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En Todo Mi Esplendor

En Todo Mi Esplendor

Status: Terminada
Genre:Venganza de la protagonista / Venganza / Completas
Popularitas:7.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Aurora rescató a Eric de las cenizas de un viejo desamor, transformando la gratitud en un matrimonio cálido y prometedor. Sin embargo, dos años de felicidad se derrumban en cuestión de meses cuando Patricia, la expareja que lo abandonó, reaparece con artimañas y una codicia disfrazada de nostalgia. Atrapado en la red de manipulaciones, Eric traiciona a la mujer que le devolvió la vida.

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Capítulo 2: Complicidad y promesas

El murmullo alegre de cientos de familias colmaba el patio central de la universidad. El aire de la tarde primaveral traía consigo el aroma a flores recién abiertas, a papel impreso de los diplomas y a ese alivio inmenso que solo conocen quienes han dejado el alma en cada página de un libro de leyes.

Entre la multitud vestida de fiesta, Eric sostenía su diploma con ambas manos, mirándolo como si fuera un objeto milagroso. Apenas catorce meses atrás, su destino parecía sellado entre botellas vacías y persianas cerradas; hoy vestía un traje impecable, llevaba el cabello prolijo y, por primera vez en años, una sonrisa sincera iluminaba sus facciones.

—¡Si sigues mirándolo con esa cara de bobo, vas a gastar la tinta dorada, Eric! —se burló Valeria, apareciendo a su lado con dos copas de vino espumante y acomodándole la solapa con fingida severidad.

—Déjalo en paz, Vale —intervino Julián, llegando con el brazo alrededor de los hombros de Marcos—. Bastante milagro es que no haya prendido fuego el código procesal civil en la mesa del examen. Admítelo, hermano: estás vivo de milagro.

—De milagro no —acotó Marcos entre risas, chocando su copa de plástico contra la de los demás—. Está vivo gracias a una sola persona, y todos sabemos quién es.

Eric levantó la mirada y la buscó de inmediato entre la gente. A pocos metros, rodeada por sus profesores y por Elena, la madre de Eric, Aurora brillaba con luz propia. Llevaba un vestido sencillo de lino color marfil que acentuaba su figura esbelta, el cabello suelto en suaves ondas sobre los hombros y una risa fresca que se escuchaba por encima del bullicio general. Elena la abrazaba con un fervor maternal indiscutible, tomándole las manos con lágrimas en los ojos:

—Gracias a ti, mi niña —le decía Elena en voz baja, sin soltarla—. Tú me devolviste a mi muchacho cuando todos creíamos que lo habíamos perdido.

Aurora le sonreía con humildad, acariciando la mano de la mujer mayor:

—Eric hizo todo el trabajo, doña Elena. Solo necesitaba que alguien le recordara quién era.

Desde su lugar, Eric sintió una punzada cálida en el centro del pecho. Había una belleza luminosa en Aurora que no gritaba para llamar la atención; no necesitaba los lujos ni las poses teatrales a las que Patricia lo había acostumbrado durante años. La presencia de Aurora era un remanso de paz, un refugio donde no hacía falta fingir ser alguien invencible para ser amado.

La celebración continuó en una terraza rústica del centro, entre pizzas caseras, cervezas heladas y anécdotas de noches en vela antes de los exámenes finales. Marcos imitaba los gestos severos del profesor de Derecho Constitucional arrancando carcajadas al grupo, mientras Valeria le quitaba la aceituna del plato a Julián en medio de una discusión cómplice sobre quién había estudiado menos durante la carrera.

En medio del desorden alegre, Eric se inclinó disimuladamente hacia Aurora, rozando su hombro con el de ella por debajo de la mesa de madera.

—¿Te estás aburriendo? —le preguntó en un susurro divertido, señalando a Marcos que ahora intentaba dramatizar un alegato con una servilleta de papel en la cabeza.

—Para nada —respondió ella, volviéndose hacia él con los ojos brillantes por la risa—. Hacía mucho tiempo que no me reía tanto. Valió la pena cada noche sin dormir, Eric. Verlos a todos aquí… ver que lo lograste… me llena el alma.

—Lo logramos juntos —corrigió él con firmeza, bajando la voz y buscando la mano de Aurora sobre sus rodillas. Sus dedos se entrelazaron de manera natural, tibia y segura—. Si no hubieras abierto esas persianas aquel día, hoy seguiría pudriéndome en la oscuridad. Tú me salvaste, Aurora. Cada día que me levanto y siento ganas de vivir, es por ti.

Aurora bajó la vista hacia sus manos unidas. Sus mejillas se tiñeron de un rubor suave, pero no apartó la mano.

—No te salvé yo, Eric. Te salvaste tú cuando decidiste ponerte de pie. Yo solo sostuve la vela para que vieras el camino.

—Entonces no la apagues nunca —le pidió él, con una intensidad en la mirada que cortó la ligereza del momento—. Quédate conmigo, Aurora. Déjame demostrarte que puedo ser el hombre que mereces.

La música del bar pareció desvanecerse en el fondo. El mundo a su alrededor se redujo a la calidez de ese roce de manos. Para Aurora, que siempre había sido el pilar inquebrantable de todos los que la rodeaban, encontrar en los ojos de Eric esa devoción pura y vulnerable fue el golpe final para derribar sus propias defensas. Sonrió, con una ternura infinita que desarmó cualquier duda, y asintió en silencio.

Más tarde, cuando la fiesta terminó y los amigos se dispersaron entre abrazos efusivos y promesas de reencuentro, caminaron solos por las calles arboladas que llevaban al departamento de Aurora. La noche era tibia y la brisa agitaba suavemente las hojas de los plátanos.

Caminaban despacio, hombro con hombro, compartiendo ese silencio cómodo que solo existe entre dos personas que se conocen hasta los huesos.

—¿Sabes qué me da miedo a veces? —confesó Eric de repente, deteniéndose bajo la luz dorada de una farola.

—¿Qué? —preguntó ella, girándose para enfrentarlo.

—Que esto sea un sueño. Que me despierte en ese sillón viejo y me dé cuenta de que todo este tiempo estuve delirando por la fiebre —dijo él, tocándole suavemente una mejilla con el dorso de los dedos—. Pasé tanto tiempo sintiéndome nada, creyendo que el amor era sinónimo de humillación y migajas… que estar a tu lado se siente demasiado bueno para ser real. Te juro, Aurora, por mi vida y por mi carrera, que nunca voy a olvidar lo que hiciste por mí. Voy a construir una vida donde nunca te falte nada, te lo prometo.

Aurora lo miró fijamente, con el corazón latiéndole con una fuerza nueva. Apoyó la palma de su mano sobre el pecho de Eric, sintiendo el latido regular y firme bajo la camisa.

—No tienes que prometerme castillos ni vidas perfectas, Eric. Solo prométeme lealtad. Prométeme que si alguna vez las cosas se ponen difíciles, nos miraremos a la cara con la verdad. Eso es lo único que vale.

—Te lo juro —respondió él sin dudar, sellando la promesa con un beso suave y profundo, de esos que prometen una eternidad sin sombras.

En ese rincón iluminado de la ciudad, Eric estaba plenamente convencido de que Aurora era el gran amor de su destino, la mujer definitiva que había borrado cualquier rastro de Patricia de su memoria. No podía sospechar que las promesas hechas bajo la luz de una farola pueden disolverse como el humo cuando el pasado regresa para reclamar sus cenizas.

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Wendy Borges
verdugo no pide clemencia
Wendy Borges
que hombre tan patético
Lilito_lili
Impecable..
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