé que llevaba Elena podía ser el único hijo que llegara a tener.

*

Cuando Alejandro terminó sus asuntos y regresó a la propiedad, ya era medianoche.

Todo estaba en silencio. Hasta los empleados dormían.

Bajó del coche y entró en la casa con el cansancio pesándole en el cuerpo. Llegó a su dormitorio, tomó la manija y la bajó.

¡La puerta estaba cerrada con llave desde dentro!

Se quedó quieto un momento. Después llamó con suavidad.

Toc, toc, toc.

Elena se había dormido, agotada. Pero estaba en un lugar nuevo y su sueño era ligero. En cuanto oyó los golpes, abrió los ojos de golpe y se incorporó.

No estaba segura de haberlos oído de verdad. Observó la puerta cerrada durante un rato y preguntó con cautela:

—¿Quién es?

—Yo.

La voz cansada del hombre llegó amortiguada por la puerta.

—¿Señor Montenegro? —preguntó, desconcertada, sin estar del todo segura.

—Sí.

—¿Necesitas algo?

Esperó un buen rato, pero él no respondió.

Tras vacilar un momento, bajó descalza de la cama. Se acercó sin hacer ruido y pegó el oído a la madera.

—¿Lucía no te dijo que este también es mi dormitorio?

La voz repentina, tan cerca al otro lado, estuvo a punto de arrancarle un grito. Se tapó la boca con ambas manos y abrió mucho los ojos, intentando entender lo que acababa de decirle. No lo consiguió.

Unos segundos después, encendió la luz con un golpe al interruptor. La lámpara de cristal iluminó la habitación.

Abrió con cuidado una rendija y miró hacia fuera.

Alejandro estaba frente a la puerta. El cansancio se le notaba claramente en aquel rostro elegante y atractivo, pero no le restaba un ápice de belleza.

—Señor Montenegro, ¿esta no es la habitación que me asignaste? —preguntó Elena, confundida—. ¿Cómo va a ser la tuya?

—Te asigné mi habitación.

—¿Qué?

Las pupilas de Elena se dilataron de golpe.

—¿Por qué... me pusiste... en tu dormitorio?

—¿Prefieres que todos sepan que dormimos separados desde que nos casamos?

Entonces lo entendió. A ojos de los demás eran marido y mujer. Lo normal era que compartieran habitación.

Pero...

Nunca había dormido en el mismo cuarto que un hombre.

Se mordió suavemente el labio, incómoda y avergonzada.

—¿No piensas dejarme entrar?

Elena abrió la puerta con movimientos rígidos.

Alejandro entró y pasó frente a ella.

El aroma fresco a cedro le llegó de cerca. Apretó los dedos alrededor de la manija.

Cerró la puerta y vio que él se estaba quitando el saco. No sabía qué hacer ni adónde ir. Cuando Alejandro la miró, bajó los ojos enseguida.

Solo entonces él reparó en el camisón que llevaba: rosa, con un estampado de florecitas.

Le llegaba por debajo de las rodillas y dejaba al descubierto parte de las pantorrillas, claras y suaves, y los pies desnudos.

Quizá sintió su mirada, porque movió los pies con inquietud y encogió los dedos sin darse cuenta. El gesto tenía algo tierno.

Alejandro apartó los ojos de sus pies y volvió a mirarla a la cara.

—Tú duermes en la cama. Yo, en el sofá.

Elena levantó la cabeza, sorprendida.

Él estaba levantando una cobija.

Con el movimiento, algo suave y rosa pálido salió despedido, describió un pequeño arco y cayó sobre la alfombra entre ambos con un golpe leve.

Los dos miraron al mismo tiempo.

Un sostén rosa claro reposaba en el suelo.

Elena sintió que toda la sangre se le subía de golpe a la cabeza. La cara, las orejas y el cuello le ardieron de inmediato.

Quiso correr a recogerlo, pero el cuerpo se le quedó inmóvil, como bajo un hechizo.

La mirada de Alejandro se detuvo en la prenda menos de medio segundo. Después la apartó con absoluta calma, como si solo hubiera visto una mota de polvo.

Llevó una almohada y la cobija hasta el sofá y se dirigió al baño.

El suave clic de la puerta al cerrarse rompió el hechizo de Elena.

Casi se arrojó sobre la prenda rosa y la metió de cualquier manera bajo la almohada.

Lo hizo a tal velocidad que parecía estar robando algo.

Después escondió la cara, roja y ardiente, entre las cobijas.

Tras enseñarle a Lucía a hacer galletas, la había acompañado un rato al invernadero.

Había vuelto tan cansada que ni siquiera tuvo fuerzas para ordenar la maleta. No se fijó en que había ropa de hombre en el cuarto.

¿Cómo iba a volver a mirarlo a la cara?

Se mordió con fuerza el labio. Sentía que el mundo se le venía encima.

El ruido del agua interrumpió sus pensamientos.

Miró hacia el baño y se envolvió rápidamente en la cobija de pies a cabeza. No dejó fuera ni un cabello.

Cerró los ojos e intentó convencerse de que tenía sueño. Pero cuanto más se esforzaba por dormirse, más despierta se sentía.

La cabeza no dejaba de trabajar, como si hubiera tomado un estimulante.

Así que se puso a contar ovejas.

Una oveja.

Dos ovejas.

Tres ovejas.

...

Iba por la oveja ciento tres cuando el agua del baño dejó de correr de golpe.

Los ojos se le abrieron al instante.

Después oyó la puerta del baño y unos pasos firmes que se acercaban a ella, uno tras otro.

El corazón se le encogió. Cuando los pasos se detuvieron frente a la cama, aferró la cobija con las dos manos y apenas se atrevió a respirar.

Aunque estaba completamente envuelta, sabía que Alejandro se encontraba justo delante de ella.

¿Qué... qué iba a hacer?

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