EL MEJOR AMIGO DE MI HERMANO Si el cliché Ella lo amó toda su vida. Él tardó tres años en notar su ausencia. Desde niña, estuvo enamorada del mejor amigo de su hermano. Él siempre formó parte de su vida: conocía a su familia, tenía un lugar en su casa y sabía perfectamente que ella suspiraba por él. Y cuando le prometió que recibiría el mejor regalo de su vida al cumplir dieciocho años, ella creyó que, por fin, sus sentimientos serían correspondidos. Pero aquella noche, durante su propia fiesta de cumpleaños, descubrió que había esperado por el hombre equivocado. Él estaba con otra chica. Una chica que la había humillado durante años y que se aseguró de que ella los encontrara juntos. Esa noche, la niña que soñaba con ser elegida por él se marchó con el corazón destrozado. Tres años después, regresó. Ya no era la adolescente que se sonrojaba cada vez que él la miraba. Ahora era una joven atrevida, segura de sí misma y dispuesta a disfrutar de todo aquello a lo que había renunciado por amor. Seguía siendo dulce, pero había aprendido a no esperar nada de quien nunca supo valorarla. Para ella, él era parte del pasado. Para él, ella seguía siendo la hermanita de su mejor amigo… hasta que comenzó a notar las miradas que otros hombres le dedicaban, las sonrisas que ya no eran para él y la facilidad con la que ella podía marcharse sin siquiera despedirse. Y entonces apareció el problema. El mejor amigo de su hermano estaba empezando a desear a la única mujer que jamás había pensado que podría perder. Pero ¿qué sucede cuando el hombre que te rompió el corazón finalmente quiere conquistarte… y tú ya no estás segura de querer entregárselo otra vez?
NovelToon tiene autorización de maleramram para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
No necesito impresionarte
Isabella llevaba toda la mañana intentando decidir qué hacer con una pared de su habitación.
Había cambiado los muebles de lugar, probado tres combinaciones de colores y terminado sentada en el suelo, rodeada de muestras de pintura, con la firme convicción de que estudiar Diseño de Interiores era una forma elegante de perder la paciencia.
—¡Esto es imposible! —murmuró.
Su teléfono vibró.
Era un mensaje de su prima Lucía, invitándola a pasar la tarde en una cafetería donde se reunirían varias amigas de la infancia.
Isabella aceptó inmediatamente.
Necesitaba salir de aquella habitación antes de terminar pintando las paredes de un color que odiaría al día siguiente.
La cafetería estaba llena cuando llegó.
Lucía la recibió con un abrazo y comenzó a presentarle a una amiga que Isabella no veía desde hacía años.
La conversación fluyó con facilidad. Hablaron de la universidad, de los cambios en la ciudad y de los compañeros de colegio que ahora parecían tener vidas completamente distintas.
—Por cierto, ¿te acuerdas de Tomás? —preguntó Lucía—. El chico que estaba enamorado de ti en quinto año.
Isabella soltó una carcajada.
—¡No empieces!
—¿Qué? Si era verdad.
—Era un adolescente que me regaló una chocolatina por San Valentín.
—Y tú guardaste el envoltorio durante meses.
Isabella abrió los ojos.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque me obligaste a ayudarte a esconderlo de Mateo.
Las tres comenzaron a reírse.
Isabella no recordaba la última vez que había hablado de aquella época sin sentir una punzada de vergüenza por la intensidad con la que había vivido cada pequeño gesto.
Ahora podía reírse de sí misma.
Había sido una adolescente enamorada, con sueños enormes y una imaginación que convertía cualquier detalle en una historia de amor.
No tenía por qué avergonzarse de ello.
Simplemente había crecido.
—¿Y ahora? —preguntó Lucía cuando las risas se calmaron—. ¿Hay alguien?
Isabella tomó su café.
—Hay alguien con quien me gusta hablar.
—¡Eso significa que hay alguien!
—Significa exactamente lo que dije.
—¿Es guapo?
Isabella fingió pensarlo.
—Bastante.
—¿Y te trata bien?
La sonrisa de Isabella se volvió más sincera.
—Sí.
Lucía apoyó los codos sobre la mesa.
—Entonces quiero conocerlo.
—Primero quiero ver cómo salen las cosas.
No era una respuesta evasiva. Realmente quería descubrir qué podía pasar con Gabriel sin que otras personas empezaran a imaginar una boda antes de que ellos siquiera hubieran tenido una cita formal.
Por una vez, quería disfrutar del comienzo de algo sin convertirlo inmediatamente en una promesa.
Cuando Isabella salió de la cafetería, encontró a Nicolás junto a la entrada de un restaurante cercano.
Estaba acompañado por dos amigos y parecía estar esperando a alguien.
Ella lo saludó con una sonrisa.
—Hola.
Nicolás giró la cabeza.
—Isa. ¿Qué haces por aquí?
—Tomaba un café con mi prima.
—¿Y te vas ya?
—Sí. ¿Por qué?
—Por nada. Pensé que podríamos caminar un rato.
Isabella miró la hora en su teléfono.
—Hoy no puedo. Tengo cosas que hacer en casa.
Nicolás asintió, intentando disimular su decepción.
—Otro día, entonces.
—Puede ser. Nos vemos, Nico.
Ella se despidió de sus amigos y continuó caminando.
Nicolás la siguió con la mirada hasta que desapareció entre la gente.
—¿Otra vez Isabella? —preguntó uno de sus amigos.
—¿Qué pasa con ella?
—Nada. Solo que últimamente parece que te interesa bastante.
Nicolás soltó una risa.
—La conozco desde que era una niña.
—Precisamente. ¿No te parece extraño que ahora estés intentando pasar tiempo con ella cuando antes apenas te preocupabas por lo que hacía?
Nicolás frunció el ceño.
—No es así.
Su amigo se encogió de hombros.
—Como quieras.
Pero la pregunta se quedó dando vueltas en su cabeza.
¿Era posible que estuviera intentando recuperar algo que nunca había valorado realmente?
Esa noche, Nicolás recibió una invitación para cenar en casa de Mateo.
La propuesta había surgido de manera espontánea. Los padres de Isabella habían preparado demasiada comida y, como siempre, decidieron que la mejor solución era reunir a todos.
Nicolás dudó antes de aceptar.
No quería que Mateo creyera que estaba aprovechándose de la invitación para acercarse a su hermana.
Sin embargo, también quería verla.
Y aquella contradicción comenzaba a resultarle irritante.
Durante la cena, Isabella estaba contando una anécdota de la universidad cuando Nicolás llegó.
—¡Y el profesor terminó diciéndonos que aquello parecía un consultorio médico en lugar de una sala de estar! —relató ella, riéndose.
Su padre soltó una carcajada.
—¿Y qué hicieron?
—Cambiarlo todo. Nos quedamos hasta las tres de la mañana trabajando.
—Eso te pasa por elegir una carrera tan complicada —comentó Mateo.
—Perdona, señor ingeniero de sillón.
La mesa estalló en risas.
Nicolás se sentó junto a Bruno, observando la escena.
Isabella estaba radiante.
No porque alguien la estuviera mirando, ni porque quisiera demostrar que era feliz.
Simplemente lo era.
Cuando sus miradas se encontraron, ella le sonrió y continuó hablando.
Nicolás sintió una extraña punzada en el pecho.
Había pasado años creyendo que conocía cada parte de Isabella. Sin embargo, aquella mujer tenía historias, amistades y sueños que él apenas empezaba a descubrir.
Y lo peor era que no necesitaba compartirlos con él.
Más tarde, mientras todos recogían los platos, Nicolás encontró a Isabella en la cocina.
—Parece que te estás divirtiendo mucho estos días.
Ella lo miró mientras secaba una copa.
—Sí. Estoy feliz de haber vuelto.
—Me alegro.
—Gracias.
Nicolás vaciló.
—A veces siento que ya no sé nada de ti.
Isabella dejó la copa sobre la encimera.
—Es normal. Han pasado tres años.
—Podrías contarme cosas.
Ella sonrió con amabilidad.
—Podría. Pero no tienes que saberlo todo, Nico.
Él se quedó callado.
Isabella tomó otro plato y siguió secándolo, sin notar —o sin querer demostrar que notaba— la expresión de su rostro.
—No te lo digo para molestarte —añadió—. Simplemente hice mi vida mientras estaba fuera. Conocí gente, cambié de opinión sobre muchas cosas y aprendí a disfrutar de estar conmigo misma.
Nicolás bajó la mirada.
—Lo entiendo.
—Me alegro.
Ella terminó de ordenar los platos y salió de la cocina.
Nicolás permaneció allí unos segundos más.
Por primera vez, empezó a comprender que no bastaba con querer acercarse a Isabella para recuperar la confianza que había perdido.
Tendría que aprender a conocerla de nuevo.
Y aceptar que ella podía decidir no dejarlo entrar.
Lo que todavía no comprendía era que conocer de nuevo a Isabella no significaba volver a conquistarla.
Porque mientras él empezaba a preguntarse cómo acercarse a ella, Isabella estaba cada vez más interesada en descubrir qué podía llegar a ser lo suyo con Gabriel.
Y esa diferencia, aunque Nicolás todavía no lo sabía, terminaría cambiándolo todo.