Renata Paredes siempre ha sido la hija menos querida de su familia. Cuando el negocio de su padre queda al borde de la ruina, la obligan a aceptar un matrimonio de conveniencia con Damián Valcárcel, el frío e inalcanzable presidente del poderoso Grupo Boreal.
El acuerdo parece sencillo: mantener las apariencias, no enamorarse y cuidar de Toñito, el pequeño hijo de Damián, que está decidido a convertirle la vida en un infierno.
Pero Renata no esperaba que aquel niño rebelde fuera el primero en elegirla. Tampoco que, detrás de la indiferencia de Damián, hubiera un hombre dispuesto a protegerla cuando todos los demás le daban la espalda.
Entre secretos familiares, celos, heridas del pasado y una mujer decidida a recuperar el lugar que abandonó, Renata tendrá que luchar por el único hogar que alguna vez sintió suyo.
Él se casó con ella por un acuerdo.
El niño la llamó mamá.
Y, sin darse cuenta, los tres se convirtieron en una familia de verdad.
NovelToon tiene autorización de Ruby_Blair para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 8
Capítulo 8 — Habitaciones separadas
La Villa por dentro era todavía más grande que por fuera.
Techos altos, pisos de madera oscura que brillaban como espejos, escaleras que subían tres pisos. Todo carísimo, todo frío, todo tan perfecto que daban ganas de no tocar nada. Yo entré arrastrando mi maleta como una huésped que no sabe cuánto se va a quedar.
En el recibidor nos esperaban dos personas mayores con uniforme impecable. Un hombre de bigote canoso y espalda recta, y una mujer regordeta de delantal, con cara de pan recién horneado.
—Señora, bienvenida —dijo el hombre, e inclinó la cabeza—. Soy don Quique. Cualquier cosa que necesite, me la pide a mí.
—Doña Petra, para servirle, señora —dijo la mujer, y me sonrió de verdad.
*¿Señora? ¿A mí?*
Me quedé un segundo desarmada. Hacía tanto que nadie me decía "señora" sin una gota de burla escondida detrás, que casi no supe qué contestar.
—Gracias —murmuré—. Y no hace falta que… díganme Renata, por favor.
Doña Petra soltó una risita.
—Ay, no, señora. Aquí las cosas se hacen como corresponde.
Damián no perdió tiempo en presentaciones. Dejó a Toñito medio dormido en brazos de Anita, una muchacha jovencita que apareció de la nada, y me hizo un gesto seco para que lo siguiera hasta el pie de la escalera. Ahí, de pie, sin invitarme a sentar, me leyó las reglas de la casa como quien lee un reglamento a un empleado nuevo.
—Escúchame bien, porque no lo voy a repetir. —Metió las manos en los bolsillos—. Mi madre te habrá dicho un montón de cosas hoy. Todo lo que te diga Leonor puedes ignorarlo. No manda ella en esta casa. Lo único que aquí importa, lo único, es que cuides bien a Toñito. Esa es tu única obligación. Grábatelo.
*Mi única obligación. Ni "esposa", ni "compañera". Cuidadora. Con anillo.*
—Entendido —dije.
Sacó del bolsillo interior del saco una tarjeta y me la tendió.
—Aquí van a caerte cincuenta mil pesos al mes. —Hizo una pausa deliberada—. No son para ti. Son para los gastos del niño: sus paseos, sus antojos, lo que necesite. Vas a rendir cuentas de cada peso si te lo pido.
Tomé la tarjeta. Estaba fría, como todo lo que salía de sus manos.
—Claro —contesté, y me guardé la humillación para más tarde, junto con todas las demás del día.
Me indicaron mi cuarto en el tercer piso, junto al de Toñito, tal como había prometido en el auto. Era bonito, amplio, con una cama enorme donde iba a dormir sola. Deshice la maleta con manos cansadas y me dije que al menos, al menos, no tendría que compartir almohada con ese hombre.
Fue justo cuando salí al pasillo a buscar el baño que ocurrió.
El corredor estaba a oscuras. Di dos pasos y algo cayó del techo justo delante de mi cara, colgando, largo, ondulante.
Una serpiente.
Se me paró el corazón. Retrocedí de un salto, choqué contra la pared y me deslicé hasta el piso, hecha un ovillo en un rincón, temblando de la cabeza a los pies, con las manos sobre la cara.
—¡Toñito! —gritó una voz.
Damián. Salió de su cuarto, encendió la luz de un manotazo y ahí quedó todo al descubierto: la serpiente colgaba de un hilo de pescar amarrado a la lámpara, y arriba, asomado por la puerta de su cuarto, Toñito se reía a carcajadas de su obra maestra.
Damián arrancó la serpiente del hilo de un tirón. Abrió la ventana del pasillo y la lanzó a la noche sin decir palabra. Después le clavó al niño una mirada que le borró la risa de la cara y lo mandó a su cuarto con un solo gesto del dedo.
Yo seguía en el rincón, hecha un nudo, respirando raro. Ni siquiera podía levantarme.
Damián bajó la vista hacia mí. Se quedó un momento mirándome, como calculando algo. Después se metió al baño, abrió el grifo, volvió con un vaso de agua y me lo tendió.
—Tranquila —dijo.
Nada más. Ni un "perdón por mi hijo", ni una mano en el hombro. Solo un vaso de agua y una palabra.
Y sin embargo fue el gesto más amable que aquel hombre había tenido conmigo en toda mi vida.
Tomé el vaso con las dos manos temblorosas y bebí. El agua me devolvió el cuerpo de a poco.
—Gracias —susurré.
Él ya se estaba yendo. No contestó.
Esa noche me tocó el bautismo de fuego de verdad: bañar a Toñito por primera vez.
Doña Petra me explicó la rutina y me dejó sola con él en el baño del tercer piso. Toñito, en calzoncillos, me miraba desde la puerta con desconfianza de gato callejero.
—Vamos, a la tina —le dije, con mi mejor tono de institutriz de película.
—Tú no me mandas —replicó.
Y de atrás de la espalda, como el que saca un revólver, apareció con una pistola de agua enorme y me disparó a quemarropa. Al pecho, a la cara, al pelo. Chorro tras chorro, riéndose como un demonio en miniatura, mientras yo levantaba las manos y le rogaba tregua empapada de pies a cabeza.
—¡Toñito! ¡Toñito, ya! —Media hora después lo tenía por fin dentro de la tina, y yo parecía la que había caído al agua, con la blusa pegada al cuerpo y el rímel corriéndome—. ¿Contento?
—Mucho —dijo él, angelical.
Lo sequé, lo puse en pijama y lo metí en la cama. Creí que lo peor había pasado.
—Un cuento —exigió, tapado hasta la nariz—. Si no, no me duermo.
Le leí un cuento. Y otro. Y otro más. Quince minutos poniendo vocecitas de lobo y de princesa hasta que se le cerraron los ojos, y para cuando el niño se rindió, yo también estaba media dormida sobre el borde de su cama, con el libro cayéndoseme de las manos.
*Es un monstruo. Pero un monstruo chiquito. Y cuando duerme casi parece de este mundo.*
Ya me creía libre por hoy cuando Anita subió a avisarme:
—Señora, el señor la espera en el estudio.
El estudio de Damián era una habitación de paredes forradas de libros que seguramente no leía, con un escritorio inmenso detrás del cual él parecía todavía más lejano. Me hizo señas de que me sentara. Se recostó en su silla y me estudió como a un expediente.
—¿A qué te dedicas? —preguntó.
—Soy redactora publicitaria. En la Agencia Manantial. Llevo un año trabajando ahí.
Levantó una ceja, apenas.
—Ya no vas a necesitar eso. Renuncia. Te dedicas al niño de tiempo completo y se acabó el problema.
—No.
La palabra me salió antes de pensarla, firme, redonda.
Damián se quedó quieto.
—¿No?
—No voy a renunciar. —Junté las manos sobre la falda para que no me temblaran—. Ese trabajo lo conseguí yo, sola, sin apellido ni contactos. Cuidaré de Toñito, cumpliré con lo que me pide. Pero quiero tener mi propia carrera. Eso no se negocia.
Me miró largo. Hubo, por un segundo, algo parecido a la sorpresa en sus ojos, como si no estuviera acostumbrado a que le dijeran que no. Y enseguida esa sorpresa se convirtió en desdén, y el desdén se le curvó en los labios en una media sonrisa cruel.
—Tu propia carrera. —Me repasó de arriba abajo con la mirada, deteniéndose donde no debía—. Con ese cuerpo de estudiante de primaria que tienes, ¿y todavía lo andas presumiendo por ahí?
El calor me subió a la cara como una bofetada.
*Con que esas tenemos, señor Valcárcel.*
No le di el gusto de una respuesta. Me levanté, dije "buenas noches" con toda la frialdad que pude reunir, y salí del estudio con la cabeza en alto y las mejillas ardiendo, mientras a mi espalda lo oía volver a sus papeles como si acabara de aplastar a un mosquito.
Subí a mi cuarto que no era mi cuarto, en aquella casa que no era mi casa. Me quité la ropa todavía húmeda. Me metí en la cama enorme, sola, y a través de la pared alcancé a oír la respiración pausada de Toñito dormido en el cuarto de al lado.
Y ahí, en la oscuridad, en vez de llorar, hice cuentas.
*Me tienen por tonta. Por inútil. Por la fea de los Paredes que ni un niño puede manejar. Perfecto. Que lo sigan pensando.*
*Mañana, a primera hora, voy a la librería. Y me traigo todos los libros de crianza que encuentre. Todos. Me los aprendo de memoria si hace falta.*
*Si tengo que aprender, aprenderé. Pero nadie, óyeme bien, Damián Valcárcel, nadie me va a echar de esta casa.*