Morir fue inesperado.
Despertar dentro de una novela fue absurdo.
Pero reencarnar como Serena Valmont, la villana destinada a morir a manos de su propio esposo, fue una completa pesadilla.
Conozco esta historia.
Sé que el emperador Kael Draven jamás amará a Serena. Sé que muy pronto conocerá a la verdadera protagonista. Y sé que, cegada por los celos, Serena cometerá una serie de crímenes que terminarán llevándola al cadalso.
Pero yo no soy Serena.
Y no pienso seguir su destino.
Mi plan es simple: alejarme de la protagonista, pedirle el divorcio al emperador y desaparecer antes de que la historia comience.
Solo hay un problema.
—Quiero el divorcio.
Kael alzó la mirada hacia mí.
—No.
...¿Cómo que no?
Se suponía que esta historia ya estaba escrita.
Entonces, ¿por qué está empezando a cambiar?
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Capítulo 2
Capítulo 2: Tengo seis meses para no morir.
Había un problema con mi maravilloso plan.
Bueno.
Habían varios.
El primero era que no tenía idea de cómo divorciarme de un emperador.
El segundo era que el emperador en cuestión seguía parado frente a mí.
Mirándome.
Y el tercero era que yo acababa de descubrir que era pésima actuando bajo presión.
—¿Por qué me miras así? —preguntó Kael.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras esperando que te asesinara.
Casi me atraganté con mi propia saliva.
Qué hombre tan perceptivo.
—¿Yo?
—Tú.
—No lo estoy mirando así.
—Acabas de retroceder tres pasos.
Miré hacia abajo.
Efectivamente.
Había bastante espacio entre nosotros.
—Me gusta mantener una distancia saludable entre las personas.
Kael arqueó una ceja.
—Ayer intentaste entrar a mi habitación mientras dormía.
¿Qué?
Miré a las criadas.
Una observaba fijamente el suelo.
Otra parecía estar intentando fundirse con una columna.
La tercera tenía la expresión de alguien que había presenciado demasiadas cosas y había decidido llevarlas consigo a la tumba.
Volví lentamente hacia Kael.
—¿Hice qué?
—Sabes perfectamente lo que hiciste.
No.
No sabía.
Y sinceramente habría preferido continuar sin saberlo.
—Por supuesto —dije—. Eso.
Kael me observó durante varios segundos.
—¿Eso?
—Lo de... entrar a tu habitación.
—A las dos de la madrugada.
Fantástico.
—Qué horario tan inapropiado.
Su ceño se frunció.
—Dijiste que habías tenido una pesadilla y necesitabas dormir conmigo.
Sentí cómo mi alma intentaba abandonar este cuerpo también.
No podía culparla.
—¿Y tú qué dijiste?
—Que no.
Claro que había dicho que no.
Ese hombre probablemente tenía grabada la palabra no en el escudo imperial.
—Qué sensato de tu parte.
Silencio.
Kael me miró.
Yo le sonreí.
Él no devolvió la sonrisa.
Me estaba empezando a poner nerviosa.
—¿Te golpeaste muy fuerte?
—¿Perdón?
Señaló mi frente.
—Contra el espejo.
Malditas criadas.
—Estoy bien.
—Eso todavía está por determinarse.
Qué encantador.
Ya entendía por qué la Serena original se había vuelto loca.
Tres años casada con ese hombre y yo también habría terminado hablando con las paredes.
Salem eligió aquel momento para saltar sobre la cama.
Kael lo miró.
—¿De dónde salió ese animal?
Salem se sentó.
Yo crucé los brazos.
—Tiene nombre.
—No pregunté si tenía nombre.
—Salem.
—Tampoco pregunté cuál era.
—Pues ahora lo sabes.
Por primera vez desde que había entrado, algo parecido a una emoción atravesó el rostro de Kael.
No sabría decir si era sorpresa, irritación o la necesidad urgente de llamar a un médico.
Probablemente las tres.
—Nunca te han gustado los gatos.
Miré a Salem.
Salem me miró.
Bueno.
Eso era información nueva.
—La gente cambia.
—En una noche.
—Fue una noche intensa.
Eso era técnicamente cierto.
Había muerto.
Kael dio un paso hacia mí.
Esta vez conseguí no retroceder.
Me costó.
Mucho.
—¿Qué estás tramando, Serena?
—Nada.
—Mientes.
—¿Por qué asumirías que estoy tramando algo?
—Porque eres tú.
Auch.
Ni siquiera era mi reputación y me había dolido.
—Bueno, pues hoy he decidido tomarme el día libre.
—¿De qué?
—De ser yo.
Sus ojos se clavaron en los míos.
Mala elección de palabras.
Muy mala.
—Quiero decir...
Pensé rápidamente.
—De mis responsabilidades.
Perfecto.
Mucho mejor.
Kael no parecía convencido.
—Descansa.
Eso me sorprendió.
—¿Eso es todo?
—¿Esperabas algo más?
Una ejecución anticipada, quizá.
—No.
Se giró.
Me relajé.
—Esta noche cenaremos con el Consejo.
Volví a tensarme.
—¿Qué?
Kael se detuvo junto a la puerta.
—A las ocho.
—No puedo.
Ahora sí se giró.
—¿Por qué?
Abrí la boca.
Necesitaba una enfermedad.
Algo creíble.
—Tengo...
Pensé.
Dolor de cabeza.
Demasiado común.
Fiebre.
Podrían comprobarlo.
Diarrea.
Efectivo, pero había límites incluso para mí.
—...asuntos.
—¿Qué asuntos?
—Personales.
—Serena.
—Muy personales.
Kael apretó la mandíbula.
—A las ocho.
Y se marchó.
Me quedé mirando la puerta.
—Me cae mal.
Una de las criadas soltó un pequeño sonido.
Giré la cabeza.
—¿Qué?
Las tres parecían aterradas.
—Nada, Su Majestad.
—Lo escucharon.
Silencio.
—Me cae mal.
Una criada abrió mucho los ojos.
—Pero usted ama al emperador.
—Error de juventud.
—Ayer dijo que moriría si él la abandonaba.
Miré al techo resignada. Serena definitivamente estaba loca al amar a Kael hasta la muerte.
—¿Podemos dejar de hablar de la mujer que era ayer?
—Su Majestad...
—Nueva Serena. Nuevas prioridades.
Salem maulló.
Lo señalé.
—Él lo entiende.
Las criadas miraron al gato.
Salem empezó a lamerse una pata.
No estaba ayudando.
Suspiré.
—Necesito estar sola.
Esta vez obedecieron.
Cuando las puertas se cerraron, corrí hacia una enorme mesa cubierta de papeles.
—Bien.
Salem saltó detrás de mí.
—Tenemos seis meses.
Miau.
—No parece mucho cuando lo dices así.
Miau.
—Deja de ser pesimista.
Necesitaba ordenar mis recuerdos.
Busqué papel.
Encontré una pluma.
La mojé en tinta.
Escribí:
COSAS QUE NO DEBO HACER SI QUIERO CONSERVAR LA CABEZA
Perfecto.
Número uno.
1. No molestar a Elena.
Eso era sencillo.
Elena Rosenthal era la protagonista.
Rubia.
Dulce.
Amable.
Adorada por prácticamente todo ser humano que respirara cerca de ella.
Serena la odiaba porque Kael se enamoraría de ella.
Yo no tenía ese problema.
Kael podía enamorarse de Elena.
Podía casarse con Elena.
Podían tener doce hijos y ponerles nombres ridículos.
Les enviaría flores.
Desde muy lejos.
Escribí:
2. No enamorarme de Kael.
Miré hacia la puerta.
—Facilísimo.
Salem maulló.
—¿Viste su personalidad?
Miau.
—Exacto.
Número tres.
3. No participar en ningún evento importante de la novela.
Eso sería más complicado.
Vivía en el Palacio Imperial.
Pero podía enfermarme.
Viajar.
Encerrarme.
Desarrollar una repentina pasión por la vida rural.
Lo resolvería.
Número cuatro.
4. Divorciarme.
Lo rodeé tres veces.
Ese era el verdadero plan.
Una vez divorciada, podía volver a las tierras Valmont.
Serena era hija única.
Su padre era uno de los hombres más ricos del Imperio, claramente después del emperador.
En la novela apenas aparecía porque, convenientemente, se encontraba casi siempre en la frontera occidental.
Pero su fortuna...
Recordaba perfectamente esa parte.
Tierras.
Palacios.
Minas.
Viñedos.
Serena era obscenamente rica.
Me recosté en la silla.
—Salem.
Miau.
—Somos ricos.
El gato continuó lamiéndose.
—Muy ricos.
Nada.
—Podría comprarte pescado todos los días.
Salem levantó la cabeza.
—Ahora sí te interesa.
Esto mejoraba considerablemente.
Solo tenía que conseguir el divorcio.
Irme.
Ser rica.
No morir.
Quizá esta situación no fuera tan terrible.
Había perdido mi vida, mi trabajo, mi casa, internet, agua caliente moderna, televisión, café instantáneo...
Me detuve.
—No hay internet.
Salem me miró.
—No hay internet.
La gravedad de mi situación acababa de aumentar.
Me dejé caer dramáticamente sobre el escritorio.
—¿Cómo vive esta gente?
Algo crujió bajo mi brazo.
Levanté la cabeza.
Había aplastado una carta.
La abrí distraídamente.
Su Majestad Imperial Serena Valmont:
Por orden del Consejo Imperial, se solicita su presencia durante la recepción de bienvenida de Lady Elena Rosenthal, que tendrá lugar el primer día del próximo mes.
Me quedé inmóvil.
Leí nuevamente.
Elena.
Rosenthal.
Sentí que mi estómago se encogía.
—No.
Busqué desesperadamente entre mis recuerdos de la novela.
Elena llegaba a la capital.
Recepción.
Primer encuentro oficial con Serena.
La copa.
No.
Eso todavía no.
Aquello sucedía después.
Había tiempo.
¿Cuánto?
Me levanté tan rápido que la silla cayó hacia atrás.
Necesitaba un calendario.
Abrí cajones.
Nada.
Otro.
Joyas.
Otro.
Cartas.
—¿Dónde guarda una emperatriz un maldito calendario?
Salem saltó sobre una cómoda.
Encima había un pequeño almanaque.
—Te quiero.
Lo agarré.
Decimocuarto día de Aster.
Elena llegaría el primero de Lumin.
Diecisiete días.
Solo faltaban diecisiete días para que la protagonista entrara en mi vida.
Eso significaba que la historia ya había comenzado.
Me senté.
Respiré.
No pasaba nada.
Conocía los acontecimientos.
Eso era una ventaja.
Una ventaja enorme.
Sabía dónde estar.
Dónde no estar.
Con quién hablar.
A quién evitar.
Sabía incluso quién terminaría muerto.
Eso último quizá podía ser útil.
Tomé otra hoja.
Esta vez escribí:
CRONOLOGÍA DE LA NOVELA
Primer día de Lumin:
Elena llega al Palacio Imperial.
Quinto día:
Elena conoce a Kael en los jardines.
Octavo:
Serena descubre que Kael volvió a verla.
Duodécimo:
Primer enfrentamiento Serena-Elena.
Seguí escribiendo.
Banquete.
Accidente.
Rumores.
Amenazas.
Envenenamiento.
Conspiración.
Juicio.
Mis movimientos se hicieron más lentos.
Finalmente escribí:
14 de Nival.
Debajo:
Ejecución de Serena Valmont.
Me quedé mirando esas palabras.
Seis meses.
Hasta ese momento todo había parecido extraño.
Absurdo.
Incluso gracioso.
Pero verlo escrito... era diferente.
En seis meses, Serena moriría.
Yo moriría.
Dejé la pluma.
—No va a pasar.
Salem se acomodó junto al papel.
—Ya morí una vez. Cumplí mi cuota.
El gato cerró los ojos.
—Voy a cambiarlo.
No sabía cómo.
Pero conocía la historia.
Tenía dinero.
Tenía poder.
Y, sobre todo, tenía algo que la Serena original nunca tuvo.
Sabía cómo terminaba todo.
Mi mirada cayó sobre la palabra DIVORCIO.
Sonreí.
Quizá no necesitaba seis meses.
Quizá necesitaba un día.
...****************...
Dos horas después estaba frente a un problema que no había considerado.
Mi armario.
—Esto es absurdo.
Había vestidos.
Cientos.
Una habitación completa dedicada exclusivamente a ropa.
Toqué uno.
Seda.
Otro.
Terciopelo.
Otro tenía pequeñas piedras cosidas.
—Salem, creo que este vestido vale más que mi antiguo apartamento.
Miau.
—No lo arañes.
Elegí el más sencillo que encontré.
Seguía pareciendo adecuado para asistir a una coronación.
Una criada terminó de arreglarme el cabello.
Me miré al espejo.
Serena Valmont era espectacular.
Ahora entendía todavía menos su obsesión.
—Qué desperdicio.
—¿Su Majestad?
—Nada.
Me levanté.
—¿Dónde está el emperador?
La criada sonrió inmediatamente.
—En su despacho.
Claro.
Seguramente pensaba que la antigua Serena había regresado.
Pobre mujer.
—Perfecto.
Salí.
Atravesé pasillos interminables.
Sirvientes se inclinaban.
Guardias saludaban.
Nobles se apartaban.
Era extrañísimo.
También un poquito divertido.
Podría acostumbrarme a aquello.
Llegué frente a dos enormes puertas negras.
Los guardias me vieron.
—Su Majestad.
—Necesito hablar con mi esposo.
Qué raro sonaba.
Uno abrió la puerta.
Kael estaba detrás de un escritorio enorme.
Levantó la mirada.
Y suspiró.
Suspiró.
Yo ni siquiera había hablado.
—Serena.
—Kael.
Su ceño se frunció.
¿No lo llamaba por su nombre?
Anotado mentalmente.
Cerré la puerta.
Caminé hasta el escritorio.
Había ensayado aquello durante todo el camino.
Serena podía solicitar la disolución del matrimonio.
La ley imperial lo permitía.
Necesitaríamos aprobación del Consejo, pero siendo ambos quienes éramos...
Era posible.
Kael dejó la pluma.
—¿Qué quieres?
Sonreí.
Esta sería la conversación más sencilla de mi nueva vida.
Él no me amaba.
Yo no lo amaba.
Elena estaba a punto de aparecer.
Todos ganábamos.
—Quiero hablar de nuestro matrimonio.
Kael se recostó en la silla.
Su expresión se volvió inmediatamente fría.
—No tengo tiempo para otra discusión sobre un heredero.
Casi me atraganté.
—¿UN QUÉ?
Él me miró.
Yo respiré.
No quería saber.
No necesitaba saber.
Concentración.
—No. Definitivamente no vengo por eso.
—Entonces, ¿qué quieres?
Lo miré directamente.
Esta vez no tuve miedo.
Porque acababa de comprender algo maravilloso.
Si conseguía salir de aquel matrimonio ahora...
podía evitar toda la novela.
Así que sonreí.
—Quiero el divorcio.
Kael no reaccionó.
Yo esperé.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Entonces inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Qué dijiste?
Mi sonrisa aumentó.
Perfecto.
Solo necesitaba repetirlo.
—Quiero divorciarme de ti.
Silencio.
Kael me observó durante tanto tiempo que empecé a preguntarme si las palabras habían cambiado de significado en aquel mundo.
Finalmente tomó nuevamente su pluma.
—No.
Parpadeé.
—¿Qué?
—No.
Y continuó escribiendo.
Me quedé mirándolo.
Ese hombre tenía que estar bromeando.
—¿Cómo que no?
Kael ni siquiera levantó la cabeza.
—Exactamente como suena.
Mi maravilloso plan de supervivencia acababa de durar aproximadamente... cinco segundos.
—Pero tú me odias.
—Correcto.
—Yo también te odio.
La pluma se detuvo.
Kael levantó lentamente la mirada.
Ups.
—Quise decir...
Demasiado tarde.
Sus ojos grises estaban clavados en mí.
—¿Tú me odias?
Por alguna razón, parecía mucho más interesado en aquella frase que en el divorcio.
Tragué saliva.
—¿Podemos volver a la parte importante?
—Creo que acabamos de llegar a ella.
No.
Definitivamente no.
La parte importante era mi cuello.
Y si ese hombre no colaboraba... iba a tener que encontrar otra forma de salvarlo.