Traicionada, echada a la calle y con su pequeño hijo Thiago al borde de la invalidez tras un trágico accidente, Domenica Montero creía haber tocado fondo cuando su marido la abandonó a su suerte. Sin embargo, el destino le tenía reservada una jugada maestra. Al aceptar un matrimonio de conveniencia con el magnate Alexis Alcalá para salvar a su familia y cumplir la promesa hecha a la matriarca Victoria Montenegro, Domenica pasa de ser la cenicienta humillada a convertirse en la intocable señora de Alcalá, dueña de un imperio y madre de unos gemelos rebeldes a los que curará con amor. Cinco años después, cuando la familia Bracamonte regresa ciega de soberbia para arrebatarle a su hijo y robarle la millonaria herencia que les pertenece, descubrirán demasiado tarde que la mujer a la que intentaron destruir ahora camina de la mano del hombre más poderoso del país. Una historia imperdible de venganza, amor incondicional y justicia divina.
NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
EL ABISMO EN LA CARRETERA
La tensión en la mansión de los Bracamonte era insoportable. Las risas cínicas de Don Pedro y el desprecio absoluto que emanaba de Doña Teresa se mezclaban con el llanto desconsolado de Thiago, quien se aferraba al cuello de su madre con la fuerza desesperada de un niño que presiente el peligro.
—¡Vámonos de aquí, Tomás! —exigió Domenica con la voz temblorosa por la rabia, apretando al pequeño contra su pecho.
Sin mirar atrás, Domenica dio media vuelta y caminó con paso firme hacia la salida. Al ver que ella lo desafiaba de esa manera, Tomás salió furioso tras de ella, con el rostro desencajado por la ira y pisando fuerte los lujosos pisos de la mansión.
—¡Detente ahí, maldita sea! ¡A mí no me dejas con la palabra en la boca! —bramó Tomás, alcanzándola justo en el umbral de la puerta principal.
Ignorando sus gritos, Domenica tomó de la mano a Thiago y salió a la noche fría, subiendo de inmediato al vehículo. Tomás encendió el motor de golpe, pisando el acelerador con una agresividad evidente. El aire dentro del auto era denso, caliente y cargado de reproches que no tardaron en estallar.
—¿Te crees muy valiente, verdad? —le recriminó Tomás sin apartar la vista de la autopista oscura, conduciendo a una velocidad imprudente—. ¡Eres una malagradecida! Te doy un techo de lujo, no te falta nada material y te atreves a hacerme pasar vergüenza frente a mis padres.
—¿Llamas lujo a vivir en una cárcel, Tomás? —le contestó Domenica, encarándolo con furia, con sus hermosos ojos miel encendidos en lágrimas—. ¡Me tratas como a un trapo, me quitas la ropa que me compras y tu familia me pisa cada vez que puede! ¡Estoy harta! ¡Quiero que terminemos, no somos esposos ni tenemos ningún lazo sagrado que nos ate!
—¡Cierra la boca, Domenica! ¡Ya te dije que de mí no te vas a escapar! —le gritó él, perdiendo el control del volante mientras gesticulaba con furia.
—¡No me voy a callar! ¡Eres un cobarde que se esconde detrás del dinero de sus padres! —gritó ella, desafiándolo sin medir las consecuencias.
—¡Te he dicho que te calles, maldita sea! —chilló Tomás, girándose de golpe para mirarla y agitando las manos en un arrebato de ira ciega.
En ese segundo de distracción fatal, las luces de un camión de carga aparecieron de la nada en sentido contrario, invadiendo parcialmente el carril.
—¡Cuidado, Tomás! —gritó Domenica con el alma en un hilo.
El volantazo fue violento. El auto derrapó sobre el asfalto mojado, emitiendo un chillido metálico insoportable antes de estrellarse contra un muro de contención de concreto. El impacto fue brutal. El estruendo de los vidrios estallando y la chapa retorciéndose llenó la noche.
Cuando el silencio regresó, el auto era un amasijo de hierro humeante. Domenica, a pesar del dolor lacerante en su pierna derecha —donde un fierro le había fracturado la extremidad—, abrió los ojos con desesperación.
—¿Thiago? ¡Thiago, mi amor! —gritó con un hilo de voz, buscando a tientas en el asiento trasero.
El corazón se le detuvo al ver que la puerta trasera estaba semiabierta. El pequeño Thiago, por la fuerza del impacto y porque se había soltado el cinturón de seguridad minutos antes jugando, había salido despedido del vehículo, golpeándose violentamente contra el pavimento y la estructura de la cadera.
—¡Ayuda! ¡Por favor, ayuda! —gimió Domenica llorando, arrastrándose entre los restos del vehículo con la pierna rota hasta llegar a donde yacía su hijo.
Thiago estaba inconsciente, pálido y con una mueca de dolor en su pequeño rostro. A pocos metros, Tomás pendía del volante, bañado en sangre, con un golpe severo en la cabeza que lo había sumido en un profundo estado de coma. La familia Bracamonte, movida por la maldad y el ocultamiento, lo sacó del país en secreto bajo la creencia falsa —o el rumor sembrado por ellos mismos— de que había muerto, dejándole a Domenica solo el eco de la tragedia.
Un mes después, la alta médica llegó para Domenica, pero no para su pequeño. A ella le permitieron abandonar el hospital, con la pierna aún enyesada y muletas, pero Thiago tuvo que quedarse hospitalizado debido a la gravedad de sus lesiones en la columna y la cadera, las cuales lo habían dejado inválido y requerían urgentemente tres cirugías sumamente costosas y terapias especializadas. Domenica trabajaba como subdirectora en un colegio privado de alta gama, pero su sueldo de maestra estaba a años luz de cubrir semejantes cifras astronómicas para salvar a su hijo. Con el corazón en la mano, dejó a Thiago temporalmente al cuidado de su abuela materna, Doña Marta de Montero —una mujer de cincuenta y cinco años, jubilada y exsecretaria de dirección de la misma institución—, mientras ella intentaba buscar una solución desesperada.
Domenica se dirigió al penthouse donde vivía con Tomás, pensando en recuperar algunas pertenencias o buscar ayuda entre los vecinos, pero al llegar a la entrada, los guardias de seguridad del edificio le cerraron el paso con frialdad.
—Lo siento, señora Domenica, por órdenes directas de la familia Bracamonte tiene prohibida la entrada al edificio. Sus cosas ya fueron sacadas —le espetó el recepcionista sin mirarla a los ojos.
Desesperada, sintiendo que el suelo se le abría bajo los pies, tomó un taxi y se dirigió directamente a la imponente mansión de los Bracamonte, decidida a suplicarles por la vida de su nieto. Justo cuando bajaba del vehículo apoyada en sus muletas, un auto de lujo se detuvo frente a los portones de la mansión. Don Pedro y Doña Teresa descendieron del vehículo; venían precisamente de terminar de gestionar el traslado clandestino de Tomás al extranjero.
Al ver a Domenica allí, parada con su yeso y su semblante demacrado, los rostros de los padres de Tomás se transformaron en máscaras de puro odio.
—¿Qué haces aquí, malnacida? —chilló Doña Teresa con desprecio, avanzando hacia ella con veneno en la mirada—. ¡Lárgate de nuestra propiedad, sabandija!
—Teresa, por favor, se los suplico... Thiago está inválido, necesita tres operaciones urgentes para volver a caminar —rogó Domenica con lágrimas rodando por sus mejillas, extendiendo los informes médicos—. Ustedes tienen el dinero, es la sangre de su familia...
Don Pedro soltó una carcajada cínica y cruel, interrumpiéndola con desdén.
—¿Nuestra sangre? ¡Ese bastardo no lleva nada de los Bracamonte! ¡Y de tu querido Tomás olvídate, porque ya no está! —espetó Don Pedro con una sonrisa macabra, sin revelar que estaba en coma en otro país, sino dejándole caer todo el peso de su desprecio—. ¡Escúchame bien, infeliz! ¡Tú y ese maldito bastardo se pueden morir juntos en la miseria, porque de esta casa y de nuestra familia no van a recibir ni un maldito centavo! ¡Lárgate de aquí antes de que mandemos a la policía a echarte a la fuerza!
Las puertas de la mansión se cerraron con un golpe seco, dejando a Domenica sola en la acera, llorando amargamente pero sintiendo que, entre tanta oscuridad, el amor por su hijo encendía en su interior una fuerza inquebrantable para sobrevivir.