no estaba buscando amor cuando descargó una app de citas.
Solo quería escapar de la vida asfixiante que tenía en Londres.
Sin trabajo y desesperada por irse de casa de sus padres, acepta la extraña propuesta de , un hombre frío, reservado y marcado por un divorcio escandaloso.
Él le ofrece ayudarla.
A cambio, solo debe acompañarlo a Emiratos Árabes Unidos.
Sin sentimientos.
Sin preguntas.
Sin involucrarse demasiado.
Pero entre el lujo, los silencios y la distancia que Nael impone entre ambos, Liora descubre que algunas personas esconden más dolor del que dejan ver.
Y que enamorarse de alguien como Nael Al-Hadid nunca fue parte del plan.
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Capitulo 10
Nael
No había visto a Liora en un par de horas.
Al principio pensé que quizá seguía hablando con algunas mujeres de la familia o descansando lejos del ruido del evento, pero algo dentro de mí comenzó a incomodarse lentamente.
Ella nunca desaparecía sin avisar.
Busqué entre los jardines iluminados y luego entré nuevamente al salón principal.
Mi tía Myriam conversaba con unas mujeres cerca de la entrada.
—¿Has visto a Liora? —pregunté acercándome.
Ella negó suavemente.
—No desde hace rato.
Mi preocupación aumentó ligeramente.
Seguí caminando por los pasillos del lugar hasta que finalmente la vi al fondo de una terraza lateral, cerca de unas enormes ventanas abiertas hacia el jardín.
Estaba sola.
Y aunque intentaba aparentar normalidad… algo no estaba bien.
Me acerqué despacio.
—¿Liora?
Ella dio un pequeño sobresalto y giró rápidamente hacia mí.
—Me asustaste.
Fruncí ligeramente el ceño.
—Perdón.
La observé con más atención.
Sus ojos estaban brillosos.
Como si hubiera llorado hacía poco.
—¿Estás bien?
—Sí.
Mentira.
Lo supe inmediatamente.
Porque llevaba días aprendiendo sus silencios.
Me acerqué un poco más.
—Dime la verdad.
Ella intentó sonreír.
—Estoy bien, de verdad.
Negué suavemente.
—No, no lo estás.
Por un momento pareció debatirse entre hablar o no hacerlo.
Finalmente desvió la mirada.
Sin pensar demasiado, coloqué una mano cuidadosamente en el centro de su espalda para guiarla hacia una pequeña zona privada del jardín donde había unos sofás blancos alejados del ruido.
El contacto fue breve y respetuoso.
Pero sentí cómo ella se tensaba apenas un segundo antes de relajarse.
Nos sentamos.
Dejé una distancia prudente entre ambos.
Siempre lo hacía.
Liora jugaba nerviosamente con una parte de su vestido.
—Escuché unas mujeres hablando de mí.
La observé en silencio.
—¿Qué dijeron?
Ella soltó una pequeña risa triste.
—Nada que no haya escuchado antes.
Eso me molestó más de lo esperado.
—Liora.
Finalmente levantó la mirada hacia mí.
—Dijeron que estoy contigo por dinero… que soy una interesada… que seguramente vi una oportunidad y la aproveché.
Sentí una presión incómoda en el pecho.
Porque sabía exactamente cómo funcionaban esos círculos sociales.
Y sabía que apenas era el comienzo.
—No deberías escuchar conversaciones ajenas.
Ella sonrió con ironía.
—Es difícil no hacerlo cuando hablan como si una estuviera comprada.
El viento movió ligeramente una parte de su cabello.
Liora parecía intentar mantenerse tranquila, pero podía ver cómo luchaba contra algo mucho más profundo.
—Lo peor es que quizá tengan razón.
La miré fijamente.
—No vuelvas a decir eso.
Ella tragó saliva.
—Nael…
—No.
Mi voz salió más firme de lo habitual.
—Tú aceptaste este viaje porque necesitabas escapar de algo que te estaba destruyendo. No porque seas una oportunista.
Sus ojos se humedecieron otra vez.
—No conoces realmente mi vida.
—Sé suficiente.
El silencio cayó entre nosotros unos segundos.
Luego habló apenas en un susurro.
—Tu familia es amable conmigo… tu tía es amable conmigo… todos aquí parecen tener un lugar al cual pertenecer y yo solo siento que estoy fingiendo.
Respiré lentamente antes de responder.
—Liora, incluso yo he pasado años sintiendo que no pertenezco completamente a ningún sitio.
Eso pareció sorprenderla.
—¿Tú?
Asentí.
—Mi padre es emiratí. Mi madre inglesa. Crecí entre dos culturas completamente distintas. En Londres era demasiado árabe para algunos. Aquí a veces soy demasiado occidental para otros.
Ella me observó atentamente.
—Nunca lo había pensado así.
—La gente siempre encontrará algo que cuestionar. Tu apellido, tu dinero, tu religión, tu apariencia… siempre será algo.
Liora bajó la mirada hacia sus manos.
—Estoy cansada de sentirme insuficiente.
Esa frase me golpeó más de lo que esperaba.
Porque sonó demasiado sincera.
Y demasiado triste.
Sin pensar demasiado, le acerqué una copa de agua que descansaba sobre la mesa pequeña frente a nosotros.
—Bebe un poco.
Ella obedeció en silencio.
Esperé unos segundos antes de hablar nuevamente.
—No tienes que demostrarle nada a nadie aquí.
—Es fácil decirlo cuando naciste teniendo todo.
La frase no sonó cruel.
Solo honesta.
Y por eso respondí igual.
—Tener dinero no evita la soledad.
Ella levantó lentamente la mirada.
Por primera vez desde que la conocía sentí que realmente me estaba viendo.
No al empresario.
No al hombre de las noticias.
A mí.
El ruido lejano de la música llegaba suavemente desde el salón principal.
Liora se abrazó ligeramente a sí misma.
Sin pensarlo demasiado, me quité el bisht negro con bordados dorados y lo coloqué cuidadosamente sobre sus hombros.
Ella abrió un poco los ojos.
—No hace frío.
—Lo sé.
Eso la hizo sonreír apenas.
Y honestamente… esa pequeña sonrisa alivió algo dentro de mí.
—Gracias —murmuró.
Asentí.
Nos quedamos en silencio unos segundos más.
Extrañamente cómodo.
Luego ella habló nuevamente.
—¿Por qué eres tan amable conmigo?
La pregunta me tomó desprevenido.
Pensé la respuesta antes de hablar.
—Porque tú también lo has sido conmigo.
Liora me observó en silencio.
Y por un instante el resto del mundo pareció desaparecer: la boda, la presión familiar, los negocios, las críticas.
Solo estábamos nosotros dos bajo las luces cálidas del jardín.
Ella soltó una pequeña risa nerviosa.
—Creo que sigo sin entenderte.
La miré ligeramente divertido.
—Eso nos convierte en dos personas confundidas entonces.
Ella negó sonriendo suavemente.
Y esa vez… la tristeza en sus ojos disminuyó un poco.
Me puse de pie lentamente y le ofrecí la mano con calma.
—¿Quieres volver adentro o prefieres quedarte aquí un rato más?
Liora observó mi mano unos segundos antes de tomarla cuidadosamente.
Sus dedos eran pequeños y fríos.
—Quédate conmigo un momento más —susurró.
Y por alguna razón…
supe que habría hecho cualquier cosa que ella pidiera en ese instante.