Eliana Casillas nunca soñó con gobernar un imperio criminal. Gordita, bondadosa y aparentemente inofensiva, siempre prefirió mantenerse al margen de las luchas de poder de su familia. Pero cuando las traiciones amenazan con destruir al clan Casillas y la vida de su pequeña hija Chloe corre peligro, descubre que su mayor fortaleza no está en las armas, sino en su inteligencia.
Entre enemigos disfrazados de aliados, secretos familiares y una conspiración que pretende arrebatarle todo, Eliana tendrá que demostrar que subestimarla fue el peor error de sus adversarios.
Con el destino de su hija en juego y la lealtad de los suyos puesta a prueba, la heredera inesperada deberá tomar el control del imperio.
Porque ser gordita no significa ser débil, y tocar a su familia tiene un precio.
¡Fuera cucarach@s! La nueva jefa ha llegado, y no piensa pedir permiso.
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El notario desaparecido
A la mañana siguiente, el fiscal llamó temprano. Su voz sonaba seria y algo desconcertada.
—Tengo malas noticias, Eliana. Intenté contactar al notario Francisco Olivares para coordinar nuestra reunión. Pero su oficina me informó que se fue de vacaciones repentinas anoche mismo. No dejó número de contacto ni dirección. Solo dijo que regresaría en varias semanas. Nadie sabe a dónde fue. Y lo que es más preocupante: cerró temporalmente el acceso a varios archivos antiguos de su notaría, incluyendo los libros de propiedades del norte. Todo coincide con exactamente lo que usted temía. Alguien le adelantó el paso.
Eliana se sentó lentamente en una silla, sintiendo cómo se le escapaba de las manos la única prueba directa que tenían. Pero no rompió a llorar. Respiró hondo y apretó las manos sobre sus rodillas.
—No es vacaciones, fiscal. Lo hicieron desaparecer. Sabían que íbamos a hablar con él. Y ahora está fuera de nuestro alcance.
—Es una sospecha muy grave —respondió él con calma—. Pero por ahora no tengo pruebas para actuar de forma drástica. Sin embargo, le daré una recomendación: busque a alguien que haya trabajado con él durante muchos años. Alguien de confianza que conozca su forma de llevar los registros. A veces los notarios tienen copias personales o duplicados que no están en la oficina. Y si Olivares es honesto, es muy probable que haya tomado precauciones antes de que lo obligaran a irse. No se rinda. Solo tengan mucho cuidado. Quien tiene el poder de hacer desaparecer a un notario… tiene mucha influencia. Y muy poca paciencia.
Colgó. Los tres primos la miraban en silencio, esperando su reacción. Eliana levantó la vista. No había derrota en sus ojos, solo determinación.
—No nos bloquean la verdad —dijo con voz firme—. Solo nos cierran una puerta. Y cuando una puerta se cierra, siempre hay otra entrada. Doña Inés mencionó que el notario Olivares trabajó con nuestro padre durante más de veinte años. ¿No tendría él un asistente o alguien de confianza que conozca su trabajo tan bien como él?
Marcos abrió su libreta y asintió.
—Ya lo averigüé mientras esperábamos tu llamada. Olivares tenía una asistente principal, doña Carmen. Trabajó con él dieciocho años. Se jubiló hace seis meses, pero sigue siendo muy cercana a su familia. Vive en las afueras de la ciudad, en una casa pequeña cerca del río. Nadie la vigila porque nadie se acuerda de ella. Es nuestra mejor oportunidad.
—Entonces allá vamos —decidió Eliana, poniéndose de pie—. Pero no todos. Si nos ven llegar cuatro juntos, llamaremos la atención. Marcos, tú me llevas. Leonardo, quédate aquí con Santiago. Vigilen la casa, estén atentos a cualquier movimiento inusual. Si Ramiro y Valeria nos vigilan, que crean que seguimos aquí. Nosotros tomaremos un taxi y cambiaremos de ruta dos veces antes de llegar. Sin riesgos. Sin prisas.
El trayecto fue largo y tranquilo. Llegaron a un barrio de casas bajas y calles empedradas que daban hacia el río. Doña Carmen abrió la puerta con desconfianza, pero al escuchar el nombre de Julián Casillas y ver la expresión sincera de Eliana, la invitó a pasar. Su sala estaba llena de recuerdos: fotografías familiares, diplomas, y en una repisa, una placa que decía “A la mejor compañera de trabajo, con gratitud eterna. Francisco Olivares”.
—Francisco me llamó anoche —dijo doña Carmen después de ofrecerles té—. Me habló muy rápido, casi susurrando. Me dijo que si alguien venía preguntando por los documentos de los Casillas, yo debía confiar solo en la hija de Don Julián. Que escondió una copia de las escrituras originales en el archivo viejo de la parroquia de San José. Me hizo prometer que no se lo diría a nadie más. Y luego cortó. Me preocupa mucho. No sonaba como él. Tenía miedo en la voz.
Eliana sintió un nudo en la garganta. El notario no había huido sin más. Había sido obligado a irse, pero en su desesperación había dejado una pista, una salida, para que la verdad no se perdiera.
—Le agradecemos profundamente que nos haya recibido —le dijo con respeto—. Y le prometo que lo protegeremos a él también. Cuando recuperemos todo, él podrá volver sin miedo. Nadie va a saber que hablamos con usted. Nadie va a saber de dónde sacamos la información. Quédese tranquila.
Salieron de su casa con el corazón más ligero que al entrar. Tenían una ubicación concreta. Tenían una esperanza real. Pero también sabían que el tiempo corría en su contra: si Ramiro descubría que Olivares dejó una copia, no dudaría en buscarla por todos los medios posibles. Y la iglesia, por ser un lugar público, también era vulnerable.
—Mañana temprano —decidió Eliana mientras regresaban—. Antes de que abran al público. Nadie estará allí. Sacamos los documentos, los llevamos al fiscal, y terminamos con esto de una vez por todas. Pero esta vez, no le contamos el plan a nadie más que a nosotros tres. Ni siquiera al fiscal todavía. Hasta que tengamos las pruebas en la mano, el secreto es nuestra mejor protección.
Sin embargo, mientras hablaban, en la ventana de un café cercano, un hombre con el teléfono en la mano tomó una fotografía discreta de ellos dos caminando hacia el taxi. La envió con un mensaje corto: “Hablaron con la asistente. Se dirigen hacia algo importante. Los sigo.”
Eliana y Marcos no lo notaron. Creyeron que habían sido cuidadosos. Pero Ramiro siempre tenía ojos en los lugares menos esperados. Y esta vez, no iba a dejar que llegaran a la iglesia sin que él lo supiera. La carrera final por la verdad acababa de empezar. Y ninguno de los dos bandos pensaba detenerse.