Lilith creyó que ya conocía el peor dolor: amar a un hombre que la humilló, criar sola a una hija frágil y perderlo todo cuando más necesitaba ser protegida. Después de una traición imposible de perdonar, deja atrás su pasado y viaja a Italia con el corazón hecho pedazos, decidida a reconstruirse lejos de quienes la destruyeron.
Pero en Milán se cruza con Alessandro Morelli Conti, un hombre poderoso, frío y peligroso, dueño de secretos que podrían asustar a cualquiera. Él no promete una vida tranquila, pero sí algo que Lilith había dejado de esperar: respeto, protección y un amor capaz de enfrentar guerras.
Entre familias rotas, verdades ocultas, enemigos de la mafia y una pasión que nace donde solo quedaban cicatrices, Lilith tendrá que descubrir si aún es posible volver a confiar. Porque a veces el amor no borra el pasado, pero puede darle a una mujer la fuerza para reclamar su futuro.
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Capítulo 1
La lluvia caía fina sobre los jardines impecables de la mansión Morgan Vanderbilt aquella fría mañana de otoño. Los enormes ventanales de vidrio reflejaban el cielo gris, mientras los empleados cruzaban los pasillos en silencio, acostumbrados a la grandeza y a las reglas estrictas de aquella casa.
Sin embargo, para Lilith Miller, la mansión nunca había sido solo un lugar lujoso.
Era su hogar.
Lilith Miller (protagonista)
Lilith había crecido entre aquellos pasillos inmensos, los candelabros dorados y los jardines perfectos. Pero, aunque conocía cada rincón de la propiedad, sabía con exactitud cuál era su lugar dentro de ella.
El ala del servicio.
Su padre, Franklin Miller, era el chofer de la familia Vanderbilt y también el hombre de mayor confianza del señor Christopher Morgan Vanderbilt.
Christopher Vanderbilt
Franklin era discreto, leal y absolutamente entregado a su trabajo. Christopher confiaba en él más que en muchos ejecutivos de las propias empresas familiares.
Lilith siempre admiró a su padre.
Él era todo lo que tenía.
Su madre, Ana Maria Souza, una brasileña dulce y amable, había muerto cuando Lilith tenía apenas un año. No conservaba recuerdos de ella, solo algunas fotografías antiguas y las historias que Franklin le contaba en las noches más difíciles.
Aun así, Lilith no creció rodeada de frialdad.
Camile Vanderbilt
Camile Vanderbilt, esposa de Christopher, siempre trató a la niña con cariño. Y el propio Christopher jamás hizo distinción entre Lilith y sus hijos legítimos.
Liam Vanderbilt.
Michele Vanderbilt.
Michele Vanderbilt
Michele, de hecho, era su mejor amiga desde la infancia. Las dos crecieron juntas, estudiaron en las mismas escuelas y compartieron secretos, risas y sueños.
Pero Liam...
Liam Vanderbilt
Liam siempre fue distinto.
Desde muy pequeña, Lilith alimentaba sentimientos secretos por el heredero de los Vanderbilt. Tal vez todo había empezado cuando él la defendió de unos chicos en la escuela. O quizá cuando le secó las lágrimas después de que ella se cayera de la bicicleta en los jardines de la mansión.
Nunca lo supo con certeza.
Solo sabía que lo amaba en silencio.
Y también sabía que aquel amor era imposible.
Liam era guapo, popular, arrogante en la medida justa y heredero de un imperio multimillonario. Ella, en cambio, no era más que la hija del chofer.
Aun así, a veces la confundía.
Había momentos en los que Liam parecía verla de verdad.
Miradas largas.
Sonrisas discretas.
Bromas provocadoras.
Pero Lilith siempre ahogaba cualquier esperanza antes de que creciera.
Porque la vida ya le había enseñado demasiado pronto que los sueños hermosos solían terminar en dolor.
Tenía apenas catorce años cuando perdió a su padre.
Aquella noche, Franklin salió a buscar a Christopher a una reunión fuera de la ciudad. El auto derrapó sobre la carretera mojada. El accidente fue fatal.
Lilith jamás olvidaría el vacío de esa madrugada.
El silencio.
La sensación de estar completamente sola en el mundo.
Lloró hasta quedarse sin fuerzas.
Y fue Christopher Vanderbilt quien la abrazó cuando ella se vino abajo.
—No estás sola, mi niña —le prometió, sujetándole el rostro con firmeza—. Mientras yo esté vivo, voy a cuidar de ti.
Y cumplió.
Lilith siguió viviendo en la mansión. Estudió en las mejores escuelas, tuvo comodidad, protección y oportunidades que jamás habría imaginado.
Pero, aunque la familia Vanderbilt la quisiera, nunca olvidó quién era.
Ni cuál era su lugar.
Los años pasaron.
Lilith creció.
La niña tímida se convirtió en una joven deslumbrante. Su cabello castaño le caía por la espalda en ondas, sus ojos tenían la intensidad del cielo antes de una tormenta, y su delicadeza escondía una fuerza silenciosa.
Tenía dieciocho años y cursaba el último año de preparatoria cuando todo empezó a cambiar.
Sobre todo Liam.
De pronto, él comenzó a verla de otra manera.
Muy distinta.
Los cumplidos se hicieron más frecuentes.
Los roces, más prolongados.
Las provocaciones, más intensas.
Lilith intentó resistirse.
Intentó ignorar cómo se le aceleraba el pulso cada vez que él se acercaba.
Pero Liam sabía exactamente cómo derribar sus defensas.
La hacía reír.
La hacía sentirse especial.
Deseada.
Amada.
Y, por primera vez en su vida, Lilith se permitió creer que quizá aquel amor imposible no era tan imposible.
Entonces llegó el primer beso.
Ocurrió en la biblioteca de la mansión, una noche silenciosa. Liam le sostuvo el rostro con delicadeza y le dijo que estaba cansado de fingir que no sentía nada.
Lilith le creyó.
Dios...
Cómo le creyó.
Llegaron los mensajes escondidos.
Los encuentros secretos.
Las falsas declaraciones de amor.
Hasta que, al fin, se entregó por completo a él.
Aquella noche, Lilith sintió que estaba viviendo un sueño.
Liam fue intenso.
Cariñoso.
Cuidadoso.
Y ella le entregó no solo su cuerpo, sino también su corazón.
Entero.
A la mañana siguiente, Lilith despertó extasiada.
El corazón le parecía ligero.
Sonrió sola incontables veces mientras caminaba por la mansión.
Por fin Liam la amaba.
Por fin sus sentimientos habían sido correspondidos.
O eso pensaba.
Aquella tarde estaba estudiando en la biblioteca cuando oyó voces masculinas entrando en la habitación. Asustada, se escondió detrás de unas cajas apiladas cerca de los estantes.
Entonces escuchó su propio nombre.
Y se quedó helada.
Era Liam.
Se reía con dos amigos de la universidad.
—Les dije que sería fácil —comentó Liam entre risas—. La chica prácticamente me idolatra desde niña.
El corazón de Lilith empezó a latir con tanta fuerza que dolía.
—¿Entonces lo lograste? —preguntó uno de sus amigos.
—Claro que lo logré —respondió Liam con arrogancia—. Gané la apuesta.
El mundo de ella se derrumbó.
En ese instante.
Con esas palabras.
Lilith sintió que el aire le desaparecía de los pulmones.
Pero siguió escuchando.
Cada palabra cruel.
Cada carcajada.
Cada detalle repugnante sobre lo fácil que había sido llevarla a la cama.
Cuando por fin terminaron la conversación, Lilith salió despacio de detrás de las cajas.
Los tres se quedaron en silencio.
Liam palideció de inmediato al verla.
—Lilith...
Ella no lloró.
No gritó.
No suplicó.
Solo lo miró de frente.
Y eso pareció peor que cualquier escándalo.
—Qué bueno saber que no fui más que una apuesta para ti —dijo con la voz firme, aunque se estuviera muriendo por dentro—. Espero que disfrutes tu premio.
Liam intentó acercarse.
—Lilith, espera...
Ella levantó una mano.
—A partir de hoy, no quiero que vuelvas a mirarme nunca más.
El silencio que se apoderó de la biblioteca fue devastador.
Liam parecía en shock.
Pero Lilith solo le dio la espalda y salió.
Cuando llegó a su habitación, se derrumbó.
Lloró como nunca antes había llorado.
Lloró por la humillación.
Por el amor destruido.
Por la chica ingenua que había creído en promesas vacías.
Y aquella noche, frente al espejo, con los ojos rojos y el corazón hecho pedazos, se hizo una promesa silenciosa:
Jamás volvería a permitir que alguien la tomara por idiota.
Los días siguientes fueron fríos.
Dolorosos.
Lilith cumplió su promesa.
Nunca volvió a mirar a Liam.
Nunca volvió a responder sus intentos de hablar.
Y, por primera vez en su vida, fue Liam quien empezó a sufrir con la distancia.
Pero dos meses después, el destino decidió destruir otra vez lo poco que quedaba de su paz.
Lilith bajaba las escaleras de la mansión cuando un fuerte mareo se apoderó de su cuerpo.
Todo dio vueltas.
Perdió el equilibrio.
Y cayó.
Cuando abrió los ojos de nuevo, estaba en una habitación de hospital.
El olor intenso a medicamentos le invadió la nariz.
Christopher Vanderbilt estaba sentado junto a la cama.
Más adelante, Liam permanecía sentado, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza baja.
El ambiente en la habitación era pesado.
Aterrador.
—¿Qué pasó? —preguntó Lilith, confundida.
Christopher respiró hondo antes de responder.
—Estás embarazada, mi niña.
Lilith se quedó sin reacción.
No.
Eso no podía estar pasando.
—No... debe de haber algún error...
—No hay ningún error —respondió Christopher con firmeza.
El silencio se volvió asfixiante.
Entonces él miró directamente a Liam.
Su expresión se endureció.
—Y este irresponsable se va a casar contigo.
Liam se levantó de inmediato.
—Papá, yo...
—¡Cállate! —rugió Christopher—. Ya hiciste suficiente daño.
Lilith sentía que la cabeza le daba vueltas.
Embarazada.
Estaba embarazada.
Y llevaba en su vientre a un hijo del hombre que le había destruido el corazón.
Liam todavía intentó discutir, pero Christopher no le dejó opción.
—O te casas con ella, o te quito absolutamente todo.
Quince días después, Lilith se convirtió en la esposa de Liam Vanderbilt.
Sin amor.
Sin felicidad.
Sin sueños.
La ceremonia se realizó solo en el registro civil, simple y silenciosa.
Y esa misma noche, ella comprendió el tamaño del error que estaba cometiendo.
Liam la dejó sola en la noche de bodas.
Y siguió dejándola sola los días siguientes.
Las semanas siguientes.
Los meses siguientes.
Su matrimonio se convirtió en una prisión silenciosa.
Una casa fría.
Una relación vacía.
Lilith sabía exactamente dónde estaba su esposo todas las noches.
Con Emma Stone.
Emma Stone (amante de Liam)
Emma era bonita, manipuladora y completamente enamorada del estatus que Liam podía ofrecerle. Y Liam ni siquiera se esforzaba por ocultar la aventura.
Aquello iba destruyendo a Lilith poco a poco.
Pero ella soportaba.
Por el bebé.
Solo por el bebé.
Entonces, meses después, nació Victoria.
Y, por primera vez en mucho tiempo, Lilith vio emoción verdadera en el rostro de Liam.
Él sostuvo a su hija en brazos como si fuera lo más precioso del mundo.
En ese instante, Lilith creyó que quizá las cosas podían cambiar.
Tal vez Liam finalmente maduraría.
Tal vez se enamoraría de la familia que habían creado.
Pero se equivocaba.
Porque, aunque amaba a su hija, Liam siguió con Emma.
Y en ese momento, Lilith simplemente se rindió.
Dejó de esperar amor.
Dejó de esperar cambios.
Dejó de esperar a Liam.
Entonces pasó a vivir solo para su hija.
Sin imaginar que el destino todavía tenía planes mucho más crueles para ambos.