La noche en que Amelia Cruz descubre a su prometido en brazos de su propia hermana, decide que no volverá a permitir que nadie la humille.
En el aeropuerto se acerca a un desconocido alto, serio y vestido con uniforme militar.
—Disculpa, ¿necesitas novia?
Adrián Guerrero la observa durante unos segundos antes de responder:
—Novia no. Pero necesito una esposa.
Así comienza un matrimonio entre dos desconocidos. Amelia cree que Adrián es un exmilitar recién retirado, sin fortuna ni un lugar al cual regresar. Él le ofrece respeto, protección y una vida tranquila; ella le promete un hogar mientras ambos deciden qué hacer con su futuro.
Sin embargo, el hombre frío y disciplinado que duerme a su lado empieza a tratarla como si fuera lo más importante de su vida. Cocina para ella, la espera cada noche y aparece siempre que alguien intenta hacerle daño. Ante todos los demás conserva la dureza de un antiguo oficial de las fuerzas especiales; solo con Amelia baja la guardia.
Lo que ella no sabe es que Adrián nunca ha sido un hombre sin dinero. Es el heredero del Grupo Guerrero, una de las familias más poderosas del país, y regresó del ejército para ocupar el lugar que le corresponde.
Amelia pensó que aquel matrimonio sería su forma de escapar de una traición. Nunca imaginó que terminaría enamorándose de su esposo… ni que descubrir su verdadera identidad pondría a prueba el único amor en el que había vuelto a creer.
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Capítulo 12
Capítulo 12 — Bofetada tras bofetada
Adrián tomó el estuche y lo abrió. Adentro había una pulsera. La sacó, tomó la mano izquierda de Amelia y se la colocó.
—Ame, ¿te gusta?
Amelia asintió con una sonrisa, acariciando la pieza. El diseño era realmente precioso; le encantó. Aunque nunca se había fijado en cómo era el último modelo de la marca G, ni sabía si aquella era auténtica.
Pero al verla, a Cintia se le fue el color de la cara al instante. Como diseñadora de joyas, sabía perfectamente qué aspecto tenía el modelo más reciente de la marca G. No podía creer que aquel soldado muerto de hambre hubiera logrado que se la trajeran.
Bruno tampoco entendía por qué esa gente con uniforme de la marca G trataba a Adrián con tanta reverencia.
Adrián posó su mirada gélida en los dos, pálidos, y dijo con voz grave:
—Ya hice traer la pulsera. ¿Tienen algo más que decir?
Cintia, sin resignarse, soltó con desdén:
—¿Y cómo sé yo que es auténtica? A lo mejor contrataste a esta gente para montar la escena.
Adrián no respondió; solo miró al hombre de unos cuarenta años. Este captó la indirecta al instante, abrió una carpeta que traía consigo y la extendió ante Cintia y Bruno.
—Este es el certificado de cada una de nuestras piezas de la marca G. Si tienen dudas sobre la autenticidad del producto, pueden verificarlo cuando gusten.
Cintia clavó la vista en el sello rojo del certificado y cerró los puños con fuerza. Sabía que en el rubro de la joyería ese sello representaba autoridad; un certificado falso jamás podría llevarlo. Así que la pulsera era real. Bruno ni siquiera lograba reservarla, y a Adrián le bastaba una llamada para que se la trajeran.
Cintia entrecerró los ojos, fija en él. ¿Quién demonios era ese hombre?
Al ver cómo lo observaba Cintia, Amelia frunció apenas el ceño, se adelantó un paso y se plantó delante de Adrián, tapándolo.
—Cintia, el que apuesta y pierde, paga. Ya viste la pulsera. ¿No deberías disculparte?
—Amelia, tú… —Cintia, furiosa, estuvo a punto de arrojar la bolsa que llevaba en la mano.
Bruno la sujetó de inmediato. Con tanta gente mirando, no quería agrandar el escándalo y quedar aún más en ridículo. Miró a Amelia y a Adrián y dijo en voz baja:
—Ame, perdón.
Luego tironeó a Cintia para que también se disculpara.
Cintia miró la expresión serena de Amelia y, a regañadientes, masculló:
—Perdón.
Y dio media vuelta, pateando el suelo, dispuesta a irse.
—Un momento —la detuvo Adrián con voz grave.
Cintia apretó las muelas.
—Ya me disculpé.
Adrián le ordenó al hombre de mediana edad:
—De ahora en adelante, que estos dos no vuelvan a entrar a este centro comercial.
—Entendido, señor Guerrero —asintió el hombre enseguida.
Cintia se volvió, ofendida, hacia Bruno.
—Bruno, se están pasando. ¿Con qué derecho nos prohíben entrar?
Bruno, para entonces, sentía que no solo le habían dado una bofetada tras otra, sino que además lo habían humillado. Rojo de rabia, dijo:
—Amelia, ¿de verdad necesitan llegar tan lejos?
Amelia soltó una risa fría.
—Bruno, dime: si hubiéramos perdido nosotros, ¿nos habrían dejado en paz?
Bruno se quedó sin palabras.
El hombre les hizo una seña a los guardias que traía detrás.
—Acompañen a estos dos a la salida.
Los guardias avanzaron de inmediato. Bruno los detuvo con un gesto.
—Nosotros nos vamos solos.
Y se llevó a Cintia, alejándose a grandes pasos.
Detrás de ellos sonó la voz de Amelia:
—Bruno, te queda un día para devolverme el dinero.
Bruno detuvo el paso un instante y aceleró para irse cuanto antes.
—Señor Guerrero, ¿alguna otra indicación? —preguntó el hombre, respetuoso, al ver que los dos se habían marchado.
—Nada más. Vayan a lo suyo —dijo Adrián con calma.
Cuando todos se fueron, Amelia observó al hombre a su lado, los ojos llenos de perplejidad.
—Adrián, ¿quién eres en realidad? ¿Cómo lograste que gente de la marca G viniera en persona a traer la pulsera?
Adrián carraspeó y dijo en voz baja:
—Solo soy un soldado retirado. Lo que pasa es que hace tiempo le hice un favor al encargado de la marca G, y esta vez me devolvió el gesto.
—¿Así de simple? —Amelia seguía sin creerlo; le parecía demasiada coincidencia.
Adrián asintió con toda tranquilidad.
—De verdad. Si no me crees, volvemos a preguntarle a aquel hombre.
Menos mal que por teléfono le había ordenado a Emilio que le indicara a todos que mantuvieran en secreto su identidad.
Como Adrián lo decía muy serio y no parecía mentir, y además esa gente les había hecho el favor de humillar a Cintia, Amelia no quiso incomodarlos más. Se quitó la pulsera y la devolvió al estuche.
—Entonces devuélvesela a su dueño.
Debía de valer un dineral.
—¿No te gusta? —preguntó Adrián.
Amelia apretó los labios.
—Sí, pero ¿no era prestada para la actuación?
Adrián sacó de nuevo la pulsera y volvió a ponérsela en la muñeca.
—Si te gusta, quédatela. Considérala mi regalo de bodas.
—Esto no es barato, ¿verdad? Recién conseguiste trabajo, ¿de dónde vas a sacar tanto dinero? —Amelia no era vanidosa; creía en hacer solo lo que las propias fuerzas alcanzaban.
Adrián sintió que su imagen ante Amelia se volvía cada vez más pobre. Sin remedio, buscó una excusa.
—Ame, no estoy tan en la ruina como para no poder regalarle nada a mi propia esposa. La pulsera es cara, sí, pero el encargado de la marca me hizo un buen descuento, así que ya no lo es tanto.
Al oír lo del descuento, Amelia se tranquilizó bastante. La pulsera le gustaba de verdad, y rechazarla habría parecido remilgado; además, temía herir el orgullo del hombre. Ya le devolvería el gesto más adelante, cuando viera algo apropiado para Adrián.
Con eso en mente, alzó la vista hacia él y sonrió.
—Bueno, entonces la acepto. Gracias.
Al ver que Amelia no seguía indagando, Adrián respiró aliviado.
—Vamos a casa.
...
Los dos regresaron a los departamentos de la Colina. Amelia le pasó a Adrián los artículos recién comprados para que los ordenara y ella entró a la cocina a cocinar.
Adrián llevó las cosas al cuarto de huéspedes. La habitación era pequeña; para él, casi un cuchitril. Los muebles eran mínimos: una cama con un colchón todavía envuelto en plástico y un escritorio. Se notaba que nadie había vivido ahí en mucho tiempo. Pero tras sus años en el ejército, no era exigente con el lugar donde dormir.
Empezó a quitarle el plástico al colchón. De pronto oyó unos pasos leves a su espalda. Se giró de golpe y chocó con Amelia, que acababa de acercarse. Ella perdió el equilibrio y, a punto de caer, se aferró por instinto a la ropa del hombre. Al ver eso, Adrián reaccionó rápido: le rodeó la cintura con el brazo y la atrajo hacia su pecho.
El tiempo pareció detenerse unos segundos. Amelia se quedó paralizada. El abrazo del hombre era firme y cálido; a través de la ropa oyó los latidos fuertes de Adrián, que, sin razón, la hacían sentir segura, casi hechizada. Por un instante, tuvo el impulso de quedarse recostada para siempre en ese abrazo.
Hasta que, sobre su cabeza, sonó la voz grave de él.
—Perdón. ¿Te asusté?
En el ejército, uno de sus entrenamientos había sido el del oído; era muy sensible a los sonidos.