Todo empezó en la crueldad: el hombre que amo se casa con mi mejor amiga, y yo debo presenciarlo todo, humillada, en primera fila.
Para dejar de ser su juguete, suelto la mentira que me salva y me venga:
—Estoy comprometida con Denney Callahan.
Se burlan… hasta que él aparece, me rodea la cintura con posesión feroz, me pega a su cuerpo y declara:
—Es mi prometida. Créanlo.
La mentira se vuelve verdad. Y el juego dulce, vengativo y oscuro ha comenzado.
NOVELA EXTENSA...
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Capítulo 18: Grietas en la armadura
La luz del mediodía se filtraba tenue por las ventanas del taller de diseño, iluminando nubes de polvo que bailaban sobre mesas cubiertas de telas, patrones y lápices gastados. Lana pasó una mano sobre la seda color marfil que tenía entre las manos, buscando en la textura suave algo de calma que le devolviera el control. Desde que salió del despacho de Denney, con el corazón golpeándole las costillas y la certeza helada clavada en el pecho, no había logrado apartar de la mente la imagen de su propio nombre escrito en aquel papel, fechado mucho antes de que todo esto empezara. Él ya me estaba buscando, pensaba una y otra vez, mientras trazaba líneas que no lograba concentrar. No fui yo quien lo eligió. Él me tenía en la mira desde antes de que yo supiera que existía.
El tintineo de la campanilla sobre la puerta la sacó de su ensimismamiento. Levantó la vista esperando ver a una clienta o quizás a alguien del equipo de Denney, pero quien cruzó el umbral no llevaba traje impecable ni porte de escolta. Era James.
Su hermano mayor se detuvo un instante en el vano de la puerta, escaneando el local con mirada inquieta. Vestía una camisa de algodón desgastada y pantalones de mezclilla, sin la elegancia rígida que había empezado a rodear la vida de Lana; tenía el cabello revuelto y ojeras oscuras bajo los ojos, como si no hubiera dormido en varias noches. Al encontrar la mirada de ella, algo en su expresión se relajó y a la vez se tensó con mayor fuerza.
—Necesito hablar contigo —dijo, sin saludar, con voz grave y contenida—. A solas.
Lana asintió, sorprendida y a la vez prevenida. Le dio instrucciones breves a su asistente y salió con él a la calle, caminando en silencio hasta una pequeña cafetería de fachada discreta, a tres cuadras del taller, un lugar de mesas de madera oscura y luces tenues donde rara vez iban los conocidos de la alta sociedad. Se sentaron en el rincón más apartado, frente a frente, y el silencio que se instaló entre ellos pesaba más que cualquier palabra.
James entrelazó los dedos sobre la mesa y la miró con una intensidad dolida.
—No nos engañes, Lana —empezó, bajando la voz aunque no había nadie cerca—. Tus padres y yo… te conocemos. Sabemos lo que te costó volver a confiar. Sabemos lo que pasaste antes de Nash, y lo que él hizo después. Te costó años volver a dejar que alguien te tocara, que te abrazara, que se acercara sin que te temblara la mano. Nos costó mil noches verte reconstruirte pedazo a pedazo. No me vengas a decir que de la noche a la mañana te enamoraste perdidamente del hombre más frío, más cerrado y más peligroso de esta ciudad.
Lana sintió cómo el aire se le escapaba de los pulmones. Las palabras de James tocaron la fibra más sensible, la herida que rara vez se atrevía a nombrar en voz alta: el abuso que había sufrido años atrás, la forma en que su cuerpo y su confianza quedaron rotos, y cómo Nash, en lugar de sanarla, había usado esa fragilidad para aislarla, controlarla y hacerle sentir que no era digna de nada mejor. Nadie más que su familia sabía hasta qué punto había estado herida. Y ahora, tener que mentirles dolía más que cualquier golpe.
—No me veas así —respondió ella, retirando la mano cuando él intentó acariciársela—. No soy esa niña rota que crees que sigue escondida en la esquina de la habitación. Maduré. Cambié. Denney no es Nash. Él me respeta, me da mi lugar, me escucha. Estoy con él porque quiero. ¿Por qué les cuesta tanto aceptar que por fin encontré a alguien que está a mi nivel?
—¿A tu nivel? —repitió James, con una sonrisa amarga y los ojos brillantes de angustia—. Lana, ese hombre no tiene pasado que se conozca, ni amigos que se vean, ni debilidad que se adivine. Se mueve en círculos donde la gente no hace preguntas y desaparece sin explicación. Lo que tienes con él no es amor. Es un escudo que te pusiste para que Nash vea que no te rompió. Y te estás quemando en él.
—¡No sé de qué hablas! —exclamó ella, alzando la voz y bajándola de inmediato, mirando a su alrededor—. Tú tampoco confías en mí. Igual que todos. Creen que no puedo decidir por mí misma, que si no estoy bajo la protección de alguien me voy a desmoronar. Pues no. No soy una carga que hay que cuidar. Soy una persona que ha decidido tomar las riendas de su vida.
—Tomar las riendas o huir hacia cualquier lugar donde no tengas que mirar atrás —replicó él, poniéndose de pie lentamente, con la mandíbula tensa—. Estás jugando con fuego, Lana. Esos hombres no tienen alma. Si Callahan descubre que lo estás usando, o si esto sale mal de la forma que temo, te va a destrozar. Y por mucho que lo intentemos, no vamos a poder protegerte de alguien como él.
Lana también se levantó, con la respiración entrecortada, los ojos llenos de lágrimas que se negó a dejar caer.
—¡No necesito que me protejas! —le gritó, con la voz quebrada—. No necesito que nadie me salve. Déjame en paz, James. Es mi vida. Si me equivoco, me equivoco yo. No te metas.
James la miró un instante más, y en sus ojos no había enojo, sino un dolor profundo, como si viera a su hermana alejarse hacia un abismo del que no podía recuperarse. Dejó un billete sobre la mesa, suficiente para cubrir lo que habían pedido y más, y dio un paso hacia la puerta. Antes de salir, se giró una última vez.
—Solo te pido que recuerdes quién eres —dijo, suave pero con firmeza—. No dejes que nadie te convierta en algo que no eres, ni siquiera tú misma.
La campanilla sonó cuando cruzó el umbral. Lana se quedó sola de pie en la mesa del rincón, con las manos temblorosas y el pecho apretado por un remordimiento que le mordía por dentro. Mentirle a la prensa era fácil; mentirle a Savannah o a Nash no le costaba nada. Pero mentirle a James, al hermano que la había sostenido cuando no podía levantarse de la cama, que le había traído té y le había leído cuando las sombras la atormentaban, era una tortura que no esperaba. Se sentó de nuevo, escondiendo el rostro entre las manos, y dejó escapar un sollozo ahogado.
Cuando salió de la cafetería, la calle se le antojó demasiado ancha, demasiado ruidosa, demasiado expuesta. Caminó sin rumbo fijo unos minutos, con la cabeza baja, sintiendo cómo la presión se acumulaba desde todos los lados a la vez.
Nash y Savannah seguían acechando, sabía que no se habían rendido. Había visto el pánico en ellos la noche de la cumbre, pero también la desesperación, y la desesperación hace que la gente corra riesgos que de otro modo no se atreverían a tomar. Estaban atrapados en su propia red de secretos y chantajes, y si caían, intentarían arrastrarla a ella antes de desaparecer.
Denney… el nombre le pesaba en la lengua. El hombre que la había rescatado en la boda, que la había defendido de Nash, que la había encerrado en un reservado y le había ordenado no hacer preguntas. El hombre que tenía su nombre escrito en un expediente meses antes de que ella pronunciara el suyo. No sabía si era su aliado o su carcelero, si la protegía o la coleccionaba. Cada gesto suyo tenía dos lecturas, cada palabra ocultaba algo más profundo, más oscuro. Y ella estaba atrapada en su órbita sin saber cómo salir.
Y ahora su propia familia se alejaba, dolida por las mentiras que ella misma había construido para protegerlos. James la miraba con decepción y miedo, y eso le dolía más que cualquier amenaza externa. Había querido demostrarles que estaba bien, que era fuerte, que podía valerse por sí misma, y lo único que había logrado era hacerles sentir que la perdían.
Se detuvo frente al escaparate de una tienda de ropa, mirando su reflejo en el cristal. La mujer que la devolvía la mirada tenía el cabello desordenado, los ojos brillantes de lágrimas contenidas, la mandíbula apretada con obstinación. Ya no la reconocía. La chica que soñaba con telas y diseños, que quería llenar su vida de belleza en lugar de sombras, parecía pertenecer a otra época. Ahora llevaba un anillo que pesaba como un yugo, vivía en una casa que no sentía suya, hablaba con palabras que no siempre pensaba y se escondía detrás de una sonrisa que se le estaba agrietando.
Apretó el diamante con los dedos, sintiendo la superficie fría cortarle la piel. La farsa había dejado de ser un arma. Se había convertido en una avalancha que crecía segundo a segundo, arrastrándolo todo a su paso. Y no tenía la menor idea de cómo salir antes de que la sepultara por completo.
El viento sopló con fuerza, agitando las hojas secas de la acera. Lana se envolvió en su abrigo y echó a andar de regreso, sabiendo que no había a dónde ir que fuera seguro. No el taller, no el penthouse, no la casa de sus padres. Estaba sola en medio de todo, y la guerra apenas comenzaba.