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El Precipicio De Tu Pecho

El Precipicio De Tu Pecho

Status: En proceso
Genre:Acción
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Ella es la guardaespaldas asignada para proteger al hombre que más desprecia: un magnate arrogante que compró la empresa de su padre. Él la provoca y la pone a prueba cada día, sin saber que ella guarda un arma bajo la chaqueta... y un deseo prohibido bajo la piel.

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Capítulo 2: El vuelo

El helicóptero era un modelo Eurocopter EC145, negro mate, con el logotipo de Montesinos Group grabado en oro sobre la puerta lateral. Valentina lo había inspeccionado dos veces antes de subir, revisando cada tornillo, cada cable, cada posible punto de sabotaje. No había encontrado nada. Pero eso no significaba que estuviera tranquila.

El problema no era el helicóptero. El problema eran las alturas.

Se subió al asiento trasero, al lado de Mateo, y ajustó el arnés de seguridad con dedos que se negaban a temblar. El piloto —un hombre de mediana edad con cara de haber visto demasiadas cosas— hizo la comprobación de rutina mientras las aspas comenzaban a girar, llenando la cabina de un ruido ensordecedor que se filtraba a través de los auriculares de comunicación.

"¿Nerviosa?", preguntó Mateo a través del intercomunicador, y su voz sonó metálica y distorsionada en los oídos de ella.

Valentina giró la cabeza y lo miró. Él estaba recostado en su asiento con una pierna cruzada sobre la otra, los brazos extendidos a lo largo del respaldo, como si estuviera en un salón de su casa y no a punto de elevarse a ciento cincuenta metros sobre el asfalto. Llevaba gafas de sol oscuras, aunque el cielo estaba nublado, y su sonrisa era la de un depredador que sabía exactamente qué presa había atrapado.

"No me pongo nerviosa", respondió ella, forzando la calma en su voz. "Me preparo. Es diferente."

"Claro", dijo él, y el tono era tan condescendiente que Valentina sintió ganas de arrancarle las gafas y tirarlas por la ventanilla. "Por eso tienes las manos agarradas al asiento como si fuera a despegar el suelo."

Valentina miró hacia abajo y vio que, efectivamente, sus dedos estaban blancos de la fuerza con que aferraban el borde del asiento. Soltó el agarre de inmediato y colocó las manos sobre sus muslos, fingiendo que había sido un movimiento deliberado.

"Precaución", dijo. "No confío en pilotos que usan relojes de oro."

El piloto, que había escuchado la conversación a través del intercomunicador, soltó una risa ahogada. Mateo inclinó la cabeza y esa sonrisa se ensanchó, mostrando un destello de dientes blancos y perfectos.

"Buena observación", dijo, y luego, sin previo aviso, se inclinó hacia ella. "Pero no te preocupes, Valentina. Si caemos, caeremos juntos."

Era la primera vez que usaba su nombre de pila. Sin el "señorita" ni el "Cruz", solo su nombre, dicho con una intimidad que la desarmó más de lo que quería admitir. Valentina sostuvo su mirada mientras el helicóptero se elevaba lentamente desde la azotea, el suelo cayendo bajo ellos como un sueño que se desvanece.

Y entonces sintió el vértigo.

No era el miedo a las alturas lo que le apretaba el pecho. Era la sensación de caer sin red. De estar en el aire con un hombre al que odiaba y, sin embargo, no poder apartar los ojos de él. De saber que en cualquier momento podría descubrirla, y que una parte de ella, una parte oscura y prohibida, casi quería que lo hiciera.

"¿Qué está mirando?", preguntó él, y su voz era un murmullo que apenas se escuchaba sobre el ruido de las aspas.

"Nada", mintió ella, apartando la mirada hacia el paisaje que se extendía bajo ellos. La ciudad se desplegaba como un tapiz de acero y cristal, los rascacielos pareciendo juguetes desde la altura. Más allá, el río serpenteaba entre los puentes, y al fondo, las montañas se perfilaban contra un cielo gris plomizo.

"Te estás perdiendo el espectáculo", dijo Mateo, señalando hacia el oeste. "Allí está mi edificio favorito. El que compré en la subasta después de la quiebra de una familia local. Lo reformé entero. ¿Sabes cuál es?"

Valentina sintió cómo la sangre se le helaba en las venas. Miró en la dirección que él señalaba y reconoció el edificio inmediatamente. Era el antiguo cuartel general de la empresa de su padre. El lugar donde su padre había pasado sus últimos días antes de tomar la decisión fatal. Ahora, la fachada lucía un nuevo letrero dorado: Montesinos Group — División de Adquisiciones.

"¿La familia?", logró preguntar, y su voz sonó extraña incluso para ella. "¿Qué les pasó?"

Mateo se encogió de hombros, un gesto que pretendía ser casual pero que Valentina percibió como calculado. "Arruinados, supongo. El padre se suicidó. La hija desapareció. Una pena, realmente. El hombre tenía buen ojo para los negocios, pero mala suerte con los socios. O eso dicen."

Valentina apretó la mandíbula con tanta fuerza que sintió un crujido en los dientes. Las palabras de él eran una puñalada, y él las decía con la misma ligereza con que se habla del tiempo o del tráfico. Como si la vida de su padre no fuera más que una anécdota en su historial de adquisiciones.

"¿Y usted?", preguntó, y el filo en su voz era tan afilado que incluso el piloto giró la cabeza un momento. "¿Cómo se siente al vivir en un edificio construido sobre las cenizas de otros?"

Mateo se quedó en silencio por un largo momento, y cuando habló, su voz había perdido toda traza de ligereza. "Me siento como un hombre que hizo lo que tenía que hacer para sobrevivir. La vida es un juego de ajedrez, Valentina. Las piezas caen. Tú recoges las que te sirven. Y sigues adelante."

"¿Y las piezas que aplastas?", preguntó ella, sintiendo el arma bajo su chaqueta, sintiendo el peso de la venganza como un segundo latido en su pecho. "¿Esas no importan?"

Él la miró durante un largo instante, y por primera vez desde que se conocían, Valentina vio algo más allá de la arrogancia en sus ojos. Vio cansancio. Vio una sombra de algo que podría haber sido arrepentimiento.

"Importan", dijo finalmente, en voz baja. "Pero no puedes detenerte a llorar por cada pieza que caes. Si lo haces, te conviertes en una de ellas."

El helicóptero comenzó a descender hacia la plataforma de aterrizaje de un edificio en construcción, y Valentina sintió que el suelo volvía a estar bajo sus pies, aunque solo fuera metafóricamente. No había obtenido la confesión que esperaba, pero había conseguido algo más valioso. Mateo Montesinos se había dejado ver. Por un momento, había bajado la máscara.

Y lo que había visto debajo le había dado más motivos para odiarlo, no menos.

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Aterrizaron en el piso treinta y dos de un rascacielos en construcción, un esqueleto de acero y hormigón que se elevaba hacia el cielo como una promesa incumplida. Mateo saltó del helicóptero con la agilidad de un hombre mucho más joven y se giró para ofrecerle la mano a Valentina.

"No la necesito", dijo ella, ignorándolo mientras bajaba por su cuenta.

"Lo sé", respondió él, sin inmutarse. "Pero me gusta ofrecerla igual."

Ella no le respondió, y él no insistió. Caminaron por el andamio provisional hasta el interior del edificio, donde un grupo de obreros los esperaba con cascos y planos. Mateo se sumergió en la conversación con la facilidad de alguien que se sentía en su elemento, discutiendo plazos, materiales y costes como si hablara el idioma nativo de un país extranjero.

Valentina se mantuvo a tres pasos detrás de él, vigilando el perímetro, escaneando cada rostro, cada posible amenaza. Pero su mente estaba en otra parte. En las palabras que él había dicho sobre las piezas del ajedrez. En la forma en que había mencionado a su padre con tanta indiferencia. En la ira que hervía bajo su piel como un volcán a punto de estallar.

No podía permitirse perder el control. No aquí. No ahora.

Cuando la reunión terminó y regresaron al helicóptero para volver a la oficina, el cielo se había oscurecido y una tormenta se avecinaba en el horizonte. Los relámpagos iluminaban la distancia como venas de fuego, y el viento sacudía la aeronave con una violencia que hizo que Valentina agarrara el asiento instintivamente.

"Parece que vamos a tener un viaje interesante", comentó Mateo, sin mostrar el más mínimo signo de preocupación.

Valentina no respondió. Se limitó a cerrar los ojos y a concentrarse en su respiración, en el ritmo constante de su corazón, en cualquier cosa que no fuera el abismo que se abría bajo ellos.

Y entonces sintió una mano sobre la suya.

Abrió los ojos y vio que Mateo había colocado su palma derecha sobre sus dedos, un gesto tan suave que casi podía pasar por accidental. Pero no era accidental. Lo sabía porque él la miraba fijamente, sus ojos grises encontrando los suyos en la penumbra de la cabina.

"No tienes que fingir conmigo, Valentina", dijo, y su voz era un susurro que solo ella podía oír. "No tienes que ser fuerte todo el tiempo."

Valentina retiró la mano como si hubiera tocado un hierro al rojo vivo. "No finjo. Y soy fuerte."

"Lo sé", dijo él, y su sonrisa era casi tierna. "Pero no tienes que demostrarlo. No conmigo."

El helicóptero aterrizó en la azotea de Montesinos Tower justo cuando las primeras gotas de lluvia comenzaban a golpear el cristal, y Valentina saltó al asfalto con la velocidad de quien huye de una trampa. Caminó hacia la puerta de la azotea sin mirar atrás, pero sintió la mirada de Mateo perforándole la nuca como una bala.

Cuando llegó a su habitación, se encerró en el baño, apoyó las manos en el lavabo y se miró al espejo. Su rostro estaba pálido, sus ojos demasiado brillantes, y su respiración era un jadeo irregular que no lograba controlar.

No era el miedo a las alturas.

Era él.

Era la forma en que su voz se suavizaba cuando decía su nombre. La forma en que su mano se posaba sobre la suya como si tuviera derecho. La forma en que, por un instante, había olvidado que él era el enemigo.

Valentina cerró los ojos y se obligó a recordar la carta de su padre. Las palabras escritas con letra temblorosa. La promesa que había hecho en su lecho de muerte.

No iba a fallarle.

No iba a caer.

Pero mientras el agua fría corría por su rostro y la tormenta rugía en el exterior, Valentina supo que ya había caído. No desde un helicóptero. No desde un rascacielos. Sino desde un lugar mucho más alto y mucho más peligroso.

Desde el precipicio de su propio corazón.

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valeska garay campos
el destino lo tnia que juntar ahora que pasará?🤔
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