Elena Salazar aceptó someterse a una fecundación in vitro cuando su prometido quedó al borde de la muerte. Pero un error de la clínica la dejó embarazada de otro hombre: Alejandro Montenegro, el magnate más poderoso de Atelán.
Su oferta fue directa:
—Da a luz a mi hijo y los cien millones de dólares serán tuyos.
Elena se negó. Su amor no tenía precio… hasta que encontró a su prometido, recién salido de cuidados intensivos, besando a su hermanastra.
Entonces firmó el contrato y se casó con Alejandro.
Quienes la humillaban se rieron de su elección: un simple guardaespaldas, guapo y sin dinero. Creían que había cambiado un buen matrimonio por una vida miserable.
No sabían quién era su marido. Y tampoco sabían de lo que ella era capaz.
Cuando sus investigaciones revolucionen la medicina y la verdadera identidad de Alejandro salga a la luz, su ex ya no podrá burlarse de ella.
Estará de rodillas, suplicándole una oportunidad de hacer negocios.
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Capítulo 10
Capítulo 10. Alejandro iba a estrangularla
No había tiempo. Elena dejó de darle vueltas e intentó acercarse a la anciana, pero Isabel volvió a interponerse.
—¡Alejandro, si vas a dejar que esa mujer le ponga una inyección a tu abuela, tendrás que pasar por encima de mí!
Abrió los brazos con una expresión de absoluta resistencia, como si estuviera dispuesta a morir antes de apartarse.
—¡Y de mí! —añadió Ernesto, abriendo también los brazos frente a Elena.
Ella miró a doña Mercedes en el sofá. El rostro había pasado de la palidez a un gris mortecino. El tiempo en que aún podían salvarla se agotaba. Elena miró a Alejandro, angustiada.
—El que vuelva a impedirlo responderá por todas las consecuencias.
Las palabras cayeron como un martillazo que zanjaba cualquier discusión.
Isabel y Ernesto se miraron. Apretaron los dientes con rabia, pero se apartaron. Si la anciana moría porque ellos se habían interpuesto, no podrían asumirlo.
Elena se acercó al sofá, le subió la manga hasta dejar libre el brazo y sacó una de las jeringas de la caja. Miró hacia Alejandro con ojos fríos y firmes. Había confiado en ella. No lo decepcionaría.
Colocó el inyector contra el brazo de la anciana y presionó el botón.
Sonó un clic leve. El medicamento entró en el músculo mediante un sistema de inyección a presión.
Nadie dijo una palabra.
El tiempo pareció detenerse.
Todos tenían los ojos clavados en doña Mercedes. Apenas se atrevían a respirar.
Pasó un segundo. Dos. Tres... Diez segundos después, seguía sin reaccionar.
Cuando la duda y la desesperación estaban a punto de apoderarse de todos, la anciana empezó a echar espuma por la boca y a convulsionar violentamente.
—¡Mamá! ¡Mamá!
Patricia y los demás gritaron, aterrados.
—No se alteren. Lo que le pasa es...
Elena no pudo terminar. Isabel la agarró de un tirón y le cruzó la cara de una bofetada.
—Escúchame bien. Si ella muere, tú tampoco sales viva de aquí.
A Elena le ardió la rabia por aquel golpe inesperado. La miró, decidida a terminar su explicación.
No llegó a abrir la boca.
Alejandro la sujetó por el cuello.
El hombre que casi nunca dejaba ver sus emociones estalló como un volcán que hubiera despertado de golpe.
Le cerró la mano alrededor de la garganta y la levantó del suelo.
Elena sintió con absoluta claridad cómo los dedos se apretaban cada vez más.
Quiso explicarse, pero no le salió ningún sonido. Tiró con todas sus fuerzas de la mano de Alejandro. No consiguió moverla.
Pronto empezó a oscurecérsele la vista. La asfixia le subió como una marea.
Cuando creyó que iba a morir, un jadeo nítido escapó de la garganta de la anciana.
Los dedos de Alejandro se quedaron rígidos al instante. Se volvió hacia su abuela y vio que el pecho empezaba a subir y bajar con claridad. Soltó a Elena y se precipitó hacia el sofá.
—Mamá... Mamá...
Entre las llamadas de Patricia, doña Mercedes abrió los ojos poco a poco. Miró los rostros preocupados que la rodeaban.
—¿Qué... me pasó?
Una niña de cinco o seis años llegó corriendo.
—Bisabuela, te desmayaste. ¡La tía Elena te salvó!
—¿La tía...?
—¡Ella!
Todos siguieron el dedo pequeño y rosado de Lucía.
Elena estaba desplomada sobre el mármol helado, como alguien a quien acabaran de sacar del agua al borde de la muerte. Se sujetaba el cuello, tosía y aspiraba grandes bocanadas de aire.
Alejandro no mostró nada en el rostro, pero su mirada se ensombreció apenas.
Entonces apareció el mayordomo acompañado de un anciano de cabello completamente blanco.
—Señora, ha llegado el doctor Galván.
—Doña Mercedes, su mayordomo ya me ha contado lo ocurrido. Voy a examinarla primero.
—Gracias, doctor.
Galván sacó un estetoscopio del maletín de visitas. Le escuchó cuidadosamente el corazón y los pulmones y después miró a Alejandro.
—Señor Montenegro, necesito ver qué ocurrió durante el episodio.
Alejandro le hizo una seña al mayordomo.
—Un momento, doctor —dijo el hombre antes de alejarse.
Volvió con una tableta.
—Aquí está la grabación de las cámaras de seguridad.
El médico tomó el aparato y reprodujo el video.
Mientras lo miraba, dirigió varias miradas hacia Elena. La sorpresa se le fue dibujando en el rostro.
Al dejar la tableta, se volvió hacia Alejandro.
—Ella tenía razón. Su abuela sufrió una taquicardia ventricular tipo torsades de pointes. Si esta joven no hubiera conservado la calma y le hubiera administrado sulfato de magnesio, me temo que ahora su abuela ya...
Alejandro miró a Elena de reojo.
Ya había recuperado el aliento y estaba de pie, apartada, con el rostro helado. En la mejilla derecha destacaba la marca de la bofetada. En el cuello, las huellas amoratadas de sus dedos.
Alejandro tragó saliva casi sin que se notara.
Galván se acercó a Elena, la observó con atención y le preguntó con cortesía:
—Es usted muy joven. ¿Cómo supo que se trataba de torsades de pointes?
—Mi abuela murió de eso. Recuerdo muy bien los síntomas que tuvo.
Elena se había dado cuenta de que Galván no era un médico cualquiera. Además, la había tratado con respeto. Ella le respondió con especial deferencia.
—Así que solo fue una coincidencia —murmuró Isabel, desdeñosa. Añadió con una mueca forzada—: Ya les dije que no podía saber medicina.
Galván continuó:
—El medicamento que acaba de administrarle... ¿lo desarrolló usted?
—Sí.
Isabel intervino en cuanto Elena terminó de responder.
—Doctor Galván, no estudió más allá de la preparatoria. Ni siquiera ha recibido una formación médica formal. ¿De verdad cree que alguien así puede desarrollar un medicamento?
Al ver la duda en el rostro del médico, Isabel se levantó, exaltada, como si acabara de descubrir un secreto extraordinario.
—¡Ya lo sé! ¡Compró una inyección de sulfato de magnesio, le arrancó la etiqueta y ahora dice que la desarrolló ella para darse importancia delante de nosotros!
—¡Una mujer tan manipuladora y tan ruin jamás puede formar parte de los Montenegro!