Isabela es vendida en matrimonio por su padre, al rey de los dragones, luego de qué su reino cayera en una profunda ruina. Su pueblo se moría de hambre y de frio, así que a la princesa del norte deberá elegir entre traicionar todo lo que conoce, o entregarse al hombre que la compró y salvar a su pueblo de la extinción.
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Capítulo 7
El corazón de Isabela dio un vuelco en el pecho, pero mantuvo el rostro impasible. Alzó la barbilla, adoptando la postura más digna que su orgullo le permitía, y salió al pasillo flanqueada por el guardia.
Los pasillos de Asgardia parecían interminables a esa hora. Las antorchas de fuego eterno proyectaban sombras alargadas sobre los muros de piedra volcánica, y el murmullo lejano de voces graves y risas ásperas indicaba que el Gran Salón ya estaba lleno. Cuando las enormes puertas de hierro y roble se abrieron ante ella, el ruido cesó de golpe.
Cientos de ojos —guerreros fornidos, caudillos con cicatrices de guerra y mujeres ataviadas con pieles y metales— se volvieron hacia la entrada. El silencio que cayó sobre la sala fue absoluto y pesado, cargado de una curiosidad voraz.
Al fondo de la estancia, sobre una plataforma elevada de piedra negra, se alzaba el trono del rey. Malakor estaba sentado allí, desprovisto de su capa de batalla pero luciendo el torso desnudo y marcado por runas, con una copa de vino oscuro en la mano. Su mirada ámbar se clavó en Isabela en el preciso instante en que cruzó el umbral, recorriéndola de arriba a abajo con una intensidad abrasadora al ver cómo le sentaban las ropas del imperio.
—Miren nada más... —la voz profunda de Malakor retumbó en las paredes de piedra, rompiendo la tensión del ambiente con un tono de oscura diversión—. El hielo del norte por fin se ha vestido de fuego.
Un par de murmullos aprobatorios resonaron entre los guerreros, pero a pocos asientos de distancia, sentada en una posición privilegiada junto al trono, Yanara la fulminaba con la mirada, apretando los dientes con tanta fuerza que los nudillos se le volvían blancos.
Malakor se puso de pie con una lentitud imponente, descendiendo los escalones de la tarima uno a uno hasta detenerse a pocos pasos de ella. El calor que emanaba de su cuerpo era casi palpable.
—Espero que el viaje no haya sido demasiado duro para la delicada princesa —murmuró Malakor, lo suficientemente alto para que todos lo escucharan, aunque su tono guardaba una burla íntima exclusiva para ella—. Porque la verdadera prueba apenas va a comenzar.
Isabela sostuvo su mirada sin parpadear, sintiendo cómo el aire se volvía denso a su alrededor. No iba a mostrar debilidad ante su captor ni ante los lobos que la rodeaban.
—El viaje fue largo, rey Malakor —respondió Isabela con voz clara, desafiante y firme, logrando que su eco resonara en todo el salón—. Pero no te preocupes. Estoy acostumbrada a sobrevivir entre bestias.
El golpe de sus palabras cayó sobre el Gran Salón como una chispa en un barril de pólvora.
Los guerreros de Asgardia contuvieron el aliento. En un imperio construido sobre la lealtad ciega y el miedo al poder de su rey, nadie —absolutamente nadie— se atrevía a llamar "bestias" a los suyos en su propia casa, y mucho menos mirándolo a los ojos con semejante desafío. Las manos de algunos guardias se cerraron por instinto sobre las empuñaduras de sus espadas, esperando la orden de ejecución.
Malakor se quedó completamente inmóvil. Su respiración era el único sonido audible en el inmenso salón de piedra.
Los ojos ámbar del rey dragón se estrecharon, fijos en el rostro de Isabela con una intensidad que habría hecho temblar al más valiente de los caballeros del sur. Por un segundo, la tensión fue tan densa que se podía cortar con un cuchillo. Yanara, sentada a pocos metros, esbozó una sonrisa sádica y triunfante, sabiendo que la princesa acababa de cavar su propia tumba.
Sin embargo, lo que hizo Malakor desafió todas las expectativas.
De repente, una comisura de sus labios se curvó hacia arriba. El gruñido sordo que vibraba en su garganta se transformó en una carcajada seca y profunda que resonó en las paredes de piedra, rompiendo la tensión como un trueno repentino.
—¿Bestias? —repitió Malakor saboreando la palabra, con una mezcla de peligro y fascinación pura brillando en su mirada—. Tienes agallas, princesa. Mucho cuidado con lo que deseas despertar; las bestias del sur no conocen la compasión, y devoran a los corderos que olvidan su lugar.
Isabela no se achicó. Alzó aún más la barbilla, negándose a ceder ni un solo centímetro de su dignidad.
—Un cordero no sobrevive al invierno de Valaria, Malakor —respondió, omitiendo deliberadamente su título para dejar claro que no le temía—. Aprendí a pelear contra la muerte antes de aprender a inclinarme ante un rey.
Un murmullo de asombro recorrió las largas mesas de los comensales. Los guerreros, lejos de escandalizarse por la insolencia, comenzaron a golpear rítmicamente las copas y las empuñaduras contra las mesas de madera. En Asgardia no se respetaba la debilidad ni la sumisión mansa; se respetaba el fuego, y la princesa del norte acababa de demostrar que tenía brasas ardiendo en las venas.
Malakor la miró con una fijeza animal, disfrutando del desafío de forma casi morbosa. Dio un paso más hacia ella, acortando la distancia hasta que el calor abrasador de su cuerpo envolvió a Isabela.
—Eso lo veremos, fiera del norte —susurró él, lo suficientemente cerca para que solo ella pudiera escuchar el tono oscuro y posesivo de su voz—. Pero las guerras no se ganan solo con palabras en un banquete.
Sin previo aviso, Malakor le tomó de la muñeca con firmeza —sin lastimarla, pero con una posesividad inapelable— y la guio a través del pasillo central entre las mesas, obligándola a caminar a su lado hasta llegar a la tarima principal.
Ignorando el asiento que pertenecía a su corte o la mirada furiosa de Yanara, el rey la sentó a su lado, justo a la derecha de su trono, colocándola en el centro de todas las miradas del imperio.
—Sirvan la comida y el vino —ordenó Malakor con una voz tronante que devolvió el bullicio al salón, aunque nadie se atrevía a apartar los ojos de la nueva reina—. Hoy celebramos la alianza que congeló el norte... y el día en que el fuego encontró a su rival.