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Mía, aunque huyas

Mía, aunque huyas

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Mafia / Dominación / Elección equivocada / Esclava / Sirvienta / Romance oscuro / Completas
Popularitas:502
Nilai: 5
nombre de autor: DulceSilencio

Me llamo Marisol Quintana. Tenía diecinueve años, estudiaba Historia del Arte en la UNAM y creía que mi peor problema era un examen pendiente.
Entonces mi propio tío me vendió.
En Tierra Bruma no existe la ley. Solo existen los hombres que mandan y quienes sobreviven obedeciéndolos. Lucio Salvatierra es el más temido de todos: el Lobo, dueño de las rutas, las fronteras y los secretos capaces de destruir países.
Él no compra mujeres. No trafica con ellas. Ni siquiera debía mirarme.
Pero lo hizo.
—Esa muchacha es mía.
Lucio me arrancó de un infierno para encerrarme en otro. Me dio una habitación, reglas imposibles y una advertencia: fuera de sus dominios solo me esperaba la muerte. Yo debía obedecerlo. Agradecerle. Dejar de pensar en escapar.
El problema es que cada vez que lo desafío, él me hace rendir cuentas… y mi cuerpo traiciona todo lo que mi boca intenta negar.
Debería odiarlo por sus órdenes, por sus castigos y por esa forma de tocarme como si ya conociera cada secreto de mi piel. Pero también fue él quien salvó a mis padres, puso un arma en mis manos y me enseñó a sobrevivir entre lobos.
Cuando sus enemigos me secuestran, descubren demasiado tarde que ya no soy la muchacha indefensa que Lucio llevó a su casa.
—¡Soy la mujer del Lobo y sí sé disparar!
Entré en Tierra Bruma como una cautiva. Ahora todos se levantan cuando me ven pasar.
Lucio cree que me encerró en su mundo. Lo que todavía no entiende es que una jaula puede cerrarse desde ambos lados… y que, cuando uno de los dos termine de rodillas, no seré yo.

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Capítulo 16

Capítulo 16: La insignia en hilo de oro

Me puse los mocasines en la puerta de atrás sin hacer ruido, y las manos todavía no me obedecían del todo.

El grito de la noche anterior se me había quedado entre las costillas. "Tranquilo, tranquilo, es puro abono." Fui de todos modos: en esa casa uno acababa yendo a ver de qué estaba hecho el miedo, porque imaginarlo era peor.

El sendero de piedras de río estaba mojado de rocío. Pasé el estanque y me metí detrás de una mata de plátano cuyas hojas me pasaban la cabeza. Desde ahí se veía el invernadero entero, vidrio y hierro empañado, con una luz amarilla que no era la del sol. Y adentro, una mesa.

Una mesa larga de hierro forjado con mantel de encaje, como para un desayuno de domingo. Dos tazas rojas. Una tetera. Y en la cabecera, con la camisa de flores arremangada, Bruno, podando una rosa negra con unas tijeras de jardín.

Frente a la mesa había un hombre de rodillas, sujeto de los hombros por dos de los de negro. Tenía la mano derecha extendida sobre una maceta, y en esa mano faltaban dos dedos, y lo que goteaba de ahí caía en la tierra negra de la rosa, despacio, como de una llave mal cerrada.

Bruno le hablaba con la voz con que se le habla a un niño enfermo.

—Esas piedras son la vida de Lobo Negro. Tú lo sabes. ¿Y las tocas? —Cortó otra hoja—. ¿Cuánto te dio la Cobra? Dímelo tranquilo, sin apuro. Hay té.

El hombre dijo un número. Dijo un nombre, un lugar, un día de la semana, todo a la vez, atropellándose, y Bruno asentía como si le contaran una receta.

—Gracias. Ya ves qué fácil. —Levantó las tijeras.

Cerré los ojos. Me agarré de una hoja de plátano y la hoja se rompió en mi mano con un sonido de papel mojado, y por encima de ese sonido oí otro, corto, como cuando se parte un tallo grueso, y luego un ruido que no era grito porque le habían tapado la boca.

—Buen fósforo para mis niñas —dijo Bruno, con cariño.

Di un paso atrás. El talón me pegó en una maceta de barro, la maceta rodó por las piedras y se rompió, y en el silencio del jardín sonó como un disparo.

Adentro se quedó todo quieto.

—Sal.

Lo dijo sin levantar la voz. Salí, porque no había otra cosa que hacer, con la hoja rota todavía en el puño. Bruno vino hasta la puerta de vidrio con las tijeras colgando de la mano, con sangre hasta el mango. Me vio y la cara se le acomodó en un segundo, como quien se pone un sombrero.

—¿Viniste a ver las flores, cuñadita? Están en su mejor momento. —Sonrió con todos los dientes—. Pero todavía no es hora de visita. Vete a tu cuarto. Anda.

Cuando ya iba a media vereda lo oí darles a los de negro la orden, dos palabras nada más, "al cerro", y luego, para nadie, con la voz de un hombre que suma:

—Mi primo me despelleja.

Me metí a la cama con los mocasines puestos y la puerta cerrada con llave, y ahí me quedé, con las rodillas contra el pecho, temblando de una manera que no se parecía al frío. El listón rojo seguía en el buró. Anoche, eso en las muñecas; hoy, unas tijeras. Dos cosas que no cabían en la misma cabeza. Las metí de todos modos.

A mediodía doña Meche tocó tres veces y entró con una charola.

—Caldo de verduras, arroz, un plátano. El patrón dijo que estos días comas ligero. —Me miró la cara, y luego los mocasines mojados, y no preguntó nada—. Ándale, niña. Come.

Traía otra cosa debajo del brazo: una caja negra, laqueada, larga como para guardar un vestido. La abrió sobre la cama.

Tres vestidos iguales, doblados como se doblan las banderas. Verde de uniforme, tela gruesa que al tocarla resultó suave; cuello alto, cintura entallada, falda en A debajo de la rodilla. Nada de adornos, salvo en el pecho izquierdo: una cabeza de lobo bordada con hilo de oro viejo sobre fondo negro, del tamaño de mi palma, con el hocico levantado hacia arriba, aullando.

—Desde hoy, si quieres salir de la Casona y andar por la Base, te pones esto. Así lo dijo el patrón.

Pasé el dedo por el bordado. El hilo tenía relieve, como una cicatriz.

—Los demás… —empecé.

—Los demás traen el suyo en el brazo. —Se persignó rápido, sin mirarme, como cuando se pasa junto a una iglesia—. Come, niña.

Cuando salió, me acerqué a la ventana. Abajo, dos lobos cruzaban el patio con un parche redondo en la manga: un lobo de frente, gris, mirando al que lo miraba. El mismo lobo de frente en la puerta de la camioneta, el mismo pintado enorme en la pared de la entrada. Todos de frente. El mío no miraba a nadie. El mío tenía el hocico hacia el cielo.

* * *

En el despacho del tercer piso, Bruno terminó el informe de pie, con una mancha seca en el puño de la camisa que no se había molestado en cambiar.

—La Cobra anda preguntando. Quién entra, quién sale, cuánto se mueve por el sur. Le pagó a este idiota tres meses de sueldo por un plano de las rutas.

—Que no le llegue el olor a la Fénix —dijo Lucio, sin levantar la vista del papel.

—Todavía no. —Bruno se rascó la nuca—. ¿Y la cuñadita? ¿No se asustó?

Lucio dejó la pluma. La había oído en la madrugada, por el monitor, decir entre sueños "no me mates, no vi nada", tres veces. Y esa mañana la había visto volver por la cámara del pasillo, con las rodillas dobladas, y cerrar la puerta con llave.

—Lleva gente al jardín —dijo— y tira tu invernadero.

Bruno se quedó con la boca abierta.

—Primo. Esas rosas vienen de Ecuador. En avión. Con tierra de allá. —Se le fue la sonrisa por primera vez en la mañana—. Es mi templo del arte, Lucio.

—Para interrogar hay celdas. —Lucio giró el anillo con el pulgar—. Mi jardín es para peces y flores. Eso es la casa. No me la ensucies.

Teo, junto a la puerta, habló por primera vez.

—Con explosivos son diez minutos, patrón.

—¡No! —Bruno levantó las dos manos—. Yo lo tiro. Yo. Con mis hombres. —Fue hacia la puerta, y ahí se detuvo, y lo miró como no lo miraba nadie en la Bruma—. Has cambiado, primo. Por una mujer. No tienes corazón.

Lucio le aventó la pluma. Bruno cerró la puerta antes de que llegara.

* * *

La primera explosión me tiró la cuchara de la mano.

Fue una sola, seca, que hizo vibrar el vidrio, y después un ruido largo de metal cayendo sobre metal. Doña Meche entró sin tocar.

—El invernadero. Lo están tirando, los de obras y don Bruno. —Se encogió de hombros—. El patrón nunca necesita razones, niña. No te asustes.

Me asusté de una manera que no pude explicarle. Yo había visto lo que había en ese invernadero, y ahora ese invernadero no iba a existir. Lo que se vio y no debía verse, se tira. Con más razón si es una persona.

Afuera, entre el ruido de las máquinas, se oía a Bruno gritar:

—¡Mis negras! ¡Con cuidado! ¡La raíz no, la raíz no!

Me puse el vestido a las tres. Me quedaba como si me lo hubieran cosido encima; el cuello alto me obligaba a levantar la cara. Me recogí el pelo con el pasador de madera, el de los dos rubíes en los ojos del pájaro, y en el espejo del baño no fui yo la que me miró de vuelta. Fue alguien con un lobo en el pecho.

La puerta se abrió sin que nadie tocara.

Él entró con la camisa negra remangada y polvo en las botas, y se detuvo a dos pasos de mí. Me miró de arriba abajo, una sola vez, despacio.

—Te queda.

Puso el dedo sobre el bordado. Recorrió el contorno del lobo con la yema, del hocico a la nuca, como quien revisa que un sello haya quedado bien impreso. Después me enderezó el cuello del vestido, que ya estaba derecho, y me apretó la mejilla entre el pulgar y el índice.

—Vamos.

Me tendió la mano. La tomé, porque me la tendía.

En la puerta de la Casona estaba Bruno, y no parecía Bruno. Tenía la camisa de flores gris de polvo, el pelo blanco de cal, una raya de tierra en la mejilla. Junto a él, cuatro macetas tapadas con una lona.

—Hasta los cimientos, primo —dijo, con la voz muerta—. Ya no hay invern…

Me vio. Vio el hilo de oro, el lobo con el hocico arriba. Y dijo una palabra que doña Meche me habría prohibido repetir.

—¿Qué? —Se me apretó el estómago—. ¿Qué tiene?

Bruno se pasó la mano por la cara, y se dejó otra raya.

—¿Sabes qué es eso? No, no sabes. —Señaló mi pecho con la barbilla—. Gris, de frente: lobo de a pie, soldado. Blanco y negro, de frente: jefe de escuadra. Negro entero, de frente: los de arriba, el Chacal, yo. —Se tocó el brazo, donde no traía nada—. Y el otro. Fondo negro, hilo de oro, aullando. Ese es uno solo. Es el del patrón. —Tragó saliva—. La insignia es el patrón. Esto es entrar al escudo de la casa, cuñada. Al árbol.

Se sacudió el polvo del pecho con dos manotazos, sin lograr nada, y me hizo una reverencia. No de broma. Desde la cintura, con la cabeza abajo.

—Cuñada.

Yo empecé a doblarme también, porque no sabía qué otra cosa se hace cuando alguien se inclina frente a uno. Una mano me tomó del codo y me sostuvo derecha.

—Recíbelo —dijo Lucio.

Lo recibí. No supe cómo. Me quedé con la espalda recta mientras un hombre con sangre seca en el puño de la camisa se inclinaba ante mí, y pensé que en ese lugar nada iba a ser nunca lo que parecía.

Manejó él, sin escolta. Cruzamos la zona de las casas, donde la gente se ponía la mano en el pecho al ver la camioneta; el campo de entrenamiento, donde una fila de hombres con costales se detuvo en seco; y llegamos a una barda gris sin ventanas. Dos guardias saludaron, y una puerta de medio metro de grueso se abrió hacia adentro sin ruido. Bajamos por una rampa hasta un vestíbulo de concreto, frío, con luz de hospital.

Ahí había gente. Doce hombres de uniforme verde, y al frente uno que no cabía en la palabra hombre: pelón, ancho como una puerta, con el cuello más grueso que mi cintura. El Chacal. El del paseo con Anya. El de la lámpara.

Lucio bajó, dio la vuelta y me abrió la puerta.

Vi al Chacal ver eso. Vi cómo se le cambiaba la cara, no a enojo, a algo anterior al enojo: el jefe abriendo una puerta. Y después me vio bajar con el vestido verde, y sus ojos se fueron al pecho izquierdo, y ahí se quedaron, y el hombre entero se puso de piedra.

Le vi la mandíbula moverse, como si masticara algo que no quería tragar. Y luego dio media vuelta hacia sus hombres.

—¡Firmes!

Doce pares de botas sonaron a la vez. Doce manos al pecho. Y el Chacal, de cara a mí, también, con la mano abierta sobre el corazón y la mirada clavada en un punto de la pared detrás de mi cabeza.

Me pegué a Lucio. No lo decidí; el cuerpo se me fue solo hacia lo único que conocía en ese vestíbulo. Él me puso la mano en la espalda baja y me empujó, apenas, hacia adelante.

—Buenas tardes —dije, y me doblé un poco, torcida, como quien no sabe.

Nadie contestó. Nadie tenía permiso.

—¿Ya terminaron? —preguntó Lucio.

No era una pregunta. El Chacal lo entendió antes que yo.

—Sí, jefe. Ya nos vamos.

Se fueron por un pasillo lateral, en fila, sin mirar atrás. El Chacal fue el último, y en la puerta se detuvo medio segundo, y no volteó.

Cuando el último par de botas dejó de oírse, se lo dije. Me salió solo, pegada a su brazo, en voz baja, como una niña que le cuenta a su papá lo que le hicieron en el recreo.

—Ese señor… el día que la doctora me llevó a pasear… me dijo que yo era espía. Que si lo traicionaba a usted me iba a… —Tragué—. Que iba a hacer una lámpara conmigo.

Lucio no se conmovió. Me tomó de la nuca y me hizo levantar la cara.

—¿Y quién te manda andar con otros cuando yo no estoy?

Abrí la boca. La cerré.

—El Chacal es mi cuchillo. El más leal que tengo. —Me soltó—. Desconfía de todo lo que se me acerca. Es su trabajo. —Miró hacia el pasillo por donde se habían ido—. De hoy en adelante, cuando te vea, va a saber qué hacer con las manos.

Sacó del bolsillo un control del tamaño de un encendedor, y lo apretó.

La oscuridad del fondo del vestíbulo se encendió de golpe. No era un fondo. Era un pasillo, y detrás otro, y anaqueles de acero, y cajas, y vitrinas, y más luz, hasta donde se me acababan los ojos, todo blanco, todo frío, todo en silencio, como el interior de una montaña que alguien hubiera vaciado para llenarla de cosas.

Lucio me puso la mano en la espalda otra vez.

—Esto también es mío —dijo—. Y tú también. Camina.

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