n plena boda, la mejor amiga de Lucía Herrera expone sus fotos íntimas. Su prometido la llama zorra, la golpea y le arranca el vestido de novia… para casarse con la traidora.
Cinco años después, Lucía regresa con sus mellizos, Mateo y Sofía, sin saber quién es su padre. Hasta que se cruza con Adrián Valdés, un poderoso CEO que parece la versión adulta de Mateo.
—Quiero a mis hijos conmigo.
—No voy a separarme de ellos.
Mateo se planta frente a él. Sofía se aferra a la mano de su madre.
—¡No se meta con mi mami, imbécil! ¡Primero tendrá que vérselas conmigo!
Pero el padre de los mellizos también es el tío de su ex. Y para no perder a sus hijos, Lucía acepta casarse con él por contrato.
Esta vez, vuelve a la familia Valdés por la puerta grande.
El hombre que la echó de su propia boda tendrá que llamarla tía.
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Capítulo 18
Capítulo 18. No volveré a meterme donde no me llaman
El incidente de aquella mañana casi hizo que Lucía llegara tarde. Apenas entró en la empresa, le avisaron que el director general quería verla.
Adrián le había encargado el proyecto Sierra Serena. Seguramente quería saber cómo avanzaba.
Cuando llegó a la oficina, lo encontró en su sillón de piel, revisando documentos. El traje artesanal, de corte impecable, realzaba su figura alta y atractiva.
—Señor Valdés.
Lucía se acercó al escritorio.
Él levantó los ojos y los entrecerró.
—¿Qué te pasó en la cara?
Ella vaciló. Ya se había puesto la pomada. ¿Todavía se le notaba tanto la hinchazón?
No quería contarle que Beatriz había ido a buscarla. Él había dejado claro que no pensaba involucrarse en sus conflictos con Nicolás.
No le quedaba más que mentir.
—Me golpeé sin querer al salir de casa.
Adrián la miró fijamente.
La mentira era muy torpe, pero no la desmintió. Ella tenía derecho a decidir si quería contarle la verdad.
—¿Cómo vas con Sierra Serena?
—Ya revisé toda la presentación. Hoy pensaba visitar la obra.
—Perfecto. Yo también voy. Ven conmigo.
Dejó la pluma y se levantó, dispuesto a salir.
Lucía se sorprendió un instante, pero reaccionó enseguida.
—Claro.
Salieron juntos de la empresa y fueron a la obra del Complejo Sierra Serena.
El proyecto reunía un hotel, espacios de entretenimiento y un centro comercial. Lucía se encargaría del diseño de interiores del hotel.
El gerente de la obra los recibió y empezó a informar a Adrián sobre el avance de la construcción.
Lucía escuchaba a su lado, tomaba notas y observaba el entorno.
A mitad de la explicación, un trabajador llegó para pedirle al gerente que resolviera un problema. Adrián le indicó que fuera a atenderlo.
Él y Lucía entraron al edificio del centro comercial, cuya estructura ya estaba terminada. En el vestíbulo de la planta baja, unos trabajadores instalaban lámparas colgantes.
Todos estaban ocupados. Nadie reparó en ellos.
Sonó el teléfono de Adrián. Le pidió a Lucía que esperara y se apartó para contestar.
Mientras él hablaba en un pasillo cercano, ella repasaba mentalmente las posibilidades de diseño. Ya se había hecho una idea bastante clara del lugar.
Entonces vio una lámpara recién instalada sobre la cabeza de Adrián. El aire la movía de forma alarmante. Parecía a punto de desprenderse.
¡Era peligroso!
Quiso advertirle que se apartara, pero la lámpara cayó antes de que pudiera hablar.
—¡Cuidado!
Lucía corrió por reflejo y lo empujó.
¡Pum!
—¡Ah!
El dolor le arrancó un grito.
—¡Lucía!
Adrián la sostuvo. La lámpara le había caído sobre el pie y la sangre empezaba a salir.
Al verla herida por salvarlo, sintió que algo se le contraía por dentro. Toda su expresión se volvió helada.
—¿Quién te dijo que vinieras? —la reprendió en voz baja, con el ceño fruncido.
Lucía lo miró, desconcertada.
—Si no venía, le caía en la cabeza.
Lo había salvado. ¿Y él encima le hablaba así?
—¿Crees que soy tan idiota? —respondió, de mal humor.
El gerente acababa de resolver el problema y regresó. Los demás también se acercaron al oír el ruido.
Adrián clavó en él una mirada gélida.
—¿Quién se encargó de instalar estas lámparas?
El hombre tembló bajo aquella frialdad intimidante.
—Yo… lo averiguo ahora mismo.
—¡Despide a quien la instaló! ¡Y al responsable de esta zona también!
No quería gente que hiciera su trabajo de forma negligente.
Todos contuvieron el aliento al escucharlo. Lucía frunció el ceño.
¿No estaba siendo demasiado severo?
—Sí, señor Valdés.
El gerente bajó la cabeza. Ya tenía la frente cubierta de sudor frío.
Adrián no dijo nada más. La levantó en brazos y se marchó a grandes pasos, con el rostro sombrío.
La llevó al hospital más cercano.
El médico le curó la herida. Por suerte, no era demasiado grave, aunque podía infectarse si no la cuidaba.
Ahora Lucía estaba sentada en una cama, con el pie envuelto en una venda blanca que le daba un aspecto algo ridículo.
El médico y la enfermera ya se habían ido. Solo quedaban ella y Adrián.
Él la observaba desde arriba con una mezcla de emociones en la mirada. No había imaginado que correría a salvarlo sin pensar en nada más.
¿No le había dado miedo que la lámpara le cayera encima?
Si en vez de golpearle el pie le hubiera golpeado la cabeza…
Se le encogió el corazón. No se atrevió a seguir imaginándolo.
La mirada de él empezó a poner nerviosa a Lucía. Se humedeció los labios resecos.
—Bueno… no es una herida grave. No tiene por qué…
—No vuelvas a hacer una estupidez así.
La interrumpió con frialdad.
Lucía se quedó mirándolo, atónita. Había pensado que se sentía culpable y estaba a punto de decirle que no tenía por qué. ¿Y él llamaba estupidez a lo que había hecho?
¡Qué ingrato!
—Ya entendí. No volveré a meterme donde no me llaman.
Lo había salvado. ¡Y ni siquiera le daba las gracias!
Adrián vio su expresión disgustada y estaba por decir algo cuando sonó el teléfono de ella.
Lucía atendió. Al escuchar a quien llamaba, se puso tensa de golpe.
—¿Qué? Está bien, voy para allá ahora mismo.
Colgó e intentó bajarse de la cama.
Adrián la detuvo.
—¿Adónde vas?
—¡Pasó algo con mi hijo en la escuela! ¡Tengo que ir!