Aurora Medina llega a la capital con una misión: domar al grupo más rebelde del exclusivo Colegio Altamira, un aula de hijos de millonarios que ya hizo renunciar a cinco tutores. Lo que no imagina es que, detrás de esos dos gemelos insoportables que le declaran la guerra, se esconde el hombre que le rompió el corazón doce años atrás… justo antes de llegar al altar.
Alejandro Bustamante lo tiene todo: dinero, poder y una frialdad que congela salas de juntas. Todo, menos a la única mujer que amó. Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos, él está dispuesto a usar cualquier arma para reconquistarla. Incluso a sus propios hijos.
Pero entre ellos hay una herida vieja, una verdad enterrada y una mentira que destruyó dos vidas. Y mientras el hielo empieza a derretirse, no todos quieren ver a Aurora convertida en la nueva señora Bustamante…
¿Podrá Aurora perdonar el pasado y aceptar el lugar que el destino le tenía reservado: el de madre de los hijos del hombre al que juró no volver a amar?
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Capítulo 1
Aquella mañana, una sola hoja con el membrete oficial de la Secretaría de Educación cambió el rumbo de la vida de Aurora Medina. La orden de traslado llegó de golpe: la trasladaba de una escuela perdida en el campo a uno de los colegios de secundaria más exclusivos de la capital. Lejos de asustarla, la sangre joven de Aurora hirvió de entusiasmo. Los años de servicio impecable en el pueblo la habían dejado sedienta de nuevos desafíos, y la gran ciudad, con toda su magnificencia, era un escenario nuevo listo para conquistarlo.
Sin embargo, detrás del brillo de su carrera —y sobre todo desde que, un mes atrás, la habían nombrado maestra de planta del sistema público con una calificación envidiable— su vida amorosa seguía en punto muerto. Ya en plena madurez, Aurora se aferraba a su soltería. En el pueblo, sus padres estaban hartos de intentar emparejarla con hombres de buena posición, y hasta el alcalde guardaba la esperanza de que algún día aceptara su propuesta. Pero para ella esa puerta estaba cerrada con doble llave. La traición de su primer amor, justo al borde del altar, le había dejado una herida tan honda que ya no creía en esa criatura llamada hombre. Su verdadera felicidad estaba en la sonrisa de sus alumnos, no en las promesas dulces de nadie.
Al día siguiente empezó la aventura. Como mujer completamente ajena a la selva de concreto de la metrópoli, Aurora aún no se atrevía a manejar su propia moto, así que una aplicación de mototaxi se convirtió en su tabla de salvación.
Casi una hora estuvo dando tumbos en la parte trasera de la moto, abriéndose paso entre un tráfico que ponía a prueba la paciencia de cualquiera. Cuando por fin se detuvieron frente a un portón imponente con el nombre de Colegio Altamira, Aurora se quedó paralizada. El edificio se alzaba majestuoso, refugio de los hijos de altos funcionarios y empresarios de primera línea. Un colegio que, según decían, andaba escaso de maestros firmes pero de corazón sincero.
Bajó de la moto y se acomodó la blusa y la falda del uniforme, un poco arrugadas por el viaje. Soltó el aire despacio y juntó las manos a la altura del pecho.
Dios mío… guía mis pasos en este lugar. Haz de mí una luz para ellos, susurró para sus adentros, como quien reza.
Al parecer, su llegada estaba prevista. En cuanto cruzó la caseta de vigilancia, la recibió un empleado de administración llamado Rubén. Aquel hombre corpulento, al que sus compañeros solían llamar "el solterón", ensanchó la sonrisa apenas la vio. Rubén sintió que le había caído la lotería al tocarle acompañar a una maestra nueva que, para colmo, tenía un rostro bellísimo y elegante.
—Venga, profesora Aurora, la llevo directo a la oficina del director. Ah, y permítame: soy Rubén, de administración —dijo, endulzando la voz a propósito mientras le abría camino.
—Muchas gracias, señor Rubén. Le agradezco la ayuda, todavía estoy muy nueva en la ciudad —respondió Aurora con amabilidad y una sonrisa profesional que le hizo latir el corazón al doble.
Sus pasos resonaron por el corredor limpio y con aire acondicionado. Al llegar frente a una sólida puerta de madera con el letrero de la Dirección, a Aurora la asaltaron los nervios. Sus dedos apretaron la correa del bolso.
Toc, toc, toc.
Rubén golpeó la puerta con aplomo. No tardó en contestar desde dentro una voz grave y con autoridad.
—¡Adelante!
Rubén abrió y le cedió el paso primero. Detrás de un amplio escritorio, un hombre maduro, imponente y con un magnetismo de líder se puso de pie de inmediato. Los recibió con una sonrisa cálida y tranquilizadora, y extendió la mano.
—Usted debe de ser la profesora Aurora Medina, ¿verdad? —preguntó el director, con un tono de lo más cordial.
Aurora le estrechó la mano conteniendo la sonrisa, tratando de disimular los nervios.
—Así es, señor.
—Permítame presentarme: Ricardo Ledesma, director del Colegio Altamira. Bienvenida, profesora. Ojalá se sienta a gusto y le dé un color nuevo a la educación de nuestros muchachos. Tome asiento, por favor.
—Gracias, don Ricardo —contestó ella mientras se acomodaba en un mullido sillón de cuero.
El director dirigió entonces la mirada al empleado de administración, que seguía plantado junto a la puerta, contemplando a Aurora con una admiración que no se le borraba de la cara.
—Y a usted, Rubén, muchas gracias por cumplir tan bien con su tarea. Ya puede volver a su oficina —dijo don Ricardo con firmeza, acompañando las palabras con un guiño elocuente para que se marchara de una vez y no interrumpiera la privacidad de la reunión.
Rubén dio un respingo. Suspiró largamente, con evidente pesar por tener que poner fin tan pronto a aquel momento glorioso junto a la nueva maestra.
—Como diga, don Ricardo. Con permiso. Profesora Aurora… —se despidió sin ganas, y salió arrastrando los pies, dejándola lista para empezar un nuevo capítulo de su vida.
En el frescor del despacho, don Ricardo repasó unos papeles antes de volver a mirarla con una sonrisa difícil de descifrar.
—Muy bien, profesora Aurora. Según la resolución, usted impartirá Matemáticas. Además, el colegio ha decidido nombrarla de inmediato tutora del grupo, en sustitución de la anterior, que renunció de repente —explicó, escogiendo cada palabra con mucho cuidado.
La noticia sembró una gran pregunta en la cabeza de Aurora. ¿Renunció? ¿Qué habría llevado a la tutora anterior a tomar una decisión tan drástica a mitad de semestre? Pero antes de que alcanzara a expresar su desconcierto, don Ricardo ya se había levantado de su butaca.
—En fin, profesora… Enseguida pasará a dar clase al 1.º C. La acompaño. Y… le ruego que tenga un poco de paciencia con los chicos de ahí —dijo, encaminándose hacia la puerta.
Aquel consejo no hizo más que avivar su curiosidad. Aurora asintió con decisión, impaciente ya por conocer el 1.º C y ver con sus propios ojos aquel campo de batalla.
Don Ricardo iba delante, marcando el camino. En el fondo, el director se sentía muy culpable. Le daba lástima colocar a una maestra de aspecto tan dulce, bella y bondadosa como Aurora en un grupo capaz de hacerle perder la paciencia a cualquiera. ¿Cómo no iba a sentirse así? Solo en ese semestre, ya eran cinco los tutores que habían renunciado uno tras otro, incapaces de aguantar unas travesuras que habían pasado de castaño oscuro.
Mientras Aurora y don Ricardo recorrían el pasillo rumbo al aula, algunos profesores que se cruzaban con ellos miraban a la recién llegada con una compasión evidente. Incluso se detenían un instante, se llevaban la mano al pecho y cuchicheaban por lo bajo.
—Ojalá esta vez la maestra nueva aguante con ellos —murmuró una profesora que acababa de salir de la sala de docentes, siguiendo con la vista, inquieta, la espalda de Aurora.
Aurora apretó contra el pecho el libro de Matemáticas. El ambiente del corredor se había vuelto de pronto sofocante.
En cuanto llegaron a la puerta del 1.º C, don Ricardo se detuvo, respiró hondo y giró el picaporte. Pero justo cuando la puerta de madera se abría…
¡Fiu!
¡Pum!
Un borrador de pizarra cargado de polvo de tiza salió volando desde el interior, cruzó el umbral y estuvo a punto de estamparse en la cara del director, que por puro reflejo echó la cabeza atrás. Una nube blanca quedó suspendida un segundo en el aire.
El bullicio del aula, hasta entonces digno de una feria, se apagó de golpe. Al darse cuenta de que habían estado a punto de descalabrar al hombre número uno del colegio, los alumnos corrieron a toda prisa a sus pupitres. Se sentaron muy derechos, aunque seguían cuchicheando y escondiendo risitas detrás de los cuadernos.
Aurora, que lo había presenciado todo, tragó saliva a duras penas. El corazón se le desbocó. A su lado, don Ricardo dejó escapar un suspiro pesado, luchando con todas sus fuerzas por mantener la calma ante semejante comportamiento.
En la última fila, un adolescente con la camisa por fuera y la corbata aflojada a propósito se reía a carcajadas, sin la menor sombra de culpa. Era Mateo, el cabecilla de aquel grupo de desbocados.
—¡Ey, fallaste el tiro! ¡A quien tenías que darle era a la tutora nueva, no al director! —gritó Mateo a un compañero del otro lado del aula, desatando las risitas de los demás. A su lado, una niña de rostro asombrosamente parecido al suyo —Martina— se limitaba a mirar a Aurora de brazos cruzados, con desdén.
Cuando don Ricardo y Aurora por fin entraron, el panorama era desolador. El aula estaba hecha un desastre: papeles regados por el suelo, pupitres y sillas fuera de lugar, y garabatos traviesos por todos los rincones de la pizarra.
Aurora se detuvo junto a la mesa del profesor. Respiró hondo y se llevó despacio una mano al pecho para calmar la tormenta que rugía dentro.
Aurora, esta es la guerra de verdad. Elegiste ser maestra, y tienes que poder con estos niños malcriados, se dio ánimos, sosteniendo la mirada de aquel par de ojos gemelos que en ese momento la desafiaban.
Continuará…