**Soy Madre del Hijo Mafioso por Accidente**
Solo quería ayudar a una niña perdida en el centro comercial, pero terminé siendo adoptada por ella… ¡y aceptada por su padre mafioso!
Ahora vivo en una mansión, tengo guardaespaldas siguiéndome y una pequeña que insiste en llamarme mamá.
¿Y su padre? Un hombre despiadado que parece dispuesto a concederle todos sus caprichos, incluso quedarse conmigo.
¡Yo no soy un perro para que me adopten! ¡Y mucho menos la esposa de un mafioso!
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Capitulo 2
Quité mi mano de la suya.
—Lo siento, pero me niego. Adiós —dije, dando media vuelta.
Y prácticamente salí corriendo mientras la pequeña Sofía rompía a llorar detrás de mí.
¡Lo sentía por ella! De verdad. Era una niña adorable, pero yo no estaba buscando trabajo como niñera, mucho menos una adopción inversa organizada por un mafioso con delirios de grandeza.
Tenía una vida.
Una vida modesta, sí. Con facturas, un alquiler que me perseguía como una maldición y unos zapatos que todavía no había comprado.
Pero era mi vida.
Y pensaba conservarla.
Caminé deprisa hasta perder de vista a los hombres de Adrián. Después me escondí unos minutos cerca de una tienda de artículos deportivos, esperando que aquellos locos se marcharan.
Cuando finalmente dejé de ver trajes negros por todas partes, solté el aire que llevaba conteniendo.
—Perfecto. Problema resuelto.
Me acomodé el bolso en el hombro y salí del centro comercial con toda la dignidad que pude reunir después de haber huido de una niña de cinco años.
Ni siquiera había llegado a la acera cuando unas manos me sujetaron por detrás.
—¿Qué demonios…?
Un brazo me inmovilizó mientras otro hombre me sujetaba del otro lado.
Forcejeé inmediatamente.
—¡SUÉLTENME! ¡¿SE PUEDE SABER QUÉ LES PASA?!
Entonces reconocí aquella voz tranquila.
—Lo siento, pero por las buenas no quisiste.
Giré la cabeza tanto como me permitieron y me encontré con el rostro de Adrián Volkov.
El muy desgraciado estaba allí, observándome como si acabara de encontrar una solución perfectamente razonable a un pequeño inconveniente.
—¡ESTÁS DEMENTE! —grité.
Él inclinó ligeramente la cabeza.
—Lo sé.
¿LO SABÍA?
¡¿Y ESO ERA TODO?!
—¡ESTO ES UN DELITO! ¡NO PUEDES IR POR AHÍ SECUESTRANDO MUJERES!
—Tienes razón.
—¡ENTONCES DILES QUE ME SUELTEN!
Adrián me miró durante unos segundos. Su expresión apenas cambió, pero tuvo el descaro de suspirar.
—Lo siento. Pero así funcionan las cosas en mi familia. Si mi hija pide algo, se lo doy.
Se acercó un poco más.
—Y tú no serás la excepción.
Me quedé mirándolo, absolutamente horrorizada.
—¡YO NO SOY UNA MUÑECA QUE PUEDAS COMPRARLE!
—No he dicho que lo seas.
—¡PUES ESTÁS ACTUANDO COMO SI LO FUERA!
Por primera vez, una sombra de diversión cruzó sus ojos.
Maldito psicópata.
—Lamento que tengamos que conocernos de esta manera.
—¡YO LAMENTO NO HABERTE DENUNCIADO ANTES!
Hizo un pequeño gesto con la mano.
Uno de sus hombres sacó un pañuelo.
Mi corazón dio un vuelco.
—No. Espera. Espera un momento. Podemos hablar de esto como personas civilizadas.
Adrián se quedó quieto.
—Te escucho.
—Puedes contratarme para cuidar de Sofía.
Silencio.
Tragué saliva.
—Con un sueldo razonable. Horarios establecidos. Vacaciones pagadas. Y, sobre todo, sin secuestros.
Adrián me contempló con una seriedad insultante.
—Es una propuesta interesante.
—¡¿VERDAD?!
—Pero ya has rechazado la oferta.
Mi esperanza murió.
—¡PORQUE ME OFRECISTE UN TRABAJO, NO UNA SENTENCIA DE CADENA PERPETUA!
El hombre del pañuelo se acercó.
Intenté apartarme, pero los otros dos me sujetaron con firmeza.
—¡ADRIÁN VOLKOV, COMO ME PONGAS UNA MANO ENCIMA, TE JURO QUE…!
El pañuelo cubrió mi boca y nariz.
Me debatí, furiosa, intentando liberarme. El miedo comenzó a mezclarse con mi rabia cuando comprendí que aquellos hombres no tenían ninguna intención de dejarme marchar.
Adrián permaneció frente a mí.
—Lo siento —murmuró.
Fue lo último que escuché antes de que el mundo comenzara a volverse borroso.
Mis piernas perdieron fuerza.
Mis párpados se cerraron a pesar de mis esfuerzos por mantenerlos abiertos.
Lo último que vi fue a Adrián acercándose para impedir que cayera al suelo.
Después, todo se volvió negro.
***
Cuando abrí los ojos, lo primero que vi fue un techo que definitivamente no pertenecía a mi departamento.
Parpadeé.
Una vez.
Dos veces.
Luego me incorporé de golpe.
—¡¿QUÉ…?!
Miré a mi alrededor.
Una cama enorme. Cortinas elegantes. Muebles que probablemente costaban más que todos mis órganos juntos. Un ventanal que daba a unos jardines inmensos.
Y una puerta doble que parecía pertenecer a un hotel de cinco estrellas.
Me observé las manos, después la ropa y finalmente el bolso que descansaba sobre una butaca.
Seguía vestida.
Eso era un alivio.
Pero ¿dónde demonios estaba?
Me levanté de la cama y corrí hacia la puerta. Giré el picaporte.
Cerrada.
Volví a intentarlo.
Nada.
—No puede ser.
Golpeé la puerta con ambas manos.
—¡ABRAN!
Nadie respondió.
—¡ESTO NO TIENE NINGUNA GRACIA!
Di una patada contra la madera y me arrepentí inmediatamente cuando el dolor me recorrió el pie.
—¡MALDITA SEA!
Me abracé el pie, saltando sobre la otra pierna.
En ese preciso instante, escuché el sonido de una cerradura.
La puerta se abrió.
Y allí estaba él.
Adrián Volkov, impecable en su traje oscuro, con una taza de café en la mano.
Me miró.
Miró mi pie.
Después volvió a mirarme a la cara.
—Buenos días.
Lo observé con un odio que habría hecho retroceder a un ejército.
—Voy a matarte.
Adrián bebió un sorbo de café.
—Primero deberías desayunar.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
—¡¿TÚ ESTÁS ESCUCHÁNDOME?!
—Perfectamente.
—¡ME SECUESTRASTE!
—Sí.
—¡ME DROGASTE!
Su expresión se endureció apenas.
—Mis hombres debieron evitar que te lastimaras durante el traslado.
Lo miré, incrédula.
—¡ESA NO ES LA PARTE IMPORTANTE!
Adrián dejó la taza sobre una mesa cercana.
—Sofía lleva una hora esperando a que despiertes.
—¡PUES DILE QUE SU NUEVA MADRE ESTÁ OCUPADA PLANEANDO TU FUNERAL!
Por primera vez desde que lo conocía, Adrián pareció quedarse sin respuesta.
Aproveché ese instante para intentar escapar por la puerta.
No llegué muy lejos.
Él se apartó lo suficiente para dejarme pasar, pero dos guardias aguardaban en el pasillo.
Me detuve.
Miré a los guardias.
Miré a Adrián.
Después volví a mirar a los guardias.
—Los odio a todos.
—Lo tendré en cuenta.
—¡NO, NO LO TENDRÁS EN CUENTA! ¡PORQUE VOY A SALIR DE AQUÍ!
Adrián cruzó los brazos.
—Puedes intentarlo.
Entrecerré los ojos.
Ah, ¿sí?
Muy bien.
Que disfrutara de su pequeña victoria mientras pudiera.
Porque quizá yo no tenía hombres armados, millones en el banco ni una familia mafiosa detrás.
Pero tenía algo que él parecía haber olvidado.
Un cerebro.
Y una paciencia que acababa de agotarse por completo.
—Disfruta de tu desayuno, Volkov —le dije con una sonrisa que no tenía nada de amable—. Porque cuando encuentre la manera de salir de esta mansión, vas a arrepentirte de haberme conocido.
Él me sostuvo la mirada.
—Estoy deseando comprobarlo.
Y lo peor fue que parecía hablar en serio.
Espero más capítulos
Lo malo que está en emoción