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Mi Sexy Jefe Es el Padre de Mi Enemiga

Mi Sexy Jefe Es el Padre de Mi Enemiga

Status: En proceso
Genre:CEO / Amor prohibido / Romance de oficina
Popularitas:4k
Nilai: 5
nombre de autor: Celeste A. Godoy

Estaba desesperada. A punto de perder mi carrera por no poder pagar la matrícula, acepté ser la asistente personal del imponente Nicolas Donovan. Él es todo lo que intimida: cuarenta y tres años, poder absoluto y una mirada tan oscura que me desnuda el alma. La tensión entre nosotros es un fuego a punto de estallar cada vez que nos encerramos en su oficina. Pero el infierno se desató cuando vi ese portarretratos en su escritorio. Nicolas es el padre de Vanessa, mi peor enemiga. Entregarme a él significa arriesgarlo todo. ¿Pero... cómo me resisto al hombre que ya logró dominarme?

NovelToon tiene autorización de Celeste A. Godoy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 10: ¿FUE ELLA?

Nicolas Donovan

La imagen no se borraba de mi cabeza. Por más que intentara concentrarme en los números, en las malditas cotizaciones o en la reunión que me esperaba, la silueta de Chloe Bennett huyendo bajo la llovizna regresaba a mí como una bofetada.

¿Qué demonios había sido eso? Nunca, desde que la contraté, la había visto perder los estribos de esa manera. Era una chica que guardaba sus emociones detrás de una muralla de profesionalismo de hierro, una mujer que me sostenía la mirada en tres idiomas diferentes sin parpadear. Y hace diez minutos, la había tenido entre mis manos, temblando como un pájaro herido, empapada de un líquido dulce y pegajoso, con los ojos verdes desbordando unas lágrimas que me habían encendido un maldito demonio en el estómago.

«¡No le debo ninguna explicación, señor Donovan!». El eco de su voz, cargada de una rebeldía salvaje que nunca antes me había mostrado, seguía vibrando en mis oídos. Me molestaba. Me jodía soberanamente no tener el control de la situación. Pero lo que más me enfurecía era el hecho de que alguien en este maldito campus se hubiera atrevido a tocar lo que, por contrato y por derecho de piso, me pertenecía. Porque Chloe Bennett era mi asistente personal. Mi sombra. Y nadie, absolutamente nadie, tenía el derecho de tocar a mi gente.

Caminé a pasos largos y pesados por los pasillos góticos del edificio de administración, ignorando los murmullos de los estudiantes que se apartaban a mi paso. Para la jornada de hoy, me había vestido con un impecable traje de tres piezas de un profundo color azul marino. El chaleco ceñía mi torso, la corbata de seda combinaba a la perfección y el pañuelo en el bolsillo del saco terminaba de armar la armadura de un hombre que factura millones por minuto. Pero bajo la tela costosa, mis músculos estaban tensos como cables de alta tensión.

Llegué a la puerta de la Dirección general. No me molesté en tocar. Empujé la doble hoja de madera noble con una fuerza desmedida, provocando que el golpe resonara en toda la recepción.

Dentro de la oficina, sentado detrás de un escritorio de caoba, estaba el director de la facultad, un hombre calvo y regordete que se puso de pie de inmediato, pálido como un fantasma al verme entrar. A su lado, sentada en una silla de confidente con las piernas cruzadas y una expresión de aburrimiento supremo, estaba mi hija, Vanessa. Llevaba su abrigo de piel sintética blanca y sostenía su teléfono de última generación, totalmente ajena a la gravedad de mi presencia.

—¡Señor Donovan! Qué honor tenerlo aquí —tartamudeó el director, acomodándose los anteojos con manos temblorosas—. Por favor, tome asiento. No esperábamos que un hombre de su agenda viniera personalmente por un asunto... bueno, un asunto menor.

Me senté en el sillón de cuero frente al escritorio, cruzando una pierna con una parsimonia que pretendía ocultar la tormenta que llevaba dentro. Apoyé los brazos en los costados del asiento y clavé mis ojos en el director, ignorando deliberadamente la mirada de suficiencia que Vanessa me dirigió de reojo.

—Si estoy aquí, director, es porque su secretaría me aseguró que la situación de mi hija requería mi presencia inmediata —dije, y mi voz ronca y profundo, cortó el aire acondicionado de la oficina como un bisturí—. Así que vayamos al grano. No tengo toda la mañana.

El director tragó saliva audiblemente, sudando frío a pesar de la baja temperatura del lugar. Abrió una carpeta de color amarillo que tenía sobre la mesa, carraspeando un par de veces antes de hablar.

—Sí, verá... intentamos manejar esto internamente para no importunar su valioso tiempo. Realmente, la falta de su hija no es algo extremadamente grave que ponga en riesgo su permanencia inmediata, pero según el protocolo estricto de la universidad, debemos tener esta reunión con el tutor legal cuando se acumulan ciertas... alarmas. Es un procedimiento estándar para hablar de las calificaciones y de... ciertos comportamientos recurrentes en el campus.

Antes de que yo pudiera responder, Vanessa soltó un bufido molesto, guardando el teléfono en su bolso de diseñador. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio del director con una familiaridad asquerosa, mostrando esa astucia caprichosa que tanto me fastidiaba de ella.

—Ay, por favor, director, no sea tan dramático —dijo Vanessa, con una sonrisa ensayada y melosa, mirándolo fijamente—. Todos sabemos que este es un malentendido. Mi papá es un hombre muy ocupado dirigiendo la Corporación Donovan. ¿Realmente tenemos que perder el tiempo leyendo papelitos? Estoy segura de que la fundación de la universidad tiene algunos proyectos de infraestructura detenidos por falta de presupuesto... Quizás una generosa donación de la Corporación Donovan podría acelerar las cosas y, de paso, borrar todas esas molestas alarmas del sistema informático, ¿no cree? Así todos ganamos.

El director se puso aún más nervioso. Sus ojos brillaron con una codicia mal disimulada y miró de reojo a Vanessa y luego a mí, asintiendo levemente con la cabeza mientras se limpiaba el sudor de la frente con un pañuelo.

—Bueno... ciertamente, el ala de la biblioteca necesita remodelaciones urgentes y... una contribución de ese calibre siempre es bien recibida por el consejo directivo. Podríamos revisar el expediente y ver qué se puede hacer para limpiar el historial si el señor Donovan está de acuerdo...

—No. No estoy de acuerdo —mi voz firme y gélida tronó en el despacho, congelando la sonrisa de Vanessa y haciendo que el director soltara el pañuelo del susto.

Me incliné hacia adelante, apoyando los puños sobre la madera de caoba, proyectando toda mi imponente estatura de casi dos metros sobre el escritorio. La furia contenida por el encuentro previo con Chloe y la desvergüenza de mi propia hija estaban a punto de hacerme estallar el traje.

—Dígame exactamente qué demonios está pasando con mi hija, director —exigí, con un tono que no admitía réplicas ni dobles sentidos—. Y si tiene que recibir un castigo, lo va a tener. Así es como aprenderá de una buena vez. Ya no voy a firmar un solo cheque para borrar sus malas actitudes, ni voy a permitir que use mi apellido para comprar la mediocridad de esta institución. Así que hable de una vez.

Vanessa se tensó por completo a mi lado. La máscara de suficiencia se le cayó de la cara, reemplazada por una expresión de pura incredulidad y rabia.

—¡Papá! ¿Qué estás diciendo? —protestó ella, con la voz alterada—. ¡Soy tu hija!

—Cállate, Vanessa —la corté, sin mirarla—. Director, por favor continúe.

El hombre, viendo que el flujo de dinero corporativo se había cerrado por completo, no tuvo más remedio que apegarse a la cruda realidad. Abrió la carpeta y comenzó a deslizar los papeles hacia mi lado.

—Está bien, señor Donovan. Los números no mienten. Aquí están las notas del presente período. Vanessa tiene tres asignaturas con calificaciones muy por debajo del promedio mínimo requerido para mantener la regularidad. Pero el verdadero problema no son solo los exámenes; son los reportes disciplinarios. Tiene más de quince faltas injustificadas a las clases de primera hora, y aquí hay tres actas firmadas por los catedráticos de idiomas donde se detalla una falta de respeto absoluta hacia los maestros, respondiendo con soberbia y desobedeciendo las directrices académicas en público.

Observé las hojas. Las notas eran una vergüenza para el estándar de mi familia. Yo exigía perfección en mis empresas, y ver que mi propia sangre se arrastraba por el lodo de la vagancia me revolvía el estómago. Pero mientras miraba los reportes de comportamiento, la imagen de Chloe Bennett empapada y llorando regresó a mi mente con una fuerza brutal.

—Director... —dije, entornando los ojos de una manera peligrosa—. ¿Es usted consciente de que en este instituto hay estudiantes que sufren de acoso y hostigamiento por parte de personas que creen que el dinero les da el derecho de pisotear a los demás? ¿Hay reportes de bullying en esta facultad que involucren a mi hija?

Al pronunciar la palabra bullying, noté de inmediato cómo Vanessa se ponía rígida como una tabla. Sus dedos se clavaron en el cuero de su bolso y desvió la mirada hacia la ventana, con la mandíbula apretada. El director, por su parte, parpadeó sorprendido.

—¿Acoso? Bueno... no tenemos denuncias formales en el expediente de Vanessa que mencionen agresiones físicas o verbales directas, señor Donovan. El campus es muy amplio, pero le aseguro que no toleramos ese tipo de conductas. A partir de hoy, daré instrucciones estrictas para que el cuerpo de seguridad y los prefectos vigilen más de cerca el comportamiento de los estudiantes en los pasillos y áreas comunes.

—Más vale que así sea —sentencié, fijando mi mirada en mi hija, cuya culpabilidad flotaba en el aire de la oficina de manera evidente—. Porque no voy a tolerar que el nombre Donovan esté ligado a la cobardía de humillar a los que no pueden defenderse.

Cerré la carpeta de un golpe seco, poniéndome de pie. El director se levantó de inmediato, temblando.

—Bien, director. Ya que las normas de esta universidad exigen una sanción para enderezar estas conductas, yo mismo fijaré los términos del castigo de mi hija para asegurarme de que lo cumpla —dije, acomodándome las mangas del saco azul marino—. Vanessa pasará los próximos cuarenta y nueve días realizando tareas de servicio comunitario dentro del campus. Limpiará las aulas, los pasillos y la biblioteca de la escuela hasta tarde, después del horario de clases, bajo la supervisión de los conserjes. Sin que la ayuden, sin privilegios y sin excepciones. Si falta un solo día, yo mismo me encargaré de retirarle los fondos de su fideicomiso.

—¡¿Qué?! ¡¿Limpiar?! ¡Papá, estás loco! —Vanessa se puso de pie de un salto, con la cara roja de la humillación y los ojos llenos de lágrimas de rabia—. ¡No puedes hacerme esto! ¡Toda la universidad me va a ver con una escoba! ¡Es una humillación pública!

—Harás silencio si no quiere que duplique el tiempo, Vanessa —le advertí, bajando la voz a un tono tan gélido y cargado de una autoridad tan implacable que ella, a pesar de su berrinche, se tragó el resto de sus palabras, apretando los puños con frustración—. Director, firme el acta con esos términos. Buenas mañanas.

Salí del despacho sin esperar a que terminaran de procesar la orden. Vanessa me siguió a pasos rápidos, bufando y pisando fuerte con sus tacones de diseñador por todo el pasillo de administración hasta que salimos al estacionamiento privado. La llovizna seguía cayendo de forma inclemente. Mi chofer abrió la puerta trasera de la camioneta negra blindada de inmediato. Entré y Vanessa se deslizó a mi lado, azotando la puerta con una violencia que me hizo tensar la mandíbula.

El vehículo arrancó en un silencio sepulcral. Esperé a que saliéramos de las calles del campus para girarme hacia ella, desatando la tormenta que había estado conteniendo en la oficina del director.

—¿En qué demonios estás pensando, Vanessa? —le recriminé ferozmente, y mi voz llenó el habitáculo del auto con la fuerza de un trueno—. Te di todo. Te di las mejores escuelas, acceso ilimitado a fondos, ropa, viajes... ¿y me pagas convirtiéndote en una vaga soberbia que le falta el respeto a los profesores y se arrastra con notas humillantes? ¡Eres una Donovan, carajo! ¡Se supone que debes liderar con inteligencia, no con la billetera de tu padre!

Vanessa, viendo que mi furia era real y que esta vez no había escapatoria, se encogió en su asiento. Las lágrimas del berrinche comenzaron a correr por sus mejillas perfectas y adoptó esa postura sumisa que usaba cuando sabía que había cruzado la línea.

—Lo siento, papá... de verdad lo siento —sollozó, tapándose la cara con las manos—. Me dejé llevar por las chicas. Es la presión de encajar... Te prometo que voy a cambiar. Voy a estudiar para los exámenes finales, cumpliré el castigo y subiré mis notas. No volverá a pasar, te lo juro por la memoria de mamá. Solo... no me dejes sola en esto.

La mención de su madre apagó un milímetro de mi ira, pero no mi sospecha. La agudeza mental que me servía para cerrar contratos multimillonarios me decía que había una pieza suelta en todo este rompecabezas. La reacción de Vanessa en la oficina del director ante la palabra bullying, sumada al estado deplorable en el que me había encontrado a Chloe Bennett hacía menos de una hora en el estacionamiento... todo apuntaba a una macabra coincidencia que necesitaba esclarecer de inmediato.

Aproveché el momento de vulnerabilidad de mi hija para lanzar el anzuelo, analizando cada milímetro de su lenguaje corporal con una atención microscópica.

—Espero que cumplas tu palabra, Vanessa —dije, suavizando el tono pero manteniendo la fijeza de mi mirada—. Porque estaré vigilándote de cerca. Por cierto... hablando de la facultad. Hay una estudiante de tu mismo año que destaca bastante en el departamento de idiomas. Una chica, de tu misma edad. Se llama Chloe Bennett. ¿La conoces?

El efecto de mis palabras fue instantáneo y devastador.

Vanessa dejó de llorar de golpe. Se bajó las manos de la cara y se giró hacia mí con una rigidez absoluta. Sus ojos se entrecerraron y una mezcla de sorpresa, sospecha y un odio visceral deformó por completo sus facciones. Me analizó con una fijeza analítica, intentando descifrar por qué el gran CEO de la Corporación Donovan, un hombre ajeno a los chismes estudiantiles, pronunciaba el nombre de una estudiante.

—¿Chloe Bennett? —recalcó el nombre con un asco tan profundo que me provocó un escalofrío de pura posesividad en el estómago—. ¿Por qué te interesa esa tipa, papá? Es solo una ñoña muerta de hambre. Una aparecida sin familia que se cree mejor que los demás solo porque saca buenas notas. Es una arrastrada invisible que no pertenece a nuestro mundo. De hecho, no sé de dónde saca el dinero para pagar la matrícula; seguro se vende. Es una basura.

La confirmación me golpeó el pecho como un mazo de acero.

"Entonces ella había sido."

El asco con el que Vanessa pronunció las palabras, el insulto de la "muerta de hambre", el líquido rosa pegajoso... todo encajó con una claridad matemática. Mi propia hija era el monstruo que había quebrado a Chloe Bennett. Mi propia hija era la responsable de las lágrimas de la mujer cuya inteligencia admiraba y cuyo cuerpo deseaba en secreto en la intimidad de mi oficina del piso cuarenta y cinco.

La furia que sentí en ese instante no tuvo límites. Un calor salvaje y protector me nubló la vista. La posesividad estalló dentro de mí con la fuerza de un volcán.

—¡Te prohibo que te vuelvas a referir a ella en esos términos, Vanessa! —rugí, propinando un golpe seco con el puño contra el respaldo del asiento delantero que hizo temblar el interior de la camioneta. Mi voz bajó a un registro tan oscuro y letal que mi hija se pegó contra la puerta del auto, aterrorizada—. A partir de este momento, tus cuarenta y nueve días de castigo se duplican. Pasarás los próximos noventa y ocho días limpiando esa escuela. Y si descubro que te acercas a menos de diez metros de la señorita Bennett, o que pronuncias su nombre con esa boca venenosa una sola vez más, te desheredo y te echo de mi casa está misma noche. ¿Te quedó jodidamente claro?

Vanessa asintió frenéticamente, llorando de terror puro, completamente muda ante una furia paterna que jamás había visto en su vida.

Me giré hacia la ventana, apretando los dientes hasta que me dolió la mandíbula, intentando controlar los latidos erráticos de mi corazón. "¿Qué demonios está pasando aquí?", pensé, pasándome una mano frustrada por mi cabello negro despeinado. Chloe Bennett era mi empleada, una pieza eficiente de mi corporación. No debería importarme su vida universitaria, no debería importarme lo que mi hija le hiciera.

Pero el dolor de verla rota y la urgencia salvaje que ella sentía por escapar me matabapor dentro, quería buscarla y exigirle que me dejara protegerla me dejaron claro que el contrato que nos unía ya no era solo de papel. Estaba atrapado en su red, y la tormenta apenas estaba comenzando. Ahora debía comprobar que reacción tiene ella al ver a mi hija y hoy lo descubriría.

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Agripina Botines
y no hay continuidad de la lecto novela??
Zuleima Chavez
muy buena pero no deberían publicar si está incompleta
Celeste Godoy: Hola, gracias por darle una oportunidada la novela/Drool/ pero, a los escritores nos conviene subir por partes ya que ganamos por la retención de lectores y en lo que va de la publicación de la novela hasta ahora estoy actualizando a un ritmo constante y diario. /Shy//Shy//Shy/
total 1 replies
Agripina Botines
buena trama...pero nos deja esperando más capítulos....
Celeste Godoy: Hoy en la noche se viene /Chuckle/
total 1 replies
Zuleima Chavez
excelente
Celeste Godoy: MUCHAS GRACIAS REINA♥️♥️♥️♥️✨️
total 1 replies
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