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Mi exesposa de pueblo es una heredera millonaria

Mi exesposa de pueblo es una heredera millonaria

Status: En proceso
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Traiciones y engaños / Juego de roles / Amante arrepentido
Popularitas:110
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Para Alejandro Montenegro, su esposa no era más que una chica de pueblo. Nunca imaginó todo lo que ella había dejado atrás por amor.
Durante tres años, ella ocultó su identidad y lo dio todo por él. El día de su cumpleaños, recibió su recompensa: un acuerdo de divorcio. Alejandro quería casarse con la mujer que nunca había olvidado.
Ella se marchó sin aceptar un solo peso.
Pero aquella esposa a la que todos despreciaban era Valeria Duarte, heredera de una de las familias más poderosas del país.
Lejos de los Montenegro, Valeria recupera su nombre, su fortuna y una vida en la que ya no necesita pedir permiso. Mientras sus talentos y secretos salen a la luz, quienes antes la humillaban descubren que se metieron con la mujer equivocada.
Ahora Alejandro quiere recuperarla.
Pero Valeria ya aprendió a vivir sin él. Y esta vez, será él quien tenga que soportar el rechazo.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

Capítulo 3

¡Yo dirigiré el grupo!

El Rolls-Royce se detuvo sobre la alfombra roja frente a Villa Los Olivos, la residencia de los Duarte en Puerto Claro.

Nicolás, el segundo de los hermanos, esperaba en la entrada. Él mismo abrió la puerta del auto.

—¡Bienvenida a casa, princesa!

Durante el trayecto, Valeria se había quitado los tenis y puesto unos tacones altísimos. Bajo las luces de la entrada, bajó del auto con la seguridad de una reina.

—¿Cómo están todos?

—Bien. Pero mucho mejor ahora que volviste. ¿Te gustaron los fuegos artificiales? ¡Todo el mundo habla de tu regalo de cumpleaños! Hasta salió en las tendencias.

Nicolás sonreía, orgulloso.

—Sí, lo vi. Dicen que algún millonario cursi se gastó una fortuna para conquistar a una mujer. Y que tienes más dinero que buen gusto. Felicidades por tu nuevo logro.

Valeria aplaudió, burlona.

Nicolás no hizo caso. Sorbió por la nariz y la estrechó en sus brazos, emocionado.

—Vale, esta vez no te vas a ir, ¿verdad?

—No. Ya me echaron del matrimonio. ¿Adónde voy a ir?

Le dio unas palmaditas en la espalda.

—Los dejé mal, ¿no? Me jugué todo durante tres años y ni siquiera pude ganarme a un hombre. Vaya fracaso.

Bromeaba, pero tenía un nudo amargo en la garganta. Las lágrimas amenazaron con volver y se las tragó.

Se lo había prometido al cruzar la puerta de los Montenegro: no lloraría otra vez por Alejandro. No lo merecía.

—¡Ese desgraciado! ¿Cómo se atreve a hacerte esto? —estalló Nicolás—. Mañana mismo voy a investigar al Grupo Montenegro. Y cuando nuestro hermano tenga un rato libre, que se encargue de él.

Mateo inclinó la cabeza.

—Amén.

—¡Nicolás, no empieces! Eres fiscal. Trabajas para el Estado —lo frenó Valeria, con una sonrisa cansada—. Aprende de Mateo. Un poco de paz y amor.

—¡Paz y amor, nada! Tu hermano se volvió santo después de hartarse de hacer guerras.

Nicolás se aflojó la corbata, todavía furioso.

—Esto no se va a quedar así. Que se metan conmigo si quieren. Pero si lastiman a mi hermana, no volveré a quitarles el ojo de encima.

Valeria se colgó del brazo de cada uno y entraron en casa entre bromas y risas.

Arturo Duarte, presidente del consejo del Grupo Duarte, ya sabía que su hija había vuelto. Caminaba de un lado a otro en el estudio, incapaz de ocultar la alegría detrás de su habitual expresión severa.

—¡Viejo, ya volví!

Valeria entró con sus hermanos y se dejó caer de lado sobre el sofá. En aquella casa no quedaba nada de la esposa discreta y complaciente de los Montenegro. Levantó los pies y se quitó los tacones de una patada.

Mateo se sentó a su lado y le acomodó los pies sobre las rodillas para masajearlos.

—¡Mira cómo te sientas! ¿Dónde estuviste trabajando como médica? ¿Con una banda de delincuentes?

Arturo fingía enfado. Cuando no la veía, la extrañaba. Y en cuanto volvía, conseguía desesperarlo.

—¿Ya se te está olvidando todo, papá? Siempre fui así. ¿O es tu primer día como padre mío?

Valeria miró hacia la pared y sintió una punzada en el pecho.

Allí estaba, enmarcado, un cartel que ella había escrito más de diez años atrás. No tenía idea de por qué su padre lo había recuperado.

«Con tantas mujeres, ¿te crees un emperador?

A tu edad deberías cuidar el corazón.

Un poco de vergüenza, papá. Gracias.»

Se lo había regalado cuando Arturo se casó por tercera vez.

Las cuatro mujeres que formaban parte de su historia familiar habían convertido a los Duarte en tema habitual de chismes. Valeria nunca había soportado aquella situación. Se había marchado al extranjero muy joven para trabajar como médica en misiones humanitarias.

—Desapareces tres años y vuelves a decir que tu padre tiene una enfermedad. Qué hija tan considerada.

—Gracias por el cumplido, papi.

Valeria le regaló su mejor sonrisa.

—Papá, ahora que Vale volvió, tenemos que hablar de algo —intervino Mateo.

Ayudó a su hermana a ponerse los zapatos antes de continuar.

—He decidido dejarle la dirección general del grupo.

Valeria lo miró de golpe.

—¡Tú…! —Arturo se quedó sin palabras.

—Acepté llevar el grupo durante tres años. El plazo terminó. Quiero volver a la iglesia. Lo sabes: mi vocación es ser pastor, no empresario.

La calma de Mateo no dejaba espacio para discutir.

—¡Pues que lo haga Nicolás!

—No, no, no… Soy funcionario público. No puedo dirigir un grupo empresarial. ¡Me suspenderían y abrirían una investigación!

Nicolás retrocedió como si su padre acabara de ofrecerle una bomba.

Arturo estaba a punto de estallar. ¿Para qué tenía tantos hijos, si ninguno quería hacerse cargo de su empresa? Todos triunfaban en sus profesiones y todos se negaban a ayudarlo a él.

Su salud empeoraba año tras año. Llevaba tiempo pensando en retirarse, pero no encontraba a quién dejarle su imperio.

No era que no quisiera a su hija. Era demasiado anticuado para imaginar a una mujer como heredera de sus negocios.

Valeria alzó la barbilla.

—Una mujer puede dirigir tan bien como un hombre. ¡Yo me hago cargo!

—¿Así de fácil? ¿Crees que el grupo es un juego? ¿Cómo vas a ganarte el respeto de los demás? ¿Qué sabes de negocios?

La rabia de Arturo escondía algo más doloroso.

—Además, haces lo que se te antoja. Desapareces por cualquier discusión y no vuelves en tres años. ¿Sabes cuánto me preocupé? ¿Cuánto se preocuparon las mujeres de esta casa? ¡Llegué a pensar que una bomba te había matado en la frontera!

Valeria sintió un peso en el pecho. Los ojos le ardieron.

Podía reprocharle muchas cosas. Podía seguir creyendo que le había fallado a su madre. Pero en eso tenía razón: ella se había casado con Alejandro a escondidas y había pasado tres años sin volver a casa.

Le debía una explicación.

—Papá, Vale sabe tanto de negocios como yo —dijo Mateo.

Tomó su taza de té y bebió un sorbo.

—¿Recuerdas la crisis financiera de hace cuatro años? Varias de las medidas que nos sacaron adelante fueron idea suya. Y hace dos años fue ella quien preparó el plan de adquisición del Grupo Acosta. Pasó varias noches sin dormir para terminarlo.

Arturo abrió los ojos, sorprendido.

—No conoces bien a nuestra hermana —añadió Nicolás—. Es la más paciente y la más lista de todos. Siempre presumes que sabes reconocer el talento. Lo tienes enfrente. ¿Por qué no le das una oportunidad?

Arturo guardó silencio un buen rato.

—Está bien. Si quieres dirigir, primero tendrás que demostrar que puedes. Considéralo mi regalo de cumpleaños.

Valeria se enderezó, atenta.

—Descansa unos días. La semana que viene te presentarás en el Hotel KS World de Santa Aurelia. Si en seis meses consigues renovarlo y volverlo rentable, consideraré nombrarte directora general del grupo.

* * *

Al salir del estudio, sus dos hermanos le pusieron una mano en cada hombro.

—Toda gran responsabilidad empieza con una prueba —dijo Mateo.

—Y en este caso, la prueba es arreglar un desastre —añadió Nicolás.

—Lo sé. El viejo quiere que me asuste y renuncie. Pero eligió mal la estrategia. Cuanto más me presionan, más ganas me dan de seguir.

Valeria cerró los puños. La ambición que había mantenido dormida durante tres años empezaba a despertar.

Sus hermanos se miraron y sonrieron.

—Nuestra libertad está en tus manos, hermanita.

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