Después de descubrir a su prometido en la cama con su prima y su propia secretaria, Camila Reinhart decide hacer lo que mejor sabe: levantarse, romper las reglas y vengarse con inteligencia.
Huye a Alemania buscando libertad… y termina pasando una noche inesperada con un hombre tan frío como irresistible. Un desconocido con acento alemán, mirada de acero y un control que la hace perder el suyo.
Lo que Camila no imagina es que ese hombre no era un cualquiera.
Era Maximilian Brandt.
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Capitulo 21
Camila
La prueba había sido compleja.
Muy compleja.
Maximilian se había esforzado en jodernos a todos, sin excepción. No era una evaluación para medir memoria ni fórmulas aprendidas de oído; era una prueba diseñada para desnudar la mediocridad, para obligarte a pensar, a conectar conceptos, a tomar decisiones bajo presión. Y lo había logrado.
Durante todo el examen sentí la mirada de Sebastián clavada en mi espalda. No necesitaba girarme para saberlo. Era una sensación incómoda, invasiva, como una mano invisible que no te suelta. Me concentré en respirar, en ignorarlo, en escribir con firmeza.
Cuando entregué la prueba, supe que me había ido bien. No perfecto, pero bien. Y eso era suficiente.
Lo que no esperaba… era que me pidiera volver con él.
Me tomó del brazo con fuerza cuando me alejaba del auditorio.
—¿Esto fue obra tuya? —dijo, con la voz baja pero cargada de furia.
—¿De qué hablas, Sebastián? —respondí, fingiendo calma.
—La prueba. Que la cambiaran.
Lo miré con incredulidad.
—¿Mía? No, para nada —dije—. ¿Por qué debería hacer algo así?
Incliné la cabeza y usé mi voz más dulce, la que sabía que lo descolocaba.
—¿Para destruirme? —insistió—. Pero tú todavía me amas.
Solté una risa sarcástica, corta, afilada.
—Sebastián, no bromees con eso. Dejé de amarte hace mucho tiempo. Además, estabas muy feliz con mi prima, por lo que recuerdo. Así que suéltame.
No lo hizo.
—Te sientes muy fuerte porque vives en el mismo edificio que Maximilian —escupió.
Mi cuerpo se tensó de inmediato.
—¿Qué? —pregunté.
—Lo que oíste. Viven en el mismo edificio.
Lo miré fijamente.
—¿Y tú cómo sabes dónde vivo?
Se quedó callado unos segundos. Demasiados.
—Porque te vi el otro día —respondió finalmente.
—¿Te vi? —repetí—. Tu casa está en Queens, bastante más retirada de donde vivo yo. ¿Me estás persiguiendo?
—Claro que no —dijo, con una risa falsa—. ¿Quién te perseguiría a ti, Camila?
—Pues me estás pidiendo que volvamos —respondí—. Y la respuesta es no. Jamás volvería contigo.
Moví el brazo para soltarme, pero volvió a agarrarme con más fuerza.
—Esto no se queda así —dijo—. Vas a pagar por despreciar lo mejor que te ha pasado en la vida.
Me reí.
—¿Lo mejor? Sebastián, ni siquiera leíste la prueba. Tu cara lo decía todo. Te confiaste en lo que les habían pasado. Ese rumor de filtraciones viene de años… y sigues cayendo.
Empecé a alejarme.
Entonces volvió a tomarme del brazo, esta vez con violencia.
—Suéltame —le dije en voz baja—. No querrás hacer un escándalo.
Vi a Raúl acercarse con el ceño fruncido.
—Vas a pagar por tu desprecio —insistió Sebastián.
—Sí, ajá, como no —respondí, logrando safarme.
—Sebastián, vámonos —dijo Raúl—. Seguridad ya viene. Estás haciendo un escándalo.
—¿Cómo iba a saber ella de la prueba? —gritó él, descontrolado.
Mi brazo ardía. Estaba rojo.
Los de seguridad se acercaron de inmediato. Me pidieron que los acompañara, que tomaran fotos, que siguiéramos el protocolo interno por agresión dentro de la oficina. Asentí sin dudarlo.
No iba a protegerlo más.
Eso ayudaría a hundirlo.
Cuando llegué al apartamento, Maximilian estaba hablando por teléfono en alemán. Al verme, sus ojos se fueron directamente a mi brazo. Colgó sin despedirse.
—¿Qué pasó?
—Sebastián —respondí—. Me apretó el brazo. Ya puse la queja.
Dijo algo en alemán que no entendí del todo, pero reconocí el tono. Era una grosería. Grave.
—Va a perder el puesto por esto —dijo con frialdad.
—No, espera —respondí—. No todavía.
Me miró, incrédulo.
—No voy a esperar nada. Esto no se puede quedar así.
—Lo sé —dije—. Pero tengo a mi secretaria averiguando cosas. Además… él ya sabe que vivimos en este edificio. Y mi madre me contó que mi prima entró a trabajar en la competencia.
Maximilian apretó la mandíbula.
—Igual va a tener una sanción —dijo—. Esto cruzó una línea.
Lo miré en silencio.
Sabía que tenía razón.
Sabía que Sebastián acababa de cometer un error irreparable.