A los cuarenta, Regina Ávalos descubre dos verdades en el mismo día: ella nunca fue estéril y su marido lleva años engañándola.
Después de trece años sosteniendo su empresa, cuidando a su familia y soportando que la culpen por no darles un heredero, Regina firma el divorcio, recupera su fortuna y se promete una cosa: jamás volverá a vivir para complacer a nadie.
Entonces aparece Leonardo Mendívil.
Es el heredero más codiciado de México, diez años menor que ella, su nuevo vecino y el hombre que lleva trece cumpleaños enviándole gardenias en secreto. Leo no quiere una esposa dócil ni una mujer decorativa. La quiere a ella: madura, libre, peligrosa y dueña de cada cicatriz que otro hombre no supo mirar.
Y cuando Regina decide abrirle la puerta, descubre que el joven magnate no ama a medias… ni deja un deseo sin cumplir.
Pero empezar de nuevo tiene un precio. Su ex quiere recuperar lo que perdió, una red criminal amenaza el negocio que Regina levantó con sus propias manos y la poderosa familia de Leo exige una boda que ella no piensa aceptar.
Entre escándalos, traiciones y una maternidad elegida bajo sus propias reglas, Regina tendrá que decidir si puede entregarle el corazón a un hombre sin volver a entregar su libertad.
Porque a los cuarenta no está acabada.
A los cuarenta apenas comienza.
Y el hombre diez años menor que ella está dispuesto a demostrarle que una reina no tiene edad, pero sí merece a alguien que sepa adorarla.
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Capítulo 19
Capítulo 19. Calladita no me veo más bonita
El plato golpeó la madera y todos se quedaron quietos. Me levanté, di la vuelta a la mesa y le tapé a Sofía las orejas con las dos manos, despacio, para que la niña no oyera una palabra más.
—Fabiola, llévate a la niña a la cocina —dije, sin quitarle los ojos a mi madre—. Esto no es para ella.
Fabiola se la llevó cargando. Y cuando la puerta se cerró, solté cuarenta años de una sola vez.
—Se acabó, mamá. Se acabó que en esta casa se le diga a una niña de siete años que sobra por haber nacido mujer. Se acabó. A mí me lo dijiste toda la vida y me lo tragué, pero a Sofía no te la voy a dejar arruinar como me arruinaste a mí de chica, contándome que valía menos que un hermano que ni existió, dándome caldo mientras a los demás les tocaba la carne. ¿Te acuerdas del caldo, mamá? Yo sí. Me acuerdo perfecto.
—Estás loca —escupió—. Yo te crie, yo te di de comer…
—Me diste el caldo y te quedaste la carne, eso me diste. —La voz me salía firme, sin temblar, y yo misma me asombraba—. Y ahora quieres entregarme de premio de consolación al viudo de mi hermana. ¿A este? —Señalé a Heriberto sin dignarme mirarlo—. Deja que la mesa entera se entere de qué clase de hombre le estás ofreciendo tu hija. El año que Araceli se moría arriba, en esa cama, pidiéndole agua, este señor andaba de burdel en burdel en el puerto, gastándose en viejas el dinero de sus medicinas. Mi hermana murió sabiéndolo. Me lo dijo a mí. Y tú lo quieres de yerno otra vez, mamá, porque te dio dos varones. Nada más por eso. Le perdonas todo con tal de que sean machos.
Heriberto se puso de pie de un salto, rojo.
—¡Eso es mentira! ¡Yo la respeto a usted, Regina, no voy a permitir que…!
—Usted a mí no me respeta, me codicia, que no es lo mismo —lo corté, gélida, mirándolo por fin de frente—. Y siéntese, que todavía no acabo.
Se sentó. La rabia hace milagros de disciplina.
—Y ya que estamos con las verdades de la familia —seguí, volviéndome a mi madre—, hablemos de mi papá. Del santo Rodolfo. El que se fue de esta casa con una amante, le hizo un hijo, la abandonó también a ella y volvió aquí con la cola entre las patas a que tú lo recibieras. Y lo recibiste, mamá. A él sí. A un hombre que te humilló delante del pueblo entero lo perdonaste en una semana. Pero a mí, que lo único que hice fue divorciarme de un infiel, me tratas de vergüenza de la familia. ¿Ves la diferencia? Ellos hacen y tú perdonas. Nosotras aguantamos y tú exiges. Toda tu vida ha sido esa cuenta torcida, y yo ya no la pago.
Mi madre agarró aire para el contraataque de siempre, el que nunca fallaba.
—¡La ley obliga a los hijos a mantener a sus padres! —chilló, con un dedo tembloroso apuntándome—. ¡A mantenerlos! ¡Eso dice la ley! ¡Me debes respeto y me debes sustento, malagradecida!
Me acerqué a ella. Bajé la voz. Y le dije, muy claro, para que le quedara grabado:
—Mantener, sí. La ley dice mantener. Nunca te va a faltar médico, ni medicina, ni techo; de eso me encargo yo, porque para eso me alcanza y porque no soy como tú. Pero aguantar no, mamá. Eso no lo dice ninguna ley. No hay artículo que me obligue a sentarme a que me escupas veneno para que tú te sientas menos sola. Mantener sí. Aguantar, jamás.
Toda mi vida me habían enseñado que una mujer callada se ve más bonita. Que la que no contesta es la decente. Me lo dijo mi madre, me lo dijo mi suegra, me lo dijeron los curas y las revistas y el mundo entero. Y esa noche, de pie en el comedor de mi infancia, entendí de golpe la mentira: callada yo no me veía más bonita. Callada yo no me veía. Punto. Desaparecía. Y llevaba cuarenta años desapareciendo.
A mi madre le cambió la cara. Se le fue el color, se llevó la mano al pecho y empezó a boquear. No era teatro. Fabiola gritó desde la cocina, Genaro corrió por las llaves, y en diez minutos íbamos todos rumbo al hospital de Córdoba con mi madre desmayada en el asiento de atrás y yo sosteniéndole la cabeza, porque una cosa es no aguantarle y otra dejarla morir, y yo nunca fui la que ellos decían que era.
La estabilizaron otra vez. El corazón, la presión, el coraje: todo junto. En el pasillo, mientras esperábamos, me temblaron por fin las piernas y me solté a llorar sin poder parar, esas lágrimas feas del que ganó una pelea que hubiera preferido no pelear nunca. Me sentía monstruosa. Le había gritado a mi madre enferma. La había mandado al hospital.
Y entonces pasó algo que no había pasado en cuarenta años. Fabiola me abrazó.
—No te sientas mal —me dijo, llorando también—. Todo lo que dijiste es verdad. Todito. Yo también me lo tragué toda la vida, Regina, y me da vergüenza no haberte defendido nunca. Perdóname. Perdóname, hermana.
Sofía se me pegó a la pierna y me tendió su paleta a medio comer, que era todo lo que una niña de siete años tenía para consolar a alguien, y con eso me consoló más que nadie en años.
Salí a la calle a tomar aire y a llamar a Jimena. Se lo conté todo, atropellado, y ella me escuchó sin interrumpir, cosa rarísima en ella.
—¿Sabes qué, comadre? —dijo al final, con una ternura que le costaba—. Ya era hora. Ahora hazme caso en una cosa de abogada. No cortas por completo, porque el remordimiento te va a comer y además la mantienes por ley. Pero pones distancia. Reglas. Ella en su casa, tú en la tuya, visitas contadas y con testigos. Un colchón. ¿Me entiendes?
—Te entiendo. —Respiré hondo—. Y hay otra cosa, Jime. Ya lo decidí. En cuanto vuelva a la ciudad me voy derechito al laboratorio del profesor Salcedo. Voy a hacer mi propia marca. Mía. Cremas, fórmulas, mi nombre en la etiqueta. Se acabó lo de ser la mano de otro. Empiezo de cero y empiezo por mí.
—Ay, comadre. —La oí sonreír, emocionada—. Esa sí es la Regina que yo quiero de socia de por vida.
Cuando colgué, Heriberto había salido detrás de mí, arrastrando todavía su descaro.
—Regina, entiéndeme, con lo de la finca podríamos llegar a un arreglo entre familia, tú y yo, sin necesidad de…
—Óigame bien, porque no lo voy a repetir —dije, sin subir la voz—. La finca es mía. Legalmente mía, con papeles, con notario, con todo. Usted en esa tierra no pinta absolutamente nada. Ni en esa tierra ni en mi vida. Y si vuelve a acercárseme con una de sus ideas, el que va a acabar en un juzgado es usted. Buenas noches.
Lo dejé ahí, con la boca abierta, y caminé hacia la esquina para pedir un taxi. La noche de Córdoba olía a café y a lluvia, igual que mi infancia, pero yo ya no era la misma que se subió a aquel camión con una maleta. Solté el aire despacio, sintiéndome, por primera vez en esa casa, del tamaño exacto que soy.
Y entonces, con el rabillo del ojo, lo vi. Un hombre, a media cuadra, junto a un coche oscuro. Una silueta que conocía sin conocer, la misma manera de estar quieto y atento que había sentido en el vestíbulo de un hotel en Guadalajara, en la banqueta de mi calle en Polanco. Volteé de golpe. No había nadie. Solo la calle vacía y un escalofrío subiéndome por la nuca.
¿Alguien me estaba siguiendo?