Ella fue rechazada por su Alfa el día de su propia boda, desechada y reemplazada por su hermana, no le quedó más remedio que aceptar su destino, aceptar el rechazo y huir.
El destino la llevará ante los palacios reales, del verdadero mandatario de las tierras. En donde deberá cuidar al pequeño príncipe, hijo del emperador.
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Capítulo 15
La noche avanzaba, pero en el despacho imperial el tiempo parecía haberse detenido. Vinicius caminó lentamente hacia el ventanal, contemplando cómo la luz de la luna bañaba los oscuros tejados del palacio. Su mente, antes limitada por las sombras de su vista fragmentada, ahora procesaba cada detalle del vasto complejo con una claridad pasmosa. Cada rincón, cada sombra y cada movimiento le pertenecían.
Y, sin embargo, el único punto que desafiaba su control absoluto era esa joven de ojos oscuros y manos milagrosas que dormía —o intentaba dormir— a pocos pasillos de distancia.
El testimonio de Klarisa no había hecho más que confirmar sus peores temores y, al mismo tiempo, avivar una insólita fascinación. Una mujer sin rastro, aparecida de la nada durante una tormenta, cargando con un poder capaz de desafiar las leyes de la naturaleza y alterar el destino de un alfa puro. Para la corte, ella era un peligro potencial que debía ser neutralizado; para el emperador, se había convertido en el enigma más tentador y peligroso que jamás había pisado su fortaleza.
Vinicius se giró, apoyando una mano sobre el frío respaldo de su sillón de roble. Su decisión era inquebrantable. No la entregaría a los calabozos, no todavía. Mantenerla cerca, bajo su estricta y directa vigilancia, era la única manera de arrancar los secretos que su piel y su sangre intentaban ocultar.
Al día siguiente, los primeros rayos de sol se filtraron a través de los altos ventanales del ala residencial, tiñendo el suelo de mármol con tonos dorados. Elizabeth se despertó con el cuerpo tenso, arrastrando el peso de una noche en vela donde el eco de la respiración del emperador y el recuerdo de la espada en su cuello la habían perseguido en cada sueño.
A pesar del terror que le comprimía el pecho, sabía que el protocolo no perdonaba debilidades. Se lavó el rostro con agua fría, ajustó su modesto atuendo de niñera y salió de su alcoba dispuesta a cumplir con su deber.
En la sala de juegos, el pequeño príncipe Lucas ya la esperaba sentado en la alfombra, construyendo una pequeña torre con bloques de madera. Al verla entrar, el rostro del niño se iluminó con una sonrisa genuina.
—¡Buenos días, Nana! —saludó el príncipe con entusiasmo, corriendo a abrazarse a su cintura—. ¿Jugamos otra vez a las escondidas hoy? Prometo buscar un mejor escondite.
Elizabeth se arrodilló frente a él, devolviéndole una sonrisa cálida que disimulaba la tormenta que llevaba por dentro. Acarició su cabello rubio con suavidad, encontrando en la inocencia del niño el único refugio seguro en medio de aquel palacio hostil.
—Buenos días, alteza. Me temo que hoy el deber nos llama primero; las lecciones del maestro de historia no pueden esperar —respondió ella con dulzura, aunque por dentro un escalofrío le recorrió la espina dorsal al recordar que el verdadero peligro ya no eran las normas del palacio, sino el soberano que las dictaba.
Justo en el momento en que se ponía de pie para comenzar la mañana, las pesadas puertas dobles de la estancia se abrieron con un sonido seco y solemne.
El corazón de Elizabeth pareció detenerse.
Allí, de pie en el umbral, imponente y con la túnica imperial impecable, se encontraba el emperador Vinicius. Sus ojos —ambos perfectamente lúcidos, penetrantes y fijos en ella— la atravesaron como dagas afiladas. Ya no quedaba rastro de la opacidad que lo había limitado; su mirada era la de un depredador que acababa de entrar al territorio para reclamar lo que consideraba suyo.
—Príncipe Lucas —saludó Vinicius con voz profunda y magnética, avanzando con paso firme hacia el interior de la sala—. Hoy tus lecciones matutinas se suspenden temporalmente. Tengo asuntos que discutir con tu niñera.
El pequeño Lucas parpadeó sorprendido ante el anuncio de su padre, ladeando la cabeza con curiosidad infantil. Era sumamente inusual que el emperador interrumpiera las obligaciones del heredero, y mucho menos por un asunto relacionado con el personal doméstico.
—¿Asuntos con la Nana, papá? —preguntó el príncipe, estirando levemente la manga de la túnica de Vinicius con una mezcla de inocencia y ligera inquietud—. ¿Hizo algo mal? Yo prometo que jugué despacio...
Vinicius bajó la mirada hacia su hijo, y la severidad de sus facciones se suavizó por una fracción de segundo, adoptando esa paciencia protectora que sólo mostraba con el heredero. Se agachó levemente para quedar a su altura y posó una mano sobre su hombro.
—No ha hecho nada malo, Lucas. Es solo un asunto protocolar que debo resolver con ella en privado —respondió el emperador con voz firme pero calmada—. Los guardias te escoltarán al jardín privado por esta mañana. El maestro de esgrima te espera allí en diez minutos.
A pesar de la orden, el niño miró a Elizabeth con una chispa de preocupación en los ojos. Elizabeth, con el corazón martillándole las costillas y las palmas de las manos humedecidas por el pánico, le regaló una sonrisa serena y un leve movimiento de cabeza que pretendía transmitirle absoluta tranquilidad.
—Vaya con confianza, alteza. Estaré aquí cuando regrese —dijo ella con voz firme, ocultando el temblor que amenazaba con quebrarla.
Lucas asintió a regañadientes y, tras una reverencia formal, salió de la sala acompañado por dos guardias de la guardia personal. Las puertas dobles se cerraron con un golpe seco, sellando la estancia y dejándola completamente a solas con el hombre más peligroso del imperio.
El silencio que siguió fue denso, pesado, cortante.
Vinicius se puso de pie con lentitud, apoyándose en su bastón de marfil más por el porte majestuoso que confería que por necesidad física. Sus ojos bicolores —ambos brillando con una claridad implacable y absoluta— la recorrieron de arriba abajo, midiendo cada segundo de su tensión, cada latido acelerado que delataba el miedo bajo su fachada sumisa.
Dio un paso al frente, y luego otro, acortando la distancia con una lentitud deliberada, hasta detenerse a escasos centímetros de ella. El aroma a sándalo y tierra húmeda la envolvió por completo, bloqueando el aire en sus pulmones.
—El príncipe confía ciegamente en ti, y esa es la única razón por la que sigues respirando bajo este techo, Elizabeth —comenzó Vinicius, deslizando las palabras con una calma glacial que helaba la sangre—. Pero los juegos en los jardines y las casualidades nocturnas se han acabado.
El emperador levantó una mano y, con la yema de los dedos, rozó ligeramente el dorso de la mano de la joven, un toque fugaz pero cargado de una electricidad latente que hizo que un escalofrío recorriera la columna de Elizabeth.
—Si posees un don prohibido, si eres la espía de una facción enemiga o si guardas secretos que amenacen la seguridad de mi dinastía... más te vale empezar a confesarlos ahora mismo —susurró Vinicius, inclinándose lo suficiente para que su aliento rozara su oído—. Porque te aseguro que no habrá rincón en este vasto mundo donde puedas esconderte de un alfa que, por fin, puede verte con absoluta claridad.