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Pasión Y Obsesión Del Millonario

Pasión Y Obsesión Del Millonario

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Romance / CEO
Popularitas:788
Nilai: 5
nombre de autor: Isa Yguaro

Alexander Vance lo tiene todo: poder, millones y el control absoluto de su imperio. Pero cuando acepta suplir a un amigo en la universidad, su mirada se cruza con Elena Marín, una estudiante rota, exhausta y atrapada en una vida de secretos nocturnos.

Ella no busca salvación; él no sabe lo que es la piedad. Lo que comienza como una tutoría privada bajo chantaje se transforma en una espiral de pasión prohibida, erotismo salvaje y mentiras peligrosas. Cuando los secretos del pasado salgan a la luz, desatarán una tragedia de la que no podrán escapar. Porque hay amores que no construyen... destruyen.

NovelToon tiene autorización de Isa Yguaro para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 24: El eco de la sangre.

El cuerpo de Glover yacía desplomado sobre el mármol pulido del vestíbulo, tiñendo de rojo oscuro la superficie impecable de la entrada. El sobre de cuero negro con el sello de la universidad quedó a pocos centímetros de sus dedos inertes. El eco de su última advertencia aún vibraba en las paredes del penthouse, fundiéndose con el zumbido metálico del ascensor que seguía abierto como una boca insaciable.

Alexander no se movió por un segundo. Sus ojos oscuros, habitualmente fríos y calculadores, se clavaron en la silueta de su jefe de seguridad. La muerte ya no era una hipótesis legal ni un riesgo corporativo; se había materializado en el umbral de su casa, rozando los cimientos de su refugio.

—Alexander... —murmuró Elena con un hilo de voz, aferrándose al brazo de él con una fuerza desesperada mientras el temblor de sus manos manchaba las mangas de su bata de seda.

El magnate reaccionó con un movimiento brusco, apartándose lo justo para alzar el arma con ambas manos, apuntando a la negrura del pasillo del ascensor. Su monólogo interno estalló en su mente con la violencia de un huracán desatado:

«Victoria cruzó la línea que no tenía retorno. Pensó que podía acorralarme con jueces y deudas, pero al enviar a sus ejecutores a esta puerta, firmó su propia sentencia. Lo perdí todo: el apellido, el poder, las torres de cristal que construí para mantener a raya al mundo. Pero a ella no se la van a llevar. Si este imperio se derrumba en cenizas, haré que las llamas consuman todo el linaje Sterling antes de permitir que un solo cabello de Elena sea tocado».

—Escúchame bien, Elena —dijo Alexander sin apartar la vista del umbral, con la voz grave, cortante como el filo de un diamante, pero teñida de una urgencia desgarradora—. Toma la carpeta del suelo y corre hacia la salida de emergencia de la cocina. Hay un vehículo blindado en el subsuelo con las llaves en el contacto. No mires atrás.

—¡No voy a huir sola! —estalló ella, con las lágrimas desbordando por fin sobre sus mejillas, negándose a retroceder—. ¿Crees que después de todo lo que hemos vivido, después de enterarme de que tu familia destruyó la mía y de elegir arder contigo, voy a dejarte aquí para que te maten? ¡Si tú caes, yo me quedo a tu lado!

Alexander giró la cabeza bruscamente para mirarla. La intensidad de su mirada era casi dolorosa, un reflejo de esa obsesión enfermiza y absoluta que los había consumido desde el primer día en el aula universitaria. La vulnerabilidad que intentaba ocultar bajo capas de arrogancia se quebró en mil pedazos al ver la lealtad suicida reflejada en los ojos de la joven.

—Eres mi perdición, Elena... —susurró él, rompiendo la postura defensiva para atraparla por la nuca en un gesto feroz y posesivo.

La atrajo hacia su cuerpo con tanta fuerza que el cañón del arma presionó contra la espalda de ella, pero el peligro exterior pareció avivar un fuego primario y desesperado entre ambos. Sus labios chocaron en un beso brutal, hambriento, desprovisto de toda dulzura. Era un sabor a sangre, a adrenalina pura y a despedida.

Las descripciones sensoriales del momento se volvieron viscerales y abrumadoras: el olor metálico de la sangre de Glover impregnaba el aire frío del vestíbulo, contrastando con el calor febril que irradiaba la piel sudorosa de Alexander; el sonido de los disparos lejanos en las escalineras de servicio se mezclaba con los gemidos ahogados y las respiraciones cortadas de Elena, quien se aferraba a la solapa de su camisa como si pudiera fundirse en su anatomía. Alexander la recorrió con las manos con una desesperación febril, buscando en las curvas de su cuerpo la única absolución que el mundo podía ofrecerle, mientras las lágrimas de ella se deslizaban y se perdían en la fricción desesperada de sus bocas.

—Si vamos a morir esta noche —murmuró Alexander contra sus labios, con la voz quebrada por una pasión devoradora—, lo haremos sabiendo que no hubo un solo segundo en el que no te perteneciera de forma absoluta.

Un estruendo ensordecedor interrumpió el refugio de su abrazo: la puerta blindada de la planta baja cedió ante el uso de cargas explosivas controladas, haciendo temblar los cimientos del penthouse y cubriendo el suelo de polvo y esquirlas de madera.

Alexander empujó a Elena hacia el pasillo trasero con un reflejo implacable, levantando el arma justo en el momento en que tres siluetas enmascaradas emergió de entre el humo del recibidor, abriendo fuego sin previo aviso.

Mientras las balas destrozaban los cristales de la sala y Alexander repelía el ataque, una figura con el rostro descubierto y una sonrisa helada emergió detrás de los atacantes; Victoria Sterling, sosteniendo un silenciador en la mano, apuntó directamente hacia la espalda de Elena y gritó con voz triunfal: "¡Se acabó el juego, sobrino; la dinastía Vance muere hoy aquí!".

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