trata sobre un arreglo matrimonial entre familias poderosas
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Capítulo 1: El Pacto de las Sombras
El aire en el salón privado del Club “La Cúspide” estaba cargado con el aroma a tabaco caro, cuero viejo y un perfume de jazmín que solo las mujeres de la alta sociedad sabían portar. Las paredes de caoba oscura reflejaban la luz de las lámparas de cristal, creando una atmósfera de solemnidad que pesaba sobre los hombros de los presentes.
Alexander Steelwood, el patriarca del imperio Steelwood, se encontraba de pie junto a la gran mesa redonda. A sus 45 años, Alexander era la definición de autoridad: 1.88 metros de altura, espalda ancha, piel bronceada por sus viajes a la costa y un cabello negro azabache que empezaba a mostrar hilos de plata en las sienes. Sus ojos, de un azul gélido, escaneaban la habitación con la precisión de un halcón. Vestía un traje a medida de tres piezas en color gris carbón que gritaba poder sin necesidad de logotipos.
Frente a él, Marcus Valerius, líder del Consorcio Valerius, asentía con una sonrisa que no llegaba a sus ojos marrones. Marcus era más delgado, de rasgos afilados y una elegancia felina. Tenía 43 años, el cabello castaño perfectamente peinado hacia atrás y una piel impecable que delataba sus cuidados constantes.
—Es el momento, Marcus —dijo Alexander con voz profunda—. La rivalidad termina hoy. El futuro de nuestras empresas depende de que esta alianza sea de sangre.
Marcus suspiró, acomodando su corbata de seda.
—Estoy de acuerdo. Mis abogados han revisado las cláusulas. La unión será legal y religiosa cuando ambos alcancen la mayoría de edad. Hasta entonces, crecerán sabiendo a quién pertenecen.
En ese momento, las grandes puertas dobles se abrieron. Entraron dos niños, guiados por sus respectivas madres.
A la derecha, Ethan Steelwood, el primogénito de los Steelwood. Con apenas 5 años, Ethan ya caminaba con la barbilla en alto, imitando la postura de su padre. Tenía el cabello negro de Alexander, rebelde pero bien cortado, y unos ojos verdes intensos que observaban todo con una curiosidad analítica. Su piel era clara y suave, y vestía un pequeño esmoquin hecho a medida que lo hacía ver como un príncipe en miniatura. Medía aproximadamente 1.15 metros, destacando por ser un niño robusto y lleno de energía contenida.
A la izquierda, Elena Valerius, de tan solo 4 años. Elena era una visión de delicadeza. Su piel era como la porcelana, pálida y perfecta. Tenía el cabello rubio cenizo, largo hasta los hombros y peinado en rizos suaves que bailaban mientras caminaba. Sus ojos eran grandes, de un color avellana que cambiaba según la luz. Llevaba un vestido de seda blanca con un lazo rosa en la cintura y zapatos de charol que hacían un eco rítmico en el suelo de mármol. Medía apenas 1 metro, viéndose frágil al lado de la imponente figura de su futuro esposo.
Las madres los acercaron al centro del salón. Isabella Steelwood, una mujer de belleza clásica, y Sofía Valerius, una socialité de elegancia moderna, intercambiaron miradas de complicidad.
—Ethan —dijo Alexander, poniendo una mano pesada sobre el hombro de su hijo—. Ella es Elena. A partir de hoy, ella es tu responsabilidad. Tu futura esposa. Nadie puede tocarla, nadie puede herirla. Ella es tuya.
El niño de cinco años miró a la pequeña niña. Elena, algo asustada por la intensidad del salón, se escondió un poco detrás del vestido de su madre, pero asomó un ojo avellana para mirar a Ethan.
Ethan dio un paso adelante. No entendía completamente el concepto de “esposa”, pero entendía la palabra “tuya”. Para él, era como el juguete más valioso de su colección. Extendió una mano pequeña y regordeta hacia ella.
—Hola —dijo Ethan con voz infantil pero firme—. ¿Quieres un dulce? Yo tengo uno en mi bolsillo.
Elena parpadeó, sorprendida por el gesto. Lentamente, salió de su escondite y miró la mano de Ethan. La timidez empezó a ceder ante la curiosidad infantil.
—¿De qué sabor? —susurró ella, con una voz tan dulce que hizo que los adultos soltaran una risa contenida.
—De fresa —respondió Ethan con orgullo.
En ese rincón del club más exclusivo de la ciudad, entre contratos de miles de millones de dólares y planes de dominación de mercado, dos niños se daban la mano por primera vez. Alexander y Marcus brindaron con whisky puro, sellando un destino que ninguno de los dos pequeños podía comprender, pero que los encadenaría para siempre.
—Míralos —murmuró Marcus—. No tienen idea de que su vida ya no les pertenece.
Alexander miró a su hijo, quien ahora le mostraba a Elena su reloj de juguete.
—Al contrario, Marcus. El mundo les pertenecerá porque estarán juntos. Y Ethan se encargará de que ella nunca olvide su lugar a su lado.
Habían pasado seis meses desde aquella reunión en el club. El verano golpeaba con fuerza la ciudad, pero en la mansión de los Steelwood, el aire acondicionado y las fuentes de mármol mantenían un frescor artificial perfecto. Era el primer “día de juego” oficial, una excusa de los padres para que los niños empezaran a crear un vínculo antes de que la conciencia de su destino los alcanzara.
Elena Valerius llegó en un coche negro blindado, sentada en su silla de seguridad, vistiendo un conjunto de lino color crema con pequeñas flores bordadas. A sus 4 años y medio, ya empezaba a mostrar destellos de una personalidad vibrante. Su cabello rubio cenizo estaba recogido en dos coletas altas que se movían con cada uno de sus saltos.
Al bajar del auto, vio a Ethan Steelwood esperándola en el gran pórtico de la mansión. Ethan, ahora con 5 años y medio, vestía unos pantalones cortos de gabardina azul marino y una camisa polo blanca impecable. Sus ojos verdes brillaron al verla llegar. Se mantuvo firme, con las manos en los bolsillos, tratando de imitar la pose de su padre, Alexander, quien lo observaba desde el balcón del segundo piso.
—Hola, Elena —dijo Ethan, caminando hacia ella con una seguridad que no correspondía a su edad.
—Hola, Ethan —respondió ella, dándole una sonrisa tímida pero curiosa. Llevaba en sus manos una pequeña muñeca de trapo, su favorita.
—Vamos al jardín —ordenó el niño, más que invitarla—. Tengo un fuerte en el árbol más grande y mi papá dice que soy el capitán. Tú puedes ser mi princesa, pero tienes que obedecer mis órdenes.
Elena frunció el ceño. A pesar de su corta edad, la pequeña Valerius ya tenía un rastro de esa terquedad que la caracterizaría años después.
—No quiero ser princesa. Quiero ser capitana también.
Ethan se detuvo en seco y la miró. Sus ojos verdes se entrecerraron. Recordó las palabras de su padre: “Ella es tuya, Ethan. Debes cuidarla, pero ella debe saber que tú eres quien manda”.
—No hay dos capitanes —sentenció él—. Pero… si me das tu muñeca, te dejaré ver mis soldados de plomo. Son de verdad, mi abuelo me los trajo de Londres.
Elena lo pensó. Los soldados sonaban más interesantes que una muñeca que ya conocía. Extendió la mano y le entregó la muñeca. Ethan la tomó con una mano y, con la otra, agarró con firmeza la mano pequeña de Elena. Sus dedos se entrelazaron de una forma que, aunque infantil, marcaba un precedente: él no la soltaba.
Caminaron hacia el extenso jardín trasero, un oasis de césped perfectamente podado y setos cortados en formas geométricas. El mayordomo de la casa, Ricardo, un hombre de unos 60 años, piel morena y cabello canoso, los seguía a una distancia prudente con una bandeja de limonada y galletas de mantequilla. Ricardo medía 1.75 metros y siempre vestía un traje negro pulcro; era la sombra de la familia, el que conocía todos los secretos.
—Aquí es —dijo Ethan, señalando una estructura de madera construida en las ramas de un roble centenario—. Sube tú primero. Yo te cuido por si te caes.
Elena subió la escalera de cuerda con algo de dificultad, sus piernitas cortas esforzándose por alcanzar cada peldaño. Ethan subió justo detrás de ella, tan cerca que podía sentir el aroma a talco y jabón de la niña. Una vez arriba, el espacio estaba lleno de mantas, libros de cuentos y los famosos soldados de plomo.
—Mira —dijo Ethan, señalando una línea de soldados—. Estos protegen el castillo. Y tú —la señaló a ella con un dedo—, tienes que quedarte aquí conmigo. Mi papá dice que afuera hay gente mala, pero mientras estés en mi fuerte, nadie te va a llevar.
Elena se sentó en las mantas, cruzando sus piernas.
—¿Por qué me querrían llevar? —preguntó con inocencia.
—Porque eres una Valerius —respondió Ethan, repitiendo lo que había escuchado en las cenas de negocios—. Y porque vas a ser mi esposa. Y las cosas de los Steelwood no se tocan.
Elena no entendía bien qué significaba ser una “cosa”, pero le gustaba la forma en que Ethan la miraba. Era una atención absoluta, como si el resto del jardín y el mundo no existieran.
Pasaron las horas jugando. Ethan le enseñó cómo organizar los soldados y Elena, a cambio, le puso una de las cintas de su cabello a uno de los generales de plomo, algo que a Ethan le pareció ridículo pero que permitió solo porque ella se reía con ganas. En ese momento, la rivalidad de sus apellidos era solo un eco lejano. Eran dos niños unidos por un contrato que aún no sabían leer, pero cuyas manos ya empezaban a acostumbrarse al calor del otro.
De repente, una voz femenina los llamó desde abajo. Era Sofía Valerius, la madre de Elena.
—¡Elena! Es hora de irnos, cariño.
Elena hizo un puchero.
—No quiero irme todavía. ¡Estamos ganando la guerra!
Ethan se levantó y miró hacia abajo. Su rostro se puso serio. Caminó hacia la orilla del fuerte y le devolvió la muñeca a Elena, pero antes de que ella bajara, le susurró al oído:
—Mañana voy a pedirle a mi papá que te traiga otra vez. No te olvides de mí, Elena.
Ella asintió, le dio un beso rápido en la mejilla —un gesto que hizo que las orejas de Ethan se pusieran rojas— y bajó corriendo hacia su madre.
Desde el fuerte, el pequeño heredero de los Steelwood la vio alejarse. No sabía que esa dulzura sería la última que probaría en mucho tiempo, antes de que las sombras de la tragedia y la ambición empezaran a oscurecer sus corazones.
Habían pasado cuatro años. La infancia despreocupada de los dulces y los soldados de plomo empezaba a dar paso a una etapa más consciente y, para Ethan Steelwood, mucho más territorial. A sus 9 años, Ethan ya no era solo un niño que jugaba; era un heredero en formación. Había crecido considerablemente, alcanzando los 1.40 metros. Su mandíbula empezaba a definirse, dándole un aire de seriedad perpetua, y sus ojos verdes habían adquirido una intensidad que intimidaba incluso a los hijos de otros empresarios.
Elena Valerius, ahora de 8 años, se había convertido en una niña de una belleza que robaba el aliento. Su cabello rubio cenizo le llegaba a la mitad de la espalda, siempre perfectamente peinado por su institutriz, Mademoiselle Claire, una mujer francesa de 50 años, delgada como un alfiler, de rasgos severos y ojos grises que no perdonaban un error de etiqueta. Elena medía 1.28 metros y poseía una gracia natural que la hacía parecer mayor, aunque su sonrisa seguía conservando una chispa de travesura.
El escenario de este encuentro era la fiesta de cumpleaños de Marcus Valerius, una gala benéfica en los jardines de la mansión Valerius. El lugar estaba decorado con carpas blancas de seda y luces que imitaban estrellas.
—Mírala, Ethan —dijo Alexander Steelwood, inclinándose hacia su hijo mientras sostenía una copa de cristal—. Tu futura esposa es la joya de esta noche. Asegúrate de que todos sepan quién es el dueño de esa joya.
Ethan no necesitaba que se lo dijeran. Sus ojos estaban fijos en Elena, que estaba rodeada por un grupo de niños, hijos de otros socios comerciales. Uno de ellos, Julian Vane, un niño de 10 años, rubio y de sonrisa arrogante, le ofrecía a Elena una pequeña caja de bombones importados.
—Mi papá dice que eres la niña más bonita de la ciudad, Elena —decía Julian, tratando de tomarle la mano—. Deberías venir a jugar a mi casa el próximo domingo. Tenemos una piscina olímpica.
Elena, educada pero distante, aceptó la caja con una leve inclinación de cabeza.
—Gracias, Julian. Pero los domingos tomo clases de piano y equitación.
Antes de que Julian pudiera insistir, una sombra se proyectó sobre ellos. Ethan se interpuso entre los dos, su presencia física llenando el espacio con una autoridad que hizo que los otros niños retrocedieran un paso.
—Ella no va a ir a tu casa, Julian —dijo Ethan. Su voz ya no era el chillido de un niño de cinco años; era un tono bajo, gélido y definitivo—. Elena tiene compromisos con mi familia.
Julian arrugó la nariz, tratando de no parecer asustado.
—¿Y quién eres tú para decidir eso? Ella no es tu hermana.
Ethan dio un paso adelante, quedando a centímetros del rostro de Julian. A pesar de tener un año menos, Ethan parecía mucho más peligroso.
—Soy Ethan Steelwood. Y ella es mi prometida. Si vuelves a invitarla a algún lugar sin mi permiso, le diré a mi padre que hable con el tuyo sobre ese contrato de transporte que tanto necesitan renovar.
El color desapareció del rostro de Julian. Sabía que las amenazas de los Steelwood no eran juegos de niños. Sin decir una palabra más, se dio la vuelta y se alejó hacia el buffet.
Elena soltó un suspiro, cruzando sus brazos sobre su vestido de encaje azul marino.
—Fuiste grosero, Ethan. Julian solo estaba siendo amable.
Ethan se giró hacia ella. Sus ojos verdes centellearon bajo las luces del jardín. Se acercó tanto que Elena tuvo que levantar la barbilla para sostenerle la mirada.
—No estaba siendo amable, Elena. Estaba intentando tocar lo que me pertenece.
—¡Yo no soy un juguete! —replicó ella, su temperamento Valerius saliendo a la luz—. No puedes decidir con quién hablo.
Ethan estiró la mano y, con una delicadeza que contrastaba con su brusquedad anterior, le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja. Sus dedos rozaron la piel fría de la mejilla de Elena, y por un segundo, ambos se quedaron en silencio. La conexión entre ellos era magnética, algo que ni siquiera ellos entendían.
—No eres un juguete, Elena —susurró Ethan, con una seriedad que le puso la piel de gallina a la niña—. Eres mi futuro. Y yo cuido lo que es mío con mi vida. ¿Entiendes?
Elena quería protestar, quería decirle que ella era libre, pero la forma en que Ethan la miraba —con una mezcla de adoración y posesión absoluta— la dejó sin palabras. Por primera vez, sintió que su destino no era solo un papel firmado por sus padres, sino una fuerza invisible que la empujaba hacia este chico de mirada intensa.
—Tengo hambre —dijo ella finalmente, rompiendo la tensión—. Tráeme un trozo de pastel de chocolate. Pero del que tiene fresas arriba.
Ethan sonrió de lado, una expresión triunfante.
—Quédate aquí. No hables con nadie más. Si vuelvo y hay alguien cerca de ti, no seré tan amable como con Julian.
Ethan se alejó hacia la mesa principal, caminando con la zancada segura de un rey en potencia. Elena lo observó irse, sintiendo una mezcla extraña de irritación y seguridad. Odiaba que él fuera tan mandón, pero al mismo tiempo, sabía que mientras Ethan estuviera cerca, nada malo podría pasarle.
Desde la distancia, las dos madres, Isabella y Sofía, observaban la escena.
—Parece que Ethan ya ha aceptado su papel —comentó Sofía, ajustando sus guantes de seda.
—Ethan no solo lo ha aceptado —respondió Isabella con una sonrisa enigmática—. Lo ha hecho su religión. Pobre de aquel que intente interponerse entre esos dos en el futuro.
Esa noche, bajo la luna de verano, el pacto dejó de ser solo de los padres. Las semillas de una obsesión que duraría toda la vida habían sido plantadas en el corazón del joven Steelwood.
Tres años más tarde, la dinámica entre los herederos había mutado. Ya no eran niños corriendo por jardines; eran pre-adolescentes navegando por las complejas aguas del estatus social. Ethan Steelwood tenía ahora 12 años. Había pegado un estirón impresionante, midiendo ya 1.62 metros. Su cuerpo empezaba a endurecerse debido a sus clases de boxeo y equitación, y su rostro había perdido cualquier rastro de redondez infantil. Sus ojos verdes se habían vuelto más oscuros, casi como el bosque a medianoche, reflejando una madurez prematura.
Elena Valerius, con 11 años, estaba en ese punto de transición donde la niñez se desvanece. Medía 1.50 metros y vestía con una sofisticación impuesta por su madre. Ese día, en el club hípico de la familia, llevaba pantalones de montar ajustados de color beige, botas de cuero negro pulido hasta la rodilla y una chaqueta entallada que resaltaba su incipiente figura. Su cabello rubio cenizo iba recogido en una trenza impecable que caía por su espalda.
El ambiente era tenso. Los padres de ambos estaban en la terraza, discutiendo la adquisición de una nueva naviera, mientras los chicos estaban en los establos.
—No deberías montar ese caballo, Elena —dijo Ethan, apoyado contra la madera de la caballeriza, observando cómo ella acariciaba a “Relámpago”, un semental negro de temperamento difícil—. Es demasiado fuerte para ti. Usa el poni o la yegua gris.
Elena rodó los ojos y se giró hacia él, ajustándose los guantes de equitación.
—Sé montar perfectamente, Ethan. No porque seas un año mayor significa que sepas más que yo sobre todo. Además, mi instructor dice que tengo manos suaves.
—A los caballos como ese no les importan las manos suaves, les importa quién manda —replicó Ethan, acercándose a ella. Su presencia ya empezaba a ser imponente—. Si te caes y te rompes un hueso, mi padre me matará por no haberte cuidado. Y yo me mataré a mí mismo por permitirlo.
Elena se detuvo, con la mano aún en el hocico del caballo. Miró a Ethan a los ojos. Había algo en su voz, una nota de posesividad protectora que ya no era un juego.
—¿Por qué eres tan intenso siempre? A veces parece que me vigilas más que mis propios guardaespaldas.
Ethan se acercó un paso más, invadiendo su espacio personal, algo que hacía con frecuencia para recordarle su cercanía.
—Porque ellos solo te cuidan porque les pagan. Yo te cuido porque eres mía. Hay una diferencia, Elena.
En ese momento, apareció Dominic Steelwood, el hermano menor de Ethan, un niño de 7 años con una energía inagotable y el mismo cabello azabache de la familia.
—¡Ethan! ¡Papá dice que vengas! Han llegado los tíos de Elena y quieren vernos a todos.
Ethan suspiró, pero no apartó la vista de Elena.
—Iré en un momento, Dominic. Ve adelantándote.
Cuando el pequeño se fue, Ethan tomó a Elena del antebrazo, con firmeza pero sin lastimarla.
—Prométeme que no te subirás a ese caballo mientras yo no esté presente.
Elena sintió un escalofrío que no era de miedo, sino de una extraña anticipación.
—Está bien, “Capitán”. No lo haré. Ahora vamos, antes de que nos busquen.
La tragedia no avisa, simplemente se presenta y reclama su lugar.
Apenas unos meses después de aquel día en los establos, la vida de Ethan cambió para siempre. Alexander Steelwood, el hombre que parecía invencible, murió de un infarto fulminante en su despacho. Tenía solo 52 años.
El funeral fue un evento nacional. El cielo de la ciudad estaba gris, como si se hubiera sincronizado con el luto del imperio Steelwood. Ethan, de 12 años y medio, estaba de pie frente al ataúd de caoba. Vestía un traje negro riguroso. Sus ojos verdes estaban secos; no se permitió llorar frente a los cientos de buitres empresariales que ya empezaban a calcular cómo despedazar la empresa de su padre.
A su lado, su madre, Isabella, estaba destrozada, apoyada en el hombro de su hijo. Ethan parecía haber envejecido diez años en tres días. Su mandíbula estaba tan apretada que le dolía, y sus manos estaban cerradas en puños.
Elena estaba allí, a pocos metros, junto a sus padres. Ella lloraba en silencio, viendo a Ethan tan frío, tan distante. Quiso acercarse, pero la seriedad que emanaba de él la detuvea. Sin embargo, en un momento de la ceremonia, Ethan buscó su mirada entre la multitud. Cuando sus ojos se encontraron, ella vio el abismo de dolor que él ocultaba.
Esa misma noche, después del entierro, los directivos de GrupoSteelwood se reunieron en la mansión.
—El niño es demasiado joven —decía uno de los vicepresidentes, un hombre gordo y calvo llamado Sr. Henderson—. Necesitamos un regente externo hasta que cumpla los 21. La junta no aceptará a un niño de 12 años.
Ethan, que estaba escuchando tras la puerta, entró al salón con una frialdad que heló la sangre de los presentes. No pidió permiso. Caminó hacia la cabecera de la mesa, el lugar que pertenecía a su padre, y se sentó.
—No habrá regente externo —dijo Ethan. Su voz era un látigo—. Mi padre me entrenó para esto desde que aprendí a hablar. Yo soy el heredero. Yo soy Steelwood.
—Pero Ethan… las leyes… —empezó Henderson.
—Las leyes las hacemos nosotros con nuestro capital —lo interrumpió el chico—. A partir de mañana, estaré en la oficina central todas las tardes después del colegio. Y cualquiera de ustedes que piense que puede aprovecharse de mi edad, puede ir preparando su carta de renuncia. No solo herede el nombre de mi padre, heredé su memoria y su falta de piedad.
Desde la sombra del pasillo, Elena lo observaba. Había ido a la mansión con sus padres para ofrecer apoyo. Ver a Ethan así, asumiendo el mando del imperio más grande del país a su corta edad, la llenó de un respeto casi reverencial, pero también de miedo.
El Ethan que jugaba a los soldados de plomo había muerto ese día junto a su padre. El hombre en el que se estaba convirtiendo —oscuro, responsable y ferozmente protector— era alguien que el mundo aún no estaba preparado para conocer