Todo empezó en la crueldad: el hombre que amo se casa con mi mejor amiga, y yo debo presenciarlo todo, humillada, en primera fila.
Para dejar de ser su juguete, suelto la mentira que me salva y me venga:
—Estoy comprometida con Denney Callahan.
Se burlan… hasta que él aparece, me rodea la cintura con posesión feroz, me pega a su cuerpo y declara:
—Es mi prometida. Créanlo.
La mentira se vuelve verdad. Y el juego dulce, vengativo y oscuro ha comenzado.
NOVELA EXTENSA...
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Capítulo 8: Agua, veneno y libertad
El salón respira riqueza, pero para mí se siente como una caja de cristal que se va cerrando poco a poco. Denney se ha convertido en el centro de un círculo de ejecutivos; escucho cifras que giran en millones, nombres de empresas, planes de expansión… palabras que suenan vacías, ajenas, como si se hablaran en otro idioma. Él responde con calma, breve, preciso, dominando la conversación sin esfuerzo, en su hábitat natural. Yo estoy a su lado, sonriendo, asintiendo cuando me miran, sintiendo cómo el encaje del vestido se pega a mi piel, cómo el calor de la noche se mezcla con el brillo de las luces y la asfixia de tantos ojos clavados en mí.
No puedo más. Le toco suavemente el brazo, apenas un roce, y le susurro al oído:
—Voy al baño. Un momento.
Él asiente sin apartar la vista de los hombres que le hablan, pero su mano me aprieta los dedos un instante antes de soltarme. Vuelve pronto, dice ese gesto sin palabras. No te pierdas.
Camino entre la multitud, sintiendo la mirada de todos, y al cruzar la puerta del baño de mármol, el silencio cae sobre mí como un alivio. El lugar está vacío: suelos blancos, espejos grandes, luces suaves. Me apoyo en el borde del lavabo, respiro hondo y me miro al espejo. La mujer que me devuelve el reflejo lleva una máscara perfecta, pero los ojos tienen algo inquieto, hambriento de aire.
La puerta se abre de golpe.
Savannah entra, con la respiración entrecortada, los ojos brillando de rabia, el vestido de fiesta arrugado como si lo hubiera apretado con las manos. Se para justo detrás de mí y sus ojos me atraviesan por el espejo.
—¿Cómo puedes? —escupen las palabras—. ¿Cómo puedes estar aquí, sonriendo, colgada de él, cuando sabes que yo…?
Me doy la vuelta despacio, sin prisa, y la miro de frente.
—¿Tú qué, Savannah? —digo con voz baja y serena—. ¿Tú qué quieres?
—Eres una trepadora —suelta, dando un paso hacia mí—. Una desesperada. Usaste a Denney solo para llamar la atención de Nash. Crees que esto te hace importante, pero él no te quiere. Nunca te querrá. Solo está jugando contigo hasta que se canse.
La observo: la mandíbula tensa, las manos cerradas en puños, la furia descontrolada que no logra ocultar. Y entonces hablo, suave, cada palabra una puñalada precisa.
—Te quedaste con los sobrantes de mi vida, Savannah. Nash solo se casó contigo porque yo no estaba allí. Y aun así, con el esposo que me robaste a tu lado, sigues mirando al hombre que me acompaña a mí. Qué triste debe ser vivir a mi sombra.
Su rostro se descompone. Da un paso más y, antes de que pueda reaccionar, su mano me golpea con fuerza en la mejilla derecha. El sonido seco retumba en el baño vacío. La piel arde de inmediato, caliente, viva.
No me llevo la mano a la cara. No retrocedo. Solo la miro, sosteniéndole la mirada, mientras ella respira agitada, asustada por lo que acaba de hacer. Me arreglo un mechón de cabello que se soltó y sonrío, una sonrisa fría, serena, que la hace estremecer.
—Agradece que estoy de buenas —susurro, acercándome un poco más—. Porque la próxima vez que me toques, no voy a responderte yo. Te destruirá el hombre con el que duermo. Diviértete con Nash, si es que puedes.
Dejo que esas palabras cuelguen entre nosotras y salgo del baño, dejándola sola, temblando de rabia y de miedo.
No vuelvo al salón. En su lugar, tomo el camino que lleva hacia los jardines traseros, lejos de la música, de las cámaras, de las voces. La brisa de la noche de Miami me acaricia la cara, fresca y cálida a la vez, aliviando el ardor de mi mejilla. Sigo un sendero entre palmeras hasta que lo encuentro: una piscina inmensa, de aguas azul intenso iluminadas desde abajo, rodeada de piedra pulida y completamente desierta.
Me acerco al borde. Me siento en el escalón más alto, dejo caer los tacones y sumerjo los pies descalzos en el agua tibia. Miro mi reflejo: la marca levemente rojiza en la mejilla, los ojos oscuros brillando con una intensidad nueva, el cabello suelto sobre los hombros. Y entonces, sin pensarlo demasiado, me pongo de pie y me deslizo hacia el agua.
No me quito el vestido. No me quito los zapatos ni las joyas. Entro tal como estoy: la tela de encaje se expande a mi alrededor, pesada y fresca, envolviéndome como una segunda piel, el diamante en mi dedo brilla bajo el agua como una estrella atrapada. Bajo la superficie, el ruido de la fiesta desaparece por completo. Solo hay silencio. Y yo.
Abro los ojos bajo el agua y dejo que me arrastre la calma. No hay Nash, no hay Savannah, no hay miradas que juzguen ni papeles que cumplir. Floto con los brazos extendidos, sintiendo cómo el agua me sostiene, me limpia, me devuelve algo de lo que me han quitado. Por primera vez en meses, no soy la víctima ni la prometida ni la traicionada. Soy solo Lana. Libre, entera, viva.
Salgo a la superficie echando la cabeza hacia atrás, dejando que el agua corra por mi cabello y mi rostro, respirando hondo, con una sonrisa genuina dibujada en los labios. Me apoyo en el borde de la piscina y lo veo.
Denney está allí, de pie en la penumbra, con las manos en los bolsillos del pantalón de esmoquin, observándome. No se ha acercado. No parece enfadado. Me mira con una intensidad que me eriza la piel mojada, como si estuviera viendo algo que no esperaba encontrar. Sus ojos recorren mi rostro, se detienen un instante en la marca de la bofetada, y luego bajan hacia el vestido empapado, pegado a mi cuerpo, hacia mis manos aferradas al borde.
—El evento aún no termina, prometida —dice, y su voz suena más grave, más profunda de lo habitual.
No me aparto. No me cubro. Sostengo su mirada mientras el agua gotea de mi barbilla.
—Lo sé —respondo—. Solo necesitaba respirar.
Asiente lentamente. No pregunta quién me hizo eso. No necesita hacerlo. Y en sus ojos grises, bajo la luz tenue de la piscina, veo algo que va más allá del trato. Fascinación. Reconocimiento.
—Sal —dice, y su tono es suave, pero firme—. Te espero.
Me impulso hacia el borde. Sé que el juego está lejos de terminar. Sé que cuando salga de esta agua volveré a llevar su nombre, su anillo, su guerra. Pero por ahora, mientras me sostiene la mirada y el agua aún me envuelve, comprendo algo importante: ya no soy la pieza que mueven en el tablero. Soy la jugadora. Y él lo sabe.