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Comprada por el rey sin corona

Comprada por el rey sin corona

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Mafia / Dominación / Romance oscuro
Popularitas:592
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Me prometieron un viaje gratis. Desperté dentro de una jaula, en mitad de una selva de la que nadie sale con vida.
Entonces trajeron a un hombre agonizante.
Le saqué una bala del cuerpo y le salvé la vida sin saber quién era. Dante Bravante, el Rey sin corona de Almanegra: el hombre al que obedecen soldados, jueces y criminales; un monstruo capaz de comprar cualquier cosa.
Incluso a mí.
En lugar de devolverme la libertad, Dante pagó mi precio y me llevó a su fortaleza. Dice que le pertenezco. Que su palacio es mi hogar. Que ningún hombre volverá a mirarme mientras él respire.
Yo le juré que escaparía.
Pero odiar a Dante sería mucho más sencillo si su crueldad no conviviera con una ternura que solo me muestra a mí. Si cada roce suyo no encendiera mi cuerpo. Si sus besos no me hicieran desear precisamente aquello de lo que debería huir.
Entre fugas imposibles, enemigos que quieren usar mi sangre y secretos capaces de cambiar el poder de Almanegra, el deseo empieza a parecerse demasiado al amor. Y ese es el peligro más grande de todos.
Porque poseer no es amar. Dante tendrá que aprenderlo antes de perderme.
Y cuando llegue ese día, ni todo su ejército podrá salvarlo. Si quiere recuperarme, el Rey sin corona tendrá que hacer lo único que jamás ha hecho por nadie: devolverme la libertad, pagar cada una de sus deudas… y arrodillarse.

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Capítulo 4

Capítulo 4 — La jaula dorada

Al segundo día decidí probar hasta dónde llegaban las paredes de mi suerte.

Había dormido a ratos, con un ojo abierto, como duermen los animales que saben que hay coyotes cerca. Al amanecer entró una muchacha a descorrer las cortinas, y por la ventana vi el jardín otra vez, verde y perfecto, con su fuente que no paraba de cantar. En mi casa de Veracruz el agua se cuidaba como oro; aquí corría de balde, día y noche, nada más para adornar. Esa fuente fue lo primero que me enseñó de qué tamaño era la gente en cuyas manos había caído.

Amanecí, comí lo que doña Delia me puso enfrente —despacio esta vez, con modales, porque una prisionera sensata no muerde la mano que la alimenta— y aproveché el desayuno para seguir con mi inventario. Cuántas muchachas entraban y salían. A qué hora. Por cuál puerta. Cuál de todas dejaba la reja del fondo entornada al sacar la basura. Sonreía, daba las gracias, pedía más café, y por debajo del mantel iba tejiendo mi mapa.

—Comes poquito, mija —dijo doña Delia, preocupada—. Con lo que te chuparon esos desgraciados, tienes que reponerte.

—Ya voy, doña —le contesté, y le sonreí de verdad, porque a ella era imposible no quererla. Y luego, con la sonrisa más inocente que pude armar, anuncié que quería salir a caminar al jardín.

—Claro, mija, claro —dijo doña Delia, y se le nubló apenas la cara—. Nada más deja que te arreglen.

Lo de "arreglar" no era peinarme. Dos muchachas trajeron un vestido. Y no un vestido: una armadura de tela. Pesadísimo, con capas, con bordados, con un cuello alto que apenas me dejaba voltear. Me costó respirar solo de vérmelo puesto.

—¿Y esto para dar la vuelta al jardín? —pregunté.

—Es lo que corresponde a las damas de la casa cuando salen —dijo la muchacha, sin mirarme.

Me lo pusieron entre dos, ajustándome cintas por la espalda que yo no alcanzaba, y cuando me vi en el espejo casi no me reconocí: una muñeca cara, tiesa, incapaz de agacharse a amarrarse un zapato. "Con esto no se corre", pensé de inmediato, y ese pensamiento fue la primera piedrita del rompecabezas.

Salí, entonces, sudando dentro de aquella cosa. Y no fui sola. Dos hombres de negro me siguieron a tres pasos, todo el tiempo, con las manos cruzadas al frente y esa quietud de perro entrenado. Caminé hasta el fondo del jardín. Ellos, detrás. Me detuve a oler una flor. Ellos, detrás. Cambié de rumbo de golpe, a ver si los pescaba distraídos. No se distrajeron. Miré la reja del muro, allá al fondo, y uno de ellos, sin que yo diera un paso hacia allá, se movió apenas para cerrarme el ángulo, como el pastor que le cierra el paso a la oveja antes de que la oveja siquiera piense en irse.

Entendí. Poco a poco, como quien arma un rompecabezas con las piezas al revés, lo fui entendiendo.

No me dejaban salir de la villa sin el vestido porque el vestido pesaba, estorbaba, delataba: con eso puesto no se corre. No me dejaban caminar sin escolta porque el jardín no era un jardín, era un patio de cárcel con flores. La "vuelta" tenía una ruta fija, un tiempo fijo, un final fijo. Las cámaras me miraban desde el primer día. Las llaves aparecían y desaparecían para tentarme.

Esta casa hermosa no era una casa. Era una jaula. Una jaula dorada.

Y yo no era una huésped, ni una empleada, ni siquiera una prisionera con derecho a que la llamaran prisionera. Yo era otra cosa, una cosa que me costó nombrar hasta que la nombré, y al nombrarla se me revolvió el estómago: yo era una mascota. Un animal bonito que él había comprado, curado y metido en una casa con reja para tenerlo a la vista.

Busqué en la cara de doña Delia una desmentida. No la encontré. Cuando volví del jardín le pregunté, así, como sin querer, si podía ir yo sola al pueblo más cercano a comprar hilo y aguja, que quería remendar algo. La buena mujer se secó las manos en el delantal, miró de reojo a la puerta y me contestó bajito:

—Lo que necesites, mija, yo te lo consigo. No hace falta que salgas. —Y me apretó la mano—. Aquí adentro estás segura. Afuera… afuera es otra cosa. Hazme caso.

Estás segura. Como se le dice a un canario que no vuele, que afuera hay gatos. La encontré ahí, la respuesta: en cómo bajaba la voz cuando yo preguntaba de más, en cómo las muchachas dejaban de hablar cuando pasaba junto a ellas, en el cuidado casi religioso con que todas evitaban decir en voz alta lo que todas sabían. Aquí no me trataban como a una persona en desgracia. Me trataban como a una posesión valiosa del patrón. Que es distinto. Que es peor. A una persona en desgracia se le tiene lástima; a una posesión se le tiene cuidado, como al florero caro, para que no se raye.

Esa tarde me senté en el balcón, con el vestido al fin quitado, mirando cómo el sol se ponía detrás de aquellos muros que brillaban como fuego. Y pensé en mis manos.

Estas manos con las que de niña curé un pájaro caído del nido. Con las que quise ser veterinaria para juntar a los que nadie junta. Con las que le hice a Chato sus puntos en el patio, mientras mi Nana me decía "más despacio, mija, la vida no se cose con prisa". Con las que, hacía dos días, le saqué una bala del muslo a un hombre para no morir.

Las miré largo rato, abriéndolas y cerrándolas a la luz naranja del atardecer. Manos de curar. Manos que sabían dónde apretar para que la sangre no se fuera. En la jaula de hierro esas manos me habían parecido mi salvación: gracias a ellas no me llevaron al mercado, gracias a ellas seguía respirando. Pero ahora, desde este balcón, con dos guardias abajo y ocho cámaras arriba, entendí la broma cruel que la vida me había gastado. Y me dije la verdad, entera, sin adornos:

—Usé mis manos de salvar vidas para encerrarme en una jaula más grande.

Lo dije en voz baja, casi sin voz, para que las cámaras no me oyeran temblar. Porque temblar era darle algo. Y yo no pensaba darle nada.

Ahí terminó mi lástima por mí misma. La corté como se corta una hemorragia: presión, dique, respira. Ya estaba adentro. Ya me tenían. Llorar no abría rejas. Lo único que servía era mirar, medir, esperar. Y correr, algún día, cuando él descuidara el candado.

Cambió mi meta esa tarde. Dejó de ser sobrevivir. Empezó a ser salir. Y en cuanto una tiene una meta, hasta la jaula más dorada se vuelve solo un problema de bisagras.

Pero esperar sin hacer nada tampoco iba conmigo. Una cosa aprendí de mi papá, que de joven, según se contaba en la casa a media voz, había hecho trabajos peligrosos antes de poner el puesto de mariscos: el que espera con las manos quietas se pudre; hay que esperar haciendo. Así que esa tarde hice.

Esperé a que anocheciera. Esperé a que las muchachas se retiraran, a que doña Delia apagara su lámpara, a que la casa quedara con ese silencio de vigilia que tienen las cárceles bonitas. Me quité las joyas que me habían puesto —brillaban y hacían ruido— y me solté el pelo. Descalza, la suela del pie contra el mármol frío, bajé por la escalera de servicio que había memorizado. Había visto, en mi mapa mental de dos días, una puerta pequeña disimulada en el muro del jardín, del lado que daba a los árboles, medio tapada por una enredadera. Una puerta de servicio, quizá. Una rendija.

El corazón me golpeaba tan fuerte que temí que las cámaras lo oyeran.

Bajé descalza, pegada a las columnas, conteniendo la respiración. Crucé el jardín agachada. Llegué a la enredadera, aparté las hojas y ahí estaba, en efecto: una puerta de hierro, vieja, con una cerradura tosca que no pegaba con el lujo del resto. Se me aceleró el corazón. Una puerta tosca es una puerta con años. Una puerta con años se abre.

Estiré la mano. Puse los dedos sobre la cerradura fría. Contuve el aire.

Y en ese instante, desde lo alto de la torre, un reflector se encendió con un chasquido seco y me cayó encima como un cubetazo de luz blanca.

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